Val de Reutten
Silvio Martínez Palau
Escritor colombiano, residente en Nueva York. Escribe prosa y teatro.
Cuando murió Jorge Val de Reutten, su madre se negó a aceptarlo. Sus compañeros de clase hicimos los consabidos aspavientos al saber la noticia y también un par de chistes crueles que celebramos hasta que el cura mandó a callar. Nos informó entonces que el velorio se haría no en una funeraria sino en casa y que a todos nos esperaban en la tarde. Un autobús del plantel nos transportaría.
Pensé que se había echado a perder el partido de fútbol que teníamos confirmado para esa tarde en el parque de La Alameda contra los muchachos del San Ignacio. Pero bueno, al fin y al cabo era el funeral de Val de Reutten. Aunque nunca fui muy amigo suyo, fue mi compañero desde kindergarten.
Llegando al caserón donde vivían los Val de Reutten, vimos gran cantidad de automóviles estacionados en la calle y una muchedumbre que, o empinada alargaba la cara, fisgoneando hacia adentro de la casa o eran conocidos de la familia que hablaban y fumaban cabizbajos en el antejardín. También lo notó Ruiz primero había entre los vehículos una ambulancia del hospital siquiátrico San Juan de Dios.
No se supo qué hacía ahí esa ambulancia hasta que entramos a la casa en inmenso grupo a dar el pésame. Vimos que no había ataúd por ninguna parte en la sala y esto tomó unos segundos antes de ser percibido que a Val de Reutten lo tenían sentado en una silla, a la que lo habían sujetado con una gruesa correa por la cintura. Ya amoratada la piel, era flanqueado por sus padres, y doña Graciela le mantenía la cabeza recta con la mano mientras parecía estar catatónica. Al doctor Val de Reutten se le veía atónito también, sentado al lado de su hijo, y quizás un tanto avergonzado. Dos enfermeros fuertes se habían estacionado no muy lejos, detrás de la madre del muerto.
Los muchachos no supimos qué hacer ante esta escena, lo que también parecía ser el caso de, supongo, los amigos y familiares que se encontraban en la habitación. Se les notaba que tampoco sabían cómo barajar una situación de éstas. Uno de los enfermeros se acercó a la madre del muerto e inclinándose hacia ella le habló bajo, haciendo gestos de persuasión. La señora respondió con un tajante no, lo que hizo que el hombrón, un poco exasperado, se irguiera de nuevo y regresara a su sitio inicial.
Fue entonces que doña Graciela se apercibió de nuestra presencia y se levantó de su silla a recibirnos, toda sonrisas. La cabeza de Val de Reutten se fue de lado y la señora le indicó con un ligero gesto a su marido que se la enderezara. "Bienvenidos", nos dijo y, volteando a ver a su hijo muerto, "Mira, Jorgito, tus compañeros del colegio han venido a saludarte."
Todos, y esto incluye al bruto del profesor Tovar que nos acompañaba, nos dimos cuenta del por- qué de la ambulancia estacionada frente a la casa. Poco después se supo detalle a detalle el proceso que llevó a la madre de nuestro compañero a no aceptar su muerte. Cuando los doctores le dijeron que su hijo había fallecido en la operación del apéndice, la señora se mantuvo en silencio. Después le dijo a su esposo que hiciera que mandaran el cuerpo del muchacho a la casa. A mi madre le contó la sirvienta que, según la homóloga de los Val de Reutten, cuando la pareja regresó a casa con el cuerpo del muchacho esa mañana en que murió, la patrona no permitió que lo tendieran en ninguna parte, sino que lo sentaran en la silla donde lo encontramos por la tarde con los compañeros de clase. Su marido trató de persuadirla de que el cadáver fuera puesto en el sofá de la sala mientras llegaba el ataúd que había que conseguir. Pero doña Graciela le respondió: "Jorgito no ha muerto, está cansado y por eso duerme y se recupera. Para que vaya cogiendo ánimo," les ordenó a los hombres de la ambulancia, "siéntenlo en ese taburete." "Tú eres Palau, ¿no es cierto?", me preguntó la señora al reconocerme. "Ve, Cayo", le dijo a su marido, "éste es el hijo de Pachita." Y después, dirigiéndose a todos los de la clase: "Jorgito ha estado un poco enfermo pero ya se está recuperando, vengan a saludarlo".
"Pobre vieja", me dije, "se le corrió la teja" y pensé que tenía que irme de ahí ya mismo. Varios de mis compañeros hicieron amago de acercarse al cadáver sentado pero titubearon y decidieron quedarse en su sitio. Los demás dolientes seguían perplejos, así que aproveché para escabullirme y ganar la calle. Decidí caminar, aunque Juanchito, el chofer del autobús escolar, me dijo que en media hora repartiría a todos los muchachos en sus respectivas casas. Le dije que gracias, que no y me fui.
Durante la cena comentamos en casa sobre lo acontecido por la tarde. Como dije, mi madre ya sabía los pormenores, contados por Omaira, la sirvienta. Mi padre se apenó mucho al oír de los eventos e hizo votos por la pronta recuperación de doña Graciela. No creyó él que la condición de la señora fuera algo duradero ni tampoco una reacción fuera de lo común, "quizás un poco", dijo y nos levantamos de la mesa. "Tenemos que ir mañana al entierro", anunció mi madre. A lo que respondí: "Si es que lo entierran".
Al día siguiente volvimos los compañeros de clase a comentar sobre los raros sucesos de la tarde anterior, especialmente cuando el autobús escolar pasó con nosotros por casa de Val de Reutten sin parar a recogerlo. Pero pronto nos olvidamos del tema y comenzamos a hablar del partido de fútbol que había sido aplazado ayer y que tomaría lugar hoy después de clase en el parque de La Alameda. "¿No es hoy el entierro de Val de Reutten?", preguntó Valencia desde su puesto en la banca de atrás del autobús. Nadie supo responder a la pregunta.
Ni se comentó nada sobre el tema antes de entrar a clase. Pensé que durante la hora de la oración el rector nos hablaría de la muerte del alumno y nos instruiría sobre el entierro.
No nos dimos cuenta de lo que se estaba cociendo en la rectoría porque estuvimos encerrados en clase durante la mañana. Se anunció, sí, que la hora de la oración había sido suspendida por hoy, lo que cayó como refresco a los estudiantes, y se nos instó a que utilizáramos el tiempo en repasar para los exámenes finales que se acercaban. Pero cuando regresamos al salón después de almuerzo, ya lo encontramos en su puesto, amarrado a la silla con la misma cincha con que lo vimos sostenido el día anterior.
Val de Reutten había vuelto a su clase, a su pupitre en la fila derecha del salón. Silencio total por segundos. Entonces, una disonancia de emociones: los chistes macabros a los gritos; los que, paralizados, no podíamos decir palabra; los que, despavoridos, huyeron de la clase, para ser acarreados de nuevo dentro del salón por el padre rector que subía a hablarnos sobre Val de Reutten sentado en clase. Tras el rebaño de los muchachos asustados, apareció el profesor Trujillo, haciendo sonar sus taconcitos y llevando en la mano un enorme insecto disecado dentro de una cajita de cristal. Seguido se vio la sotana de paño crema y dentro de la sotana en oleaje embravecido a nuestro rector, el padre Bolaños.
No lucía hoy su rostro rubicundo. Siempre nos preguntábamos durante los recreos si su cara estaba roja de la rabia que le provocaba nuestra presencia o era por el calor que debía provocarle la sotana. O de la rabia de tener que llevar una vestimenta semejante en una tierra tan calurosa como la nuestra. Pero hoy nuestro mercurial rector tenía la mandíbula desencajada, estaba pálido y completamente ofuscado.
Después de estremecerse una vez más dentro de la sotana, nos informó sobre lo que todos queríamos saber:
"Los padres de Jorge Val de Reutten me han convencido de que lo mejor es que su hijo siga asistiendo a clase", comenzó el padre Bolaños. En seguida fue interrumpido por Quintero: "Está muerto, reverendo padre, ¿cómo así que se va a quedar aquí?" El rector se irritó y nos hizo callar a los que comenzamos a hacer comentarios. Trujillo seguía firme al lado del padre, sin decir palabra, todavía con el cucarrón en la mano. Martínez, que se sentaba al lado de Val de Reutten, soltó a llorar y se levantó de la silla diciendo quién sabe qué en medio de sollozos. Cuando trató de ganar la puerta, Bolaños rugió que nadie podía abandonar el salón: "De aquí no sale nadie", dijo, dio media vuelta, le manoteó y gruñó al maestro de ciencias que enseñara y a nosotros mostró sus nalgotas cubiertas por la sotana crema al salir airoso sin decir más.
"Bueno, muchachos, saquen el libro que vamos a comenzar la lección", dijo entonces el profesor ante el grupo desazonado que tenía en frente. "Abran en la página tal y tal".
Creo que no hubo nadie enterado de los hechos que no comentara sin tregua y por varios días que en el Instituto La Croiser para muchachos de familias bien había un alumno muerto asistiendo a clases. Los padres de familia quisieron poner el grito al cielo, diciendo que no permitirían que sus hijos tomaran lecciones en un salón donde había un muerto sentado en uno de los escritorios. Que era un peligro, tanto sicológico como físico, que qué era eso. Pero a la mañana siguiente el asunto había sido hábilmente arreglado por la administración del plantel, en operación relámpago dirigida por el mismo padre rector.
Se gastaron todo el dinero de nuestras mensualidades en llamadas telefónicas, pero para las once y media de la noche, el padre Bolaños había hablado con cada uno de los padres de los alumnos del instituto, y los había convencido de que había que dejar que el cadáver siguiera sentado en el aula del 4o B. Se les aseguró a los padres que peligro no habría para la salud de los educandos pues, sin que lo supiera la señora de Val de Reutten, se le había comenzado a inyectar formol al cuerpo para evitar su descomposición. Por último se convino que había que dejar que doña Graciela entrara en razón, cosa que no debería tomar mucho tiempo. Una vez esto sucediera, se enterraría al muchacho y todo volvería a ser como antes de su muerte. El padre Bolaños estaba seguro de que si se permitía que el muerto continuara presente en el aula hasta entonces, sus padres seguirían apoyando económicamente el instituto, algo indispensable para que La Croiser mantuviera su alto status entre los colegios de la ciudad.
Cierto. Los Val de Reutten por tener más dinero que el resto de los padres de familia eran quienes más donaciones hacían al colegio. Mandaron a construir la cancha de fútbol y, por más que todos los muchachos votamos para que se llamara Cancha de Fútbol El Muelón Sánchez, hicieron que la llamaran en honor a su hijo, quien jugaba pésimo pero había que dejarlo que fuera parte del equipo porque, si no, sus padres se molestarían, algo que nadie en el instituto quería que sucediera. Los primeros Val de Reutten, me cuenta mi abuelo, llegaron a la ciudad a principios del siglo XX, procedentes unos decían que de Francia, otros de Holanda o Alemania. Ni los mismos Val de Reutten sabían, dijo mi abuelo cuando contó, ya que no eran más que unos cacharreros que poco a poco, contando peniques, amasaron fortunas en tiendas de ropa de segunda para damas que no pueden. Tras varias generaciones en el país, ahora los Val de Reutten portaban títulos universitarios; hasta un buen médico había entre ellos. Pero la mercancía de segunda, que tenían ahora regada en franquicias mil, era la que continuaba a mantenerlos en la cúpula económica de la comarca. Blandían, pues, fuerte influencia en todos los parámetros.
Mi compañero muerto fue el único hijo de don Cayetano y doña Graciela Val de Reutten. Cuando estuvo en edad de asistir al colegio, sus padres lo matricularon en el Instituto La Croiser y no en el Loyola, pues querían que Jorgito se educara bien. El Loyola era para los hijos de los ricos rancios y los nouveaux. Es decir, ahí no se enseñaba mucho, pues esto podría ser contraproducente para jóvenes nacidos para ser ricos y hacerse más sin tener que pensar mucho en lo que hacían. Los padres de Val de Reutten, por más que estuvieran tapados en dólares negros y en nuestros pesos multicolores, parece que no entendían bien lo antes dicho y pusieron a su hijo a estudiar en La Croiser, un plantel nunca tan caro como el Loyola, pues a quienes ahí asistíamos se nos preparaba para el trabajo en la política, las ciencias o (si Dios así lo deseaba) para el tonsurado Santo Oficio. Eramos los equites romanos, aunque Val de Reutten no tenía por qué serlo.
El muchacho siempre fue un alumno mediocre, menos en dibujo. En esa materia se destacaba y nos asombraba a los demás estudiantes. En cuanto a sus habilidades sociales, era lo que en ese tiempo llamábamos un caído del zarzo. Para los deportes también era torpe, ya dije, así que casi siempre lo echábamos a un lado y nos íbamos para donde fuera sin él. Doña Graciela trató de remediar esto y comenzó a dar fiestas sabatinas sin ton ni son, con tal de atraer a su casa a los compañeros de su hijo. Muchos sábados nos reunió a casi todos para que nadáramos en la piscina de su casa y para dejarnos ahítos de tanto helado con galletas que nos brindaba. A mí siempre me tuvo mucho aprecio pues sabía que, aún siendo muy popular, yo no trataba de evadir a su hijo, como muchos de la clase siempre hicieron.
Cuando el antiguo caserón colonial del centro mustio y lleno de goteras y de espantos donde funcionaba La Croiser le quedó pequeño al instituto, don Cayetano les vendió a los padres un lote inmenso que tenía en las afueras de la ciudad. Podría decirse que don Cayo les regaló el terreno, pues según un tío mío, que fue el abogado de la transa, el precio de venta fue un regalo.
Era un lugar paradisíaco donde un día a todo sol vimos morir una vaca mientras se le llenaba el cuerpo de moscas y de nuestras miradas solemnes. Un río no muy turbio y cercano a donde se construyó el moderno edificio de La Croiser se convirtió en el lugar predilecto para huir de clase de cívica. Saltábamos la tapia y en cinco minutos de carrera desaforada por un bosquecito de mangos y cadmias ganábamos la rivera, siempre atestada de lavanderas con las tetas al aire, a quienes les hacíamos propuestas indecentes que nos respondían a las carcajadas con sus bocas muecas.
Don Cayetano también ayudó con la construcción del nuevo edificio y regaló uno de los siete autobuses que ahora requería el número de alumnos. Así pues que el padre Bolaños tuvo que aceptar y hacer que nuestros padres aceptaran que nos sentaran el muerto en el salón del 4º B.
Para hacer más expedito el trasporte del cadáver al colegio, se suprimió su viaje en el bus escolar. También porque el olor a formol que emanaba era insoportable una vez lo amarraban a su silla asignada desde que él vivía al lado del mártir sin desearlo, Juliancito Tamayo. A los que nos quejábamos del aroma, el padre Rayo nos dio una lección en relatividad, diciendo que peor sería un olor a mortecina dentro del vehículo ¿no? y se sentó a esperar que no alborotáramos y que llegara pronto a su fin el viaje a nuestra arcadia retórica. Con el tiempo nos fuimos acostumbrando a convivir con el muerto y éste se fue haciendo una presencia que ya no provocaba asombro. Le fuimos cogiendo confianza al fin y al cabo, siempre lo conocimos y cuando llegaba la hora de bajar su cuerpo del bus, el profesor del Rosario y Juancho, el chofer, lo encontraban con tres cigarrillos en la boca, o con el pipí afuera. Este choteo acabó y ahora puer mortuus llegaba en el lujoso carro de su casa, guiado por chofer vestido de teniente de caballería, polainas y todo.
Pero lo que nos rebosó la lata y nos hizo tomar una decisión durante el recreo de un viernes fue que doña Graciela quiso que Val de Reutten fuera invitado al baile del sábado, que habíamos programado con las muchachas del Liceo Santa Rita en el Club San Germán. Nos dimos cuenta los del 4º B que si no hacíamos algo terminante, Val de Reutten iba a terminar graduándose con nosotros de la secundaria y quizás tendríamos que asistir a la fiesta que doña Graciela sin duda le prepararía. "A lo mejor hasta se casa después ¿no?", dijo Pardo muerto de la risa. "Con tanta muchacha necesitada, un muerto así de platudo no es mal partido, believe me".
El lunes siguiente llegamos al salón sin novedad. El chofer de los Val de Reutten, ayudado por el profesor del Rosario, entró con el muerto al hombro, lo amarró a su silla y salió en el momento que mister Truman entraba a comenzar a hacernos decir pendejadas en inglés. Después de otras tres clases, llegó la hora del recreo. Salimos al patio y nos hicimos los que jugábamos o practicábamos cualquier actividad normal. Pero en un momento dado, como lo habíamos acordado durante el baile del sábado en el que se trató de emborrachar a Val de Reutten y otras embarradas por el estilo Ayala y Quintero subieron al salón vacío donde se había quedado el muerto amarrado a su silla. Se armó entonces una pelea entre Tamayo y Uribe, lejos de donde quedaba el salón del 4º para atraer la atención de todos hacia ese lado y, así, propiciar el robo de la momia.
Siendo que hacía el papel de vigía, alcancé a ver a los cuatro encargados mientras unos subían a Val de Reutten a la tapia de atrás del instituto y otros dos lo halaban desde arriba. Después se perdieron al otro lado de la pared. Al momento en que comenzó a aturdir la campana que anunciaba el fin del recreo regresaron los hurta-cadáveres, del mismo modo que habían salido, picardía y satisfacción en el rostro. Cuando les pregunté cómo les había ido, el grandilocuente de Pardo contestó que "de afluente en afluente, muy pronto, amigo mío, el compañero Val de Reutten alcanzará las furiosas aguas del Pacífico".
Nueva York, febrero de 2002 _________________________________________
© Silvio Martínez Palau
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 11 Octubre-Noviembre-Diciembre de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124-9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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