Bocanada de tiempo
José Manuel Palacios Un puñado de tiempo frágil le ha erizado la espalda. La mirada la tiene perdida contra una pared despintada de su rancho. Los ojos callados y ausentes son solo un soplo en la cara negra como petróleo regado en tierra. Los orificios nasales están quietos en la nariz explayada, dando un semblante de muerto reciente. El negro fuerte, el joven fuerte, está perdido en sus pensamientos mientras otra bocanada de tiempo le golpea el rostro y le eriza la espalda. Una mujer consume sus pensamientos, de la misma forma en que a él lo consume el tiempo. Ella vale su tiempo y sus pensamientos, Ella lo vale todo, piensa con el pecho contraído. Debo ir a buscarla ahora que soy joven y tengo la vida para compartirla. La tarde empieza a caer como una sombra milenaria, y el atardecer se pierde en semejanzas consigo mismo. Un par de remolinos de viento, polvo y basura juegan en la puerta de la casucha. Un viento de lluvia golpea las paredes por fuera y se esparce por la ciudad sacudiendo su inmensa soledad. Los aspavientos de una lluvia de años, se sienten como una señal divina; el negro fuerte, el joven fuerte no lo nota. Él está desesperado corriendo tras su propia historia, que va siempre un paso adelante. Por un momento todo dentro de la casa permanece inmóvil... De pronto, una corriente de aire frío reclama al joven y lo aleja de sus pensamientos. Arriba en la pared despintada hay un hueco. Por ese hueco entró un suspiro de aire infectado de soledad. Antes hubo una ventana, pero se la comió la humedad y el tiempo. Ese frío es un recuerdo, como todo. Todo es un recuerdo o una nostalgia. El negro joven se acomoda en su mecedora y se pierde en su mente. Otra vez: esa corriente de aire era un recuerdo, una imagen clara de la soledad. El negro fuerte, el joven fuerte, es un citadino (aunque sea de Montería) y sabe lo que es la soledad de la ciudad: Esa vaina es como un frío en la espalda y un odio contra todos que nunca es muy fuerte. Pero ahora no está solo: ella, aunque está lejos, está con él; ella vale la distancia. Él la sueña y la enumera mientras una tímida idea se le ocurre. La estudia con paciencia: Debo ir por ella ahora que soy joven. Ella lo vale todo. Continúa así, sentado, sin cumplir su propia sentencia. Estudiándola con idiotez. El tiempo lo ataca y él se deja atacar. La noche se fue apoderando de todo, sin pensar que parte de ese todo era el día. El día descansa.
Con la noche bien entrada llegó la llovizna, que se ha vuelto aguacero con la velocidad de un suspiro. Un tiempo impaciente mueve la mecedora en que el negro joven está sentado pensando, y casi lo hace ir por tierra. Se levanta de su intento de caída, lento, y mira con sus ojos grandes y brillantes la mecedora de fibra tejida. Pasado un segundo acomoda el culo otra vez, y deja escapar un peo triste y mudo. Ella lo vale todo, se repite. Con ella quiere compartir la vida. ¿Por qué no se lo digo?, se pregunta. Nunca debí dejarla, debí quedarme con ella... ¿Por qué la abandoné? Sabe que el tiempo lo agota todo. Ahora le duele el tiempo y la distancia. La distancia y el deseo son un dolor constante, como una pena de muerte. Eso lo sabe pero no lo piensa. Está sintiendo el dolor constante. La canción, la canción, el viejo vallenato, la escuchó el día que quiso tirar todo a la mierda. "Si por tenerte me toca sufrir, será mi orgullo, será mi virtud...". Ahora le daba aliento y una confortable sensación de heroísmo. Por un momento no pensó, sentía aliento, dolor y virtud... quieto, heroísmo, sentía... quieto, sentía... quieto, heroísmo, sentía... un recuerdo lo rescató. Con qué malicia me miraba cuando cruzaba las piernas, recordaba todo y seguía sentado. Él, el negro fuerte, el joven fuerte, esperaba el tiempo sin afán y sin conciencia. El tiempo llegaba sin falta, hasta la silla. A veces llegaba con la humedad de la lluvia, a veces con su estruendo. A veces llegaba solo o con el silencio interior. El tiempo está entre sus manos, si las cierra queda atrapado como una prueba. Entre las manos tiene también las oportunidades, y las posibilidades crepitan en sus bíceps atléticos pero mal nutridos. Afuera está lloviendo, se dice con idiotez, como si la lluvia fuera una cárcel. La idea tímida de antes es una certeza a boca llena, debe ir por ella. Qué maricada este aguacero, ¿por qué no escampa?, se dice como dándose lástima. Pero la verdad es que él no tenía porque estar allí. Debía ir tras ella como la ultima vez. Esa fue la única vez, su vez más feliz. Se debe dejar todo en el beso, se debe agarrar la carne con ternura y firmeza, se debe entregar al coito todo sin reservas, se debe destruir y dejarse destruir, se debe pensar en arañar cuando se acaricia con la yema de los dedos, se debe pensar en golpear cuando se roza apenas con la palma de la mano, hay que ser animal y sobrio y maduro e iracundo y gavilán y puto y puta... y él lo fue y ella también; eso los mantiene vivos. Solo eso los mantiene vivos. Él sabe que el tiempo ha pasado, que está pasando, que tiene que volver a ella antes de que pase para los dos. La mañana no está lejos. La lluvia acabó. Fue una lluvia extrañamente corta para este valle del Sinú. El negro fuerte, el joven fuerte, sabe que ha desperdiciado mucho tiempo. El tiempo, en cambio, tarda en saber que lo desperdician; solo camina y camina sin rumbo y sin esperanza. Otra bocanada de tiempo le dice ¡despierta, idiota! El tiempo conoce el valor de una esperanza. Qué sentido tiene ser tiempo, que a menudo, mientras camina, se queja: diera su eternidad y su fortaleza por la más pequeña esperanza. Pero el negro está sentado y el tiempo diciéndole: ¡despierta, idiota!.
La mañana está dejando entrar por las ventanas una claridad lechosa. El sol sube sobre el horizonte con una felicidad senil. Los rayos intentan espantar la soledad estancada en las calles de la ciudad. La soledad no se asusta, simplemente se va tranquila a dormir en los rincones de la calle y en los corazones de los citadinos. Adentro de la casa el tiempo se ilumina ya cansado de ser ignorado. El negro fuerte se asusta con los rayos del sol. Una certeza lo inquieta: Hace mucho tiempo debía estar con ella. Ahora está todavía en casa, y todavía sentado. Puede ver con claridad el tiempo regado por el piso o manchando las paredes sin repellar. El tiempo aún está pasando. Ella, su recuerdo, lo ha mantenido vivo. Los ojos grandes y oscuros, las cejas fuertes, la boca fina y sin apuros, los dedos largos, el vientre entero y suave... ella lo dejaba todo y eso él no lo olvida. Con qué ternura lo dejaba todo... la distancia y el deseo han sido como el dolor de una condena a muerte, un dolor dilatado en el tiempo con crudeza y estupidez. El negro tiene los ojos cerrados como si estuviera durmiendo, el pulso es suave y rítmico. Ya no quiere pensar, algo ha cambiado. Recurre a la canción: "Si por tenerte me toca sufrir, será mi orgullo, será mi virtud...", pero esta vez es inútil, no se siente ningún heroísmo. Los pies largos tocan suavemente el piso para impulsar la mecedora. El vaivén no evita el nudo en la garganta y la lágrima que le corre por el rostro. Como una confesión apocalíptica, le acaba de llegar una certeza. El negro fuerte, el viejo fuerte, mira sus manos arrugadas y sabe que nunca podrá ser: está a punto de morir. _________________________________________ © José Manuel Palacios
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 11 Octubre-Noviembre-Diciembre de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN BARRANQUILLA - COLOMBIA
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