

La hora de los adoloridos en la radio paisa
Consuelo Posada Universidad de Antioquia
Uno de los programas más escuchados de la radio regional, en Medellín, se identifica como "La hora de los adoloridos", con un pegajoso estribillo musical, en tono arrancherado: adolorido, adolorido/ adolorido del corazón/ por una ingrata/ por una ingrata/ que me ha jugado/ una cruel traición".
Dos veces al día, una hora en la mañana y otra en la tarde, hombres y mujeres de los barrios más populares de la ciudad llaman a "Radio Paisa" para contar en vivo su drama sentimental. El grueso del público está formado por muchachas del servicio doméstico, amas de casa, vigilantes, conductores, albañiles y en general trabajadores manuales que pueden oir radio mientras trabajan en formas libres de contratos al día. Esta afición de los sectores populares por el género melodramático ha sido explicada por los estudiosos como una manera particular de interpretar la realidad, y el investigador Jesús Martín Barbero ha encontrado la supervivencia del melodrama, convertido en tango, telenovela, cine mexicano o consultorio radial, en el imaginario colectivo hispanoamericano.
Una nota característica de "La hora de los adoloridos" es el toque de broma del animador, quien todo el tiempo interrumpe el relato con preguntas y comentarios. La consulta se cierra con una canción que busca rimar con la historia contada y que constituye siempre un remate burlesco para completar el cuadro humorístico. Mientras el público se divierte y celebra los apuntes atrevidos del locutor, el consultante se siente gratificado, pues además de saber que muchas personas lo escuchan, recibe la atención del presentador, un consejo final y una canción de complacencia.
El relato de una joven de 16 años, que contaba la muerte de sus padres y su viaje a la finca de un tío, donde trabajó en los cafetales y fue violada por un primo, hijo del dueño de la hacienda, se alternó con las notas del animador que buscaba desviar la historia hacia chistes de contenido sexual. Primero insistía maliciosamente en el peligro de los gusanos en los cafetales y el fastidio de una mano de mujer acariciando un gusano peludo. En los momentos más dramáticos, cuando la joven refería los hechos de la noche de la violación, el locutor agudizaba sus bromas con preguntas sobre la posición que tenía antes de ser despertada por el violador, si roncaba y si recordaba cómo eran sus ronquidos y si dormía boca abajo, de lado o boca arriba. El interrogatorio desmenuzó cuidadosamente, entre risas, todos los detalles del momento, la hizo repetir cómo el violador le tapaba la boca con una mano, mientras con la otra sostenía el revólver, y la invitó a imitar el sonido de la boca tapada. Al final, después del consejo, la mujer recibió como "complacencia" un tema musical, con notas parranderas, titulado "el gusano peludo": "Tiene la nuca pelada/ qué animal tan peligroso/ la cabeza siempre es grande/ y en la frente tiene un ojo". El tono festivo sólo se interrumpe en los momentos del consejo final, cuando el locutor propone soluciones juiciosas a los consultantes. A pesar de las polémicas sobre este programa, Aura López, analista del mundo cotidiano de nuestra ciudad, ha encontrado elementos positivos por el "tono guasón y desenfadado" que desinhibe a los consultantes y la divulgación de historias oscuras que hacen parte de nuestro mundo cercano.
Para el público, uno de los atractivos del programa es el lenguaje utilizado por el animador. No sólo por la familiaridad del tratamiento: a las mujeres les dice "mi amor", "mi muchareja", sino porque remeda y exagera la entonación antioqueña. Los mensajes publicitarios conservan este estilo y se dirigen fundamentalmente a las mujeres: "Si a Usted señora se le muere su marido y está afiliada a la funeraria «La Esperanza» no es sino que nos llame «Ay señor, aquí lo tengo tieso en la cama» y mientras Usted, señora, se cambia de ropa, ya lo tiene enterrado, ya lo tiene en el hueco, mi amor".
Aunque a diferencia de otros consultorios radiales, aquí también piden orientación los hombres, las consultas son fundamentalmente femeninas. La condición hogareña de la mujer, que ha favorecido su reverencia por los dramas radiales, es una clave importante para explicar la razón de ese público que en una época fue fiel a las radionovelas y hoy sigue escuchando las historias que la radio le cuenta.
Pero el componente de origen rural de esta audiencia es particularmente importante. Medellín, como capital de provincia, empezó a recibir, desde las primeras décadas de este siglo, grupos de mujeres del campo que apoyadas en familiares o conocidos y con la recomendación del cura párroco, que certificara la buena conducta y la condición cristiana de su familia, encontraban empleo en las fábricas de la naciente industria. Hoy la ciudad sigue siendo una ilusión de trabajo para las mujeres campesinas, que ahora se conforman con un lugar como empleadas del servicio doméstico.
Pero el apego a la radio como medio de entretenimiento, en un medio dominado por el auge de la televisión, es un fenómeno general de la cultura campesina y no exclusivo del mundo femenino rural. Esta magia vigente de la radio, especialmente para los grupos de escasa escolaridad, puede entenderse mejor con los planteamientos de Paul Zumthor sobre la "oralidad perdida" de las zonas rurales: para él, los relatos tradicionales de las comunidades se sustituyen con los programas radiales y por esto los marginados de cualquier ciudad vagan solitarios entre las voces de las grabadoras "walkman".
También entre nosotros la oralidad continúa afianzada en la cotidianidad urbana y la población poco alfabetizada se encuentra más a gusto con la radio: su facilidad de adquisición y de manejo y su capacidad de llegar a un público no letrado mantienen su popularidad. En el mundo de la ciudad, para la población de origen campesino, es un punto clave de conexión entre la cultura de origen de su pueblo de procedencia y el mundo urbano. De otro lado, su predominio frente a la prensa y los medios escritos muestra la importancia de la voz y reafirma la condición oral de nuestra cultura, más acentuada en las sociedades agrarias.
El profesor Víctor Villa, estudioso del fenómeno de la radio, propone una jerarquización sociocultural de los oyentes, que reproduce en el dial la división social de la ciudad. La clasificación de las emisoras en AM y FM correspondería, en líneas generales, a la división campo-ciudad: mientras los citadinos escuchan las emisoras FM, los pueblerinos prefieren la franja AM. Pero debe aclararse que el éxito de esta programación popular en las emisoras de frecuencia AM ha hecho que las cadenas radiales comiencen a organizar este tipo de programas también en FM.
En Medellín parece existir una relación entre el florecimiento de este tipo de programas radiales y la necesidad de afirmación de la cultura campesina en el medio urbano. La sintonía de "La voz de los adoloridos", además de la condición popular de los oyentes del programa y de su escaso nivel cultural, muestra una importante circunstancia común y es su relación con el mundo rural.
¿Podemos reconocer la presencia de la cultura campesina en la ciudad? ¿Cómo sobreviven reelaboradas, las formas del campo en la metrópoli? ¿Cómo se manifiesta ese bagaje de provincia que el éxodo campesino trae consigo, y cómo se transmite a los descendientes que crecen en un medio enteramente urbano?
En Medellín conviven hoy, con las formas de una ciudad de tres millones de habitantes, otros subgrupos culturales que se han ido consolidando con el proceso de migración de las últimas décadas. Por esto, además de precisar "lo antioqueño" en el conjunto territorial colombiano, habría que distinguir las subculturas que siguen viviendo inmersas y confundidas en la llamada cultura paisa.
A partir de los años 40 se intensificó notoriamente el crecimiento de la ciudad, y después de 1960 se multiplicaron las urbanizaciones clandestinas como consecuencia de la migración campesina que siguió al fenómeno de la violencia liberal-conservadora. Algunos sectores se han ido formando con los recién llegados a estos asentamientos, y muchos de ellos son campesinos, o hijos de campesinos, que viven en "piezas" en las "comunas" populares. Aunque existen algunos grupos de culturas diferentes, como los chocoanos, la principal corriente migratoria viene de la propia montaña antioqueña. Barrios como Andalucía, Villa del Socorro, Santo Domingo, Granizal, Moscú, Campoamor, Santander, Alfonso López, Pedregal, Tejelo, Florencia, Diamante, Bello Horizonte, Barrio Nuevo, se organizaron entre 1950 y 1970.
Los nuevos barrios, generados con el poblamiento campesino, copiaron la organización y la estructura de los pueblos de origen de sus habitantes. Allí la vida diaria reprodujo la cultura de los recién llegados, con la crianza de animales domésticos, el cultivo en huertas improvisadas en terrazas y balcones y las celebraciones familiares y sociales que siguen el modelo de las fiestas campesinas.
Algunos analistas han calificado este poblamiento campesino en la ciudad como un nuevo proceso de colonización que ha buscado adecuar los espacios urbanos a las nostalgias rurales. En Medellín puede comprobarse que los recién llegados se ubicaron en espacios donde ya existían familiares y conocidos y por esto, el diseño de la ciudad presenta una distribución territorial de acuerdo a los pueblos de origen de los habitantes del campo.
Pero las nostalgias del mundo campesino no incluyen sólo los sectores marginados. A diferencia de otros departamentos, donde se descalifica a los provincianos, en Antioquia el origen campesino en todas las clases sociales se exhibe con orgullo. Recordemos que desde finales del siglo 19 ricos comerciantes o propietarios agrícolas de origen pueblerino, se instalaron en Medellín y las familias descendientes han conservado los vínculos con ese medio.
Otra clara marca social, presente en "La hora de los adoloridos", está en la selección de la música, tomada de un repertorio "guasca". En general, la programación de las emisoras planeadas para los oyentes de origen rural incluye una música adecuada a sus preferencias, con canciones que se parecen al mundo festivo de los domingos campesinos, alegrado con los sonidos de las vitrolas, los colores fuertes de los camiones de escalera y la ropa de los paisanos. Esta música, llamada "guasca", para calificar su rusticidad, es la preferida en los bares del pueblo. Sus textos elementales expresan abiertamente los sentimientos, y las melodías, igualmente simples, pudieran homologarse con la música vallenata para la costa atlántica o la carranguera para la zona cundiboyacense, no sólo por la sencillez de sus temas y formas musicales, sino por la condición popular y rural de sus oyentes. "Es que yo soy muy montañera. Y quiero que me tengan en cuenta con la música que Uds. ponen. Ayer me provocaba llevarme el radio pa' misa". Decía una señora que, en un programa radial, pidió ser complacida con cualquier canción de Darío Gómez, un compositor especializado en temas de "despecho".
Haría falta el análisis de estas canciones, con toda la amplitud de categorías que allí se encierran. El estudio de sus letras, intérpretes y temáticas nos ayudaría a entender mejor las formas campesinas que superviven en la metrópoli. Más que defender este tipo de programación radial, la intención es empezar a buscar las razones de su éxito. Una clave podría estar en la imagen, aunque sea deformada que el campesino recibe de sí mismo, pues de alguna manera aquí se satisfacen nostalgias de su mundo. El estudio de estas historias y los temas de esta música nos ayudarán a encontrar las características de un mundo campesino que vive mimetizado en la ciudad. ________________________________________
© Consuelo Posada
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 10 Julio-Agosto-Septiembre de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
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La hora de los adoloridos en la radio paisa
Consuelo Posada Universidad de Antioquia
Uno de los programas más escuchados de la radio regional, en Medellín, se identifica como "La hora de los adoloridos", con un pegajoso estribillo musical, en tono arrancherado: adolorido, adolorido/ adolorido del corazón/ por una ingrata/ por una ingrata/ que me ha jugado/ una cruel traición".
Dos veces al día, una hora en la mañana y otra en la tarde, hombres y mujeres de los barrios más populares de la ciudad llaman a "Radio Paisa" para contar en vivo su drama sentimental. El grueso del público está formado por muchachas del servicio doméstico, amas de casa, vigilantes, conductores, albañiles y en general trabajadores manuales que pueden oir radio mientras trabajan en formas libres de contratos al día. Esta afición de los sectores populares por el género melodramático ha sido explicada por los estudiosos como una manera particular de interpretar la realidad, y el investigador Jesús Martín Barbero ha encontrado la supervivencia del melodrama, convertido en tango, telenovela, cine mexicano o consultorio radial, en el imaginario colectivo hispanoamericano.
Una nota característica de "La hora de los adoloridos" es el toque de broma del animador, quien todo el tiempo interrumpe el relato con preguntas y comentarios. La consulta se cierra con una canción que busca rimar con la historia contada y que constituye siempre un remate burlesco para completar el cuadro humorístico. Mientras el público se divierte y celebra los apuntes atrevidos del locutor, el consultante se siente gratificado, pues además de saber que muchas personas lo escuchan, recibe la atención del presentador, un consejo final y una canción de complacencia.
El relato de una joven de 16 años, que contaba la muerte de sus padres y su viaje a la finca de un tío, donde trabajó en los cafetales y fue violada por un primo, hijo del dueño de la hacienda, se alternó con las notas del animador que buscaba desviar la historia hacia chistes de contenido sexual. Primero insistía maliciosamente en el peligro de los gusanos en los cafetales y el fastidio de una mano de mujer acariciando un gusano peludo. En los momentos más dramáticos, cuando la joven refería los hechos de la noche de la violación, el locutor agudizaba sus bromas con preguntas sobre la posición que tenía antes de ser despertada por el violador, si roncaba y si recordaba cómo eran sus ronquidos y si dormía boca abajo, de lado o boca arriba. El interrogatorio desmenuzó cuidadosamente, entre risas, todos los detalles del momento, la hizo repetir cómo el violador le tapaba la boca con una mano, mientras con la otra sostenía el revólver, y la invitó a imitar el sonido de la boca tapada. Al final, después del consejo, la mujer recibió como "complacencia" un tema musical, con notas parranderas, titulado "el gusano peludo": "Tiene la nuca pelada/ qué animal tan peligroso/ la cabeza siempre es grande/ y en la frente tiene un ojo". El tono festivo sólo se interrumpe en los momentos del consejo final, cuando el locutor propone soluciones juiciosas a los consultantes. A pesar de las polémicas sobre este programa, Aura López, analista del mundo cotidiano de nuestra ciudad, ha encontrado elementos positivos por el "tono guasón y desenfadado" que desinhibe a los consultantes y la divulgación de historias oscuras que hacen parte de nuestro mundo cercano.
Para el público, uno de los atractivos del programa es el lenguaje utilizado por el animador. No sólo por la familiaridad del tratamiento: a las mujeres les dice "mi amor", "mi muchareja", sino porque remeda y exagera la entonación antioqueña. Los mensajes publicitarios conservan este estilo y se dirigen fundamentalmente a las mujeres: "Si a Usted señora se le muere su marido y está afiliada a la funeraria «La Esperanza» no es sino que nos llame «Ay señor, aquí lo tengo tieso en la cama» y mientras Usted, señora, se cambia de ropa, ya lo tiene enterrado, ya lo tiene en el hueco, mi amor".
Aunque a diferencia de otros consultorios radiales, aquí también piden orientación los hombres, las consultas son fundamentalmente femeninas. La condición hogareña de la mujer, que ha favorecido su reverencia por los dramas radiales, es una clave importante para explicar la razón de ese público que en una época fue fiel a las radionovelas y hoy sigue escuchando las historias que la radio le cuenta.
Pero el componente de origen rural de esta audiencia es particularmente importante. Medellín, como capital de provincia, empezó a recibir, desde las primeras décadas de este siglo, grupos de mujeres del campo que apoyadas en familiares o conocidos y con la recomendación del cura párroco, que certificara la buena conducta y la condición cristiana de su familia, encontraban empleo en las fábricas de la naciente industria. Hoy la ciudad sigue siendo una ilusión de trabajo para las mujeres campesinas, que ahora se conforman con un lugar como empleadas del servicio doméstico.
Pero el apego a la radio como medio de entretenimiento, en un medio dominado por el auge de la televisión, es un fenómeno general de la cultura campesina y no exclusivo del mundo femenino rural. Esta magia vigente de la radio, especialmente para los grupos de escasa escolaridad, puede entenderse mejor con los planteamientos de Paul Zumthor sobre la "oralidad perdida" de las zonas rurales: para él, los relatos tradicionales de las comunidades se sustituyen con los programas radiales y por esto los marginados de cualquier ciudad vagan solitarios entre las voces de las grabadoras "walkman".
También entre nosotros la oralidad continúa afianzada en la cotidianidad urbana y la población poco alfabetizada se encuentra más a gusto con la radio: su facilidad de adquisición y de manejo y su capacidad de llegar a un público no letrado mantienen su popularidad. En el mundo de la ciudad, para la población de origen campesino, es un punto clave de conexión entre la cultura de origen de su pueblo de procedencia y el mundo urbano. De otro lado, su predominio frente a la prensa y los medios escritos muestra la importancia de la voz y reafirma la condición oral de nuestra cultura, más acentuada en las sociedades agrarias.
El profesor Víctor Villa, estudioso del fenómeno de la radio, propone una jerarquización sociocultural de los oyentes, que reproduce en el dial la división social de la ciudad. La clasificación de las emisoras en AM y FM correspondería, en líneas generales, a la división campo-ciudad: mientras los citadinos escuchan las emisoras FM, los pueblerinos prefieren la franja AM. Pero debe aclararse que el éxito de esta programación popular en las emisoras de frecuencia AM ha hecho que las cadenas radiales comiencen a organizar este tipo de programas también en FM.
En Medellín parece existir una relación entre el florecimiento de este tipo de programas radiales y la necesidad de afirmación de la cultura campesina en el medio urbano. La sintonía de "La voz de los adoloridos", además de la condición popular de los oyentes del programa y de su escaso nivel cultural, muestra una importante circunstancia común y es su relación con el mundo rural.
¿Podemos reconocer la presencia de la cultura campesina en la ciudad? ¿Cómo sobreviven reelaboradas, las formas del campo en la metrópoli? ¿Cómo se manifiesta ese bagaje de provincia que el éxodo campesino trae consigo, y cómo se transmite a los descendientes que crecen en un medio enteramente urbano?
En Medellín conviven hoy, con las formas de una ciudad de tres millones de habitantes, otros subgrupos culturales que se han ido consolidando con el proceso de migración de las últimas décadas. Por esto, además de precisar "lo antioqueño" en el conjunto territorial colombiano, habría que distinguir las subculturas que siguen viviendo inmersas y confundidas en la llamada cultura paisa.
A partir de los años 40 se intensificó notoriamente el crecimiento de la ciudad, y después de 1960 se multiplicaron las urbanizaciones clandestinas como consecuencia de la migración campesina que siguió al fenómeno de la violencia liberal-conservadora. Algunos sectores se han ido formando con los recién llegados a estos asentamientos, y muchos de ellos son campesinos, o hijos de campesinos, que viven en "piezas" en las "comunas" populares. Aunque existen algunos grupos de culturas diferentes, como los chocoanos, la principal corriente migratoria viene de la propia montaña antioqueña. Barrios como Andalucía, Villa del Socorro, Santo Domingo, Granizal, Moscú, Campoamor, Santander, Alfonso López, Pedregal, Tejelo, Florencia, Diamante, Bello Horizonte, Barrio Nuevo, se organizaron entre 1950 y 1970.
Los nuevos barrios, generados con el poblamiento campesino, copiaron la organización y la estructura de los pueblos de origen de sus habitantes. Allí la vida diaria reprodujo la cultura de los recién llegados, con la crianza de animales domésticos, el cultivo en huertas improvisadas en terrazas y balcones y las celebraciones familiares y sociales que siguen el modelo de las fiestas campesinas.
Algunos analistas han calificado este poblamiento campesino en la ciudad como un nuevo proceso de colonización que ha buscado adecuar los espacios urbanos a las nostalgias rurales. En Medellín puede comprobarse que los recién llegados se ubicaron en espacios donde ya existían familiares y conocidos y por esto, el diseño de la ciudad presenta una distribución territorial de acuerdo a los pueblos de origen de los habitantes del campo.
Pero las nostalgias del mundo campesino no incluyen sólo los sectores marginados. A diferencia de otros departamentos, donde se descalifica a los provincianos, en Antioquia el origen campesino en todas las clases sociales se exhibe con orgullo. Recordemos que desde finales del siglo 19 ricos comerciantes o propietarios agrícolas de origen pueblerino, se instalaron en Medellín y las familias descendientes han conservado los vínculos con ese medio.
Otra clara marca social, presente en "La hora de los adoloridos", está en la selección de la música, tomada de un repertorio "guasca". En general, la programación de las emisoras planeadas para los oyentes de origen rural incluye una música adecuada a sus preferencias, con canciones que se parecen al mundo festivo de los domingos campesinos, alegrado con los sonidos de las vitrolas, los colores fuertes de los camiones de escalera y la ropa de los paisanos. Esta música, llamada "guasca", para calificar su rusticidad, es la preferida en los bares del pueblo. Sus textos elementales expresan abiertamente los sentimientos, y las melodías, igualmente simples, pudieran homologarse con la música vallenata para la costa atlántica o la carranguera para la zona cundiboyacense, no sólo por la sencillez de sus temas y formas musicales, sino por la condición popular y rural de sus oyentes. "Es que yo soy muy montañera. Y quiero que me tengan en cuenta con la música que Uds. ponen. Ayer me provocaba llevarme el radio pa' misa". Decía una señora que, en un programa radial, pidió ser complacida con cualquier canción de Darío Gómez, un compositor especializado en temas de "despecho".
Haría falta el análisis de estas canciones, con toda la amplitud de categorías que allí se encierran. El estudio de sus letras, intérpretes y temáticas nos ayudaría a entender mejor las formas campesinas que superviven en la metrópoli. Más que defender este tipo de programación radial, la intención es empezar a buscar las razones de su éxito. Una clave podría estar en la imagen, aunque sea deformada que el campesino recibe de sí mismo, pues de alguna manera aquí se satisfacen nostalgias de su mundo. El estudio de estas historias y los temas de esta música nos ayudarán a encontrar las características de un mundo campesino que vive mimetizado en la ciudad. ________________________________________
© Consuelo Posada
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 10 Julio-Agosto-Septiembre de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
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