Dibujo de Pilar Ribas Maura, ilustradora española, nacida en Mallorca
El pañuelo rosado
Hebe Zemborain
---Si no volvés con las bolsas llenas es mejor que no te aparezcas. Las palabras, como escupitajos, golpearon a Toto en plena cara. Dio media vuelta sin contestar, ¿para qué? Tomó las bolsas y salió. Cruzó por la diagonal de tierra, el barro se le pegó a las zapatillas y lo atravesó un escalofrío, frotó los brazos con energía para darse calor y silbó. Rumbeó para la calle asignada, Juancho tenía todo bien planeado y no aceptaba excusas ni cambios de ningún tipo. El sol se ocultaba como una naranja gigante con rapidez, como si la chuparan desde la tierra. Quedó quieto, mirándola y pensó: " ¡Cómo me gustaría ser astronauta! ¿Te imaginás allá arriba, tan lejos, tan quieto, tan feliz?" Un bocinazo lo despabiló. Empezó a caminar sin ganas, con bronca, harto de esa vida pero, ¿qué podía hacer? No le quedaba otra. Pateó unas latas y luego las metió en la bolsa. Comenzó el descarte, esto sí, eso no. La primera cuadra fue fructífera. ---Este Juancho tiene un ojo... ---murmuró. Cruzó la calle para recorrer la otra vereda. Vio que alguien hurgaba en los primeros montones de basura. Se enfureció y corrió para sorprender al intruso "in fraganti". Lo tomó de atrás y le gritó: ---¿Qué estás haciendo, desgraciado? Esta es mi zona. Y le dio un empujón que lo derribó. ---¡No me pegués! El grito le paralizó el brazo. ---Por favor, no me pegués... Desde el suelo, dos ojos implorantes lo miraban con miedo. No podía creerlo, ¡era una chica! Se arrastraba para incorporarse y manoteaba la gorra caída que había dejado su pelo en libertad. No supo qué decir, levantó la gorra y se la dio. ---Perdoname... no sabía... ¿te lastimé? ---No, no, no es nada -murmuró ella mientras se la acomodaba. Toto sintió un pinchazo en el corazón. No sabía qué hacer y dijo: ---Yo me llamo Toto ¿y vos? ---Lucrecia. ---Mi abuela también se llamaba Lucrecia, qué casualidad, ¿Y de dónde...? En ese momento la chica saltó como un resorte y se alejó a toda carrera. Quedó perplejo... ---La bols... -comenzó a decir pero ella ya desaparecía tras la curva. Estuvo un rato sentado, hacía frío y ya era de noche. A su lado, un pañuelo rosado jugaba con el viento. Lo guardó en el bolsillo, después, se estiró como un gato runruneante. ---¡A seguir con la misma milonga! ---murmuró con furia y continuó la búsqueda. Terminó por completar tres bolsas hasta el tope. ---¡Malditas, cómo pesan! ---protestó. Las ató como pudo y emprendió el regreso. Cuando llegó a la casilla, el hombre estaba enfrascado en las gambetas de los jugadores y gritaba: ---¡Pero qué bestias, che! ¿Dónde tienen los ojos? No ven la pelota ni a un metro... Miró al chico y vio las bolsas repletas de latas, entonces sonrió: Te portaste, pibe, hoy sí te ganaste la comida ---y acompañó su risotada con un golpeteo de palmas. Toto permaneció mudo y se acercó a la hornalla para calentar un poco de sopa. Juancho le alcanzó el trozo de pan, sin mirarlo porque tenía la vista clavada en el televisor. Sintió el calorcito reconfortante de la "comida" que había ganado. No quiso ver el final del partido y se acostó en el catre. Trató de dormir pero no podía. Recordaba los ojos temerosos que lo miraban implorantes. Sentía tanta pena... Y se repetía la misma pregunta: ¿por qué la suerte tiene que ser tan perra para algunos? Al fin, el sueño pudo más y ya no oyó ni los gritos de Juancho ni los alaridos de la TV. A la mañana siguiente le tocaba la recorrida en los trenes. Partía de la estación "Declaración de los Derechos del Niño" para vender pastillas y chocolatines. Por suerte el tiempo estaba espléndido, eso animaba a la gente a comprar algo. Bajó en la tercera estación para ofrecer la mercancía en el andén. En ese momento la vio y se acercó con rapidez. ---¿Qué hacés, Lucrecia? La chica lo miró sin entender. ---Soy Toto, ¿no te acordás de la otra noche, en la calle? ---¡Ah! Sí... -murmuró. ---Señora, ¿me compra un ramito? Huela qué perfume... La mujer coincidió: ---Humm, qué rico, bueno, dame uno ¿cuánto es? ---¿Viste? Te doy suerte ---le dijo cuando la mujer se alejaba. ---Lucrecia lo miró de reojo, sin contestar. ---¿Estás siempre aquí? ---No, siempre no. El silbato lo volvió a la realidad. ---Chau, me tengo que ir -y corrió para treparse al tren. Esa tarde repitió el itinerario pero en vano, no la encontró. Transcurrieron varios días y una mañana la vio parada cerca del quiosco de diarios. Bajó como un torbellino y desde lejos gritó: ---¡Hola, Lucre! Ella lo miró entre asombrada y divertida. ---Hola, Toto. Sintió que se le arrebolaba la cara. ---¡Ah! Esta vez te acordaste... Qué lindo día, ¿no? ---Sí, muy lindo. No volvió al tren. Se quedó para recorrer el andén de uno a otro extremo. Cuando se cruzaban, él la miraba directamente pero ella bajaba la vista, aunque ambos disimulaban una sonrisa cómplice. Cuando llegó la hora, se despidieron con tres palabras: ---Chau, hasta mañana. Por supuesto se encontraron al día siguiente. Toto sacó el pañuelo y se lo mostró: ---¿Es tuyo? ---Sí... creí que lo había perdido, gracias, qué suerte... era de mi mamá, sabés, es lo único que tengo de ella -explicó conmovida. Lucrecia se quedaba en la estación. En la sala de espera comía su merienda, no siempre suficiente. Toto compraba un sandwich y le hacía compañía. En ese intervalo para el almuerzo hilvanaban y deshilvanaban sus historias personales, parecidas, tristes, desesperanzadas. Los acercaba el mismo deseo de escapar de esa vida penosa, sin perspectivas y se contaban sus sueños y proyectos. Una tarde, un muchachón intentó robar la canasta de Lucrecia, Toto lo enfrentó y logró espantarlo a cambio de un ojo en compota y la nariz sangrante. Lucrecia lloraba y con el pañuelo rosado le limpiaba la cara. ---¿Te duele mucho? Toto contestaba que no con la cabeza porque el labio amoratado le dolía. En un impulso, Lucre lo besó en la mejilla hinchada. Él le apretó fuerte la mano y trató de sonreír. Desde ese día no necesitaron hablar mucho, les bastaba estar cerca, mirarse y reír por cualquier cosa. Se sentían bien. Toto aceptó encantado una changa que le ofreció el diariero, que le cuidara el quiosco hasta que él retornara de su descanso. Cobró su primera quincena y la invitó al bar a comer un pancho con gaseosa. Fue una fiesta inolvidable. Cuando regresaban felices, una mujer horrible se acercó gritando: ---¿Dónde estabas, vaga? ¿Esa es manera de trabajar? Y le tiró un golpe que la chica logró esquivar. ---¡Caminá, que ya vas a ver! ¡Vaga, vaga! Lucrecia corrió y ella la siguió rugiendo amenazas. Toto estaba inmóvil, impedido de reaccionar, sólo repetía con dolor: ---Lucre... Lucrecia. Fue el día más terrible de su vida. Sentía como si todo se hundiera a su alrededor mientras esa palabra giraba como un remolino que crecía y lo envolvía, ahogándolo: "¡Vaga... vaga... vaga!" Averiguó, preguntó, recorrió todas las estaciones. En vano, a Lucrecia se la había tragado la tierra. ---Pero, pibe, ya volverá, en cualquier momento aparece... trataba de calmarlo el diariero conmovido por la desesperación del chico. Recibió una paliza porque las ganancias mermaron. Ya no le importaba nada. Solo lo mantenía la esperanza de volver a verla, solo eso. Se quedaba horas viendo pasar los trenes y su corazón saltaba cada vez que unos ojos oscuros lo miraban desde una ventanilla. Tenía miedo de olvidar cómo era Lucrecia. La agonía se prolongó durante casi un mes. Una mañana, el diariero le dijo: ---Toto, me dieron esto para vos. Lo recibió temblando, la angustia no lo dejaba preguntar. ---Me lo dio un chiquilín, dijo que Lucrecia se fue a Corrientes. ---¡A Corrientes! ¿Cómo?.. ¿Y cuándo volverá? ---No sé, hijo, no pude preguntar nada porque disparó. Abrió el papel de seda. En su mano, como un pichón rosado, estaba el pañuelo. Se alejó como un sonámbulo mientras las lágrimas corrían lentamente por su cara helada. Sentado en el último rincón del andén, apretaba el pañuelo contra su boca para contener los sollozos que lo ahogaban. Un prolongado alarido anunció la partida del tren. Toto sintió que ése era el grito desgarrado de su impotencia. _________________________________________
© Hebe Zemborain
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 11 Octubre-Noviembre-Diciembre de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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