Marco teórico
para un estudio de la relación
entre cuento caribe colombiano
y valores identitarios socio-culturales,
a partir de los conceptos de campo y habitus,
de Pierre Bourdieu
Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
Universidad del Atlántico
Este trabajo hace parte de la investigación titulada: El cuento caribe colombiano: Historia, poéticas e identidades socioculturales, que el profesor Manuel Guillermo Ortega (Guillermo Tedio), Coordinador del Área de Literatura, Universidad del Atlántico, realiza en compañía de los investigadores Ariel Castillo Mier (Director de la Especialización en Literatura del Caribe Colombiano) y Alfonso Rodríguez Manzano, en convenio suscrito entre la Universidad del Atlántico y COLCIENCIAS.
El título de la investigación, El Cuento Caribe Colombiano: Historia, Poéticas e Identidades Socio-culturales, orienta una propuesta inter y transdisciplinaria de estudios culturales o, si se quiere, históricos, cuyo impacto esperado es el autoconocimiento y el reconocimiento por parte de otros, de identidades en la región Caribe colombiana, manifiestas en el género literario cuento, cultivado por nuestros escritores en un proceso de creación con el lenguaje en que se observa un ascendente arco de calidad estética y de integridad ética. Ahora, es posible que las orientaciones teóricas y metodológicas utilizadas en este estudio del cuento sean igualmente válidas en una indagación sobre la novela y la poesía. Habría que realizar estudios de esos géneros para observar sus comportamientos particulares frente a la teoría y el método de Pierre Bourdieu, de quien hemos empleado básicamente los conceptos de campo, capital, posición y disposición o habitus. De alguna manera, este trabajo intenta establecer las bases generales en la definición de los elementos que conforman el campo literario caribeño colombiano, seguramente útiles como marco teórico para un estudio particular de cualquiera de los géneros.
Pertinente nos parece hacer la aclaración de que la definición de una identidad no puede lograrse solo desde los estudios literarios. Ya sabemos de los grandes aportes, seguramente más definidos y múltiples, que han hecho otros estudios emprendidos desde la sociología, la antropología y la geo-historia.
La socio-crítica y mucho antes la sociología de la literatura de un Lukács y un Goldmann han probado que así aparezca volcada en formas narrativas de la ciencia-ficción o en la más introspectiva y sublime poesía lírica, la literatura, en último término, tiene como referente la realidad social, si a veces no visible en la pragmática de paisajes, épocas, personajes, acciones, sentimientos y pasiones, sí en las estructuras significativas que se mueven socialmente. Edmond Cros parte del presupuesto teórico de que el texto literario, en su entramado de formaciones discursivas, expresa siempre formaciones ideológicas que provienen de formaciones sociales (grupos o clases), solo que las formaciones ideológicas o visiones del mundo no aparecen en estado puro o neto sino contaminadas y cruzadas en el discurso precisamente porque su autor ha recibido múltiples formaciones ideológicas en su largo discurrir por distintos grupos. Cros anota: "Todo individuo, en un momento determinado de su existencia, forma parte de un gran número de sujetos colectivos diferentes, y pasará por muchos más aún a lo largo de toda su vida" 1. El cambio que la socio-crítica propuso respecto de la sociología goldmanniana de la literatura estuvo precisamente en considerar que el discurso no expresa un solo punto de vista o visión coherente del mundo sino múltiples posturas que se construyen y desconstruyen en cada instancia textual.
Particularmente consideramos que es posible congeniar las propuestas de Pierre Bourdieu y Edmond Cros en cuanto al papel de la ideología, cuya existencia no admite Bourdieu, a partir de la comprensión que de visión del mundo hace Mukarovski cuando de ella, plantea tres instancias jerarquizadas de menor a mayor organización: base noética, ideología y filosofía, siendo la última la de mayor coherencia, hasta el punto de dejar de ser no consciente para volverse una actividad reflexiva codificada en grandes sistemas de pensamiento. Si bien la ideología o mala conciencia se impone de un modo no consciente, se ha admitido en los estudios sociocríticos la presencia de una conciencia posible mediante la cual se haría consciente lo no consciente, es decir, la ideología. En cambio, la base noética concebida por Mukarovski se homologaría al habitus o tendencia prerreflexiva de Bourdieu, que nos induce a hacer o admitir las cosas, sin ningún tipo de intervención de la conciencia o la razón pues antes que ser un accionar de la mente, es un actuar tendencioso del cuerpo. En otras palabras, aceptado el constructo de campo por ambos, Bourdieu hace predominar en sus investigaciones el estudio del habitus o disposición prerreflexiva (base noética, en Mukarovski) mientras Cros privilegia el estudio de la ideología como instancia no consciente que se puede modificar con la toma de conciencia. Del mismo modo, otros estudios han insistido en la instancia filosófica de las creaciones culturales.
Es importante realizar un acercamiento a los principales conceptos que a partir de las investigaciones de Pierre Bourdieu, se utilizan en este estudio. En primer lugar, "El campo del poder es el espacio de las relaciones de fuerza entre agentes o instituciones que tienen en común el poseer capital necesario para ocupar posiciones dominantes en los diferentes campos (económico y cultural en especial)" 2. Francisco Vásquez García anota: "Un campo es en primer lugar un universo estructurado y no un simple agregado de individuos, productos e instituciones. En el campo, cada agente y cada obra se definen por oposición a los restantes" 3.
Se entiende por habitus la disposición o tendencia prerreflexiva, incorporada a los agentes (escritores y lectores, en el caso del campo literario) y que los lleva a repetir determinadas conductas que mantienen el poder de un campo.
Por su parte, el capital son los recursos con los cuales se puede tener éxito en un campo. Los campos se conforman a partir de capitales específicos que determinan las posiciones de fuerza esgrimidas por los agentes. Bourdieu distingue cuatro tipos de capital: económico, cultural, social y simbólico. Los tres primeros tipos de capital se pueden transformar en capital simbólico cuando son captados y elaborados en una representación por los esquemas del habitus, mediante el cual una cosa o acción es percibida, apreciada y clasificada. Poseer un Rols Royce, por ejemplo, es tener un capital económico pero a la vez un capital simbólico pues la marca del automóvil ha creado a través del habitus la representación o el símbolo de prestigio, buen gusto, calidad, tradición, distinción y elegancia. Bourdieu ve el capital cultural bajo la existencia de tres formas: internalizado o incorporado (aprendizaje, educación), institucionalizado (títulos académicos) y objetivado (obras de arte, libros).
La narrativa y, en nuestro caso particular, la cuentística, por el hecho de tomar como referente el mundo de la realidad social, se hace particularmente notable como descriptora de elementos empíricos y mentales que expresan nuestros heterogéneos modos de ser dentro de la unidad cultural que llamamos región Caribe y que nos hace distintos frente a las otras regiones. El cuentista entonces, al relatar sus historias, recoge o reinventa, a través del lenguaje y su arte, los imaginarios que surgen de las tramas de la existencia social, asociándolos a complejos sistemas de ideologías y visiones del mundo.
Está visto que el principal obstáculo para que muchas estrategias administrativas no alcancen los desarrollos esperados de una región o de un país, es la falta de autoconocimiento y de reconocimiento de los otros, de allí la importancia de contribuir, desde varios enfoques y disciplinas, en la dilucidación de los principales elementos que conforman nuestra identidad. Los poderes centrales aplican estrategias de desarrollo que fracasan normalmente porque imponen modelos y paradigmas que no consultan el modo de ser de las culturas regionales. Si bien la literatura no puede tener el papel inmediatista de pretender resolver los problemas del desarrollo social, como intentó en un tiempo el realismo socialista, su justificación como objeto lingüístico artístico y como objeto de estudio de las disciplinas literarias (teoría, crítica e historia) no debe hacerse solo desde lo estético-lingüístico sino mirando en qué medida, como un modo especial de ser del conocimiento, contribuye de alguna manera en la comprensión de los modos de ser del hombre, para acercarse, en el reconocimiento de sí mismos y de los otros, a una vida pacífica y, si no nos negamos el derecho a la utopía, más próxima a la felicidad.
En la región Caribe colombiana, es mucho más necesario dar este paso del autoconocimiento y del reconocimiento del otro, por la pluralidad y heterogeneidad que integran esta unidad geo-histórica, en la que al lado de la proverbial trietnia (América, Europa y África) que está en nuestra base humana, encontramos la presión de las inmigraciones, ya sean internas, pacíficas o por desplazamiento violento, provenientes de otras regiones de Colombia o de subregiones del propio Caribe colombiano, o externas, con la llegada de sirio-libaneses, turcos, italianos, chinos, alemanes y la penetración económica y cultural norteamericana. Igualmente nos determinan, desde un pasado más remoto, las distintas cargas culturales que trae España en sus hábitos y maletas cuando llega a América: lo céltico, lo godo, lo judío, lo árabe, lo grecolatino y, en las bodegas de sus barcos negreros, lo africano, para solo mencionar un grupo de pueblos que a través de los ibéricos, nos transmitieron sus imaginarios, creencias y visiones del mundo. Como parte del Gran Caribe, la región Caribe colombiana participa de igual multiplicidad de culturas pertenecientes a los distintos pueblos isleños y costeros continentales. Alberto Avella anota: "La cuenca del Gran Caribe, tal vez el más grande crisol de culturas del planeta, y el mixer cultural más importante de la historia, pues todo lo que ingresa a su territorio, lo integra, lo vuelve suyo, lo vuelve Caribe, desde la economía y la política hasta la música, (me gusta más el «Let it be» de Celia Cruz que el de los mismos Beatles), así haya tenido como origen Europa, África, Asia o, como en mi caso personal, la región Andina" 4.
El otro factor que nos obliga al conocimiento de nuestras identidades, es la perspectiva universalista en que la única forma de aprovechar al máximo las ventajas del mundo como aldea global, es la afirmación inalienable de aquello que nos hace únicos, proceso de reconocimiento en el que el cuento caribe colombiano y su estudio como descriptor de identidades pueden hacer su contribución.
Así, en esta investigación, se intenta encontrar, en las historias que nuestros escritores nos cuentan, los rasgos específicos que nos hacen diferentes frente a otras regiones, aquello que nos hace idénticos a sí mismos y que hecho público, contribuirá a la tolerancia, la aceptación y la paz para el desarrollo, sobre todo en un país que vive negras épocas de violencia y barbarie, precisamente porque nos desconocemos y desconocemos al otro hasta el punto de silenciar su cuerpo y su vida, que es el más terrible de los desconocimientos.
Ahora, la literatura, como elemento imprescindible de la cultura, parte necesariamente de dos referentes básicos: el locus y el tiempo en que la naturaleza y la sociedad disponen sus flujos y reflujos. De allí que lo geográfico, el espacio, y lo histórico, el tiempo, sean referentes obligados en estos estudios. No hay narración que no se ubique en un espacio y un tiempo social determinados, así el cuentista escamotee muchas veces estos referentes. El entendimiento de la región Caribe como una unidad tópico-temporal que participa de la diversidad, es fundamental para un estudio de su literatura vista desde la perspectiva interdisciplinaria de los estudios culturales.
La región Caribe colombiana está conformada hoy por ocho departamentos: Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena, Sucre, y San Andrés, Providencia y Santa Catalina, para un total de 132.297 kilómetros cuadrados de superficie terrestre, y una zona marina de 589.160 kilómetros cuadrados, cuatro veces y media más extensa que la parte terrestre. Nos acogemos a la pertinente aclaración que hace Francisco Avella Esquivel en la derección de no admitir la denominación de región de la Costa Atlántica que algunas gentes y aún geógrafos, siguiendo la línea del desconocimiento trazada por el Estado central, le dan a la región pues tal nombre olvida la franja de mares continentales y las islas que pertenecen a esta región. Dice Avella Esquivel: "La primera visión de la región, que se ha llamado interna, es la de sus propios habitantes, quienes la designan como la «Costa Atlántica». Esta designación revela la «desidia geográfica» mediante la cual la nación ha cedido y perdido extensos territorios en el Caribe. De no superarse, las pérdidas van a continuar" 5. No es este el espacio de discusión sobre si la división administrativa que se le ha dado a la región Caribe es funcional para su desarrollo, si consulta los propios delineados de la sabia naturaleza (nos parece que sí en algunos casos) o ha sido una partición que responde a intereses burocráticos de los gobernantes de turno. Nos preguntaríamos, por ejemplo, ¿por qué la franja del Urabá antioqueño que se prolonga hasta el mar Caribe y que presenta una fuerte presencia africana, no es parte administrativa de la región?
En la región Caribe colombiana, se arranca del concepto de subregiones determinadas precisamente por el espacio geográfico en el que la alteridad, el contrapunto, el corte, el límite crean distintos tipos de grupos humanos. En otras palabras, factores como el clima, el relieve o accidentes geográficos (mares, costas, ríos, ciénagas, islas, montañas, sabanas, desiertos), enclaves y mezclas étnicas (grupos indígenas y africanos), movimientos poblacionales (inmigraciones provenientes de otras regiones de Colombia y del extranjero) han creado ocho tipos de caribeños colombianos, de los cuales anotaremos algunas características de las señaladas por el grupo de investigadores que realizaron el Mapa Cultural del Caribe Colombiano 6:
1. Costeros: Son los habitantes de ciudades y poblaciones ubicadas a la orilla del mar, como Barranquilla, Santa Marta, Cartagena. "[...] el hombre es irreductiblemente machista, considera que tiene derecho no solo a su esposa legal sino también a otra «mujé» o amante, lo cual es socialmente aceptado y, de paso, demuestra que las prácticas poligámicas de indígenas y africanos han sobrevivido, pero, del otro lado, la mujer aún conserva ciertos rasgos de su posición ancestral matrifocal, porque en torno a ella se nucleó la familia. Así todos los hijos no solo tienen los mismos derechos, sino tienen también garantizado el cuidado, especialmente por parte de las abuelas o las tías" (MC: 143).
2. Sabaneros: Viven en las sabanas de Bolívar, Cesar, Sucre y Magdalena. "[...] este hombre desarrolla una fuerza increíble, es portador de cantos de vaquería y en sus noches ofrece a sus hijos y a su mujer décimas y versos de su cotidianidad. Aunque la tierra donde vive no sea de él y la cultive a través de una relación especial de aparcería y minifundio, se siente tan dueño como el propietario" (144). "El porro sintetiza la vida musical de este hombre; «María Barilla» es el símbolo de una estirpe de mujeres bailadoras por tradición y expresión de la autonomía femenina costeña, y no por vagabundería. Los cantos de vaquería y las fiestas en corralejas son elementos culturales intrínsecos al sabanero cordobés y de algunas áreas de Sucre, Bolívar y hasta en los Departamentos de Cesar y Magdalena" (MC: 144).
3. Montañeros: Habitan en los Montes de María, sabanas de Sucre y Córdoba, montañas de la "nación Chimila", entre los ríos Magdalena, Ariguaní y Cesar, lo mismo que en la región del Urabá cordobés. "Son los hombres que al estar en relación con la montaña han creado sus propios mitos y leyendas: Madremonte, Patasola y otros habitantes sobrenaturales de las tierras de selva, de monte oscuro. Estos hombres son los que mejor narran los cuentos de tío conejo, tío tigre, las maldades del mico" (MC: 146). "Su actitud ingenua frente a la vida, propicia que al salir al pueblo grande casi siempre es «tumbado». Él es el mejor marrano para desenhuesarse de los productos viejos, anticuados. Por eso es posible verlos luciendo vestidos, camisas o pantalones pasados de moda" (MC: 146).
4. Anfibios: Viven a orillas de los ríos Magdalena, Cesar, Ariguaní, Sinú, San Jorge, o cerca de las ciénagas de Ayapel, Chiloa, Betancí, Santa Marta, Pijiño, Pajaral, Mojana. "El hombre de «agua dulce» ha constituido un mundo, que no es otro que el «mundo riberano» o «anfibio», el mundo de la gente del agua, cienaguero, mojanero o riano, y por ello la naturaleza hídrica le pertenece, el río o la ciénaga son lazos que unen a todos sus habitantes porque todos tienen mucho en común: las casas, las comidas, el paisaje (el espacio geográfico)" (MC: 147). De estas gentes, han salido fiestas y mitos relacionados con el agua: El Mohán, la Mojana, el Hombre-Caimán, el Hombre-Sábalo, Compae Morrocoy, el Encanto del Caño Chuchal, la Fiesta del Caimán.
5. Cachacos: Nos referimos a inmigrantes del interior del país que por alguna circunstancia (violencia, nexos familiares, oportunidades de trabajo) se han venido a vivir a la región Caribe, sobre todo procedentes de Santander, Boyacá, Tolima y Antioquia. Se instalaron inicialmente en poblaciones fronterizas, en las vertientes de las serranías de San Lucas, Perijá y de la Sierra Nevada de Santa Marta. "Estos colonos fueron portadores de pautas culturales como una profunda valoración de la propiedad de la tierra, organización doméstica de la producción, alta cohesión familiar, producción de excedentes, vinculación al mercado, una mentalidad de progreso y ganancias, prácticas religiosas acentuadas y acordes con las prescripciones de la iglesia católica" (MC: 149). "Un aspecto fundamental de los colonos es el alto nivel de frustración ante la reiterada imposibilidad de realizar sus deseos e ilusiones de estabilidad y arraigo a la tierra" (MC: 146).
6. Guajiros: Se ubican en la península de la Guajira. Están conformados por indígenas (Wayúu), afroguajiros y una importante migración de sirio-libaneses. "La guajiridad se caracteriza por una serie de elementos comunes tales como la preponderancia de las familias extensas como unidades que implican fuertes lazos de solidaridad y reciprocidad entre sus miembros, el mantenimiento de sus nexos económicos y culturales con el Caribe y la preservación de una relativa autonomía política y cultural a través de la resistencia frente a la violencia, la preservación del territorio, de la lengua y de su organización sociopolítica" (MC: 151).
7. Isleños: Nos referimos a los habitantes de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Hay tres grupos: los raizales o nativos, los continentales sanandresanos y los extranjeros nacionalizados o no nacionalizados. "El deterioro cultural de la población anglocaribeña del archipiélago, que se inició con el proceso de colombianización a comienzos de siglo (XX), se agravó con la creación del puerto libre y con los cambios socioeconómicos que este produjo. No podemos olvidar que el hacer de San Andrés un puerto libre fue un mecanismo más utilizado por el Estado para ejercer soberanía sobre el territorio de las islas e integrarlo al territorio nacional" (MC: 152). "Sin embargo, en el decenio de los años ochenta, la política de integración del isleño ligada a factores tales como el desplazamiento territorial y a la apropiación diferencial del espacio, «condujo a una toma de conciencia del ser isleño, produciéndose, paralelamente a ello, una afirmación de los contenidos de identidad que refuerzan al grupo como etnia. Estos contenidos podrían sintetizarse de la siguiente manera: reconocimiento del idioma criollo como lengua materna, el cual pertenece a un continuo lingüístico que hace parte de la variante del inglés formal que se habla en el Caribe (Forbes, 1987); una permanencia del puritanismo bien sea como practicante católico o protestante; una reafirmación cultural basada en la discriminación racial; la continuidad del sistema de estratificación por prestigio, las relaciones de parentesco y la estructura de la vivienda (Ruiz, 1989)» [MC: 152].
8. Indígenas: Están los Emberá, que ocupan las cabeceras de los ríos Sinú y San Jorge; en San Andrés de Sotavento, un grupo que se considera descendiente de los Zenúes; los Chimila, en el corregimiento de San Ángel; los Wayúu, al norte de La Guajira; los Yuko-Yukpa, en el resguardo de Sokorpa, en la serranía de Perijá; los Kogis (Kaggaba), Arsarios (Wiwa) y Arhuacos (Ijka), en la Sierra Nevada de Santa Marta. Dice Reichel-Dolmatoff: "En Colombia, aún en nuestros días, tal vez ya no se trate de «extirpar» la idolatría, ni arrebatarles el oro; pero en la práctica se ha tratado de «integrar» a los indios a la sociedad dominante, es decir, de negarles sus culturas propias, tradicionales; de quitarles las pocas tierras que aún les quedan, bajo pretexto de colonización" (citado en MC: 155).
Estos ocho tipos eco-culturales son de suma importancia en nuestra narrativa. El relato, se sabe, no trabaja con abstracciones sino con personajes de los que resulta necesario crear, ante el lector, la ilusión de que son seres de carne y hueso moviéndose en espacios y tiempos concretos. Las historias, los ambientes, el modo de ser de muchos de sus personajes: sus épocas, hablas, vestuario, gastronomía, música, arte y su folclor, sentimientos y visiones del mundo, en el cuento, provienen de esta gran cantera que conforman los ocho tipos nunca netos de caribeños colombianos.
Es común ver expresados en los personajes de los imaginarios e historias que construyen nuestros escritores, los hábitos y las prácticas de los distintos tipos culturales subregionales, igualmente elementos que adquieren una fuerte carga simbólica y semántica como descriptores de idiosincrasia caribe, entre los cuales sobresalen las peleas de gallos, las parrandas, las fiestas de corraleja, el amor y las mujeres, las empresas delirantes o descabelladas, la iniciación sexual o en el conocimiento de la vida, el caballo, la ruina y los fracasos, el deporte (sobre todo, el béisbol y el boxeo), las derrotas bélicas, el extranjero atrapado por el embrujo del trópico, la pesca, el mar, los ríos, las faenas agropecuarias acompañadas de música o de canto, la piqueria o la pelea de coplas, el duelo gastronómico, las comidas, los mitos, las leyendas, las magias indígenas, la sensualidad de la tierra y el paisaje con sus olores, colores y sabores.
La identidad no es un bien u objeto material, corpóreo, tangible sino un aparato mental, una construcción simbólica a partir de la cual los miembros de un país, región, subregión o etnia establecen los límites de su pertenencia cultural y obtienen un sentido de reconocimiento social frente a otras colectividades. Cada miembro de una comunidad o etnia tiene sus propios elementos individuales que lo hacen distinto de sus congéneres pero colectivamente todos se ponen de acuerdo, de un modo tácito, en lo que siendo comunes a ellos los hace diferentes a otros grupos. La identidad, así, se define principalmente por el capital cultural, social y simbólico más que por el económico. Ello hace que se sientan y se comporten como caribeños colombianos sujetos de distintos capitales económicos, más exactamente, de distintas clases o grupos sociales. La identidad es el reino de la igualdad a nivel interno y de la diferencia y la distinción frente a otros grupos. Nos movemos entre dos fuerzas culturales que son la identidad y la diferencia, conceptos o constructos mentales que parten del yo y el otro. Como individuo necesito sentirme idéntico a otros miembros, lo que me da la seguridad, la fuerza y el poder del grupo, pero al mismo tiempo, como grupo, necesitamos sentirnos diferentes frente a otros conglomerados.
Toda colectividad humana que busque reconocerse en términos identitarios, tiene necesariamente que determinar las fronteras o los límites de su identidad en relación con el otro o con los otros. En nuestro caso, los otros son las cuatro regiones restantes de Colombia. Ahora, como quiera que el cuento caribe colombiano se construye en contrapeso de la perspectiva del campo cultural y literario creado por la región Andina, tendremos por el otro principalmente a esta región. Es un hecho que, en lo fundamental, la región Caribe y quizás las otras regiones de Colombia se definen desde la consideración del otro región Andina porque desde allí, tomando como epicentro a Bogotá, se ha ejercido la dominación a través de un campo de poder económico y político centralista, cuyo habitus se ha impuesto o pretendido imponerse (por la ley y las instituciones, por la fuerza o por la rutina de las prácticas y usos) a las demás regiones, desconociendo sus identidades culturales, lo que ha traído, en unos casos, la aceptación y conformidad, y en otros, la crítica y la resistencia. Y al decir región Andina, nos referimos única y exclusivamente al campo del poder que principalmente desde Bogotá han ejercido sobre toda Colombia unos agentes con posiciones de fuerza y disposiciones específicas. Es posible definirnos a partir de la relación con la identidad de las otras regiones periféricas o de esquina, pero tiene prelación nuestra definición de identidad frente a la región Andina, que a partir de su alto capital económico, cultural, social y simbólico, ha ejercido el dominio y con él originado consecuencias que nos determinan inexorablemente, entre ellas, el sub-desarrollo y la pobreza, causas principales de la violencia que en su despliegue cotidiano, ya ha comenzado a crear una disposición o habitus del cuerpo en la supresión de otros cuerpos.
En muchos casos, la mirada sobre nosotros mismos como región está contaminada por la mirada del otro que nos desconoce. En su no saber sobre las otras regiones, los agentes del campo del poder centralista han creado estereotipos (capital simbólico, para ellos) sobre la identidad caribeña colombiana y sobre las demás regiones periféricas, clichés conceptuales que incluso han terminado siendo aceptados por los propios ignorados. El centralismo ha visto como conductas nocivas o amorales ciertas prácticas culturales que para los caribeños son totalmente válidas, y más que responder a deseos de violar la ley o a inclinaciones amorales, provienen de procesos culturales muy complejos sembrados en la tradición y en el principio de subsistencia, como serían, para dar dos ejemplos visibles, la práctica del contrabando en La Guajira o el cambio de mujeres por bienes patrimoniales entre los indios Wayúu.
A Colombia se le ha definido muy gráficamente como un país de cuatro esquinas y un centro, para referirse a las cinco regiones naturales que conforman su territorio. Las cuatro esquinas son las regiones Caribe, Pacífica, Amazónica y Orinocense, y el centro: la Andina, desde donde las más de las veces se han administrado burocráticamente, sin avances tangibles, los planes de desarrollo, a pesar de los intentos de descentralización administrativa saboteada siempre por el eterno centralismo político. Este modelo de la hacienda con su casco central, su despensa trasera, su terraza delantera y sus dos potreros laterales es un trazado que copia el modelo impuesto por España durante la colonia. América constituía la tierra allende los mares que debía contribuir al enriquecimiento y desarrollo del centro colonizador que era España. Este modelo no solo queda invicto e intocado con la República sino que las divisiones administrativas regionales o subregionales, los departamentos, lo copian al impulsar el desarrollo de un centro a costa del empobrecimiento y el abandono del resto del territorio. Basta echar una mirada a la situación que viven los departamentos, con unas capitales superpobladas y en cierto sentido desarrolladas frente a numerosas poblaciones y ciudades intermedias dejadas a la buena de Dios, sin servicios públicos y sufrientes de un deterioro cada más lastimoso que en muchos casos es el origen de la sangrienta violencia que padecemos.
La cuentística del Caribe, sin caer en la manía testimonial o la enfermedad del sociologismo, muestra en múltiples historias, los comportamientos de los hombres y mujeres de la región frente a la realidad determinada por el campo del poder centralista. Queda claro que la literatura y, en este caso, el relato corto, trabaja con símbolos, metáforas, imágenes e isotopías que en su textura plurisignificativa de lenguaje tropológico, muchas veces dicen más que el lenguaje denotativo o monosignificativo de las ciencias sociales. El campo cultural andino, en sus manifestaciones literarias, ha buscado crear un habitus que garantice la continuidad del campo del poder político. Por ello no asombra que en un momento de fuerte capital económico, cultural, social y simbólico del campo literario andino, muchos de sus escritores y filólogos sean a la vez políticos (algunos llegaron a la Presidencia), como serían los casos de José Eusebio y su hermano Miguel Antonio Caro, Marco Fidel Suárez y Manuel Marroquín, para solo citar cuatro ejemplos. De hecho, los políticos que a su vez eran escritores, utilizaban el prestigio que les daban las letras para ascender en la política, obteniendo un alto volumen de votos en las elecciones o un importante nombramiento dentro de la burocracia estatal, con lo que aumentaban su capital económico. Cometer versos daba lustre en un país marcado por la medianía intelectual. Ya Pierre Bourdieu ha señalado esta extraña refracción entre el campo político y el campo cultural y literario, y cómo los capitales simbólicos y culturales que representan las letras, pueden convertirse en capitales económicos y sociales: "No hay mejor ilustración porque permite el razonamiento a fortiori del efecto de refracción ejercido por el campo que el caso de los escritores más visiblemente sometidos a las necesidades externas las que ejercen los poderes políticos, conservadores o progresistas, o las de los poderes económicos, que pueden influir directamente o por mediación del éxito de público o de prensa, etc.: la lógica de la polémica política, cuya sombra todavía planea sobre muchos análisis con pretensiones científicas, induce así a ignorar la diferencia entre las representaciones que presentan y las que producen los propios dominantes, banqueros, industriales, hombres de negocios, o sus representantes en el orden político, cuando actúan como productores ocasionales de bienes culturales 7.
Ya hemos aclarado que cuando hablamos de campo literario andino, no señalamos exclusivamente que los escritores fueran de Bogotá, de Cundinamarca o de los otros departamentos que integran esta región, simplemente nombramos a los escritores que siendo de cualquier región del país, mantenían y repetían la ortodoxia poética del campo literario andino, campo que no ofrecía aperturas éticas y estéticas a las otras regiones. Así, el viejo campo literario andino se devalúa en su capital y por lo tanto pierde lustre. No olvidemos que tener capital literario es gozar de prestigio y autoridad en ese campo, fama que debe responder a criterios de calidad estética aunque no siempre, como ocurría en ese campo, donde más que la bondad artística de las obras se miraban otros factores de conveniencia social para mantener los privilegios en el campo político y económico.
En un país provinciano como Colombia, atrasado, sin grandes desarrollos capitalistas, el prestigio, es decir, el capital cultural, social y simbólico que podía dar la literatura, no estaba en los grandes tirajes editoriales de las obras ni por supuesto en la venta masiva de los libros, sino en una publicitación casi artesanal de las obras, en ediciones menores de libros, magazines y suplementos dominicales, revistas y periódicos provincianos; igualmente en los comentarios y lecturas realizadas en las tertulias reunidas en bares, cantinas y cafés, sitios donde los literatos, casposos y con aliento de anís, cocinaban realmente el prestigio que les daba capital social y simbólico, no tanto por la calidad de las obras sino más bien por sus poses de presunción y dandismo, de raros o extravagantes, de pipas y cabelleras, personajes que el poeta cartagenero Luis Carlos López, urticante crítico de los modelos literarios andinos, ridiculiza en su anti-soneto "Versos a la luna", cuando a Selene le "cantan en cualquier cantina,/ neurasténicos bardos melenudos/ y piojosos, que juegan dominó" 8.
Por otro lado, conectados al campo político y a otras actividades que los alejaban de la disciplina profesional del escritor dedicado a su oficio, las producciones del campo literario andino adolecían de mediocridad, medianía, provincianismo, lenguaje rígido, vocabulario anacrónico, visión relamidamente idealista y nostálgica de la realidad, unas veces, y otras, visión descriptivista y sociologista vulgar del mundo, características heredadas de la mala literatura española, como se puede ver en el cuento criollista y el cuadro de costumbres, en la larga sarta de novelas romántico-costumbristas o falsamente terrígenas y en el edulcorado y narcotizante Parnaso de la poesía colombiana con su "trueno perenne" y su "Olimpo divino". Esa desprofesionalización de los agentes productores (escritores) en el campo literario andino seguramente se debía a la falta de independencia y autonomía del campo literario. En su mayoría, los escritores cargaban el lastre de la política. La literatura colombiana era una cenicienta complaciente y acrítica que consentía el uso y abuso de otros campos, principalmente el económico y el político, a los que estaba servilmente conectada, en un habitus de campo dominado.
Por el contrario, los escritores del Caribe colombiano, ante el reto que tienen de crear un nuevo canon, se profesionalizan y entienden que aunque relativa, la autonomía del nuevo campo literario es una batalla por ganar y una forma de afirmación de identidad. De allí la necesidad de la profesionalización, entendida como una dedicación de tiempo mayoritario al aprendizaje y al conocimiento del arte literario, como lo hizo Gabriel García Márquez, quien tercamente se opuso a los deseos de su padre de hacerlo a toda costa un abogado, hecho que de haberse producido, nos hubiera dado seguramente un brillante juriconsulto pero nunca el capital cultural, social y simbólico de tener un Premio Nobel.
En un momento en que el campo literario andino ha cedido terreno, la vanguardia surge de la heterodoxia o herejía caribeña colombiana, impulsada a su vez por la literatura del Gran Caribe y de Latinoamérica, en la que el llamado Boom impuso un nuevo canon. Y esto no quiere decir, como podría entender una ley del reflejo mal asimilada, que el campo del poder andino pierde los otros capitales. La región central sigue dominando en el campo político y representa a los grupos más fuertes a nivel de capital económico. Pierde sí, parte de su capital literario, social y simbólico. Bourdieu sostiene que "El proceso en el cual están inmersas las obras es el producto de la lucha entre quienes, debido a la posición dominante (temporalmente) que ocupan en el campo (en virtud de su capital específico), propenden a la conservación, es decir, a la defensa de la rutina y la rutinización, de lo banal y la banalización, en una palabra, del orden simbólico establecido, y quienes propenden a la ruptura herética, a la crítica de las formas establecidas, a la subversión de los modelos en vigor y al retorno a la pureza de los orígenes" 9.
El campo literario andino va debilitando su prestigio, minado y detonado por literaturas de otras regiones, no solamente la caribeña. Y la influencia ha sido tan fuerte que hoy, los propios escritores andinos presentan un proceso de caribanización, notable en sus temas, lenguaje, visiones del mundo, en fin, en sus poéticas, como es el caso de Álvaro Mutis, quien ha asumido el trópico y el mar con todas sus consecuencias de comunicación y soledad.
Este fenómeno de la caribanización de la literatura colombiana encuentra su homologación en el proceso vivido por la música colombiana, dominada hace algunos años por el canon de los pasillos, bambucos y guabinas, que respondían a unas condiciones de sociedad o campo social semi-feudal, aún cercano a la influencia de la colonización española. No olvidemos que a esta música se le acompaña de bailes y danzas que se resisten a mostrar, en un juego de doble moral, el rito del cortejo y el beso de los bailarines, quienes para unir sus labios, deben ocultarse tras los sombreros y chalinas. Recordemos que los programas radiales de música colombiana eran seguidillas de estos aires y cuando por algún error, se colaba una cumbia, porro o vallenato, uno pensaba en las recriminaciones que el director de la emisora le haría al locutor impertinente. Todo este modo musical cede terreno ante la arremetida de ritmos cuya materia es la hibridez cultural, como el bolero, la guaracha, la cumbia, el porro, el vallenato, el merengue, la salsa, el rock, el reggae y útimamente la champeta.
Desprestigiado un campo cultural por la automatización del estilo y las formas, los temas, los motivos y el lenguaje caducos en que persisten los agentes productores o escritores, se agota el gusto de los agentes consumidores o lectores. El habitus de producción y consumo de cierto tipo de obras, es reforzado fundamentalmente por el sistema escolar (escuela y universidad), la crítica literaria consagradora o aniquiladora, y la prensa. Ahora, con los nuevos sistemas de comunicación, han aparecido otros canales consagratorios como la radio, la televisión y el cine, que transmiten historias cuyos libretos surgen de obras literarias, al igual que las páginas culturales en Internet y los concursos literarios. Todo ello crea un canon al que los escritores y lectores quieren pertenecer mientras tal campo tenga prestigio, es decir, capital cultural, social y simbólico, siempre susceptibles de transformarse en capital económico.
En un comienzo, por falta de tradición literaria en la región, no hay propiamente un campo literario caribeño colombiano sino que nuestros escritores se pliegan al canon andino del que pronto se desilusionan al comprobar que sus poéticas (temas, motivos, tópicos, lenguajes, técnicas, visiones del mundo) no responden a la realidad natural, social, sicológica y humana de los habitantes de la región Caribe y otras regiones. Se dan cuenta que más que con el campo literario de la región Andina, tienen conexiones e identificaciones con el campo literario del Gran Caribe y de Latinoamérica. Esa desautomatización propuesta por el Caribe y otros campos literarios regionales, como es el caso de la región del Pacífico, se realiza cuando nuestros escritores producen combinaciones insólitas de los posibles, tanto en los géneros novela y cuento como en la poesía, en sincronía con fenómenos de apertura y heterodoxia que se estaban dando en otros ámbitos y latitudes del mundo. En ese proceso, van a ser determinantes las nuevas técnicas aportadas por la literatura norteamericana y europea (Faulkner, Dos Passos, Hemingway, Saroyan, Capote, Woolf, Kafka, Camus, Mann), la homologación en el campo literario del sincretismo entre técnicas extranjeras de producción capitalista de mercancías y materias primas de los países caribeños y latinoamericanos, los avances de medios y canales en la aceleración comunicativa, el periodismo, el cine, el psicoanálisis y el mundo oculto de los sueños y el inconsciente, y lo más importante, una nueva forma de ver el mundo, el afianzamiento de los rasgos de identidad frente a la virtualidad del mundo como aldea.
Ya desde la época de la colonia, España, además del modelo del desarrollo otorgado a un centro a costa del sacrificio de la periferia, impuso también la plantilla del poder establecido por la palabra escrita. Con escrituras expedidas por notarios, los indígenas perdían las tierras en las que habían vivido por cientos de años. Hicieron su aparición nuevos dueños: encomenderos y terratenientes amparados por el documento que borraba de un plumazo toda una tradición de posesión legítima. Este modelo quirográfico fue heredado por el campo del poder de la región Andina, repitiéndose en la literatura del interior el paradigma de la autoridad de la palabra escrita, que debía responder al bien decir, a la retórica pomposa y grandilocuente, de allí que la política estuviera tan firmemente ligada a la literatura, la gramática, la corrección de la lengua y la oratoria frondosa. El bien decir era un instrumento de comunicación segreguista que a través de la violencia simbólica apartaba a los usuarios de la oralidad popular por ignorantes y malhablados.
A partir de esa premisa de la escritura como forma del poder, es necesario establecer que por el desequilibrio con que la Atenas suramericana distribuía los planes de desarrollo para el resto del país, la escuela y la instrucción no llegaron o llegaron tardíamente a la región Caribe y a las otras regiones periféricas o de esquina. De allí la importancia que tiene el tema de la iniciación en nuestros cuentos y novelas, como ocurre en García Márquez y en Jairo Mercado. Faltos del conocimiento libresco y erudito, los personajes de nuestros cuentos se lanzan al aprendizaje pragmático sexual, erótico, científico por observación, en fin, al aprendizaje de la vida. Recuérdese, por ejemplo, cómo José Arcadio Buendía, en Cien años de Soledad, por pura intuición, llega a concluir que la tierra es redonda como una naranja. Tal situación hizo que la palabra hablada sobre los sucesos cotidianos y las voces de la tradición oral se convirtieran en importantes vehículos de transmisión de costumbres, prácticas, conocimientos, mitos, leyendas, hábitos.
El cuento caribe colombiano muestra en sus principales cultivadores una vocación por la palabra hablada, aún en autores que podríamos considerar muy cosmopolitas y universales como Germán Espinosa. Pero el manejo de la oralidad no es, como a simple vista se podría pensar, un elemento de forma, inocuo y sin consecuencias visibles. Por el contrario, el empleo de la oralidad impone, de alguna manera, ciertos temas, tópicos, motivos y visiones del mundo. De hecho, el uso de la tradición oral y la palabra cotidiana parte del manejo de personajes populares y estos viven una gama particular de experiencias que no son, por supuesto, las de un bibliotecario borgesiano, sino las del diario vivir, practicado en la región Caribe colombiana por las ocho presencias eco-culturales ya descritas. La oralidad permite a los escritores dar la palabra a los que nunca han hablado en los libros, según el viejo modelo de la Historia oficial en que solo se oye la voz culta de los que dominan la escritura.
La fuerte presencia de la magia, el mito y la leyenda (el realismo mágico de un García Márquez) en nuestros cuentos es consecuencia de la oralidad. En la medida en que, al carecer de la escritura a su oportuno tiempo, los hechos de nuestra historia regional no quedaron estáticos y congelados, como sí ocurrió en el interior del país centro desde donde se escribía la Historia, fueron elaborados y revisitados cientos de veces en una especie de clínica del rumor echado a circular de boca a oído. Así, el escritor funciona como una especie de cronista que se puede dar el lujo de reinventar la cotidianidad que se comenta en los velorios, los caminos, las calles, las esquinas; de exagerar y subvertir los hechos de mayor trascendencia colectiva, sin que nadie lo pueda tildar de mentiroso. Como lo ha demostrado Walter Ong, la oralidad crea una frescura y renovación de la lengua en sus niveles fonológico, gramatical, semántico, ideológico y pragmático. El narrador costeño, al utilizar la oralidad como campo de creación, no se queda en un nivel primario y elemental de la lengua hablada, sino que abierto a las influencias de la cultura universal, acepta técnicas, vocabularios, puntos de vista, formas y niveles narrativos con los que logra hacer trascender contenidos regionales, como es el caso de José Félix Fuenmayor, un cuentista que pone los avances técnicos de la vanguardia al servicio de asuntos de parroquia que consiguen volverse universales gracias a la mirada lúcida y polifónica con que los enfoca.
Otra importancia de la oralidad como parte de la herejía caribeña es su carácter anti-retórico. La oralidad hace detonar la corrección de la escritura, va contra el bien decir. Y al incluir el mal decir y la incorrección a través de vocabularios populares y soeces, se produce un acercamiento al cuerpo, negado antes en el canon andino. De allí proviene esa mentalidad carnavalesca de la profanación y la irreverencia a partir del desnudamiento del cuerpo. En los relatos caribeños, las necesidades corporales (alimenticias, sexuales,) irradian un sentido de humanismo vital difícil de encontrar en la narrativa andina.
La región Caribe colombiana ha sido puerta de entrada y salida. Por aquí, se sabe, penetraron migraciones indígenas que provenían de Centroamérica. Por aquí llegó Europa a América Latina, entró la cultura a la región Andina, hoy no tanto quizás, por la apertura de la navegación aérea, nuevas vías marítimas y la eclosión del ciberespacio. Esta posición de la región como himen o frontera, hace que el campo en el que se produce el habitus de la cultura caribeña colombiana, esté determinado por dos influencias básicas, una de cierre, el poder andino centralista, y otra de apertura, esa zona franca de la cultura que llamamos el Gran Caribe, ámbito conformado por islas y costas continentales bañadas por un mar que algunos geógrafos han considerado mediterráneo.
Antonio Benítez Rojo, además de reconocer ese espíritu abierto para recibir al otro que caracteriza a los caribeños, señala la tristeza originada por la soledad: "El eterno paisaje del mar nos ha hecho mirar hacia fuera, hacia el horizonte, es decir, ser un pueblo extravertido, sonriente y generoso con el forastero. Esto no es nada nuevo pues millares de ingleses, franceses y alemanes lo han reconocido en sus libros de viaje. Pero hay algo más difícil de observar que también es muy nuestro. Una tristeza húmeda y secreta que rara vez compartimos, tristeza producto de nuestro aislamiento microscópico, de nuestra soledad en medio de tanto sol y tanto turista" 10.
Dentro del sentimiento cultural de los caribeños colombianos, siempre ha circulado la idea de que nos sentimos con más sentido de pertenencia al Gran Caribe que a la Colombia andina. El departamento de San Andrés, Providencia y Santa Catalina ha sido el que más ha manifestado este sentimiento de pertenencia al Gran Caribe, precisamente porque ha sido el más afectado por los vicios del centralismo, hasta el colmo de haber tenido que sufrir, en una época, el nombramiento de gobernadores andinos. Ahora, este sentido de experiencia de apertura, de aires de libertad que la región Caribe colombiana ha encontrado en el Gran Caribe, no son de ahora sino que vienen de tiempo atrás, desde las épocas precolombianas, determinado por la propia naturaleza del paisaje sin obstrucción del horizonte. Y en los tiempos independendistas, Bolívar halló en Haití y Jamaica un apoyo irrestricto en la realización de sus sueños libertarios. Recuérdese la famosa Carta de Jamaica y el apoyo del haitiano Alejandro Petión al Libertador. El mismo Bolívar, caribeño venezolano, no tuvo trabas egoístas para traernos las banderas de la libertad, que había aprendido a empuñar en las ideas de los iluministas franceses. Todo ello ha determinado que el Gran Caribe haya sido, para la literatura, una fuente de inspiración no solo por el contenido de la naturaleza con sus mares, islas y costas, sino por la siempre presente lección de inauguración, de rompimiento, de irreverencia, de lúdica y gozo de su pluralista cultura.
Por su parte, la literatura del interior se caracterizó seguramente el proceso ha variado por una visión reducida, en cierta forma, mezquina, de la realidad. Una muestra de esa focalización de rendija era el llamado cuadro de custumbres, en el que imperaba el color local, lo típico desconectado de los contextos y dado mediante una mirada de marco cuadrado sobre la realidad. Podría explicarse esa mirada parcializada y recortada del mundo, por la presencia del relieve andino en que la montaña obstruye el horizonte y la luz resulta opaca y gris. En cambio, en la costa, frente al mar despejado, con una luz reveladoramente refulgente, la mirada se hace profunda y escrutadora, la claridad saca a la superficie el detalle oculto, los matices del color, como en los luminosos brochazos del trópico en los cuadros de Alejandro Obregón.
En entrevista concedida a Guillermo Tedio, Germán Espinosa dice en este sentido de las dos miradas, la andina y la caribeña: " [...] en forma inconsciente, dirijo siempre al mundo una mirada caribeña. Ello nada tiene que ver con el mar ni con las ballenas, que no son sino pretextos del lirismo; más bien con un aprendizaje de mi niñez. Contemplar al mundo desde el Caribe significa hacerlo con los horizontes abiertos, sin ese provincialismo de la antigua mirada andina. Digo «antigua», porque hoy, con los veloces medios de comunicación de que disponemos, en cualquier parte vivimos la aldea global. Cuando yo llegué a Bogotá, en cambio, la visión que allí predominaba era muy recoleta, como la de quien observa el universo por el ojo de una cerradura" 11.
Y Jairo Mercado, al responder a Roberto Montes Mathieu la pregunta de qué diferencia encuentra entre los narradores del interior y los de la región Caribe, dice: "La misma que hay entre Alejandro Durán y los Carrangueros de Ráquira. Y la misma que hay entre un pasito de bambuco bailado con ruana y cotizas y besitos castos detrás del sombrero y el frenesí de sexo y locura de un mapalé bailado a pecho limpio y con la pata pelá. Los cachacos son más pudibundos y prosopopéyicos. Nosotros más impúdicos y desvergonzados, y por eso más inocentes. Somos más rudos, menos convencionales. El fanatismo religioso no nos ha amarrado las manos para escribir. El sectarismo político no ha causado los mismos estragos que ha producido en la vida de las gentes y en la literatura del interior. Nuestro lenguaje es más directo y vital. El de ellos aparece comúnmente larvado por tanta hueca retórica. Nosotros procedemos casi todos de la entraña popular. Y somos fieles a ella. En cambio, es raro el cachaco que no escriba con la mano enyesada y el cuerpo rígido para que no se le arrugue el saco leva" 12.
En esa frontera de encuentros o cruce de caminos que es la región Caribe colombiana, el cuento ha sido cultivado bajo las tres formas culturales que a partir del concepto de transculturación de Fernando Ortiz, ha establecido Ángel Rama para la literatura latinoamericana.
En primer lugar, se dan los autores pioneros, como podrían ser José Francisco Socarrás y Alejandro Álvarez, quienes han escrito cuentos regionalistas, centrados en la tierra, en el paisaje, en las etnias, en los modos de ser subregionales, pero aún en ellos, hay un deseo de trascender el hecho cotidiano anecdótico para alcanzar un mensaje universal.
En segundo lugar, hay narradores que cultivan el cuento cosmopolita y erudito, con una fuerte tendencia al intelectualismo, como Germán Espinosa y Álvaro Cepeda Samudio. Espinosa ha escrito cuentos de ciencia ficción y relatos en los que desacraliza tópicos de los repertorios de la cultura universal, con una sabiduría lingüística sostenida por una visión del mundo de caribeño universal. En sus relatos y en sus novelas, Espinosa ha narrado una heterogénea pluralidad de tiempos y temáticas: La Atlántida, el iluminismo revolucionario, los años independentistas, la época crística, el brahamanismo, el yoga, el demonismo, el vampirismo, las religiones orientales, la astrología, la alquimia, la búsqueda del huevo filosofal, la iniciación sexual o en el conocimiento de la vida o de las ciencias, para solo citar algunos temas y motivos. Sobre este aspecto de la libertad temática anota Espinosa: "Me parece que si algo he aportado a la literatura colombiana, ha sido una mayor libertad temática: la posibilidad de escribir sobre las diversas geografías y épocas del hombre. Cuando me vi ante la contingencia de escribir una novela que transcurriese toda en el siglo I de nuestra Era, no titubeé ni un segundo. Es posible que otros escritores hubiesen desechado la idea, por imaginar que debían permanecer sujetos a su entorno colombiano o latinoamericano. Ocurre que, desde muy joven, he creído en la absoluta libertad de que debe disponer el creador. Por eso no me dejé impresionar cuando, hace treinta o cuarenta años, se sostenía que la novela estaba obligada a abordar los conflictos sociales. Yo, en mi literatura, acostumbro ser soberano. No recibo órdenes de nadie. Arte y libertad son, para mí, sinónimos" 13.
Espinosa no define la identidad caribeña por el traje, la comida típica o el sombrero vueltiao sino por el gran espíritu universalista que anima al hombre del caribe y que lo lleva a beber de todas las fuentes culturales, con la misma versatilidad y ausencia de prejuicios con que lo haría un Borges. Dice: "La imago mundi caribeña es universal y dinámica. El hombre culto del Caribe dirige su mirada hacia todas las culturas y sabe apropiarse, sin perder su identidad, de todo lo que de ellas necesita" 14.
La afirmación de Espinosa de que el hombre caribe se apropia de otras culturas sin perder su identidad, es una sana lección de tolerancia, de admisión y aceptación del otro. Esa tolerancia tal vez se explique en el hecho de que en la región Caribe, los hogares tienen una base de organización matriarcal y la presencia de ese lado femenino consentidor y tolerante en la conducción de la casa, permea todas las actividades exteriores, a pesar del tan socorrido machismo de los costeños, que es a la postre un machismo callejero de palabras. Por su parte, el interior andino se presenta como una zona de mayor presencia patriarcal en los destinos del hogar y la familia. Ya la sociología ha estudiado la rápida desarticulación de los hogares andinos por las prácticas del comercio y los negocios, la prostitución y el gaminismo. En la región Caribe, un niño nunca queda abandonado porque si no está la madre, aparece en su reemplazo la tía o la abuela o en último caso la madrina o la vecina, que mantienen la unidad familiar. De allí la importancia que sobre todo para el tipo eco-cultural del costero, tiene el compadrazgo, institución que garantiza la seguridad del niño cuando, por alguna razón, desaparecen sus familiares. La región Caribe es así la acogedora cocina de Úrsula, donde todos entran y son aceptados para tomar el aromoso café mientras se escucha una historia. Por supuesto que nuevos factores como la violencia patentizada en el boleteo, la amenaza, el despojo, el desalojo, la agresión y la muerte han venido a romper, en cierto modo y en algunos sectores de la región, esta tradicional unidad familiar.
Por su parte, en Cepeda Samudio, para seguir con otro caso de escritores que han cultivado el cuento cosmopolita, hay una extraordinaria asimilación de autores extranjeros, sobre todo norteamericanos: Faulkner, Saroyan, Hemingway, Capote. En los relatos de Cepeda, es notable la influencia del cine, el periodismo, el psicoanálisis y la experiencia onírica.
Una tercera línea, quizás la más rica, en la narración corta en el caribe colombiano, ha sido la conformada por el cuento transculturado, en el que valiéndose de formas y técnicas de la modernidad y aún de la postmodernidad, recontextualizados en su uso, se tratan materias y contenidos muy nuestros, como serían los casos de José Félix Fuenmayor y García Márquez. En esta perspectiva, es muy válido lo que sostiene Fernando Ortiz sobre la transculturación. Sus conceptos, aunque aplicables a Cuba, son válidos para entender el proceso de mestizaje cultural producido en toda la cuenca del Caribe: "Hemos escogido el vocablo transculturación para expresar los variadísimos fenómenos que se originan en Cuba por las complejísimas transmutaciones de culturas que aquí se verifican, sin conocer las cuales es imposible entender la evolución del pueblo cubano, así en lo económico como en lo institucional, jurídico, ético, religioso, artístico, lingüístico, psicológico, sexual y en los demás aspectos de su vida" 15. A partir de este concepto básico de transculturación, Ortiz determina tres etapas en este proceso de mestizaje de la cultura, cuales son la imposición de modelos y repertorios culturales foráneos (aculturación), pérdida de rasgos culturales propios (desculturación) y creación de nuevos modelos en los que la línea dominante ha sido el sincretismo (neoculturación) 16.
Ángel Rama 17, partiendo de estos conceptos básicos de Fernando Ortiz, ha hecho importantes aportes en el estudio de la literatura latinoamericana, deteniéndose sobre todo en la literatura que ha surgido de un largo proceso transculturador. La coexistencia de varias etnias, culturas y civilizaciones (indígenas, Europa, África) se explica por las múltiples inmigraciones y contactos, pero también por las diferencias en los tiempos de desarrollo de los pueblos nativos de América y los que llegaron, de manera voluntaria o por violencia, como en el caso de los africanos. Por lo mismo se ha dicho que la Gran Cuenca del Caribe es el escenario donde se ha producido el más grande contacto de culturas en la historia humana. Parte de nuestra identidad como región Caribe se encuentra en la expresión de esa trietnia y en las variadas mezclas sincréticas que se han producido. Nuestros cuentistas dan testimonio estético y ético de ello. En el relato corto que se cultiva en la región, hallamos la presencia de ritos y prácticas religiosas, de música, costumbres y vocabularios africanos. Del mismo modo, está la presencia indígena con sus mitos, su conocimiento de la naturaleza, su entrañable educación ecológica pero al mismo tiempo, el despojo y la segregación en que se les ha tenido, igual que al negro. Frente a la cultura oficial que se presenta como secuela de la cultura blanca europea, las culturas india y negra y los contactos con otros pueblos inmigrantes han sido siempre fuerzas subvertoras creativas de los arquetipos generados desde el centro en un campo que busca repetirse y mantenerse a través del habitus.
NOTAS:
1. Edmond Cros. Literatura, ideología y sociedad. Madrid, Gredos, 1987, pág. 21.
2. Pierre Bourdieu. Las reglas del arte: Génesis y estructura del campo literario. Barcelona, Anagrama, 1995, págs. 319-320.
3. Francisco Vásquez García. Pierre Bourdieu: La sociología como crítica de la razón. España, Montesinos, 2002, pág. 118.
4. Francisco Avella Esquivel. "Bases geo-históricas del Caribe Colombiano". En: Respirando el Caribe: Memorias de la Cátedra del Caribe Colombiano. Volumen I. Compilador: Ariel Castillo Mier. Barranquilla, Observatorio del Caribe-Universidad del Atlántico, 2001, pág. 3.
5. Ibid., pág. 9.
6. Mapa Cultural del Caribe Colombiano: La unidad en la diversidad. Compiladores: Guillermo Enrique Rodríguez Navarro, Margarita Rosa Serje de la Ossa, Édgar Rey Sinning. Santa Marta, CORPES, 1993. Las citas tomadas de este trabajo son referenciadas con las iniciales MC.
7. Pierre Bourdieu, Op. Cit., pág. 328.
8. Luis Carlos López. Obra poética. Edición crítica de Guillermo Alberto Arévalo. Bogotá, Banco de la República, 1976, pág. 245.
9. Pierre Bordieu, Op. Cit., pág. 308.
10. Antonio Benítez Rojo. "El Caribe en el siglo XXI: Un proyecto de trabajo". En: IV Seminario Internacional de Estudios del Caribe Memorias. Barranquilla, Universidad del Atlántico, 1999, págs. 19-20.
11. Germán Espinosa. "Un buen escritor madura, jamás envejece". Primera parte de la entrevista realizada por Guillermo Tedio a Germán Espinosa. En: El Heraldo Dominical. Barranquilla, 19 de Mayo de 2002, pág. 7.
12. Jairo Mercado Romero. "Jairo Mercado, contador de cuentos". Reportaje realizado por Roberto Montes Mathieu, publicado inicialmente en Revista Dominical del diario El Heraldo, Barranquilla, 27 de Junio de 1982. En: Cuentos escogidos. Bogotá, Trilce Editores, 2001, pág. 230.
13. Germán Espinosa. "Un buen escritor madura, jamás envejece". Segunda parte de la entrevista realizada por Guillermo Tedio a Germán Espinosa. En: El Heraldo Dominical. Barranquilla, 26 de Mayo de 2002, pág. 9.
14. Germán Espinosa. "Un buen escritor madura, jamás envejece". En: El Heraldo Dominical. Barranquilla, 19 de Mayo de 2002, pág 7.
15. Fernando Ortiz. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Caracas, Ayacucho, 1987, pág. 93.
16. Ibid., págs. 96-97.
17. Angel Rama. "Los procesos de transculturación en la narrativa latinoamericana". En: La novela latinoamericana: 1920-1980. Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1982, págs. 203-234.
_______________________________________
© Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 12
Enero-Febrero-Marzo de 2003
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n11ident.html