Dibujo de Pilar Ribas Maura,
ilustradora española, nacida en Mallorca

Entre risas, tornillos y manchas...

Lidia María Formiga de Tosco


          Una mañana, en la fábrica nacieron dos robots. Todo era color gris, y el humo de las chimeneas, negro. Los nenes robots, plateados, y sus ojos, negros.
          A ella la llamaron Tita, y a él, Tito. Desde entonces, Robotita y Robotito fueron inseparables.
          Apenas empezaron a caminar, los programaron y los dejaron salir por la ciudad. Lo primero que hicieron fue buscar un lugar donde alimentarse.
          ¡No piensen que los robots comen como nosotros! Ellos deben comer ensalada de clavos y tachuelas, puré de tuercas..., y, como postre, un chupetín de tornillo.
          ---¿Dónde encontraremos comida? -preguntó Robotita.
          Robotito consultó con la minicomputadora que llevaba sobre su panza, y contestó:
          ---En una ferretería, por supuesto.
          Y allá fueron, tomados de la mano, a almorzar.
          Luego pasearon por las calles del barrio, para conocerlo.
          Encontraron gente con ropa de muchísimos colores, pero a nadie plateado, como ellos. Todos los miraban con curiosidad.
          También había unos bichos de cuatro patas, cola larga, que les decían:
          ----Guau, guau.
          Ellos les contestaron:
          ---Guau, guau...-Aunque la voz no les salió parecida.
          Entonces, Robotita, preocupada, dijo:
          ---¿Dónde podremos conseguir colores tan lindos como esos que tienen los humanos?
          ---No lo sé, Robotita... Busquemos...
          Justo en la esquina había un cartel que decía: "CHAPA Y PINTURA".
          Entraron, pidieron lo que querían, y el dueño, muy amable, les contestó:
          ---Aquí pintamos autos, camiones, ómnibus, motos, bicicletas, ¡hasta triciclos!, pero no tenemos elementos para pintar robots.
          Dieron las gracias, porque eran educados, y siguieron el camino, un poco tristes.
          Al frente de la placita, en una vidriera, leyeron: "PINTURERÍA".
          Y vieron latas con pintura, grandotas y chiquitas. Allá fueron, pidieron lo que querían, y una señora muy simpática les contestó:
          ---Aquí vendemos pintura para paredes, techos, puertas, rejas, muebles...¡hasta juguetes! Pero no tenemos pintura para robots.
          Muy tristes, dieron las gracias, porque eran educados, y se sentaron en un banco de la plaza, a descansar.
          De pronto llegaron muchos chicos, tomados de la mano, con una Seño que los cuidaba. Se pusieron a jugar, en el tobogán, en las hamacas, en el túnel y el subibaja. Corrían y cantaban, muy contentos.
          Robotita miró a Robotito y exclamó:
          ---¡Qué ganas de jugar con ellos!
          Robotito contestó:
          ---Seguro que nos van a decir que no, porque somos robots...
          ---Parecen buenos...¿Y si probamos?
          ---Bueno, probemos, pero después no me vengas con llantos...
          Se acercaron a la maestra, saludaron y tímidamente, le pidieron permiso para jugar con los chicos.
          ---Encantada los dejaré jugar, pero primero tienen que presentarse...
          Cuando los vieron con la seño, los chicos vinieron corriendo y los rodearon.
          ---Me llamo Robotita.
          ---Y yo, Robotito...Queremos jugar con ustedes...
          ---¡Sí! ¡Sí!¡Vengan!¡Vengan!
          Los llevaron y les enseñaron todas las piruetas que sabían hacer. Jugaron hasta cansarse, o, mejor dicho, hasta que la seño golpeó las manos y dijo:
          --Chicos, ya es hora de volver a la escuela.
          Los robots no entendían: miraban cómo formaban una hilera y se iban detrás de la seño. Los siguieron. Llegaron a una casa de aspecto alegre, de color azul, con un nombre que les pareció muy bonito: "GIRALUNA".
          La maestra los invitó y entraron.
          Los chicos, curiosos, les preguntaron su historia, y así comenzaron a conversar. Cuando contaron su deseo de ser coloreados, Antonella tuvo una gran idea:
          ---¿Saben? Aquí hay un taller de plástica..., le podemos decir al Profe Darío que los pintemos entre todos...
          ---Sí, porque él nos enseña a nosotros -agregó Martín.
          Los robots se alegraron, pero tenían un poquito de miedo de que les respondieran:
          ---Aquí no pintamos robots...
          Los chicos hablaron en voz baja:
          ---Escóndanse, que ya llega el profe.
          Los robots se escondieron en la sala de plástica, entró Darío y todos le dijeron:
          ---Hoy tenemos una sorpresa para vos...
          Y aparecieron... los robots metalizados. ¡Qué susto se dio Darío!
          En el acto se pusieron a buscar y a elegir colores para pintar a los robots. Era difícil, porque aparecían todos los matices del mundo: amarillo huevo, azul cielo, verde pasto, rojo manzana, blanco de helado de ananá, rosas, lilas, marrones, anaranjados y muchos más.
          Y así, entre risas y manchas, tornillos y témperas, Robotito y Robotita se convirtieron en los más alegres robots que existen.
          Julián se había quedado aparte. El profe le preguntó:
          ---¿Y a vos, qué te pasa?
          ---Nada...Yo quiero que me pintés de plateado...para estar como eran antes los robots.
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©  Lidia María Formiga de Tosco

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 11
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2002

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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