La idiosincrasia del hombre caribe colombiano
en la cuentística de José Félix Fuenmayor


Thirsa Castro Beleño
Benilda Pacheco Bornacelly


Este trabajo fue realizado en el Seminario "Cuento Caribe e Identidad Sociocultural"  (a nivel de Semillero) orientado por el profesor Manuel Guillermo Ortega, en el IX Semestre de Pregrado en Lenguas Modernas, dentro de la investigación "El Cuento Caribe Colombiano: Historia, Poéticas e Identidad", que adelanta el Grupo GILKARÍ, en convenio firmado entre la Universidad del Atlántico y COLCIENCIAS.

          Para nadie es un secreto que Colombia es un país cuya característica principal es la diversidad en el relieve, la flora, la fauna, el clima y, especialmente, en su gente. Tampoco lo es el hecho de que tales aspectos influyan para diferenciar, por ejemplo, a un barranquillero (costeño) de un bogotano (cachaco), por el color de su piel, el acento marcado en sus palabras, pero, ante todo, por sus rasgos de personalidad.

          En este último aspecto,  ese modo de sentir y actuar, esos rasgos que los diferencian e identifican como hombres pertenecientes a la Cultura del Caribe  colombiano, son reflejados por José Félix Fuenmayor, en cada uno de los personajes que desfilan en su libro de cuentos: La muerte en la calle, publicado  póstumamente en el año de 1967. Pues bien, si tuviésemos que dar una definición,  en una sola palabra, del carácter del hombre de la Costa Norte Colombiana en la cuentística de Fuenmayor, esta sería: Extroversión, pero sin ceñirse únicamente a la parranda y la bulla,  sino  enmarcada en una connotación más amplia, tal como lo concibe Ramón de Zubiría:

          "su  extroversión viene a ser  la búsqueda  y  gozo de la  compañía,   apetencia    permanente   de   diálogo, de ventilación, de   necesidad  y  alegría de compartir con los  demás  fervores y entusiasmos,  experiencias, sueños y  preocupaciones. Por eso, el    hombre caribe es comunicativo, deliberante y  conversador,  cuentero nato, un hombre para quien la comunicación constituyeuna necesidad esencial" (1).

          Tales características no son desconocidas para Fuenmayor sino que, por el contrario, las afianza mucho más en su narrativa. Así tenemos que en "Un viejo cuento de escopeta", el viejo Martín, un montuno que se vino a vivir con su  mujer a la ciudad,  "se levantaba muy de mañana, sacaba una silla al sardinel y sentándose con su tabaco en la boca, contestaba el saludo de las gentes que pasaban  y con quienes siempre estaba dispuesto a hablar si le daban conversación" (2). En este personaje, es evidente la búsqueda del otro para el intercambio comunicativo, es decir, esa dialogicidad que hace posible el mantenerse  vivo. De lo contrario, el abandono de la palabra lo sumiría en el olvido.

          En "Las brujas del viejo Críspulo",  encontramos al costeño "conversador y cuentero", el viejo Críspulo, narrador de la historia de dos brujas, quienes se convertían en animales para buscar comida. Este hecho tenía como propósito el contrastar a las brujas costeñas con las europeas, interesadas éstas últimas en la búsqueda del placer y, por ende, en la infidelidad para con  sus maridos. En este mismo cuento, hallamos la hospitalidad y generosidad del hombre caribe, en la figura de la señora Encarnación, quien hospeda a una bruja en su casa, aún sabiendo su condición y su carencia de dinero para pagarle la habitación. Asimismo, el mendigo de "La muerte en la calle" también fue acogido por una familia, durante un tiempo como huésped:

          "[...] y como  no iba  a  molestar a  nadie, que  me dejaran  dormir  en  el hoyo  del patio que no se veía desde la casa porque lo tapaba  la  cocina...Aquella gente  era buena y me lo permitió" (3).  

          Otras características distintivas son la presencia del humor y,  a nivel discursivo,  "la facilidad para crear nuevas palabras y formar nuevos núcleos metadiscursivos"(4). Lo primero se manifiesta en la picardía de las palabras, la recurrencia a expresiones hiperbólicas: "su boca de rayita lo espanta a  uno cuando se la espernanca a la comida" (5); refranes y dichos: "El no es de muela sino de lengua";  términos irreverentes: "flojo era Adán antes de la maldición y entonces, flojo era cuando Dios más lo quería y  lo contemplaba en el paraíso"(6); empleo de hipocorísticos como: "Pablito, niña Indalecita, Perico y viejita", para llamar cariñosamente a las personas o, como lo demuestra Fuenmayor, utilizados de manera despectiva: "Mateita", huesudita, pobre pellejito, mujercita, "En la hamaca", para señalar cuán flaca y falta de gracia era esta mujer y todo cuanto le rodeaba: Trapitos, ollita, repicita, salita. En cuanto a la facilidad  para la elaboración de nuevas palabras, un ejemplo certero lo constituyen: "La tía volvió a enconcharse", en "La piedra de Milesio", para significar que la persona mantiene su  posición, no cambia de parecer; "enmochilado", en "Con el doctor afuera", entendido como semiacostado; en "Utria se destapa", "refunfuñando", protestar en voz baja; "disparates", incoherencias. En "La piedra de Milesio", "prieto", de color negro; "encaramado", subido en una parte alta; "de balde", gratis; "perrencanzo", golpe dado con el perrero; "chisporroteo de malicia", suspicacia; y, "engañifa", mentira disimulada.   
          Toda esa terminología mencionada, entre otras que quedan por fuera como los chistes, los apodos, etc., conforman ese bagaje "mamagallístico" del hombre costeño, cuyo propósito, más que herir u ofender, es el de sacar una sonrisa en el otro. Además,  esta flexibilidad o colorido en el habla costeña conlleva a "hacer de la conversación una actividad eminentemente lúdica" (7). Ello como consecuencia de dos mecanismos conversacionales: "la destinación abierta y la costumbre de meter la cuchara" (8). Es el caso, en "Un viejo cuento de escopeta", del señor Martín, quien llega a una tienda en donde se encuentran dos sujetos hablando sobre asuntos propios y al final, él termina involucrado en la conversación: "y  Martín oyó  que repetían la palabra escopeta... quiso saber. ¿Qué es lo de la escopeta?" (9).

          En su afán  por comunicar, el hombre Caribe colombiano hace del más desprevenido transeúnte el interlocutor que estaba esperando.

          Por otro lado, en los últimos años, al habitante de la zona norte colombiana, se le ha estereotipado de  perezoso. Tal calificativo empezó a manejarse en las postrimerías del siglo XIX, y como lo asevera Tomás Rodríguez: "con los trabajos de las ciencias sociales que influidos por las teorías del determinismo geográfico y racial descubrieron la imagen del costeño tendido en una hamaca, entre dos palmeras, mientras goza de la brisa marina y degusta del agua de coco"(10). Esta imagen de uso recurrente  durante varios años, a pesar de ser falsa, no se ha podido borrar de la gente del interior del país. Pero, a partir de los estudios realizados en años recientes, se ha descubierto que "El costeño en efecto es alegre, hospitalario y conversador ameno, pero no se detiene allí, porque en realidad el costeño trabaja cantando" (11).

          Esto último es evidenciado en los versos que compone, a manera de legado, Juan, en "El último canto de Juan", en que se describe la fundación de Barranquilla, por campesinos, quienes en ningún momento se hallaron meciéndose en una hamaca, todo lo contrario: "llegaron y comenzaron/ enseguida a trabajar:/ les iba una vez diciendo/ que no  debían parar/" (12). El costeño ha sido enseñado a trabajar pero de esa misma forma, también busca, luego de la labor, un espacio para la diversión, hecho que no le deja caer  en la desidia o monotonía, dándoles entonces igual importancia, tanto al trabajo como a la fiesta. La prueba está en los carnavales, que son realizados  anualmente y en ellos las danzas, la alegría y el entusiasmo son esperados ansiosamente por el pueblo barranquillero: "Y todos lo miraban allí, y, viéndolo, se alegraban sintiendo el primer estremecimiento del carnaval" (13). Además, "En la hamaca", Temístocles gustaba de divertirse los fines de semana, después del trabajo, yendo a la "cumbiamba".

          Ahora bien, a diferencia de otras zonas del país en donde los jóvenes no pueden ni siquiera salir a la puerta de sus casas, los hombres costeños, famosos por su galantería, hacen uso de ésta, agrupándose en las esquinas de los barrios y halagando con palabras  a toda mujer que pase por frente de ellos. Con respecto a esto, Nelson Cantillo sostiene: "las esquinas se convirtieron a través del tiempo en lugares de convocatoria para los habitantes del Caribe colombiano. Allí se reúnen los hombres (las esquinas son de verdad prohibidas para las mujeres y no sé por qué) a entrelazarse a través de las palabras, a festejar las anécdotas propias y ajenas, a planear, a soñar" (14).  Es decir, las esquinas funcionan en este contexto, como lugar de tertulias callejeras.

          Ante la pregunta: ¿Por qué  los costeños somos así? Sin lugar a dudas, la respuesta apunta más hacia factores de índole geográfica que a los culturales, puesto que la mezcla triétnica que corre en la Costa Norte, también es compartida con el resto del territorio nacional colombiano. Entonces, el hecho de ser habitantes de un territorio plano,  bañado por el río y el mar, ya  otorga a sus nativos el privilegio del intercambio con otras gentes. He ahí lo comunicativo. Así también, el sol que en lugar de mantenerlos en casa, como en las frías montañas, hace que saquen a sus "doctores afuera" y se unan  a  los demás,  que están sentados en la puerta de sus casas. El color azul del mar, la brisa que agita las ramas de los mangos, de los corozos, de los almendros, etc., mezclándose todo en una paleta  de colores tropicales, sin igual, de una u otra forma, moldean ese carácter siempre alegre, festivo, que posee el costeño. Todos estos factores quizás y ese sentimiento profundo de pertenencia a su territorio, condujeron a José Félix Fuenmayor a plasmar en sus cuentos los sentimientos y el diario acontecer de los hombres de la Costa. Por lo tanto, a Fuenmayor lo podemos tomar como sinónimo de la idiosincrasia del hombre  Caribe colombiano.

NOTAS.

1.Rmón de Zubiría, citado por Julio Escamilla Morales. "Acerca de los orígenes  y características del habla costeña". En: Amauta No. 8, Barranquilla, Universidad del Atlántico, diciembre 1994  febrero de 1995, p.4.
2.José Félix Fuenmayor. La muerte en la calle. Bogotá, Alfaguara, 1994, p.66.
3.Ibid., p.70.
4. Julio Escamilla Morales. Op. Cit., p.5.
5. José Félix Fuenmayor. Op. Cit., p.25.
6. Ibid., p.30.
7. Julio Escamilla Morales. Op.Cit., p.5.
8. Ibid., p.5
9. José Félix Fuenmayor. Op.Cit., p.67.
10. Tomás Rodríguez Rojas. La cultura frente al mar. Barranquilla,
Editorial Antillas, 2001, p.21.
11. Ibid., p.21.
12. José Félix Fuenmayor. Op. Cit., p.129. 
13. Ibid., p.71.
14. Nelson Castillo. Lenguaje y vida: Una aproximación al Caribe colombiano. Barranquilla, Editorial Antillas, 1979, p.74.
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©  Thirsa Castro Beleño
Benilda Pacheco Bornacelly

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 11
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2002

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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