¿Por qué a Borges
no le dieron el Nobel?

Rubén López Rodrigué
rdlr@epm.net.co

                                                       "Sólo quedan de cada generación
                                                                dos o tres auténticos poetas,
                                                                 unos diez por siglo
                                                                   en el mejor de los casos,
                                                                    y cada verdadero poeta
                                                                     sólo llega a serlo
                                                            en alguna docena de poemas".

Georges Mounin
                                                                                    

Si en este ensayo pretendemos esculcar facetas de la vida personal de Jorge Luis Borges y en particular sobre sus ideas políticas, es porque en ellas se encuentra la razón acerca del por qué no le concedieron el Premio Nobel de Literatura, hecho que a todas luces se ha visto como la mayor injusticia cometida con escritor alguno en la historia de este premio.

En diversas ocasiones, hemos escuchado que la Academia Sueca de las Letras le negó el premio Nobel a Borges porque era portador de una ideología fascista que elogiaba dictadores. También hemos escuchado que el Nobel está politizado, que no oculta su simpatía por escritores con tendencia política de izquierda y rechaza autores de derecha como a Borges. Mientras, la Academia Sueca le confirió el premio a escritores que, según esas versiones, no eran mejores que el escritor argentino: Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias, Gabriela Mistral, Camilo José Cela, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, por hablar únicamente de los de habla hispana.

Al comienzo de cada año se decía que aquel sería el año de Borges. Pero en octubre, el premio no llegaba y venía la pregunta lógica y consecuente de por qué no le habían dado el Nobel, secundada por el consuelo de que en el próximo año sería la vencida. Al año siguiente, el almanaque señalaba a octubre y Estocolmo no enviaba el telegrama ni sonaba la llamada telefónica en Buenos Aires para anunciar el premio. «Esto es el colmo, Estocolmo», decía algún periódico en una leyenda al pie de una caricatura donde un hombre corría con los pelos al aire luego de haberle robado al ciego una estatuilla del bolsillo de su saco.

El mismo Borges manifestó que  no le daban el premio porque en Suecia había gente sensata y él continuaría siendo el futuro premio Nobel, aunque desde el momento en que nació había dejado de ganarlo, convencido de un destino que a cada ser humano le resulta inevitable. El traductor de Borges al sueco, el poeta sueco Lasse Sodberg, atestigua que el escritor argentino le dijo en varias ocasiones que lo que más le dolía de los nórdicos no era que no lo hubieran hecho merecedor del Nobel, sino que no le otorgaran un título Honoris Causa, sabiendo que había escrito tanto sobre las mitologías nórdicas.

UN PREMIO QUE HABÍA MERECIDO

Cada año Borges era plato obligado del canibalismo periodístico y le preguntaban cómo se sentía después de no haber ganado nuevamente el Nobel. Y Borges, experto en no ganarlo, se hacía el de la vista gorda, si bien en una ocasión tuvo el falso consuelo de afirmar: «Creo que los suecos tienen razón. Yo no tengo una obra que justifique el premio Nobel».

Al pronto surgió una pregunta fundamental: ¿por qué razón o razones Borges nunca ganó el Nobel que tanto merecía (tuvo que conformarse con una pléyade de títulos, premios, distinciones y Honoris Causa), como sí lo ganaron en el transcurso del siglo XX tantos otros escritores cuya obra trascendió o no trascendió? Habría que responder ya que es una hipocresía negar que se quiere ganar el premio Nobel, pues en su fuero interno, todo escritor quisiera lucirlo en su egoteca como la máxima distinción de la literatura mundial, un triunfo que es como alcanzar el techo del cielo y una prueba de ello ―temor de García Márquez― es que después de recibirlo la gran mayoría de escritores se morían o se les acababa la cuerda literaria de calidad. Porque además del enorme prestigio internacional que les brinda y que los pone bajo los ojos de un mayor número de lectores, con su equivalente en dólares, los escritores pueden sentarse tranquilamente a escribir al menos por un buen trayecto de sus vidas, sin tener que preocuparse por las necesidades que pasan por el estómago.

Escritores que también reunieron los méritos suficientes para obtener el preciado galardón, sin embargo, nunca lo obtuvieron. Están los casos de Franz Kafka, Alejo Carpentier (se ha dicho que en 1982 estaba destinado para él pero murió ese mismo año y se lo otorgaron a García Márquez, quien igualmente lo merecía), Lezama Lima, Juan Rulfo, César Vallejo, Julio Cortázar, Ernesto Sábato. Muchos segundones han gozado del favor del jurado de Estocolmo, sin por ello desconocer en muchos otros casos la justicia. No le dieron el premio al noruego Henrik Ibsen, pero sí a su compatriota Björnstjerne Björnso. No se lo dieron al ruso Isaak Babel, pero sí a su compatriota Iván Bunin. No se lo dieron al sueco August Strindberg, pero sí a su compatriota Selma Lagerlöf. No se lo dieron al francés Marcel Proust, pero sí a su compatriota Anatole France (a Sartre se lo concedieron pero se negó a recibirlo).  No se lo dieron al alemán Bertold Brecht, pero sí a su compatriota Hermann Hesse. No sin mordacidad, el propio Borges comentó sobre Rabindranaht Tagore, a quien consideró un tramposo de buena fe, una invención sueca: «Desde 1899, año en que nací, la Academia Sueca ha respetado rigurosamente la tradición de no darme el premio Nobel. Sospecho que es más lindo y sorprendente elegir a un personaje pintoresco. Rabindranaht Tagore, por ejemplo, con turbante, vestido de celeste y con una barba blanca, aunque supiera que lo escrito por él no era para tanto».

LAS CONFESIONES

Subrayemos que Borges fue un caso especial por sus afirmaciones, verdaderos torpedos verbales, en entrevistas que le fueron hechas. En un libro sobre confesiones de Borges y de su gran amigo Bioy Casares al periodista y escritor Rodolfo Braceli, este reunió una serie de reportajes publicados sucesivamente en diarios, revistas y a través de agencias internacionales. Con declaraciones como esta de Borges: «Los vascos me parecen más inservibles que los negros, y ¡fíjese que los negros no han servido para otra cosa que para ser esclavos!» [1] 

De la convulsionada década del setenta del siglo pasado, Braceli trae palabras de Borges en las que afirma que los norteamericanos cometieron el error de enseñarles a leer a los negros: «Por supuesto que resultan insoportables los negros [...] no me desdigo de lo que tantas veces afirmé: los norteamericanos cometieron un grave error al educarlos; como esclavos eran como chicos, eran más felices y menos molestos». Concebía que ni los negros se alegrarían de tener un hijo negro, que en caso de que los negros no hubieran nacido, desde un punto de vista cultural, nadie los habría extrañado, pues han aportado más los griegos, los judíos, los árabes. En suma: que los negros no hacen ninguna falta. Otra vez dijo: «Me asombra la reverencia de los norteamericanos por los negros. Todo el mundo sabe que los diálogos de Platón, la Biblia, Shakespeare y la obra de Víctor Hugo han sido escritos por negros y éstos han reducido a la esclavitud a los blancos durante siglos. Es preciso reconocer su superioridad». Por supuesto era una ironía. Y continuó con la idea de que los problemas de violencia con los negros en los Estados Unidos obedecían a que los gringos habían cometido el error de educarlos. El abuelo inglés de Borges tenía esclavos que no sabían que habían sido vendidos en un mercado, es decir, carecían de memoria histórica. Por contra, en Estados Unidos, debido a la educación, sabían de su descendencia de esclavos. El resultado era, según Borges, que los negros agredían a los blancos a cuchilladas y se creían una raza superior, que eran hitleristas al revés y más absurdos pues la humanidad le debía mucho más a Alemania que al Congo.

Con tales afirmaciones, Borges encarnaba una ideología que organizaba el mundo de la clase dominante, asignando a ésta todas las virtudes sociales y culturales y atribuyendo a negros e indígenas todas las cualidades que consideraba negativas.

Se le reprochaba refugiarse deliberadamente en los libros, darle la espalda al mundo, escamotear la realidad argentina, no comprometerse con la naturaleza latinoamericana, no asumir la cosmología indígena. Su famosa frase: «Muchas cosas he leído y pocas he vivido», sin duda alguna lo retrataba. En su identidad, era el más europeo de los escritores latinoamericanos, plasmaba en sus obras contenidos culturales de Europa puesto que el Viejo Continente era su patria espiritual y su tradición histórica. En Ginebra había transcurrido gran parte de su juventud y allí estudió el bachillerato. Pero ante la acusación de que no obstante ser del país de los gauchos, su obra no tenía el matiz del color local, hay que decir que escribió muchas páginas a su natal Buenos Aires, a la historia patria y a diferentes tipos locales especialmente del pasado. Recordemos los primeros cuentos de cuchilleros como "El Sur", los escritos sobre la literatura gauchesca, sus letras de milongas y los homenajes a su patria y a su ciudad como en su primer libro de poemas Fervor de Buenos Aires.

Ahora bien, una cosa es la obra y otra bien distinta la vida personal de quien la produce. Desde este punto de vista, no podríamos decir que Borges se retrata de cuerpo entero en su obra. De alguna manera la obra sí es una prolongación del autor, pero esa producción ha sido decorada, deformada, censurada y es bien complicado pensar que tras el antifaz un tanto artificial de la obra se va revelando el verdadero rostro de Jorge Luis Borges. Por otra parte, los objetivos del autor no siempre coinciden con la realidad estética creada en su obra. De ahí que el autor y su obra se contradicen aunque también se complementan.

ENCONTRANDO LAS RAZONES

Preguntarle a Borges de política era como interrogarle por el fútbol. No la entendía. Y si no la entendía era porque no le interesaba.

Dos hechos se han esgrimido para explicar el porqué no le dieron el Premio Nobel de Literatura. En primer lugar, porque se burló a mandíbula batiente de los poemas de cosecha propia que leyó un miembro de la Academia Sueca en una reunión en Argentina. La segunda razón fue haber aceptado un homenaje (con Doctor Honoris Causa incluido por parte de una universidad cuyo rector era un delegado militar) del entonces dictador de Chile, general Augusto Pinochet, precisamente el dictador más rechazado por la intelectualidad en Europa y América. El discurso que pronunció habría herido la sensibilidad de la Academia Sueca que no ocultaba su preferencia por artistas progresistas. ¿Haber aceptado la condecoración de Pinochet fue la verdadera razón para que no se le concediera el premio Nobel, al que había sido propuesto en varias ocasiones?

El personaje al que alguna vez vimos y escuchamos en un conversatorio con escritores y periodistas en la Biblioteca Pública Piloto de nuestra ciudad, y tenía cara de no haber matado ni una mosca, había dicho: «El general Pinochet me pareció un hombre muy grato. Es un hombre admirable que ha salvado a su patria [...]. Estoy orgulloso de haberle estrechado la mano a ese prócer de América». Había dicho: «La democracia es sólo superstición. Franco fue un beneficio para su pueblo [...]. Estoy completamente de acuerdo con la Junta Militar Chilena».

Así hablaba el Borges anticomunista por excelencia, quien le asignaba a las dictaduras emergentes del Cono Sur ―léase Chile, Argentina y Uruguay― ser las salvadoras de la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado y socavado por el comunismo; quien saludó el advenimiento de la Junta Militar Argentina; quien hizo declaraciones a favor de Pinochet, Franco y Videla; quien manifestó que se debía hacer todo lo posible por defender el gobierno de militares argentinos ya que éstos eran caballeros y decentes: no habían llenado la ciudad de retratos, no hacían propaganda, que, eso sí, eran débiles, pues no se habían ocupado de responder a los crímenes con fusilamientos, pero que habían salvado al país del caos, de la ignominia, de la infamia y del comunismo. Acerca del comunismo manifestó: «Ya no creo en las revoluciones armadas en que antes creí. No tengo soluciones. Sólo nos queda la esperanza del milagro. Sólo una revolución en el pecho de cada hombre podría devolvernos la honra».

Fueron sus declaraciones y su actitud personal de simpatía hacia las dictaduras (siempre y cuando no fueran la peronista o la estalinista) las que le quitaron el Nobel de las manos. Se mostró incrédulo ante la democracia, de la que pensaba  era una superstición basada en la estadística y acusó al nacionalismo mal entendido de alimentarse sólo de diferencias. El libre albedrío y la libertad eran para él meras ilusiones necesarias. Pero ni modo de tachar su obra como si fuera de corte fascistoide: «No he disimulado nunca mis opiniones, pero no he permitido que interfirieran en mi obra literaria, salvo cuando me urgió la exaltación de la Guerra de los Seis Días», dijo. Efectivamente, después de la guerra entre árabes y judíos, no ocultó sus simpatías por Israel.

Además de anticomunista, Borges era antiperonista ya que le escandalizaba la vulgaridad vociferante del peronismo. Nunca le preocupó el pueblo argentino oprimido por una clase alta dedicada a mirarse a sí misma en el espejo negro de su vanidad. Estando en el poder la revolución militar de la que emergió la dictadura del general Juan Domingo Perón, firmó un manifiesto democrático en contra de las autoridades, lo que provocó una reacción. El general Perón, como buen estratega, quiso sacar a Borges del escenario de los escritores, privándolo de su modesto empleo de auxiliar de una división de la Biblioteca Nacional por el de inspector de carnes de aves y conejos en un pequeño mercado municipal de Buenos Aires. Como era de esperarlo, Borges renunció y desde entonces empezó a ganarse la vida dictando cátedras puesto que su radical oposición al gobierno le cerraba todas las puertas como empleado público ya que había que afiliarse al partido peronista. Unas palabras suyas fueron publicadas por la revista Sur que dirigía Victoria Ocampo: «Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez».

En los años sesenta fue combatido por las izquierdas que lo llamaban fascista y por las derechas que lo denominaban comunista. Había comunistas que sostenían que ser anticomunista equivalía a ser fascista y esto resultaba tan incomprensible para él como decir que no ser católico es ser mormón. Pero era más bien un anarquista romántico con la fe encomendada en que el mundo se desprendería del fardo de los nacionalismos y hablaría una lengua común: «La verdad es que no pertenezco a ningún partido. Personalmente me llamaría anarquista. Quisiera que hubiera un mínimo de gobierno», dijo. Y esa tendencia al anarquismo hizo que rompiera de manera sutil el esquema de las derechas al cuestionar con toda su obra el presupuesto de los dictadores Franco, Pinochet y Videla, esto es, el fundamento teológico de las sociedades hispánicas. Tal como señaló Rafael Gutiérrez Girardot en su libro Jorge Luis Borges: El gusto de ser modesto, fue significativo que no se propagaron en la República Federal Alemana sus comentarios cargados con el dardo de la ironía sobre el carácter parasitario y anacrónico de la casta de los militares argentinos, una crítica extensiva para toda Latinoamérica.

LA OTRA CEGUERA DE BORGES: ¡A SANGRE Y FUEGO!

Borges se adhirió a los grupos que consideraban que había que imponer la democracia a sangre y fuego. Estimó un error de los norteamericanos no haber arrojado la bomba atómica en Vietnam: «Si se ve la guerra del Vietnam como parte de la guerra contra el comunismo, está plenamente justificada», dijo.

De haber estado absolutamente impedido de ser escritor, le hubiera gustado ser militar, siguiendo la tradición de su familia de antiguo linaje criollo. Entre sus antepasados contaban figuras que aparecían en la historia argentina. Él mismo le rindió homenaje con su propia tinta a su bisabuelo Isidoro Suárez, comandante de caballería en el ejército de Bolívar; a su abuelo, el coronel Francisco Borges, quien peleó contra el tirano Rosas y estuvo con las tropas que defendieron las fronteras del oeste y del sur devastadas por los indios; a Francisco Narciso de Laprida, «cuya voz proclamó la independencia de estas crueles provincias».

El golpe de Estado Militar que derrocó a Perón ―y que se autodenominó la Revolución Libertadora― lo nombró director de la Biblioteca Nacional. Además fue nombrado miembro de la Academia Argentina de las Letras y profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Con inmadurez política y de manera precipitada aceptó en un primer momento a los militares por el mero hecho de creer que eran antiperonistas. Cierta vez, en una entrevista, dijo que los militares en Argentina nunca habían oído el zumbido de una bala.

A partir de los años ochenta, dejó de hacerles apología a militares criminales y a las peores barbaridades. Tampoco apoyó a los militares argentinos en la Guerra de las Malvinas. Entrevistado por Alberto Moravia para el Corriere Della Sera, dijo: «Condeno todas las guerras, como Gandhi y como Rusell. Las condeno, no importa el motivo por el cual son libradas». Y en Río de Janeiro se mostró por primera vez a favor de la democracia: «Asistimos a un milagro, el milagro que se llama democracia. Todos debemos contribuir para que este milagro no sea el último sino el primero, el que anuncian los otros».

Pero en lo concerniente al premio Nobel, ya era demasiado tarde. Y aunque la Academia Sueca no reconoció que Borges perdió su opción al Premio Nobel de Literatura aquel 22 de septiembre de 1976 cuando aceptó el homenaje de Pinochet, seguramente sabría que Borges compartió la creencia en que había que imponer la democracia a sangre y fuego.

Alguna vez Borges reconoció que era un poco embustero. Pero suponiendo que afirmaciones como las citadas fueran un embuste, suponiendo que fueran una manera de asombrar al burgués, suponiendo que hablara así porque el juego de su gran inteligencia gustaba de sorprender a su interlocutor con un cinismo juguetón salpicado de humor, las consecuencias resultaron inevitables.

SACANDO CONCLUSIONES

En su infancia había confundido el crimen con el valor y, por lo que sabemos, esa impresión nunca fue corregida. Tenía una fijación con el valor. La valentía le emocionaba en los cuchilleros, en los que estaban al margen de la ley, en los boxeadores, en los gallos de pelea. Admiraba a los hombres valientes sin importarle lo que hicieran y bajo qué circunstancias. La única clase baja que admitía era la de los malevos. Marcaron sus comienzos de narrador los bajos fondos que tanto le atraían y que ambientó en cuentos como “La intrusa” y “Hombre de la esquina rosada”, su primer cuento, en el que relata un crimen entre malevos, con un final sorpresivo. Siendo descendiente de una estirpe militar, no podía evitar la nostalgia del destino épico de sus antepasados. El culto del valor lo condujo a la veneración atropellada de los hombres del hampa, a la exaltación de la barbarie y que culminó en el culto del gaucho, de Artigas y de Rosas. En una vida consagrada de lleno a los ejercicios del intelecto donde su universo era la biblioteca y la clase patricia argentina le impedía ver más allá de su propio mundo, se lamentaba de que el destino no le hubiera deparado la acción de pelear, manejar una espada, haber sido valiente; aunque una violencia imaginada salió a flote en sus cuentos de malevaje. Y es que las ironías de Borges se solían tomar en serio: «Yo soy muy ilógico. Lo que pasa es que los demás me toman demasiado en serio», dijo.

Hay un hecho y es que con frecuencia el Premio Nobel de Literatura se utiliza para dar un espaldarazo a una causa política, más que para reconocer los méritos de una obra literaria. Un ejemplo es el caso de Nadine Gordimer, en una de cuyas novelas, La historia de mi hijo, es marcado el ingrediente político, planteando la lucha política contra la marginación racial y el apartheid en Suráfrica. Supuestamente le dieron el Nobel para respaldar la causa de Nelson Mandela. Sin embargo, y de acuerdo con otros hechos, no resulta lo más lógico afirmar que la Academia Sueca de Letras prefiera autores de tendencia política de izquierda y rechace a los de derecha. Es dudoso afirmarlo por los premios que les concedieron a Boris Pasternak (Doctor Zhivago) y Alexander Solzhenitzyn (Archipiélago Gulag) cuando estaban en franca rebeldía contra el régimen socialista soviético cuyo pretendido comunismo era sólo una cortina de humo para ocultar la dictadura, el totalitarismo.

Dado que los premios no siempre garantizan la calidad de un escritor, la obra de Jorge Luis Borges estaba destinada a ser universal con Nobel o sin Nobel. Y suponiendo que en su vida personal haya sido fascista (no es nuestra convicción, amén de la peligrosidad que encierra todo encasillamiento), eso no le quita ni le pone a su obra. Si bien es cierto que era apolítico, fue su simpatía con una ideología de raigambre fascista (pero más en el ámbito inconsciente dada su ingenuidad política) la que, en último término, y más allá del episodio con Pinochet, le negó la posibilidad del Nobel. Pero bien dijo el mismo Borges: «Lo que decimos no siempre se parece a nosotros».  

NOTA:

[1] Borges-Bioy. Confesiones, confesiones. Buenos Aires, Sudamericana, 1998. p. 105.

_________________________________________
©   Rubén López Rodrigué

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 11
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2002

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n11borges.html
PORTADA
VOLUMEN III - NÚMERO 11