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Una respuesta a la vida

Alberto Sánchez León

          Tanto Leibniz como Heidegger se han preguntado una cuestión de alta relevancia, a saber; "¿Por qué el ente y no, más bien la nada?". Dicha pregunta se podría replantear con otras categorías como: ¿Por qué existir y no, más bien, no existir; o, por qué vivir y no, más bien, no haber vivido nunca?

          Se trata pues, en todos los casos, de una cuestión vieja ya que se podría traducir por ¿cuál es el sentido de mi vida?, o mejor: ¿por qué mi vida  debe tener un sentido?; ¿por qué el ente y no, más bien, la nada?; ¿por qué yo y no, más bien, no-yo? Cuando Aristóteles decía que "el fin está en el principio" está dando la  clave a la interrogación por el sentido de la vida, porque el fin, lo que  me mueve a obrar, se da en todo momento de mi ser, de mi existir, de mi vivir.

          Que "el fin está en el principio" no es meramente un juego de palabras.  Aristóteles iba a más. Sólo viviendo bien el presente, necesariamente mi  verdadero fin se podrá ver realizado. Sólo si voy haciéndome cargo cada  instante de mi ser, de mi situación vital, entonces veré después el  sentido, el significado, el fin. Con otras palabras, únicamente  construyendo el presente con vistas al futuro podré mirar en un futuro  que mi presente, ya pasado, tuvo su sentido. Por tanto, la pregunta clave
no es ¿qué sentido tiene mi vida? Sino ¿qué he hecho o estoy haciendo yo  para que mi vida tenga o no sentido? Este matiz no es trivial, pues la  respuesta por el sentido de la vida, de mi vida, está por hacer porque mi  fin, mi sentido, me lo voy forjando en mi existir-con o en mi coexistencia. Bien es cierto que todos buscamos una vida lograda, todos buscamos la
felicidad y este es nuestro fin. En efecto, la felicidad es el propósito  de nuestra existencia y dicho propósito se nos ha dado, lo anhelamos de  continuo. Ahora bien, lo que no se nos ha dado es el cómo forjarnos  nuestra vida, el construir la felicidad de cada existencia personal. V.  Frakl lo dice de este modo: "En última instancia, vivir significa asumir  la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que  ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna a cada uno". Por
tanto, no es que la vida en sí tenga un sentido y yo tenga que  encontrarlo, sino que mi vida tiene para mi un sentido propio que viene  dado con mi vivir-con, con mi existencia en el tiempo, lugar y circunstancias que me rodean.

          No se trata tanto de descubrir y buscar el sentido sino, más bien, de darlo. Dar sentido a mi existencia es dar una respuesta a la vida. La  diferencia es casi esencial. Cuando se busca algo es porque ese algo está  escondido, oculto. El descubrimiento es el desvelo de lo oculto. Esta es  la postura de Heidegger, que piensa que el ser ha estado oculto a causa  del olvido. Dar sentido, en cambio, es poner un orden en las cosas, es  poner un fin en el obrar, en las acciones que van configurando mi coexistencia, mi vida.  Hemos hablado del vivir bien el presente, el hoy y el ahora. En palabras  de Kierkegaard "(...) este es el caso del pájaro y el lirio. Su doctrina  de la alegría se reduce a lo siguiente: Hay un hoy. Y en este hoy se pone
un vigor inmenso. Hay un hoy, y no hay absolutamente ninguna preocupación  por el día de mañana siguiente. Y esto no es una ligereza del lirio y del  pájaro, sino la alegría del silencio y la obediencia. Si guardas silencio  en el solemne silencio de la Naturaleza, no habrá para ti ningún día de  mañana; si obedeces con la obediencia de la Creación, tampoco habrá para ti ningún día de mañana, ese día desgraciado producto de la locuacidad y  la desobediencia. Y cuando a causa del silencio y la obediencia no hay un  día de mañana, es cuando está el hoy en el silencio y la obediencia, y  con él está la alegría como está en el pájaro y en el lirio.(...).

     ¿Qué es la alegría o qué significa estar alegre? Pues es estar en  realidad presente de uno mismo, y este estar-en-realidad-presente-de-uno-mismo equivale al hoy de que hemos  hablado, equivale a existir hoy, a existir de verdad para el día de hoy.  Sólo dando sentido hoy y ahora podrá tener mi vida un Sentido. Bien es  cierto que el texto del filósofo danés posee una connotación un tanto  negativa, pues sólo describe la vida de dos tipos de almas; una la  vegetativa, la del lirio; y otra animal, la del pájaro, pero no se  detiene en el alma más interesante, en la racional y libre. Efectivamente el lirio está condenado a vivir de una forma determinante al igual que el  pájaro, sin embargo, esto no ocurre con el hombre, pues éste tiene la  peculiaridad --que les falta al lirio y al pájaro--, de poder equivocarse. Un lirio o un pájaro nunca se podrán equivocar, el hombre no sólo puede,  sino que a veces lo provoca. Pero esto no es una limitación del hombre  sino su condición, y, por eso, debe regocijarse en dicha condición que es la libertad, pues después de la vida, se trata del mayor don, del mayor  regalo, del mayor presente.

          ¿Cómo doy sentido a mi obrar, a mi forma de vivir-con? La respuesta a esta pregunta no es fácil, pues es en esto precisamente en  lo que versa la ética.  Para llegar a ser médico es necesario hacer la carrera de medicina, de lo  contrario sería una atrocidad realizar una operación (obra) sin los conocimientos previos. Luego podemos decir que el sentido de la carrera de medicina es evidente. Una vez hecha la carrera, el MIR, etc., el médico ya está en aptitud para curar, prevenir o mejorar la salud del paciente, que es el fin mismo de la medicina. Si un médico quita el fin propio de la medicina y pone cualquier otro en su lugar (ganar dinero, torturar, ganar prestigio incondicionalmente, etc.,), entonces ha dado un
sentido, aunque el sentido no es el adecuado. No cabe el sinsentido, la sinrazón, porque cuando se pierde el sentido adecuado nace otro aunque éste sea inadecuado. Pues bien, sólo colma, sólo nos hace feliz el sentido adecuado que es, al fin y al cabo, el verdadero. Un sentido que no corresponde a la naturaleza de una acción no puede hacer feliz al sujeto agente de esa acción porque no es un sentido verdadero. El sentido inadecuado en cualquier acción moral (cualquier acto profesional es moral porque nos puede hacer mejores o peores personas) es siempre, aunque no a corto plazo, una negación de la naturaleza, porque de algún modo le estamos quitando su sentido propio y le otorgamos otro que no le corresponde. Esa adecuación corresponde al verum, y en el obrar al bonum, y sólo así llegaremos, por ende, al pulchrum, pues la belleza no versa únicamente en lo corporal, sino más bien, en la unidad del conjunto, en la splendor formae. Por eso decía Platón en el Filebo
que "la potencia del Bien se ha refugiado en la naturaleza de lo Bello".

          Hasta ahora no hemos hablado de cómo dar sentido a mi obrar o a mi forma de vivir-con sino más bien de lo contrario. Hemos hablado de quitar (lo contrario al dar) sentido. Pero ¿qué es dar sentido? En esto estriba, como ya decíamos antes, toda ética. Es evidente que en la naturaleza las cosas siguen un cierto orden, el dinamismo del mundo de la naturaleza corresponde con las leyes que ha puesto el Legislador. Se trata de leyes que rigen comportamientos muy distintos, y son diferentes precisamente porque el mundo es reinante de una magnífica pluralidad de seres. De esta simple observación se sigue que lo natural con-tiene-ya sus leyes. El lirio y el pájaro se comportan conforme a esas normas sin ningún problema ni pre-ocupación, se trata de vidas naturales. Pero resulta que hay otro tipo de vida que, además de seguir las leyes de la naturaleza, posee otro modo de comportamiento, pues puede ir en contra, incluso, de esas leyes. Se trata de la vida del
hombre, en la que precisamente una de sus leyes, de su modo de ser ya dado, es el ser libre. Esto induce a pensar que no sólo existe el ámbito de lo natural, sino que debe existir otro que vaya más allá y que desde siglos se le ha llamado el ámbito de lo sobrenatural. Pues bien, dar sentido tiene que ver con el ámbito de lo sobrenatural. Dar sentido es asumir lo natural pero, a la vez, es trascenderlo. No se trata de que lo natural y lo sobrenatural vayan aislados, sino que se complementan, por
eso decíamos que lo bello goza de una unidad en el conjunto, del ser en su plenitud.

           Este ámbito de lo sobrenatural aporta en el hombre la capacidad de invención. Y aquello que inventa es lo artificial. Lo artificial, dada su naturaleza ambigua, posee dos comportamientos que no se contraponen, dos normas: las de la naturaleza y las que el artífice ha puesto en lo inventado. Por eso, un libro de novela, además de estar sometido a la ley de la gravedad, a tener volumen, peso y masa, a tener un determinado color, etc., nos cuenta una historia, nos dice algo, algo que de suyo no
está en la naturaleza del libro. Ese algo que de suyo no está en las cosas (tanto naturales como artificiales) es precisamente lo sobrenatural. Cuando de una rama de un árbol elaboramos una flecha o leña no le hemos quitado el sentido que tenía antes de esa transformación, sino que, gracias a esa capacidad de invención, le hemos otorgado otro sentido. El hombre es un ser que vive dando continuamente sentido a las cosas y a todos los seres. Pero en el plano de la moralidad, de las acciones del ser humano, también nos encontramos con un problema: dar sentido a nuestra coexistencia. Dar sentido es poner un sentido mayor al sentido primigenio. Así, el cuerpo pide, en su sentido primigenio, sentir placer. Esto es lo natural, y, por tanto, el sentido propio del lirio (el silencio) y del pájaro (cantar). Nuestra coexistencia, nuestro vivir-con implica muchas veces satisfacer
al otro, y, para ello, también muchas veces, eso implica prescindir del placer, prescindir de las leyes del cuerpo, prescindir (trascendiéndolo) de lo natural. Quizás me exprese mejor con un ejemplo. Si mi cuerpo (lo natural) me pide regocijarme ante la belleza de una flor (un placer visual), en esa acción puramente contemplativa no otorgo sentido, pero cuando mi coexistencia me llama, doy un sentido mayor (sobrenatural) al cortarla para que la disfrute otra persona a quien amo. Por ello, podemos
también decir, que mi coexistencia fundamenta la moralidad de una acción, es decir, que la moralidad o es pública o no puede ser moral. Esa publicidad propia del carácter de la moralidad es fundamentada en la coexistencia. Frente al reclamo de lo natural se levanta la exigencia de lo sobrenatural.
________________________________________
©   Alberto Sánchez León

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n10vi.html
Una respuesta a la vida

Alberto Sánchez León

          Tanto Leibniz como Heidegger se han preguntado una cuestión de alta relevancia, a saber; "¿Por qué el ente y no, más bien la nada?". Dicha pregunta se podría replantear con otras categorías como: ¿Por qué existir y no, más bien, no existir; o, por qué vivir y no, más bien, no haber vivido nunca?

          Se trata pues, en todos los casos, de una cuestión vieja ya que se podría traducir por ¿cuál es el sentido de mi vida?, o mejor: ¿por qué mi vida  debe tener un sentido?; ¿por qué el ente y no, más bien, la nada?; ¿por qué yo y no, más bien, no-yo? Cuando Aristóteles decía que "el fin está en el principio" está dando la  clave a la interrogación por el sentido de la vida, porque el fin, lo que  me mueve a obrar, se da en todo momento de mi ser, de mi existir, de mi vivir.

          Que "el fin está en el principio" no es meramente un juego de palabras.  Aristóteles iba a más. Sólo viviendo bien el presente, necesariamente mi  verdadero fin se podrá ver realizado. Sólo si voy haciéndome cargo cada  instante de mi ser, de mi situación vital, entonces veré después el  sentido, el significado, el fin. Con otras palabras, únicamente  construyendo el presente con vistas al futuro podré mirar en un futuro  que mi presente, ya pasado, tuvo su sentido. Por tanto, la pregunta clave
no es ¿qué sentido tiene mi vida? Sino ¿qué he hecho o estoy haciendo yo  para que mi vida tenga o no sentido? Este matiz no es trivial, pues la  respuesta por el sentido de la vida, de mi vida, está por hacer porque mi  fin, mi sentido, me lo voy forjando en mi existir-con o en mi coexistencia. Bien es cierto que todos buscamos una vida lograda, todos buscamos la
felicidad y este es nuestro fin. En efecto, la felicidad es el propósito  de nuestra existencia y dicho propósito se nos ha dado, lo anhelamos de  continuo. Ahora bien, lo que no se nos ha dado es el cómo forjarnos  nuestra vida, el construir la felicidad de cada existencia personal. V.  Frakl lo dice de este modo: "En última instancia, vivir significa asumir  la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que  ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna a cada uno". Por
tanto, no es que la vida en sí tenga un sentido y yo tenga que  encontrarlo, sino que mi vida tiene para mi un sentido propio que viene  dado con mi vivir-con, con mi existencia en el tiempo, lugar y circunstancias que me rodean.

          No se trata tanto de descubrir y buscar el sentido sino, más bien, de darlo. Dar sentido a mi existencia es dar una respuesta a la vida. La  diferencia es casi esencial. Cuando se busca algo es porque ese algo está  escondido, oculto. El descubrimiento es el desvelo de lo oculto. Esta es  la postura de Heidegger, que piensa que el ser ha estado oculto a causa  del olvido. Dar sentido, en cambio, es poner un orden en las cosas, es  poner un fin en el obrar, en las acciones que van configurando mi coexistencia, mi vida.  Hemos hablado del vivir bien el presente, el hoy y el ahora. En palabras  de Kierkegaard "(...) este es el caso del pájaro y el lirio. Su doctrina  de la alegría se reduce a lo siguiente: Hay un hoy. Y en este hoy se pone
un vigor inmenso. Hay un hoy, y no hay absolutamente ninguna preocupación  por el día de mañana siguiente. Y esto no es una ligereza del lirio y del  pájaro, sino la alegría del silencio y la obediencia. Si guardas silencio  en el solemne silencio de la Naturaleza, no habrá para ti ningún día de  mañana; si obedeces con la obediencia de la Creación, tampoco habrá para ti ningún día de mañana, ese día desgraciado producto de la locuacidad y  la desobediencia. Y cuando a causa del silencio y la obediencia no hay un  día de mañana, es cuando está el hoy en el silencio y la obediencia, y  con él está la alegría como está en el pájaro y en el lirio.(...).

     ¿Qué es la alegría o qué significa estar alegre? Pues es estar en  realidad presente de uno mismo, y este estar-en-realidad-presente-de-uno-mismo equivale al hoy de que hemos  hablado, equivale a existir hoy, a existir de verdad para el día de hoy.  Sólo dando sentido hoy y ahora podrá tener mi vida un Sentido. Bien es  cierto que el texto del filósofo danés posee una connotación un tanto  negativa, pues sólo describe la vida de dos tipos de almas; una la  vegetativa, la del lirio; y otra animal, la del pájaro, pero no se  detiene en el alma más interesante, en la racional y libre. Efectivamente el lirio está condenado a vivir de una forma determinante al igual que el  pájaro, sin embargo, esto no ocurre con el hombre, pues éste tiene la  peculiaridad --que les falta al lirio y al pájaro--, de poder equivocarse. Un lirio o un pájaro nunca se podrán equivocar, el hombre no sólo puede,  sino que a veces lo provoca. Pero esto no es una limitación del hombre  sino su condición, y, por eso, debe regocijarse en dicha condición que es la libertad, pues después de la vida, se trata del mayor don, del mayor  regalo, del mayor presente.

          ¿Cómo doy sentido a mi obrar, a mi forma de vivir-con? La respuesta a esta pregunta no es fácil, pues es en esto precisamente en  lo que versa la ética.  Para llegar a ser médico es necesario hacer la carrera de medicina, de lo  contrario sería una atrocidad realizar una operación (obra) sin los conocimientos previos. Luego podemos decir que el sentido de la carrera de medicina es evidente. Una vez hecha la carrera, el MIR, etc., el médico ya está en aptitud para curar, prevenir o mejorar la salud del paciente, que es el fin mismo de la medicina. Si un médico quita el fin propio de la medicina y pone cualquier otro en su lugar (ganar dinero, torturar, ganar prestigio incondicionalmente, etc.,), entonces ha dado un
sentido, aunque el sentido no es el adecuado. No cabe el sinsentido, la sinrazón, porque cuando se pierde el sentido adecuado nace otro aunque éste sea inadecuado. Pues bien, sólo colma, sólo nos hace feliz el sentido adecuado que es, al fin y al cabo, el verdadero. Un sentido que no corresponde a la naturaleza de una acción no puede hacer feliz al sujeto agente de esa acción porque no es un sentido verdadero. El sentido inadecuado en cualquier acción moral (cualquier acto profesional es moral porque nos puede hacer mejores o peores personas) es siempre, aunque no a corto plazo, una negación de la naturaleza, porque de algún modo le estamos quitando su sentido propio y le otorgamos otro que no le corresponde. Esa adecuación corresponde al verum, y en el obrar al bonum, y sólo así llegaremos, por ende, al pulchrum, pues la belleza no versa únicamente en lo corporal, sino más bien, en la unidad del conjunto, en la splendor formae. Por eso decía Platón en el Filebo
que "la potencia del Bien se ha refugiado en la naturaleza de lo Bello".

          Hasta ahora no hemos hablado de cómo dar sentido a mi obrar o a mi forma de vivir-con sino más bien de lo contrario. Hemos hablado de quitar (lo contrario al dar) sentido. Pero ¿qué es dar sentido? En esto estriba, como ya decíamos antes, toda ética. Es evidente que en la naturaleza las cosas siguen un cierto orden, el dinamismo del mundo de la naturaleza corresponde con las leyes que ha puesto el Legislador. Se trata de leyes que rigen comportamientos muy distintos, y son diferentes precisamente porque el mundo es reinante de una magnífica pluralidad de seres. De esta simple observación se sigue que lo natural con-tiene-ya sus leyes. El lirio y el pájaro se comportan conforme a esas normas sin ningún problema ni pre-ocupación, se trata de vidas naturales. Pero resulta que hay otro tipo de vida que, además de seguir las leyes de la naturaleza, posee otro modo de comportamiento, pues puede ir en contra, incluso, de esas leyes. Se trata de la vida del
hombre, en la que precisamente una de sus leyes, de su modo de ser ya dado, es el ser libre. Esto induce a pensar que no sólo existe el ámbito de lo natural, sino que debe existir otro que vaya más allá y que desde siglos se le ha llamado el ámbito de lo sobrenatural. Pues bien, dar sentido tiene que ver con el ámbito de lo sobrenatural. Dar sentido es asumir lo natural pero, a la vez, es trascenderlo. No se trata de que lo natural y lo sobrenatural vayan aislados, sino que se complementan, por
eso decíamos que lo bello goza de una unidad en el conjunto, del ser en su plenitud.

           Este ámbito de lo sobrenatural aporta en el hombre la capacidad de invención. Y aquello que inventa es lo artificial. Lo artificial, dada su naturaleza ambigua, posee dos comportamientos que no se contraponen, dos normas: las de la naturaleza y las que el artífice ha puesto en lo inventado. Por eso, un libro de novela, además de estar sometido a la ley de la gravedad, a tener volumen, peso y masa, a tener un determinado color, etc., nos cuenta una historia, nos dice algo, algo que de suyo no
está en la naturaleza del libro. Ese algo que de suyo no está en las cosas (tanto naturales como artificiales) es precisamente lo sobrenatural. Cuando de una rama de un árbol elaboramos una flecha o leña no le hemos quitado el sentido que tenía antes de esa transformación, sino que, gracias a esa capacidad de invención, le hemos otorgado otro sentido. El hombre es un ser que vive dando continuamente sentido a las cosas y a todos los seres. Pero en el plano de la moralidad, de las acciones del ser humano, también nos encontramos con un problema: dar sentido a nuestra coexistencia. Dar sentido es poner un sentido mayor al sentido primigenio. Así, el cuerpo pide, en su sentido primigenio, sentir placer. Esto es lo natural, y, por tanto, el sentido propio del lirio (el silencio) y del pájaro (cantar). Nuestra coexistencia, nuestro vivir-con implica muchas veces satisfacer
al otro, y, para ello, también muchas veces, eso implica prescindir del placer, prescindir de las leyes del cuerpo, prescindir (trascendiéndolo) de lo natural. Quizás me exprese mejor con un ejemplo. Si mi cuerpo (lo natural) me pide regocijarme ante la belleza de una flor (un placer visual), en esa acción puramente contemplativa no otorgo sentido, pero cuando mi coexistencia me llama, doy un sentido mayor (sobrenatural) al cortarla para que la disfrute otra persona a quien amo. Por ello, podemos
también decir, que mi coexistencia fundamenta la moralidad de una acción, es decir, que la moralidad o es pública o no puede ser moral. Esa publicidad propia del carácter de la moralidad es fundamentada en la coexistencia. Frente al reclamo de lo natural se levanta la exigencia de lo sobrenatural.
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©   Alberto Sánchez León

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

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