La multitud

Norberto Olaizola



          Bajó las escaleras ya era tarde y se encontró, de lleno, con una multitud de gente que esperaba el subterráneo el último de la noche, sentados en el piso, contra los murales, o apoyados en las máquinas de Coca Cola y en los kioskos cerrados. Deberían ser más de doscientos. En general, jóvenes, aunque, de tanto en tanto, entre ellos, alguna mujer sólo mujeres madura o vieja, ya, hablaba en voz baja, bajo la atenta escucha de quienes la rodearan. Era eso, una multitud de jóvenes, desperdigados en el piso frío de la estación, rodeando, por grupos, a ciertas mujeres viejas que hablaban en voz baja.
          Estudió el cardumen de gente y comprobó que sólo él no formaba parte del grupo.
          "¿De dónde serán?", se preguntó, sin demasiado interés. Se asomó al túnel. Nada.
          Al rato, escuchó el tumulto del tren que llegaba. La gente no se incorporó. Las puertas se abrieron, con un bufido, subió había algunos pasajeros, no demasiados, que miraban la estación repleta con perplejidad-, volvieron las puertas a cerrarse y el tren arrancó.
          "Creerán que viene otro, después. Se van a llevar un chasco", se dijo, sentado, ya, y con el diario a medio abrir. Leyó, con indisimulable fastidio, las noticias políticas. "Esta gente debe venir de alguna reunión política", pensó. La gente había salido a la calle, últimamente, hastiada de vivir mal y de oír, en boca de todos los políticos, que, alguna vez, vivirían mejor. Cansada de tantas mentiras, la gente se aglomeraba por todos lados, protestando, conociéndose, asombrándose. Era un fenómeno extendido.
          Él veía bien lo que la gente hacía. Él no participaba pero, en charlas con amigos, se mostraba entusiasmado con todo lo que estaba pasando. Siempre se entusiasmaba con lo que hacían los demás. Leía mucho, trataba de estar al día con todo. Eso, lleva mucho tiempo.
          El tren llegaba a la siguiente estación. Un par de personas se dispusieron a bajar.
          En el andén, a plena vista, mientras los vagones frenaban bruscamente, otro grupo inmenso de personas, similar al de la estación anterior. "Más gente", se dijo. "¿Pasará algo?".
          Pero la gente permaneció cómodamente sentada en el piso igual que la otra-, sin subir en el tren. Las puertas se cerraron y el tren arrancó. Él vio a toda la multitud y le pareció un calco del grupo de aquella estación: jóvenes y mujeres maduras.
          En todas las estaciones siguientes sucedió lo mismo.
          Bajó en la Terminal el grupo de allí era más numeroso, cosa explicable por las dimensiones estrambóticas de esa nueva estación y subió, por las escaleras mecánicas, hasta la calle. Llovía pertinazmente y el clima era pesado. Las calles estaban desiertas.
          "Están todos en el subte", bromeó, mientras caminaba apurado, hasta su casa.
          Mientras cenaba si se puede llamar cena a un poco de ensalada y carne del día anterior-, mirando la televisión, cansado del día, del clima y de la soledad, volvió a pensar en la gente. En toda la gente que viera, estación tras estación, en el subte.
          "¿Dirán algo en la tele?"
          Cambió de canal, circulando entre los noticieros. Al cabo de una hora, nada. "Estos desgraciados tratan de tapar todo. Pero eso también va a cambiar", pensó, molesto. Llevó los platos hasta la cocina, juntó las migas con un repasador, lavó todo y preparó café.
          "Un poco de música".
          Puso el disco nuevo de Clapton y se tiró, con un libro, en el sofá. No supo en qué momento se quedó dormido. Cuando despertó, incómodo, en el sofá, el disco había terminado y un silbato o ruido sibilante venía desde la cocina. "Me olvidé el agua", pensó.
          En la cocina, sobre la hornalla encendida, el jarrito vacío rechinaba. Lo arrojó en la pileta, echó agua fría el jarrito se retorció sobre sí mismo, con un quejido y decidió olvidarse del café y meterse en la cama.
          Estaba en eso cuando escuchó el timbre.
          "¿A esta hora? ¿Quién carajo será?"
          Atendió. Nadie contestaba. A través del auricular sentía un murmullo de voces, pero nadie respondía. Colgó el aparato sólo para sentir nuevamente dos o tres timbrazos. Y nuevamente un murmullo, quedo, y ninguna respuesta.
          "La puta madre", bramó, mientras se calzaba el pantalón y un par de ojotas. Salió del departamento y bajó, en el ascensor, hasta la puerta de calle. Abrió con cautela, se asomó y, para su asombro, toda la calle, a un lado y al otro, por cuadras y cuadras, estaba lleno de gente. Miró hacia ambos lados y la multitud parecía no tener fin. Junto a la puerta, en grupos compactos, jóvenes rodeaban a mujeres mayores, canosas, que murmuraban cosas ininteligibles. Se acercó a uno de los grupos, el más próximo.
          "¿Ustedes llamaron acá?", preguntó, señalando la puerta del edificio.
          Los jóvenes lo miraron, negando con la cabeza.
          Miró, fastidiado, al resto de la gente. Volvió a entrar en el edificio y subió hasta su departamento. Encendió el televisor y cambió, una y otra vez, por todos los noticieros, en busca de una explicación. Nada. "¿Qué mierda está pasando? Acá debe haber como diez mil personas. ¿Cómo es que nadie dice nada?"
          Otra vez el timbre.
          "Me están cargando estos hijos de puta". Levantó el auricular, escucho el murmullo de las voces y largó una sonora puteada. Luego colgó.
          No volvió a sonar.
          "¿Qué hago? ¿Me voy a dormir? ¿No me estaré perdiendo de algo?"
          Se calzó medias, zapatos y campera, la billetera y una bufanda y salió a la calle. Allí estaba toda esa maraña de jóvenes, ocupando la calle y ambas veredas. Caminó por entre la gente, hasta llegar a la esquina, a la bocacalle. La multitud colmaba la calle lateral hasta donde se perdía la vista. Siguió caminando y le pareció que toda la ciudad estaba volcada en las calles. Miraba hacia los edificios y en los balcones, familias enteras observaban a la multitud. No había ningún tipo de agitación. Todo el mundo parecía bastante calmo, hasta indolente. Sólo el murmullo, y no demasiado penetrante. La llovizna, ligera, no parecía molestar a nadie. Llegó hasta la avenida ya familiarizado con la muchedumbre estática.
          Entró en la pizzería semidesierta, los mozos, parados junto a los ventanales, mirando el espectáculo de las miles de personas paradas en la calle y pidió un café.
          "¿Qué está pasando?, preguntó, mientras el mozo depositaba el café y un vaso con agua.
          El mozo no sabía. Nadie sabía nada. Un hombre, cerca del mostrador, hablaba con el cajero. Creía que algo grande estaba pasando, un golpe de estado, o algo así. El cajero cambiaba los canales de la televisión pero los noticieros seguían transmitiendo las mismas insulsas y habituales noticias: un atraco, un tiroteo, un resultado de fútbol, los dichos de algún ministro, la guerra en Medio Oriente. El hombre, junto al cajero, dedujo que estaban tapando todo, que el gobierno había caído, que habría muertos y que el Ejército iba a sacar los tanques a la calle. El cajero, perplejo, asentía. Uno de los mozos, con una bandeja llena de platos y bebidas, escuchaba con atención. Dijo que, seguramente, vendría una guerra civil. El cajero dijo que, quizás, lo más conveniente sería cerrar el local antes de que empezaran los disturbios.
          Él escuchaba la conversación de los hombres y le parecía ridícula. Toda esa gente, en la calle, estaba demasiado tranquila, sin hacer alboroto. "¿Será una congregación evangelista?", pensó. "Sea lo que sea, no están haciendo política ni nada por el estilo".
          Tomó el café, pagó y volvió a salir a la calle. La Avenida estaba repleta de gente, en toda la extensión que la mirada podía abarcar. Obviamente, no circulaba ningún auto. "Tampoco hay policía. Qué raro". Caminó rumbo a la Plaza, trabajosamente, entre medio de las personas. Al llegar, vio la muchedumbre colmando la Plaza, las plazoletas cercanas, los boulevares, trepados, en algunos casos, al gran monumento, sentados cerca de las fuentes. Por las diagonales que desembocaban en la Plaza, se podía ver el mar de gente perdiéndose hasta el horizonte. En todas direcciones, la multitud permanecía quieta pero masiva.
          La mayoría de los locales comerciales estaban cerrados. Algunos kioskos, sin embargo, permanecían abiertos. Los empleados o dueños miraban a la gente, parados en la puerta de sus comercios. Nadie entraba a comprar nada, ni cigarrillos ni bebidas. Llegó hasta un kiosko y compró cigarrillos y un alfajor. El empleado no entendía lo que estaba pasando. Le dijo que desde hacía un par de horas había aparecido toda esta gente, no sabía cómo ni de dónde, que ni la radio ni la televisión mencionaba nada al respecto y que había llamado a la familia para enterarse de algo pero que nade sabía dar una explicación de lo que estaba pasando. Además, dijo, si nadie sabía nada, ¿quiénes eran estas personas?
          "Todos jóvenes. Y mujeres mayores", dijo. "Algún recital".
          El empleado negó esa posibilidad. No había ningún recital cerca y, además, en ningún lado se podría albergar tanta gente y no había ningún grupo musical que arrastrara tanto público.
          "Alguna explicación debe haber", dijo, exasperado.
          Volvió a salir a la calle. Para sacarse las dudas, decidió interpelar a un grupo de jóvenes.
          "¿Qué está pasando", les preguntó. Pero los jóvenes guardaron silencio. En medio del grupo, una mujer, muy vieja, hablaba, en voz baja. Se acercó, tratando de escuchar.
          La mujer, visiblemente, hablaba, pero él no entendía el sentido de las palabras. Parecía un dialecto, o algo así. Con bastante temor, mirando a los jóvenes que lo rodeaban indiferentes, prendados de la voz de la mujer, empezó a sentir una especie de pánico. Se abrió paso, con desesperación y volvió a la calle, fuera del grupo.
De pronto, toda la gente, al unísono, empezó a moverse, a caminar.
          Habrán tardado varias horas en pasar todos hasta que los últimos grupitos se perdieron, caminando, en la Avenida principal. Poco a poco, la ciudad empezaba a desagotarse de personas, que se irían vaya a saber dónde.
          Volvió hasta su casa, por calles ahora desiertas. Aún, en los balcones de los edificios, las familias miraban hacia abajo, gesticulaban, señalaban. Entró en el edificio y subió hasta su departamento. Dejó la campera a un lado, junto a la bufanda, y encendió el televisor.
          Recorrió, como antes, como el cajero de la pizzería, todos los noticieros. Nada.
          "No puede ser. Esto es una tomadura de pelo".
          Prefirió olvidarse de todo, ofuscado, y dormir hasta el día siguiente. Ya se enteraría, en la oficina, de lo que había pasado. Se acostó, puso el despertador y apagó la luz.
          Al día siguiente lo encontraron muerto.
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©   Norberto Olaizola

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 11
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2002

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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