Un rayo gris

María Susana Spano

                                                                                                               a Ignacio


          El rayo de sol transparente, al entrar por la ventana, le da en la cara despertándolo. Parpadea confuso dos o tres veces y, entonces, siente el dolor profundo en la espalda, justo en el centro, no puede respirar. Se sienta y mira alrededor... cerca de él
Juanito
duerme, con la boca entreabierta por la que se escurre un tenue hilo de saliva; más allá está su madre, encogida entre las mantas raídas; su padre ya se ha ido.

          El dolor cede levemente. Al levantarse y apoyar los pies sobre el cemento, un escalofrío lo recorre. De pronto siente una puntada en el estómago... ahora recuerda, anoche no comió, y posiblemente tampoco coma ahora, porque no hay nada; a lo mejor solo un yerbeado. Hace frío y no puede faltar otra vez a la escuela, el maestro amenazó a su padre; discutieron muy fuerte la otra noche cuando le dijo que no los mande más a pedir. Es injusto el maestro; ¿qué culpa tiene el padre si el contratista no le paga desde hace meses y don Jacinto no le fía ni un poco de harina a su madre?

          Le duele otra vez la espalda, en el mismo lugar, seguro que anoche Juanito le puso el pie, o le pegó dormido... o fue el otro día, cuando Ramón le tiró una piedra que hizo blanco justo en ese lado...

          Mira adentro de la lata, en el fondo sólo se ven unos pocos palitos verdes; tampoco hay leche; abre la canilla, pone el jarro debajo del chorro y, despacio, tira adentro la poca yerba que queda. Prende el fuego; desde hace días falta azúcar y el último trozo de pan se lo dio anoche a su hermano porque lloraba.

          Coloca el jarro sobre la llama y espera, a través del vidrio empañado intenta ver el día... a lo lejos, algo brumosa, adivina la cordillera en tanto el sol, encaramado sobre las altas cumbres, se torna más y más dorado... pero en el suelo todavía está la escarcha, anoche heló, y será duro caminar hasta la escuela. Mira las zapatillas al lado de la cama, después sus pies, no tiene medias, se las dio al hijo de Fabián, ayer tiritaba y se las regaló, total él es grande.

          Mientras el jarro empieza a calentarse vuelve a la cama, se sienta y, despacio, se pone las zapatillas, la derecha tiene la suela descosida y un agujero en el empeine. Despacio, zamarrea a Juanito: "Levantate, levantate... nos tenemo que ir".

          Su hermano abre los ojos y lo mira confundido... "¡yo no voy!" y se tira de nuevo en el jergón, tapándose con la frazada rota.

          "¡Tené que ir!; si no el maestro va a venir a peliar al papá  y puede ir preso, ¿entendé?"

          Juanito parece despertarse de golpe...lo mira serio a través del flequillo que le tapa los ojos "el agua se va a hervir". "¡Sacála!".

          Despacio, ya calzado, va hacia la cocina y con un trapo retira el jarro del fuego, después sirve el contenido en dos tazones descascarados. "¿No hay azúcar?"... "ja. vo si que so cómico... ¿Cuánto hace que no hay?"

          Se sientan y, en silencio, toman la bebida demasiado clara, demasiado insulsa...

          "Tengo hambre, ¿no hay más pan?" A través de la mesa mira a su hermano, le podría decir que le duele la espalda, que le  duele el estómago, que anoche le dio todo lo que quedaba pero, baja la cabeza y no contesta.

          "¿Donde están lo cuadernos?"

           "Allá".

          Despacio lleva los recipientes hasta la pileta, los lava y los deja en un costado.

          "Lavate la cara y arreglate, que si no el maestro dice que vamo roñoso".

          Con las manos alisa el pelo de Juanito, depués va hasta el ropero destartalado y saca dos guardapolvos desvaídos, ayuda a su hermano a ponérselo y entra en el suyo. La madre duerme pesadamente. Salen, la escarcha los recibe helada y muda, empiezan a caminar... "Tengo frío, llevame a cococho".

          Lo mira de soslayo, Juanito tiembla dentro del guardapolvo casi gris; no se anima a decirle que la espalda le duele cada vez más. Entonces, lo sube sobre sus hombros y lo carga. "Eso sí me gusta"... aplaude contento.

          A lo lejos, entre los espinos, se abre el camino que los lleva a la escuela, pero falta mucho y el dolor se mezcla muy adentro, no sabe cuál es más intenso pero ahí están, presentes, el estómago y la espalda, la espalda y el estómago, en mudo duelo.

          Sus pies comienzan a mojarse con el frío que diluye la helada; Juanito va cantando una canción y cada tanto estira la mano para tomar una ramita de espino.

          "Bajate un rato, ¿sí?"

          "No, no, voy bien así, si me bajo me canso y me mojo las  zapatillas".

          Lo mira de nuevo, qué lindos son sus ojos risueños... y el flequillo travieso con el que juega el viento, enmarcando la carita delgada, inteligente... Respira hondo y sigue caminando, falta poco. La marcha es agobiante... su hermano no le parece tan liviano y escucha sus canciones desde lejos. Casi no siente los pies, sin embargo sigue, no quiere que el maestro haga nada contra su padre... todos los días, cuando aún no amanece, lo escucha levantarse para ir a la viña, lo presiente en las sombras y, desde su cama, en silencio, lo saluda porque lo quiere, lo quiere tanto, tanto...

          De pronto, como en sueños, ve la escuela... algunos chicos llegan en bicicleta, otros, como él, a pie... hay risas, gritos, mucho alboroto; escucha todo, como de lejos; la espalda duele mucho, el estómago ya no. Baja a Juanito que corre a encontrarse con sus amigos y, entonces, se sumerge en un gris muy frío que después es negro...

          El rayo de sol transparente, al entrar por la ventana, le da en la cara... pero no está en la cocina de su casa de adobe, sino en la del colegio y la señora Carmen lo mira, casi asustada.

          "¡Por fin, m'hijito! ¡Creí que no te ibas a despertar más!".

          "¿Qué pasó?"

          "¿Qué va a pasar? ¡Te desmayate!, tomá, tomá, acá tenés la  leche".

          Frente a él, sobre la mesa, ve el jarro grande de leche humeante y un trozo de pan con manteca.

          "Comé tranquilo, después te vas al grado".

          Despacio empieza a tomar la leche, el dolor de espalda no cede, los ojos grandes, enmarcados por unos párpados a los que se asoman tenues círculos rojos, vagan distraídos, la cabeza le pesa... empieza a comer.

          El rayo de sol transparente, al entrar por la ventana, le da en la cara... afuera Juanito, con los chicos, saluda a la bandera azul y blanca que sube majestuosa, mientras las voces claras cantan Aurora.
                                                                                                             
                                                                                                                                                     Mendoza - Argentina
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©   María Susana Spano

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 11
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2002

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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