

Sobre la antología Noticias de un animal antiguo
Jorge García Usta: Las iniciales de la tierra
John Jairo Junieles
Hace poco un profesor de Chicago, que venía de gira por varios sitios de la costa caribe colombiana, me preguntó qué nuevo escritor debería llevarse consigo para cuando quisiera sentir de nuevo el alma de la tierra. Le dije que lo que buscaba no era una poética cualquiera, pero que esa voz existía, y que para mí, era la del autor de El reino errante, Jorge García Usta. Se lo recomendé, porque incluso a mí mismo me recomiendo volver cada tanto a sus páginas, sobre todo, en esos momentos en que el nudo de corbata de la nostalgia aprieta más en el corazón que en el cuello.
Al verlo caminar por las calles nos da la sensación de que García Usta nunca va solo, que lleva siempre una horda de voces dentro. Un día cualquiera, al pasar por su lado, le oiremos silbando un viejo vallenato de Alejo Durán, una canción de Tina Turner, o recitando para sí los versos más queridos de Cesar Vallejo. Así, poco a poco, le va poniendo gracia a los afanes del día.
Una mañana se le puede ver tomando tinto en El Portal de los Dulces, con una barba que parece llevar en honor a Sócrates, no el filósofo, sino aquel volante de la selección Brasil de otros tiempos. Al rato, uno lo descubre haciendo como hormiga para que los estudiantes asistan a una conferencia, entren a la proyección de una película o se inscriban en un curso de historia local. Otro día puede estar dictando un taller de redacción en un colegio de La Boquilla, o a los presos de la cárcel de Ternera, o en una biblioteca del barrio Olaya. Y una tarde cualquiera, al fin de la jornada, tal vez lo veamos ejerciendo el sano placer del ridículo --dice él-- en algún campeonato de fútbol entre barrios de extramuros.
Hubo un tiempo en que Jorge García Usta llegó a pensar que ser poeta era casi una distinción social: "esos tipos andaban en las nubes, su mirada era celeste y su interioridad insoportable", decía en una entrevista. Hoy, muchos años después, hace tres mundos, y después de cinco libros de poesía, García Usta cree que "un poeta es un hombre imperfecto, muy débil, que ha elegido un determinado acoso y un atajo extrañísimo para la felicidad". Jorge García fue creciendo desde sus palabras hasta convertirse en uno de aquellos buenos escritores que le producían desde la distancia tanta extrañeza y admiración, constancia de esto es la reciente selección de poemas que la Gobernación de Córdoba ha publicado: Noticias de un animal antiguo, que comprende los libros Noticias de la otra orilla, 1985; Libro de las crónicas, 1989; El reino errante, 1991; Monteadentro, 1997; y La tribu interior, 1995.
De pescadores y peloteros
Si Derek Walcott, el Premio Nobel antillano, hubiera nacido en el Caribe colombiano, y no en Antigua, quizá habría cantado nuestro mundo de una forma parecida a la de García Usta. Especulación de lector, posiblemente, pero es más lo que los une que lo que los separa. La poesía de Walcott y García Usta hablan de un pueblo a orillas del mar, en la riberas de un río, al borde de un caño, en el margen de una ciénaga, en los andenes de una avenida; y frente a todos estos espacios, los mismos dos poetas sentados en mecedoras abanicando el aire ferroso del verano, mientras hacen inventario de vivos y muertos enlodando la punta de sus tabacos. Ambas poéticas se interesan por seres donde parece que el tiempo no prosigue en ellos, sino que se interrumpe, y comienza otra cosa.
La del colombiano es una poesía que hace épico hasta el silencio de los guijarros, todo lo vuelve cuento, cosa de referir, al igual que Walcott. Fábulas que miden la distancia entre las leyes del mundo y los actos y silencios del hombre. García Usta muestra y deja que el lector asuma frente a estas leyes de mundo el libre albedrío de su acatamiento, su rechazo, o el afrontar lúdicamente su sabio y difícil aprendizaje.
A mi amigo de Chicago le comenté que, en mi opinión, los fantasmas no pueden reflejarse en los espejos de los vivos, y que el escritor del Caribe durante mucho tiempo ha sido un fantasma. Hemos tenido que construir nuestro propio espejo, un lenguaje propio, un espejo de tinta en el que el escritor descubra quién es, y no que se lo digan. Un amanuense griego en el año 2000 antes de Cristo, hablaba desde entonces en un papiro, sobre el agotamiento del lenguaje: "¿Dónde están las palabras que no sean aquellas que los poetas ya han agotado? ¿Cómo puedo encontrar una cosa nueva, una nueva forma de decir lo que quiero decir, cuando mis predecesores han vuelto rancias todas las formas?" Estas angustias son, a pesar del tiempo, las mismas de muchos escritores costeños contemporáneos. Qué suerte que la poesía, la novela y el cuento hayan tenido una muerte tan larga, y tan feliz, que todavía no terminan su infancia.
La poesía colombiana de hoy tiene pocos espejos donde podamos vernos tal cual somos, esta poesía de García Usta es un espejo donde el Caribe, y, en últimas, la condición humana, puede verse de cuerpo entero. Héctor Rojas Herazo, Raúl Gómez Jattin, Rómulo Bustos, Giovani Quessep, Gustavo Tatis, Miguel Iriarte, Joaquín Mattos, Pedro Blas Julio; hacen parte de la galería de espejos que pretenden reflejar los fantasmas de nuestra condición de hombres caribes, atrapados en el vértigo de dos espejos encontrados, el primero refleja la tradición heredada, el otro nos muestra un presente que vivimos como si fuera también el único futuro posible.
Escribir como canta García Usta, es haber llegado a vivir y entender cosas muy íntimas, muy axilares de una cultura, haber calado en sus entresijos, llegar al tuétano de su esencia. Es llegar a ser, de la manera más esencial y necesaria: creador. Se siente como una excavación de palabras en el viento, como soles de lenta sangre irrumpiendo en las ventanas, cuando se lee Noticias de la otra orilla, y Monteadentro. En ambos hay un casamiento entre realidad y poesía que obliga a los lectores a dejar de ser testigos de llanura o cafetería, para convertirse en complemento del mundo leído.
Una poética que trabaja con realidades sin convertirse en un espejo stendhaliano. Ideas e imágenes que instalan al lector en el corazón de la realidad de lo cantado y contado, en el centro de verdades muy antiguas, tan antiguas como el animal que las ha vivido e intentado descifrar: "...El derecho al vuelo / incluye el precio de la caída. / Aprende a trovar tus destrozos. / Todo lo que nos malquiere / nos pone a escoger una violenta frontera /... Una página no basta al hombre / para salir de la muerte. /... Huye de tanto loquito interesante. / Tu muerte/ es otra cosa, que te vigila sin perdonar que despilfarres la otra agonía; la diaria, / la alta y callada locura. /... Cuida tus cinco amigos, ... y tus setecientos recuerdos diarios. / Son cosas por las que se podría morir. / Y usa tus modos de siempre: / hagas lo que hagas / habrá quien celebre tu muerte. /".
El juego a manera de epístola en "Invitación a Vanessa Redgrave": "Usted no conoce el sol del Sinú / allá los hombres se visten de ropa fuerte / hasta enero son mansos los ríos / y amanece la mano del hombre, ancha y corta / como una hoja feliz / (A usted le gustará)..."
Que calle la calle, oigamos al mudo
Hay una vieja adivinanza que se juega en los colegios, dice así: "Todos preguntan por mí, yo no pregunto por nadie, todos me pisan a mí, y yo no piso a nadie", ¿respuesta?: La calle. De eso trata, creo, en buena medida el Libro de las crónicas, de la calle y de lo que le pasa al hombre y la mujer en ese jardín del bien y del mal. De cómo sigue la calle habitando su intimidad doméstica. En este libro la vida anodina de a ratos se vuelve pequeña odisea: los corredores del frente, los patios comunales, la tienda del barrio, esquinas frecuentadas por los mitos populares, como Serrat: "Cada uno tiene su Lucía / y goza una esquina de amigos /..."
La voz de los personajes son las nuestras, ellos aúllan nuestra angustia y guapirrean nuestra fiesta de lector, como cuando Katari, ese hombre de pocas palabras cuando su amor declara, nos dice: "...Princesa, déme un pelo para aliviar mi sombra"; o Paul Klee, que casi por momentos parece representar pictóricamente el estilo óseo de estos versos.
Y esa "Noticia de los amigos", que bien podría hacernos incurrir en el hermoso y necesario ridículo de enviar por correo electrónico a alguien: "Pensar a tajo abierto en los amigos / que, llamándose de cualquier forma, / son siempre informantes / del ensalmo de estar vivo, / que son los únicos / servicios públicos amorosos, las guerras necesarias /... Angeles portuarios: vuelan llorando bajo el mar... Ahora que buscan otra ciudad, otra vida / para qué la esquina y sus escándalos / Zoe, límite indio al mal mío: / cierra las ventanas, cierra el sol: / roto por las ausencias, el poeta se ha puesto a arengar las paredes."
El de El reino errante, poemas de la migración y el mundo árabes, es, sin duda, un lenguaje con tono más homérico, el testigo describe las líneas que vienen a ser su propio rostro. Nada de imágenes gratuitas, de coloquialismo pueril, de efectismos y bengalas creativas. "Nunca tuve mayor noción del desamparo que en estos poemas. Ni siquiera en las excursiones sin retorno que los personajes de Conrad inician buscando la desesperanza. Más aún, nunca tuve noción de la heroica batalla contra los recuerdos, sin sepultarlos en el olvido, que en esta aventura de cebollas atosigantes, vaporosas telas coloridas, talonarios de recibos y mujeres encerradas en la trastienda, a salvo de los amores y carencias del desierto", nos comenta Germán Mendoza Diago.
Quizá el más hermoso poema de esta cosecha de vigilia es la "Declaración de amor de Demetrio Spath (1934)": "No sé como vine / a estas tierras tan anchas. / Las voces son más solas, / los cielos más ansiosos. / El verde no limita: se derrama y duele. / El río responde, a los lejos, / por todo destino / pero la selva ya no se sabe esperanza. / Someya Báladi, / me gustan sus manos con costumbres, / su parentesco con la lluvia, / su oficio de sombra. / La veo salir y entrar a la luz / como pañal de leyenda. / Puedo prometerle, apenas, / una casa con lámparas, / cinco hijos correctos, / almacén y hombrías. / Usted, Someya Báladi, / es mi tercera patria".
La poesía de García Usta es emoción expuesta, como esos cráneos de caballo que la arena y el viento han pelado de carne y pellejo, y que brillan bajo el sol en el desierto. Como esas matas de sábila que traen la buenaventura a las casas, que guardan del mal del olvido, y que cuelgan de los clavos como un Cristo abandonado. Una voz que parece nombrar el mundo por primera vez y se asombra del azúcar en la carne de un mango, o se concentra en la coreografía a velocidad de aspa de ventilador de un bailarín en la Avenida Pedro de Heredia. García Usta quiere aprender más de la vida, y menos de los prejuicios y estereotipos culturales; hace recreación, pero no adorna, desconfía de la cabriola, de la guirnalda, de la maleza ornamental del intimismo fácil, de lo obsceno como algo impuesto gratuitamente por la montaña rusa emocional interna, y no como algo que reclame el poema para sí.
Es notorio su afán por reivindicar las palabras desamparadas del idioma, como practicante de aquella lección experimental vallejiana que quiere hacer partícipe a todo el lenguaje del misterio de la nombradiía. Apela a palabras que todos apartamos como de menos madre para rebautizar el mundo: "...Donde anden estos muchachos / incesantes / Sean de iguales las cuotas de la lluvia: la flor de las camisas, / los turnos del ron / el pésame y la hidroeléctrica, y el comité que organiza el beso / muy de mañana, en el párpado.", en "Poética de Fucik". Y así nos hacemos de García Usta la misma pregunta que García Usta se hace de Vallejo en su crónica sobre el peruano: "...Algún vecino que te carga adentro / se pregunta para qué / tanto puño y trote y tizne al idioma, tanto hueso reventado y tanta sangre invendible /..."
El poeta tiene la inteligencia de percibir, y el espíritu de sondear. Sabe, como buen explorador de barrios de extramuros y pueblos de provincia, de lector de clásicos y de revistas del corazón, que con su estilo desestima la intención de gustar a los estadios, "Yo no juego para la tribuna", decía Garrincha. García Usta sabe el peligro que supone la búsqueda de la supuesta "legibilidad-inteligibilidad" poética, tendencia a que nos viene acostumbrando la hegemonía de lo fácil y espontáneo en todos los géneros por estos tiempos. Bien vale la pena ser fiel a la voz de uno, si las cosas que cuenta no están muy lejos de la verdad. El poeta entiende el ser Caribe como es, y como bien lo describe Derek Walcott: "...Ilegítimo, bastardo, sin raíces." Y nos parece ver a Kid Pambelé, tema de otro hermoso poema, caminando por las calles de Las Vegas o Nueva York, con su vacile todoterreno y su "saco de color amarillo de grito de iglesia"; o verlo cuando "ningún fotógrafo supo de su violenta soledad / cuando vendía cigarrillos, con los ojos hundidos / más solos que la planicie rencorosa de un mediodía", un Kid, como muchos, de los que "pelean, tocan bongó, enamoran y mueren".
Así, con paciencia de minero polaco, este poeta ha venido descubriendo lo que, narrativamente, Faulkner llamó "un universo artístico de leyes propias", o lo que Vargas Llosa intuye como la construcción de un mundo paralelo a la realidad, en donde, gracias a la ficción, somos más y somos otros sin dejar de ser los mismos". Una poesía para los que escriben y aman casi sin palabras porque el esplendor de la vida los tropieza y emborracha. Una poesía en una ciudad, en un país, en un mundo donde "existe un bajo deleite en no compartir, en exhibir lo peor de sí mismos; un mundo que va creando una horrible vergüenza de ser manso, de caer algunas veces en la execrable debilidad de conmoverse.", en palabras de Benedetti.
Tal vez por eso, en el enjambre hechizado de los vivos, en la cosecha humana; sentimos tan personales los versos de Jorge García Usta, porque nombra las cosas del mundo, y lo que está detrás de las cosas del mundo, como uno también nombraría las cosas que uno ama. Porque toca con sus palabras las cosas como se toca las nalgas que se aman, porque nos hablan de seres de los que más nadie habla, a veces ni ellos mismos, voces de mudos cuyo tránsito se parece tanto al nuestro, "una fiesta de olvidados, de íntimos valientes que se quedan viendo las gaviotas porque reducen la tristeza del cielo", nos dice el poeta: seres que a veces carecen de otra ciencia que vigilarse a sí mismos. Sigámoslo oyendo: "Al nacer un hombre en El Bajo de La Marcela, vale más que cualquier otro hombre / en cualquier parte del mundo. / A los doce años conoce el sabor de la tierra, / los deseos del barro en su ombligo. / Y la forma en que sabiéndola orinar / la tierra deja de ser polvo".
Un buen poeta es hoy algo muy difícil de definir pero, cuando aparece, resulta inconfundible a pesar de estilos y saltos idiomáticos, es como un olor familiar que orienta nuestro olfato en medio de pistas falsas. En estos tiempos de escepticismo artístico, en una época en la que es más popular la diatriba que la admiración confesa, la buena poesía se ha vuelto cosa amenazada, como un animal antiguo, como el mismo hombre en cualquier lugar del mundo; incluso en Chicago, donde sé que mi amigo gringo está leyendo a García Usta, y, entre edificios, cierra los ojos sintiéndose de nuevo bajo la sombra de unos almendros. ________________________________________
© John Jairo Junieles
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 10 Julio-Agosto-Septiembre de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN DEPARTAMENTO DE IDIOMAS UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
El URL de este documento es: http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n10usta.html |


Sobre la antología Noticias de un animal antiguo
Jorge García Usta: Las iniciales de la tierra
John Jairo Junieles
Hace poco un profesor de Chicago, que venía de gira por varios sitios de la costa caribe colombiana, me preguntó qué nuevo escritor debería llevarse consigo para cuando quisiera sentir de nuevo el alma de la tierra. Le dije que lo que buscaba no era una poética cualquiera, pero que esa voz existía, y que para mí, era la del autor de El reino errante, Jorge García Usta. Se lo recomendé, porque incluso a mí mismo me recomiendo volver cada tanto a sus páginas, sobre todo, en esos momentos en que el nudo de corbata de la nostalgia aprieta más en el corazón que en el cuello.
Al verlo caminar por las calles nos da la sensación de que García Usta nunca va solo, que lleva siempre una horda de voces dentro. Un día cualquiera, al pasar por su lado, le oiremos silbando un viejo vallenato de Alejo Durán, una canción de Tina Turner, o recitando para sí los versos más queridos de Cesar Vallejo. Así, poco a poco, le va poniendo gracia a los afanes del día.
Una mañana se le puede ver tomando tinto en El Portal de los Dulces, con una barba que parece llevar en honor a Sócrates, no el filósofo, sino aquel volante de la selección Brasil de otros tiempos. Al rato, uno lo descubre haciendo como hormiga para que los estudiantes asistan a una conferencia, entren a la proyección de una película o se inscriban en un curso de historia local. Otro día puede estar dictando un taller de redacción en un colegio de La Boquilla, o a los presos de la cárcel de Ternera, o en una biblioteca del barrio Olaya. Y una tarde cualquiera, al fin de la jornada, tal vez lo veamos ejerciendo el sano placer del ridículo --dice él-- en algún campeonato de fútbol entre barrios de extramuros.
Hubo un tiempo en que Jorge García Usta llegó a pensar que ser poeta era casi una distinción social: "esos tipos andaban en las nubes, su mirada era celeste y su interioridad insoportable", decía en una entrevista. Hoy, muchos años después, hace tres mundos, y después de cinco libros de poesía, García Usta cree que "un poeta es un hombre imperfecto, muy débil, que ha elegido un determinado acoso y un atajo extrañísimo para la felicidad". Jorge García fue creciendo desde sus palabras hasta convertirse en uno de aquellos buenos escritores que le producían desde la distancia tanta extrañeza y admiración, constancia de esto es la reciente selección de poemas que la Gobernación de Córdoba ha publicado: Noticias de un animal antiguo, que comprende los libros Noticias de la otra orilla, 1985; Libro de las crónicas, 1989; El reino errante, 1991; Monteadentro, 1997; y La tribu interior, 1995.
De pescadores y peloteros
Si Derek Walcott, el Premio Nobel antillano, hubiera nacido en el Caribe colombiano, y no en Antigua, quizá habría cantado nuestro mundo de una forma parecida a la de García Usta. Especulación de lector, posiblemente, pero es más lo que los une que lo que los separa. La poesía de Walcott y García Usta hablan de un pueblo a orillas del mar, en la riberas de un río, al borde de un caño, en el margen de una ciénaga, en los andenes de una avenida; y frente a todos estos espacios, los mismos dos poetas sentados en mecedoras abanicando el aire ferroso del verano, mientras hacen inventario de vivos y muertos enlodando la punta de sus tabacos. Ambas poéticas se interesan por seres donde parece que el tiempo no prosigue en ellos, sino que se interrumpe, y comienza otra cosa.
La del colombiano es una poesía que hace épico hasta el silencio de los guijarros, todo lo vuelve cuento, cosa de referir, al igual que Walcott. Fábulas que miden la distancia entre las leyes del mundo y los actos y silencios del hombre. García Usta muestra y deja que el lector asuma frente a estas leyes de mundo el libre albedrío de su acatamiento, su rechazo, o el afrontar lúdicamente su sabio y difícil aprendizaje.
A mi amigo de Chicago le comenté que, en mi opinión, los fantasmas no pueden reflejarse en los espejos de los vivos, y que el escritor del Caribe durante mucho tiempo ha sido un fantasma. Hemos tenido que construir nuestro propio espejo, un lenguaje propio, un espejo de tinta en el que el escritor descubra quién es, y no que se lo digan. Un amanuense griego en el año 2000 antes de Cristo, hablaba desde entonces en un papiro, sobre el agotamiento del lenguaje: "¿Dónde están las palabras que no sean aquellas que los poetas ya han agotado? ¿Cómo puedo encontrar una cosa nueva, una nueva forma de decir lo que quiero decir, cuando mis predecesores han vuelto rancias todas las formas?" Estas angustias son, a pesar del tiempo, las mismas de muchos escritores costeños contemporáneos. Qué suerte que la poesía, la novela y el cuento hayan tenido una muerte tan larga, y tan feliz, que todavía no terminan su infancia.
La poesía colombiana de hoy tiene pocos espejos donde podamos vernos tal cual somos, esta poesía de García Usta es un espejo donde el Caribe, y, en últimas, la condición humana, puede verse de cuerpo entero. Héctor Rojas Herazo, Raúl Gómez Jattin, Rómulo Bustos, Giovani Quessep, Gustavo Tatis, Miguel Iriarte, Joaquín Mattos, Pedro Blas Julio; hacen parte de la galería de espejos que pretenden reflejar los fantasmas de nuestra condición de hombres caribes, atrapados en el vértigo de dos espejos encontrados, el primero refleja la tradición heredada, el otro nos muestra un presente que vivimos como si fuera también el único futuro posible.
Escribir como canta García Usta, es haber llegado a vivir y entender cosas muy íntimas, muy axilares de una cultura, haber calado en sus entresijos, llegar al tuétano de su esencia. Es llegar a ser, de la manera más esencial y necesaria: creador. Se siente como una excavación de palabras en el viento, como soles de lenta sangre irrumpiendo en las ventanas, cuando se lee Noticias de la otra orilla, y Monteadentro. En ambos hay un casamiento entre realidad y poesía que obliga a los lectores a dejar de ser testigos de llanura o cafetería, para convertirse en complemento del mundo leído.
Una poética que trabaja con realidades sin convertirse en un espejo stendhaliano. Ideas e imágenes que instalan al lector en el corazón de la realidad de lo cantado y contado, en el centro de verdades muy antiguas, tan antiguas como el animal que las ha vivido e intentado descifrar: "...El derecho al vuelo / incluye el precio de la caída. / Aprende a trovar tus destrozos. / Todo lo que nos malquiere / nos pone a escoger una violenta frontera /... Una página no basta al hombre / para salir de la muerte. /... Huye de tanto loquito interesante. / Tu muerte/ es otra cosa, que te vigila sin perdonar que despilfarres la otra agonía; la diaria, / la alta y callada locura. /... Cuida tus cinco amigos, ... y tus setecientos recuerdos diarios. / Son cosas por las que se podría morir. / Y usa tus modos de siempre: / hagas lo que hagas / habrá quien celebre tu muerte. /".
El juego a manera de epístola en "Invitación a Vanessa Redgrave": "Usted no conoce el sol del Sinú / allá los hombres se visten de ropa fuerte / hasta enero son mansos los ríos / y amanece la mano del hombre, ancha y corta / como una hoja feliz / (A usted le gustará)..."
Que calle la calle, oigamos al mudo
Hay una vieja adivinanza que se juega en los colegios, dice así: "Todos preguntan por mí, yo no pregunto por nadie, todos me pisan a mí, y yo no piso a nadie", ¿respuesta?: La calle. De eso trata, creo, en buena medida el Libro de las crónicas, de la calle y de lo que le pasa al hombre y la mujer en ese jardín del bien y del mal. De cómo sigue la calle habitando su intimidad doméstica. En este libro la vida anodina de a ratos se vuelve pequeña odisea: los corredores del frente, los patios comunales, la tienda del barrio, esquinas frecuentadas por los mitos populares, como Serrat: "Cada uno tiene su Lucía / y goza una esquina de amigos /..."
La voz de los personajes son las nuestras, ellos aúllan nuestra angustia y guapirrean nuestra fiesta de lector, como cuando Katari, ese hombre de pocas palabras cuando su amor declara, nos dice: "...Princesa, déme un pelo para aliviar mi sombra"; o Paul Klee, que casi por momentos parece representar pictóricamente el estilo óseo de estos versos.
Y esa "Noticia de los amigos", que bien podría hacernos incurrir en el hermoso y necesario ridículo de enviar por correo electrónico a alguien: "Pensar a tajo abierto en los amigos / que, llamándose de cualquier forma, / son siempre informantes / del ensalmo de estar vivo, / que son los únicos / servicios públicos amorosos, las guerras necesarias /... Angeles portuarios: vuelan llorando bajo el mar... Ahora que buscan otra ciudad, otra vida / para qué la esquina y sus escándalos / Zoe, límite indio al mal mío: / cierra las ventanas, cierra el sol: / roto por las ausencias, el poeta se ha puesto a arengar las paredes."
El de El reino errante, poemas de la migración y el mundo árabes, es, sin duda, un lenguaje con tono más homérico, el testigo describe las líneas que vienen a ser su propio rostro. Nada de imágenes gratuitas, de coloquialismo pueril, de efectismos y bengalas creativas. "Nunca tuve mayor noción del desamparo que en estos poemas. Ni siquiera en las excursiones sin retorno que los personajes de Conrad inician buscando la desesperanza. Más aún, nunca tuve noción de la heroica batalla contra los recuerdos, sin sepultarlos en el olvido, que en esta aventura de cebollas atosigantes, vaporosas telas coloridas, talonarios de recibos y mujeres encerradas en la trastienda, a salvo de los amores y carencias del desierto", nos comenta Germán Mendoza Diago.
Quizá el más hermoso poema de esta cosecha de vigilia es la "Declaración de amor de Demetrio Spath (1934)": "No sé como vine / a estas tierras tan anchas. / Las voces son más solas, / los cielos más ansiosos. / El verde no limita: se derrama y duele. / El río responde, a los lejos, / por todo destino / pero la selva ya no se sabe esperanza. / Someya Báladi, / me gustan sus manos con costumbres, / su parentesco con la lluvia, / su oficio de sombra. / La veo salir y entrar a la luz / como pañal de leyenda. / Puedo prometerle, apenas, / una casa con lámparas, / cinco hijos correctos, / almacén y hombrías. / Usted, Someya Báladi, / es mi tercera patria".
La poesía de García Usta es emoción expuesta, como esos cráneos de caballo que la arena y el viento han pelado de carne y pellejo, y que brillan bajo el sol en el desierto. Como esas matas de sábila que traen la buenaventura a las casas, que guardan del mal del olvido, y que cuelgan de los clavos como un Cristo abandonado. Una voz que parece nombrar el mundo por primera vez y se asombra del azúcar en la carne de un mango, o se concentra en la coreografía a velocidad de aspa de ventilador de un bailarín en la Avenida Pedro de Heredia. García Usta quiere aprender más de la vida, y menos de los prejuicios y estereotipos culturales; hace recreación, pero no adorna, desconfía de la cabriola, de la guirnalda, de la maleza ornamental del intimismo fácil, de lo obsceno como algo impuesto gratuitamente por la montaña rusa emocional interna, y no como algo que reclame el poema para sí.
Es notorio su afán por reivindicar las palabras desamparadas del idioma, como practicante de aquella lección experimental vallejiana que quiere hacer partícipe a todo el lenguaje del misterio de la nombradiía. Apela a palabras que todos apartamos como de menos madre para rebautizar el mundo: "...Donde anden estos muchachos / incesantes / Sean de iguales las cuotas de la lluvia: la flor de las camisas, / los turnos del ron / el pésame y la hidroeléctrica, y el comité que organiza el beso / muy de mañana, en el párpado.", en "Poética de Fucik". Y así nos hacemos de García Usta la misma pregunta que García Usta se hace de Vallejo en su crónica sobre el peruano: "...Algún vecino que te carga adentro / se pregunta para qué / tanto puño y trote y tizne al idioma, tanto hueso reventado y tanta sangre invendible /..."
El poeta tiene la inteligencia de percibir, y el espíritu de sondear. Sabe, como buen explorador de barrios de extramuros y pueblos de provincia, de lector de clásicos y de revistas del corazón, que con su estilo desestima la intención de gustar a los estadios, "Yo no juego para la tribuna", decía Garrincha. García Usta sabe el peligro que supone la búsqueda de la supuesta "legibilidad-inteligibilidad" poética, tendencia a que nos viene acostumbrando la hegemonía de lo fácil y espontáneo en todos los géneros por estos tiempos. Bien vale la pena ser fiel a la voz de uno, si las cosas que cuenta no están muy lejos de la verdad. El poeta entiende el ser Caribe como es, y como bien lo describe Derek Walcott: "...Ilegítimo, bastardo, sin raíces." Y nos parece ver a Kid Pambelé, tema de otro hermoso poema, caminando por las calles de Las Vegas o Nueva York, con su vacile todoterreno y su "saco de color amarillo de grito de iglesia"; o verlo cuando "ningún fotógrafo supo de su violenta soledad / cuando vendía cigarrillos, con los ojos hundidos / más solos que la planicie rencorosa de un mediodía", un Kid, como muchos, de los que "pelean, tocan bongó, enamoran y mueren".
Así, con paciencia de minero polaco, este poeta ha venido descubriendo lo que, narrativamente, Faulkner llamó "un universo artístico de leyes propias", o lo que Vargas Llosa intuye como la construcción de un mundo paralelo a la realidad, en donde, gracias a la ficción, somos más y somos otros sin dejar de ser los mismos". Una poesía para los que escriben y aman casi sin palabras porque el esplendor de la vida los tropieza y emborracha. Una poesía en una ciudad, en un país, en un mundo donde "existe un bajo deleite en no compartir, en exhibir lo peor de sí mismos; un mundo que va creando una horrible vergüenza de ser manso, de caer algunas veces en la execrable debilidad de conmoverse.", en palabras de Benedetti.
Tal vez por eso, en el enjambre hechizado de los vivos, en la cosecha humana; sentimos tan personales los versos de Jorge García Usta, porque nombra las cosas del mundo, y lo que está detrás de las cosas del mundo, como uno también nombraría las cosas que uno ama. Porque toca con sus palabras las cosas como se toca las nalgas que se aman, porque nos hablan de seres de los que más nadie habla, a veces ni ellos mismos, voces de mudos cuyo tránsito se parece tanto al nuestro, "una fiesta de olvidados, de íntimos valientes que se quedan viendo las gaviotas porque reducen la tristeza del cielo", nos dice el poeta: seres que a veces carecen de otra ciencia que vigilarse a sí mismos. Sigámoslo oyendo: "Al nacer un hombre en El Bajo de La Marcela, vale más que cualquier otro hombre / en cualquier parte del mundo. / A los doce años conoce el sabor de la tierra, / los deseos del barro en su ombligo. / Y la forma en que sabiéndola orinar / la tierra deja de ser polvo".
Un buen poeta es hoy algo muy difícil de definir pero, cuando aparece, resulta inconfundible a pesar de estilos y saltos idiomáticos, es como un olor familiar que orienta nuestro olfato en medio de pistas falsas. En estos tiempos de escepticismo artístico, en una época en la que es más popular la diatriba que la admiración confesa, la buena poesía se ha vuelto cosa amenazada, como un animal antiguo, como el mismo hombre en cualquier lugar del mundo; incluso en Chicago, donde sé que mi amigo gringo está leyendo a García Usta, y, entre edificios, cierra los ojos sintiéndose de nuevo bajo la sombra de unos almendros. ________________________________________
© John Jairo Junieles
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 10 Julio-Agosto-Septiembre de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN DEPARTAMENTO DE IDIOMAS UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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