El rostro evanescente
Miguel Falquez-Certain
"El rostro evanescente" obtuvo el primer premio en el concurso internacional "Odón Betanzos" organizado por el Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos de Nueva York en 1992 y fue publicado en la antología Narradores colombianos en USA. (Santa Fe de Bogotá: Colcultura, 1993).
A la memoria de Mariposa
Y yo aquí muriéndome en la pestilencia de las sábanas empapadas, mi cuerpo enjuto y deformado hundido en ellas, las paredes repletas de manchas grises que no logro descifrar, fotografías de personas que a lo mejor alguna vez fueron, que no reconozco ahora, posiblemente rezagadas en los recovecos anquilosados del recuerdo, esas caras monstruosas, grotescas y cómicas que me rodean llorando, descansar, quiero descansar, quiénes son, por qué me miran perplejos como si acaso no supieran qué tengo, que ya es hora de que muera, esos rostros que me atosigan fingiendo desconcierto, acaso no saben que yo sé, con pañuelos húmedos de colonia para evitar el olor nauseabundo que se escapa de mi cuerpo, morir ahora, descansar quizá, gritar quisiera, decirles que me dejen, inútil tratar de acompañarme ahora cuando desde hacía mucho tiempo me habían abandonado, inútil llorar ahora, pedirme perdón desde lejos, inútil recoger los pasos extraviados, recuperar mi lozana sonrisa de otros tiempos, absurdo implorarme perdón en el último momento, poder gritarles hijos-de-puta, pero en cambio sólo me chorrea una baba amarillenta de los labios, y ahora esa figura obscura con incienso que me dice palabras que no entiendo, que me unta la frente y los ojos con algo más hediondo que mi cuerpo, que me empuja entre los dientes carcomidos una oblea pequeñísima que rechazo, porque he perdido el apetito, porque morir deseo y recoger mis pasos, y entonces abro la boca con el último suspiro, y les chillo en sus caras, «Lárguense, carajo, déjenme sola de una vez por todas, quiero estar sola con mis pensamientos».
La hora es imprecisa. Los documentos son contradictorios. Los periódicos de la época señalan a María Leonor Palau como una de las señoritas «más prestantes de la sociedad barranquillera». Dotada de talentos musicales, como el resto de su familia, era costumbre encontrar a María Leonor rodeada de sus hermanas, entonando los danzones de moda que habían escuchado días antes en las transmisiones de la CMQ de La Habana y que ellas ensayaban, haciendo uso del tiple y del piano de cola en aquel caserón del Bulevar del Águila, hasta perfeccionarlos. Tal vez fue en el '27 ó el '28 cuando conoció a Javier Esteban y a su hermana Rosibel.
«Algo delicioso sucedió ayer durante mi visita a casa de los Paternostro. Mientras ensayábamos Allá en la Siria, hay una mora..., tratando de adaptarlo para las festividades del reinado de mi hermana María Helena para los próximos carnavales de Santa Marta, algo así como Cuándo volverá, María Helena, cuándo volverá...a Cartagena, por el portal entraron dos seres celestiales. Luego supe que eran los hermanos Elizondo. Él, Javier Esteban, no hizo sino cortejarme toda la tarde, tanto así que no sé lo que dirá papá cuando la chismosa de Alejandra le vaya con el cuento. Pero fue ella, Rosibel, la hermana, quien enseguida me encantó. Hay algo extremadamente sensual en su piel trigueña, resaltada por el hermoso lunar en el pómulo izquierdo, y en sus cabellos negros y ondulados. Tenme aquí...si fuera necesario festejar mi presentación en sociedad. Papá insiste que así lo haga, que a los dieciocho años debo asistir a la fiesta de San Silvestre en el Club Barranquilla. Es la única forma de liberarme de la compañía obligatoria de Alejandra a todas las fiestas a las que me invitan. Ya no necesito chaperona, quiero ser libre, libre...¡ah! ...presta acá. Rosibel Elizondo...¡qué hermosura!...definitivamente no entiendo esta desazón que me causa su presencia.
«Hoy he vuelto a verla en el té del country y cuando me sonrió sentí que me derretía por dentro. Esos dientes perfectos, ese cuerpo sinuoso inigualable».
Al parecer fue todo un éxito esa fiesta de fin de año en el Club Barranquilla. Ya en 1929 se habla del regreso del hermano mayor de María Leonor, Mario Alfonso Palau y Jimeno, a Barranquilla, luego de una larga estadía en los Estados Unidos y México. Parece que los dos hermanos conservaron una gran amistad a lo largo de sus vidas. Me cuenta un amigo de ellos, testigo ocular de esa relación en varias ocasiones, que mientras María Leonor tocaba el tiple, Mario Alfonso la acompañaba al piano.
En 1932 el bando del Carnaval de Barranquilla es leído por el alcalde, proclamando a María Leonor como «Reina de las festividades de Momo», y una de las primeras ordenanzas de la nueva reina fue el elegir a Rosibel Elizondo como «única princesa de mi reino». En la Batalla de Flores, en el Country Club, en el Club Barranquilla, Rosibel y María Leonor son inseparables.
«Diciembre 31 de 1931. Mientras nos acicalábamos para la fiesta del club, no pude contenerme más y le dije a Rosibel que la amaba. El momento fue muy confuso. Farfulló algo mientras se sonrojaba, y al tratar de darle un beso me apartó más asustada que enojada. Pero todo fue en vano.
«Antes de partir, logré convencerla que se cambiara de traje y nos recostamos brevemente en mi cama. Todas mis hermanas estaban ocupadas con sus respectivos preparativos y no se dieron cuenta de nada. Un beso selló nuestro amor».
Sin embargo, la revista Civilización habla del compromiso matrimonial de María Leonor con Javier Esteban Elizondo en una reseña social de marzo del '32. En la gráfica aparecen ellos rodeados de Rosibel y Mario Alfonso Palau y Jimeno.
«Enero 28 de 1932. Cómo es de efímero el amor. Y yo que pensaba que Rosibel me amaría para siempre. Si no fuera por lo mucho que quiero a mi hermano jamás le perdonaría su traición. Ahora sólo me queda aceptarle la propuesta de matrimonio a Javier Esteban para complacer a mi papá. ¡Maldita sea mi suerte! ¿Qué otra alternativa me queda? ¿Seguir bajo la tutela de mi padre y convertirme en señorita vieja?».
Todo apunta en ese sentido. No pude encontrar ninguna acta matrimonial con su nombre, y sus contemporáneos me aseguran que ella jamás contrajo nupcias. Civilización anuncia la cancelación del matrimonio con Javier Esteban «por motivos de salud», participando el viaje de María Leonor a Caracas, a la mansión de su hermana Ligia quien estaba casada con un millonario venezolano, para su recuperación y convalecencia. La revista está fechada 9 de octubre de 1933.
Por otro lado, don Eusebio Miramón, uno de los pocos amigos de María Leonor que aún está vivo, me confirma que su estadía en Caracas fue larga. Bajando el tono de la voz y adoptando un aire confidencial, me dice asimismo que los periódicos de la época optaron por un silencio cortés ante los acontecimientos, aunque las «malas lenguas» volvieron a agitarse cuando Rosibel finalmente terminó con Mario Alfonso y, de la noche a la mañana, se casó con Alfonso Santos Santofimio, un representante a la cámara por el departamento de Cundinamarca. Don Eusebio me insiste que Rosibel renegó de sus relaciones costeñas y que sólo en muy contadas ocasiones regresó de visita a casa de sus padres. «Muchos años después», me informa don Eusebio, «la hermosa Rosibel dejaría de serlo para convertirse en una gorda vieja y chaparra, pero eso sí, millonaria, llegando a ocupar muchos cargos políticos importantes, entre ellos Ministra de Hacienda».
«Diciembre 15 de 1933. Mi vida no tiene sentido. ¿Para qué seguir engañándome? Las noches deliciosas pasadas con Rosibel serán siempre inolvidables. ¿Cómo acostumbrarme a la ausencia de sus palabras tiernas, cariñosas, qué hacer sin sus caricias infantiles? Creo que jamás podré sobreponerme. Jamás seré capaz de volver a amar».
No obstante La prensa registra el regreso de María Leonor, el 6 de julio de 1940, con bombos y platillos. La gráfica, tomada en el aeropuerto de la Scadta, en las cercanías de la población de Soledad, muestra a una María Leonor hermosísima, con un cuerpo espigado y luciendo una linda pava de paja. La acompañan sus padres, don Ramón Palau y doña Graciela Jimeno de Palau, y una muchacha sonriente que el pie de foto registra como «la espiritual señorita Babette Fournier, perteneciente a la más rancia aristocracia caraqueña y enfermera graduada de la Universidad de Columbia».
El hogar de los Palau volvió a iluminarse. Todos los hermanos y hermanas de María Leonor se habían casado durante su ausencia y habían establecido sus residencias en diferentes ciudades de Colombia y del exterior, excepto Mario Alfonso quien brindó una recepción en el Club Barranquilla para festejar el regreso de la «la hermana pródiga» como éste la tildó, bromeando, me informa don Eusebio. Don Ramón no escatimó medios para lograr establecer de nuevo a María Leonor en la «sociedad» barranquillera.
Y en efecto, lo logró. Ya nadie comentaba sobre la ruptura del compromiso, ni de los amores sospechosos con Rosibel Elizondo. Don Eusebio insiste que Babette era tan femenina como María Leonor, pero que de todas formas esas «relaciones particulares», como él las llamó, no se discutían en corrillos sociales. Lo cierto fue que Babette vino a formar parte del hogar Palau y Jimeno durante toda la década del '40, ejerciendo eficientemente su profesión de enfermera, y hasta ayudando a dar a luz a Adela Esther, la esposa de su querido hermano Mario Alfonso.
«Diciembre 9 de 1948. Cuán lejos queda todo después de tantos años. Nunca había sido tan feliz. Babette representa para mí todo, el amor más grande de mi vida. Qué diferencia ante aquella atracción juvenil que sentía por Rosibel, con sus tonterías y malacrianzas de niña consentida. Babette, por el contrario, me brinda toda la clase de amor que necesito. Un amor de madurez en donde las pequeñas entregas conforman la dicha cuotidiana.
«Hoy fue, por ejemplo, un día muy especial. Mi cuñada, Adela Esther, dio a luz un hermoso niño. Babette asistió al doctor Desmoineaux en el parto, y si no hubiera sido por ellos el niño se hubiera asfixiado. Parece que no podía respirar y el doctor le pidió a Babette que trajera corriendo una ponchera de agua helada. El doctor agarró al niño por los talones y lo zambulló de cabeza de manera que a los pocos segundos empezó a chillar inconsolablemente. De todas formas se le fue al instante ese color morado que tenía y pasó, a Dios gracias, el peligro. Yo lo tomé entre mis brazos, y sólo logré que se calmara cuando lo llevé al patio, en donde Mario Alfonso tiene su sala de cine descubierta, y me senté en la primera fila. Estaban pasando La heredera. El nene se quedó mirando la cara gigantesca de Montgomery Clift y se calló en el acto.
«Por su lado, Mario Alfonso tenía los ojos llenos de lágrimas y no dejaba de abrazar al doctor Desmoineaux dándole las gracias, y de repente me dijo: Tú serás la madrina, María Leonor, mi hermana preferida. Y al doctor, agarrándole por el brazo: Gracias por haberle salvado la vida. Llevará su nombre: Jorge Miguel.
«Entonces le entregué el nene a Adela Esther. Todos llorábamos de la alegría, y en semejante zaperoco Babette y yo nos abrazamos. Se veía radiante...bellísima».
Don Eusebio me confirmó que Babette se fue a Venezuela en el '52 y no regresó jamás a Barranquilla. Se supo que en ese entonces un hombre prominente de Medellín, durante las celebraciones de las Bodas de Diamante de don Ramón y doña Graciela, pidió la mano de María Leonor en matrimonio pero que ésta declinó la oferta sin ninguna explicación. Don Ramón se disgustó tanto que se retiró del club a eso de las nueve y se comentó, al día siguiente, que la discusión al parecer había sido mayor pues las voces de Babette, don Ramón y María Leonor se escuchaban alteradas por todo el vecindario. Al día siguiente Babette hizo sus maletas y se marchó a Caracas.
En el grupo de pintores que conocí una noche en Bellas Artes se comenta sobre esta ruptura y de las relaciones que María Leonor tuvo más tarde. Todos insisten que María Leonor Palau y Jimeno era una mujer de principios.
Si te dije que nunca pensé en casarme con ese hombre debieras haberme creído.
Pero Marilé, no entiendes que estaba celosa, perdóname...esa carta suya...
Aquí la tienes, ni siquiera me digné a abrirla la interrumpe, mientras rompe el sobre en mil pedazos. No soporto la desconfianza. Luego de tantos años juntas debieras saber que nunca digo una mentira.
Perdóname, Marilé, mi amor...empezaremos de nuevo en Venezuela... por lo que más quieras... ya verás que todo será distinto...
Lo siento, pero es una cuestión de principios le responde con una sonrisa forzada, arrojando los pedazos de la carta en el excusado.
Los detalles de esta ruptura me los ha contado Madelina, una mujer delgada, de cabellos entrecanos y edad incierta. Sobre la mesa de dibujo ha puesto su pamela italiana y sorbe con placer un refresco de lulo.
Yo la amé profundamente. Cuando la conocí, ella acababa de terminar con Babette y no confiaba en nadie. Se mostraba hosca y era difícil acercársele. Pero yo insistí y al final se dio por vencida. Fueron cinco años intensos que me marcaron para siempre.
Madelina recoge la paleta y empieza a dar pinceladas sobre un lienzo grande en donde ya había dibujado a una mujer de cabellera negra sentada sobre un banco tocando una guitarra. Las piernas son perfectas, y la atmósfera que la rodea parece transvasada de un bar privado los colores ocres se diluyen en remolinos de rojos y grises que lindan en la abstracción.
Un día se ganó dos quintos de lotería y sin decirle nada a nadie me regaló uno de ellos. Hace treinta años cinco mil pesos eran una fortuna. Ella sabía que estaba necesitada y me los regaló sin pensarlo dos veces dice y arroja el pincel contra la pared. Pero todo se acabó al morir el padre cuando se fue por un tiempo a los Estados Unidos. Yo no podía acompañarla. Tenía que continuar con mis exposiciones, enseñar, hacerme un nombre. Soñaba con hacerme famosa... nos queríamos pero ya no nos amábamos. Y se fue.
Al morir don Ramón en 1956, María Leonor heredó una suma considerable que le permitió una vida más independiente. Sin embargo siguió viviendo al lado de su madre aunque no ya en aquella mansión solariega del viejo Prado sino en una casa modesta que se acomodaba más a la nueva vida de las dos mujeres. Una vez instaladas en el barrio El Porvenir, doña Graciela decidió que ya era hora de visitar a sus hijas que vivían en el exterior y, junto con María Leonor, se fueron en una gira que duró más de un año, al cabo del cual se vieron en la obligación de regresar porque Socorro, una de las hermanas mayores, había decidido entablarle un pleito a doña Graciela por lo de la herencia que ella consideraba injusta: don Ramón le había dejado más dinero a María Leonor, la única hija soltera, en lo que los abogados llamaban «la cuarta libre disposición».
Todas estos contratiempos y deslealtades fueron decepcionando a María Leonor que no concebía cómo una hija podía demandar a su propia madre. «Es una cuestión de principios».
Luego de un cáncer que la hizo sufrir durante un año, doña Graciela finalmente descansó el 3 de mayo de 1964. No acababan de velarla cuando Matilde, la hija que vivía en Bogotá, decidió reclamar para ella toda la platería y las vajillas de los Palau y Jimeno, yendo en contra de las específicas instrucciones que había dejado doña Graciela. No dispuesta a pelear por sus derechos, María Leonor desbarató la residencia en el Porvenir y se fue a vivir con su hermano Mario Alfonso y su familia.
Ella decidió entregarle a un primo el manejo de sus dineros. Éste los invirtió en negocios que no ofrecían mucha seguridad aunque prometían grandes dividendos, hasta que un día María Leonor descubrió que estaba prácticamente en bancarrota, si no fuera por una modesta suma en acciones de las Acerías Paz del Río que aún conservaba de la herencia de su padre, y por la generosidad de sus mejores amigas Claudia y Diana, propietarias de la mejor discoteca de Barranquilla.
Fue entonces cuando se dedicó a una vida bohemia intensa con amigas de diversa índole procedentes de distintos estratos sociales, pasando largas temporadas en Miami en casa de sobrinas y hermanas aunque siempre regresaba a Barranquilla.
Cuando su hermano la vio llegar amanecida y con unos tragos de más por primera vez en su vida, la regañó, diciéndole: «María Leonor, no puedo creerlo. Nunca he visto cosa semejante». Ella se lo quedó mirando y con mucha dulzura le contestó: «Y lo que te falta por ver, Marito, y lo que te falta por ver».
En 1966 murió su adorado hermano Mario Alfonso y con él se fue el último contacto que tenía con un mundo cálido y seguro, aunque siguió viviendo con su cuñada Adela Esther y Jorge Miguel, su hijo.
A finales de los años setenta, un pequeño grupo de artistas y escritores la acogió en su seno y poco a poco se fue convirtiendo en una especie de institución, en una diva reverenciada por la nueva generación, hasta culminar con su elección como reina de la intelligentsia barranquillera en el Bar Cipango un memorable domingo de carnaval.
Don Eusebio insiste que ya para esa época se notaban los «síntomas patognomónicos», como él los llama, de la terrible enfermedad que acabaría con ella. No pocas veces se sumía en animada tertulia con amigos y conocidos en El Cipango, y de repente, sin que nadie se hubiera percatado, empezaba a divagar sin derrotero definido en su mente. Otras veces no reconocía en la calle a personas que la saludaban cariñosamente y con quienes había departido la noche anterior.
A medida que la arteriosclerosis la iba invadiendo atestiguan algunas personas jóvenes a quienes entrevisté en El Cipango en 1985 y que obviamente deberían de andar por los treinta años su espigada figura (que había logrado mantener exacta con el paso del tiempo) se fue engordando, sus alheñados cabellos no se los volvió a teñir ni se molestaba ya en ocultarse las canas con los no menos famosos y estrambóticos turbantes, y descuidó, en general, su aseo personal una mujer que olía siempre delicioso, afirma don Eusebio, con sus perfumes franceses que despedían aromas de «lirios enfadados».
Deambulaba entonces por las calles sin rumbo definido y su piel, extremadamente blanca y no acostumbrada a recibir el abrasante sol barranquillero de las doce del día, se fue ampollando hasta que un día no la volvieron a ver más por las calles del barrio El Prado.
La familia de su hermano Mario Alfonso decidió que lo mejor era internarla en un pequeño y privado ancianato en donde pudieran brindarle la atención constante que tanto necesitaba y merecía. Allí hizo migas con otra viejita, Luz Estela, solterona como ella, que no se separaba de su lado. Cuando la sacaban de visita a la casa de Adela Esther, regresaba más desorientada, para encontrar a Luz Estela llorando en la terraza de la caserona, sosteniendo un ramo de flores de La Habana que había recogido ella misma para celebrar el regreso de María Leonor. Se despedían de los sobrinos e ingresaban abrazadas a aquel ancianato que era el hogar de ambas.
Un día de agosto después de un temporal, cuando el jardín del ancianato se inundó con los arroyos que corrían desbocados por el pavimento, Luz Estela se quebró la cadera al tratar de recoger las rosas del rosal para decorar la alcoba de su amiga. Nunca se recuperó de la caída, y a los pocos meses murió en los brazos de María Leonor, quien decidió que ya no valía la pena seguir viviendo sin ella y comenzó su breve marcha hacia la muerte gritándole improperios a cualquiera que se atreviera a perturbarla.
«Dios te salve, María, llena eres de gracia...». Fuera, hijos-de-puta, fuera he dicho, no necesito sus palabras de consuelo, sus caras compungidas, sus pañuelos perfumados, su compasión hipócrita. Hoy estoy sola, y sola he de quedarme ahora y siempre. No quiero verlos implorando, no quiero rezos desabridos, ni latinajos maldicientes. ¿Acaso no me entienden? Quiero quedarme sola, recoger mis pasos, déjenme sola de una vez por todas, quiero estar sola con mis pensamientos.
* * *
MIGUEL FALQUEZ-CERTAIN:
Nació en Barranquilla, Colombia. Ha publicado cuentos, poemas, piezas de teatro, ensayos, traducciones y críticas literarias, teatrales y cinematográficas en Europa, Latinoamérica y los EE.UU. Es el autor de seis poemarios, cinco piezas de teatro y un libro de narrativa corta por los cuales ha recibido varios galardones. Licenciado en literaturas hispánica y francesa (Hunter College, 1980). Cursó estudios de doctorado en literatura comparada en New York University (1981-85). Coguionista y codirector de Emma Zunz (1978) con la participación de Virginia Rambal y Elizabeth Peña. Fue subdirector de Ollantay Theater Magazine (1993-2000) y editor del libro de ensayos Nuevas voces en la literatura latinoamericana/New Voices in Latin American Literature (N.Y.: Ollantay Press, 1993). Su versión al inglés de Diatriba de amor contra un hombre sentado de Gabriel García Márquez estuvo en el Teatro Repertorio Español de Nueva York en abril de 1996. Su pieza en un acto «Una angustia se abre paso entre los huesos» debutó en el teatrino L.A.T.E.A en marzo de 1.996 y fue publicada en Ollantay Theater Magazine en la primavera de 1996. La versión al inglés de su cuento premiado «¿Y cómo es parada, Padre Infante?» apareció en Bésame mucho: New Gay Latino Fiction (New York: Painted Leaf Press, 1999), fue adaptada al teatro por Francisco González y estrenada en el Cochrane Theatre de Londres en junio de 1999. Sus memorias sobre el pintor colombiano "Rafael Panizza (1953-1990): A Memoir" salieron publicadas en Latin Lovers (New York: Painted Leaf Press, 1999). Una muestra extensa de sus poemarios apareció en Entre rascacielos: Nueva York en nueve poetas (Riobamba, Ecuador: Casa de la Cultura, 1999) y en Entre rascacielos/Amidst Skyscrapers: doce poetas hispanos en Nueva York/Twelve Hispanic Poets in New York (Riobamba, Ecuador: Casa de la Cultura, 2000). Asimismo fue incluido en Veinte poetas al fin del siglo (Nueva York: Ollantay Press, 1999) y en Veinticinco cuentos barranquilleros (Barranquilla: Ediciones Uninorte, 2000). Ha participado en las Ferias del Libro de Miami, Santo Domingo y Nueva York y como poeta invitado en congresos del Ecuador y de los Estados Unidos.
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© Miguel Falquez-Certain
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 11 Octubre-Noviembre-Diciembre de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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