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          El protagonista

Pilar Alberdi

(Premio de Relatos de la Editorial Plaza & Janés, 2000)

          Lo recuerdo perfectamente: ocurrió hace varios años, fue en la clase de Literatura. La monitora dijo:
          --Hoy vamos a escribir un cuento entre todos.
          Por encima de las mesas saltaron como chispas varios: "¡Bha!"... "¡Jo!"... "¡Sólo eso faltaba!"... "¡Escribir!, ¿a quién le gusta escribir!"...
          Cuando las chispas de rebeldía se apagaron, la monitora comentó:
          --Lo escribiremos oralmente. Cada uno contará una parte.
          Las chispas volvieron a aparecer, pero esta vez, brotaban espontáneas, con alegría, como coloreadas bolas de billar deslizándose sobre el invisible paño de la mesa, rodando sobre los corazones de amor escritos con cortaplumas, resbalando sobre los queridos nombres arañados a la madera, corriendo hacia todos los ángulos, chocando y rebotando contra los bordes. Se oyeron, los... "¡Ay, madre, qué susto, con lo poquito, pero con lo poquito que me gusta a mí escribir!"... "Eso se le da bien al Guille, ¡he, Guille!, tío, ¿a que se te da bien escribir?"...
          La monitora intentó recomponer el tema, y sugirió un participante para iniciar el relato:
          --¿Alicia... das comienzo tú?
          Alicia frunció el ceño, y la miró como diciendo "¿por qué yo, señorita?", y dio un codazo y una mirada suplicante a su pareja, éste dando un salto en su asiento, y mesándose la barba, dijo:
          --Está bien, comienzo yo... A ver, que piense...
          Entre el humo de los cigarrillos veinteañeros se elevaron murmullos, risas y conversaciones... Se oyó:
          --¡Enrique!, ¿pensar... tú?
          Enrique sonrió, sin importarle de quién venía la frase, y dio comienzo al cuento:
          --"Érase una vez un niño..."
          Todos se quedaron esperando más, pero Enrique dijo:
          --Ya. Es todo.
          Antes de que las voces, los murmullos, los soliloquios y las risas sublevaran el aire, la monitora ordenó:
          --Por favor, continuad el relato los que estáis por la derecha. Yo iré tomando nota de lo que se diga y lo repetiré cuando sea necesario. Ahora sí, Alicia, te toca a ti, y no acepto excusas; a partir de ella, los demás... "Érase un niño..."
          Alicia, como tejiendo con sus manos, como bordando las hojas de su cuaderno de notas cuadriculado, como si allí hubiese palabras que ella no pudiese explicar, miró a su Enrique amorosamente, con ese amor que da el bis a bis dos veces al mes, y dijo:
          --"Érase un niño muy guapo, muy guapo --lo resaltó y los demás sonrieron-- que vivía --hizo una larga pausa-- en una chabola y su familia era pobrísima..."          
          --¡Merche! --indicó la monitora, te toca a ti.
          Merche igual que la típica alumna que la profesora atrapa distraída, mirando por la ventana hacia las nubes de la calle, intentó recordar las últimas palabras, pero no pudo.
          Alicia le sopló:
          --"... y su familia era pobrísima".
          Los labios de Merche, repitieron:
          --"... y su familia era pobrísima".
          Tras un momento en que pareció buscar y hasta encontrar las palabras que le faltaban en el vuelo de una mosca, continuó diciendo:
          --"En ese barrio todos eran pobres, el padre era alcohólico, la madre los había abandonado y tenía hijos con otro hombre, y cuando llovía, el agua entraba por entre los canalones de latón del techo y se escurría formando charcos, salpicando la ropa, los colchones..."
          La monitora levantó la vista de sus apuntes, me miró, y antes de que me nombrara, aporté mi frase, decidido a dar un giro positivo al relato:
          --".... pero al niño no le importaba que el agua cayera como en un diluvio, él hacía barquitos de papel y los ponía a navegar..."
          Quedé profundamente satisfecho de mi participación, y pasé el testigo a Julián:
          --"... él hacía barquitos de papel y los ponía a navegar pero el agua se los hundía".
          Me dolió, juro que me dolió, tragué saliva, bajé la vista, meditando, esperando el instante en que pudiese aportar otra vez una opinión por boca del protagonista.
          --¡Eva! --gritó la monitora.
          Eva, pidió que se repitiera completo el relato, y así se hizo en completo silencio:
          --"Érase un niño muy guapo, que vivía en una chabola y su familia era pobrísima. En ese barrio todos eran pobres, el padre era alcohólico, la madre los había abandonado y tenía hijos con otro hombre, y cuando llovía, el agua entraba por entre los canalones de latón del techo y se escurría formando charcos, salpicando la ropa, los colchones... pero al niño no le importaba que el agua cayera como en un diluvio, él hacia barquitos de papel y los ponía a navegar pero el agua se los hundía". Eva, tu turno.
          Miré a Eva como suplicándole que ayudara al protagonista. Ella se limitó a decir con esa frialdad y parquedad que la caracterizaba:
          --Abandonó la escuela primaria y se juntó con malas compañías.
          En realidad les tocaba de nuevo el turno a Enrique, o a Alicia, pero como se habían marchado porque tenían visita, Merche pidió pasar, "no quiero seguir con esto", dijo, y la monitora se lo consintió, por lo cual yo no perdí ni un segundo de tiempo y poniéndome de parte del personaje, dije:
          --Sí, es verdad, se juntó con malas compañías pero entonces conoció a una chavala, era maravillosa, la chica de sus sueños.
          Tenía que haber continuado la frase pero me quedé en blanco, distraído no sé por qué tontería... quizá por la cara de preocupación que ponía Merche, madre soltera, siempre pensando en su hijo, instante que aprovechó Julián para tomar ventaja y proseguir la historia:
          --"... pero entonces conoció a una chavala, era maravillosa, la chica de sus sueños, hasta que descubrió que ella también estaba enganchada a las drogas. Por robar en un supermercado les dieron tres años".
          Eva pidió pasar, y yo retomé mi turno:
          --En la cárcel se desengancharon de la droga, aprendieron una profesión, y al salir les tocó la lotería.
          Quedé satisfecho.
          Como finalmente, Merche se había retirado indispuesta, siendo acompañada por Eva, Julián tomó la palabra diciendo:
          --"... les tocó la lotería, pero él se jugó todo el dinero en el casino y lo perdió".
          La monitora me miró. Dudé un instante, Julián me miraba fija y provocativamente a los ojos, como diciendo "a la salida te espero, tío listo, te vas a enterar", entonces dije:
          --Paso.
          Y no fue por cobarde, no. Prefería que el protagonista se quedase sin dinero, incluso sin su chica, pero desenganchado de la droga y con la posibilidad de volver a empezar antes de que Julián me lo enfermase de sida o lo matase en un tiroteo con la policía. Eso no se lo iba a permitir.
          Lo último que recuerdo de esa hora es que le pedí el relato a la monitora. "Lo quiero de recuerdo", dije. Julián me miró como diciendo "te vencí, capullo"; y yo con una mueca cansina en los labios, le dejé que lo creyese. Doblé el papel en cuatro pliegues, lo metí con mucho cuidado en el bolsillo derecho del pantalón y me dirigí al módulo, camino de mi celda.
          De entonces a aquí, como dije al principio, han pasado unos años. Cuando salí de la Cárcel de Jóvenes y Mujeres, estuve un par de meses apuntado en el paro, pero ya tengo trabajo en una casa de venta de bricolaje, las cosas me van bien, y es evidente que a mi protagonista también porque todavía conservo aquel relato...
                    "Érase un niño muy guapo, muy guapo, que vivía en una chabola y su familia era pobrísima. En ese barrio todos eran pobres, el padre era alcohólico, la madre los había abandonado y tenía hijos con otro hombre, y cuando llovía, el agua entraba por entre los canalones de latón del techo y se escurría formando charcos, salpicando la ropa, los colchones... pero al niño no le importaba que el agua cayera como un diluvio, él hacía barquitos de papel y los ponía a navegar pero el agua se los hundía. Abandonó la escuela primaria y se juntó con malas compañías. Sí, es verdad que se juntó con malas compañías pero entonces conoció a una chavala, era maravillosa, la chica de sus sueños, hasta que descubrió que ella también estaba enganchada a las drogas. Por robar en un supermercado les dieron tres años. En la cárcel se desengancharon de la droga, aprendieron una profesión y al salir les tocó la lotería, pero él se jugo todo el dinero en el casino y lo perdió".
_________________________________________

©   Pilar Alberdi

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n10pro.html
          El protagonista

Pilar Alberdi

(Premio de Relatos de la Editorial Plaza & Janés, 2000)

          Lo recuerdo perfectamente: ocurrió hace varios años, fue en la clase de Literatura. La monitora dijo:
          --Hoy vamos a escribir un cuento entre todos.
          Por encima de las mesas saltaron como chispas varios: "¡Bha!"... "¡Jo!"... "¡Sólo eso faltaba!"... "¡Escribir!, ¿a quién le gusta escribir!"...
          Cuando las chispas de rebeldía se apagaron, la monitora comentó:
          --Lo escribiremos oralmente. Cada uno contará una parte.
          Las chispas volvieron a aparecer, pero esta vez, brotaban espontáneas, con alegría, como coloreadas bolas de billar deslizándose sobre el invisible paño de la mesa, rodando sobre los corazones de amor escritos con cortaplumas, resbalando sobre los queridos nombres arañados a la madera, corriendo hacia todos los ángulos, chocando y rebotando contra los bordes. Se oyeron, los... "¡Ay, madre, qué susto, con lo poquito, pero con lo poquito que me gusta a mí escribir!"... "Eso se le da bien al Guille, ¡he, Guille!, tío, ¿a que se te da bien escribir?"...
          La monitora intentó recomponer el tema, y sugirió un participante para iniciar el relato:
          --¿Alicia... das comienzo tú?
          Alicia frunció el ceño, y la miró como diciendo "¿por qué yo, señorita?", y dio un codazo y una mirada suplicante a su pareja, éste dando un salto en su asiento, y mesándose la barba, dijo:
          --Está bien, comienzo yo... A ver, que piense...
          Entre el humo de los cigarrillos veinteañeros se elevaron murmullos, risas y conversaciones... Se oyó:
          --¡Enrique!, ¿pensar... tú?
          Enrique sonrió, sin importarle de quién venía la frase, y dio comienzo al cuento:
          --"Érase una vez un niño..."
          Todos se quedaron esperando más, pero Enrique dijo:
          --Ya. Es todo.
          Antes de que las voces, los murmullos, los soliloquios y las risas sublevaran el aire, la monitora ordenó:
          --Por favor, continuad el relato los que estáis por la derecha. Yo iré tomando nota de lo que se diga y lo repetiré cuando sea necesario. Ahora sí, Alicia, te toca a ti, y no acepto excusas; a partir de ella, los demás... "Érase un niño..."
          Alicia, como tejiendo con sus manos, como bordando las hojas de su cuaderno de notas cuadriculado, como si allí hubiese palabras que ella no pudiese explicar, miró a su Enrique amorosamente, con ese amor que da el bis a bis dos veces al mes, y dijo:
          --"Érase un niño muy guapo, muy guapo --lo resaltó y los demás sonrieron-- que vivía --hizo una larga pausa-- en una chabola y su familia era pobrísima..."          
          --¡Merche! --indicó la monitora, te toca a ti.
          Merche igual que la típica alumna que la profesora atrapa distraída, mirando por la ventana hacia las nubes de la calle, intentó recordar las últimas palabras, pero no pudo.
          Alicia le sopló:
          --"... y su familia era pobrísima".
          Los labios de Merche, repitieron:
          --"... y su familia era pobrísima".
          Tras un momento en que pareció buscar y hasta encontrar las palabras que le faltaban en el vuelo de una mosca, continuó diciendo:
          --"En ese barrio todos eran pobres, el padre era alcohólico, la madre los había abandonado y tenía hijos con otro hombre, y cuando llovía, el agua entraba por entre los canalones de latón del techo y se escurría formando charcos, salpicando la ropa, los colchones..."
          La monitora levantó la vista de sus apuntes, me miró, y antes de que me nombrara, aporté mi frase, decidido a dar un giro positivo al relato:
          --".... pero al niño no le importaba que el agua cayera como en un diluvio, él hacía barquitos de papel y los ponía a navegar..."
          Quedé profundamente satisfecho de mi participación, y pasé el testigo a Julián:
          --"... él hacía barquitos de papel y los ponía a navegar pero el agua se los hundía".
          Me dolió, juro que me dolió, tragué saliva, bajé la vista, meditando, esperando el instante en que pudiese aportar otra vez una opinión por boca del protagonista.
          --¡Eva! --gritó la monitora.
          Eva, pidió que se repitiera completo el relato, y así se hizo en completo silencio:
          --"Érase un niño muy guapo, que vivía en una chabola y su familia era pobrísima. En ese barrio todos eran pobres, el padre era alcohólico, la madre los había abandonado y tenía hijos con otro hombre, y cuando llovía, el agua entraba por entre los canalones de latón del techo y se escurría formando charcos, salpicando la ropa, los colchones... pero al niño no le importaba que el agua cayera como en un diluvio, él hacia barquitos de papel y los ponía a navegar pero el agua se los hundía". Eva, tu turno.
          Miré a Eva como suplicándole que ayudara al protagonista. Ella se limitó a decir con esa frialdad y parquedad que la caracterizaba:
          --Abandonó la escuela primaria y se juntó con malas compañías.
          En realidad les tocaba de nuevo el turno a Enrique, o a Alicia, pero como se habían marchado porque tenían visita, Merche pidió pasar, "no quiero seguir con esto", dijo, y la monitora se lo consintió, por lo cual yo no perdí ni un segundo de tiempo y poniéndome de parte del personaje, dije:
          --Sí, es verdad, se juntó con malas compañías pero entonces conoció a una chavala, era maravillosa, la chica de sus sueños.
          Tenía que haber continuado la frase pero me quedé en blanco, distraído no sé por qué tontería... quizá por la cara de preocupación que ponía Merche, madre soltera, siempre pensando en su hijo, instante que aprovechó Julián para tomar ventaja y proseguir la historia:
          --"... pero entonces conoció a una chavala, era maravillosa, la chica de sus sueños, hasta que descubrió que ella también estaba enganchada a las drogas. Por robar en un supermercado les dieron tres años".
          Eva pidió pasar, y yo retomé mi turno:
          --En la cárcel se desengancharon de la droga, aprendieron una profesión, y al salir les tocó la lotería.
          Quedé satisfecho.
          Como finalmente, Merche se había retirado indispuesta, siendo acompañada por Eva, Julián tomó la palabra diciendo:
          --"... les tocó la lotería, pero él se jugó todo el dinero en el casino y lo perdió".
          La monitora me miró. Dudé un instante, Julián me miraba fija y provocativamente a los ojos, como diciendo "a la salida te espero, tío listo, te vas a enterar", entonces dije:
          --Paso.
          Y no fue por cobarde, no. Prefería que el protagonista se quedase sin dinero, incluso sin su chica, pero desenganchado de la droga y con la posibilidad de volver a empezar antes de que Julián me lo enfermase de sida o lo matase en un tiroteo con la policía. Eso no se lo iba a permitir.
          Lo último que recuerdo de esa hora es que le pedí el relato a la monitora. "Lo quiero de recuerdo", dije. Julián me miró como diciendo "te vencí, capullo"; y yo con una mueca cansina en los labios, le dejé que lo creyese. Doblé el papel en cuatro pliegues, lo metí con mucho cuidado en el bolsillo derecho del pantalón y me dirigí al módulo, camino de mi celda.
          De entonces a aquí, como dije al principio, han pasado unos años. Cuando salí de la Cárcel de Jóvenes y Mujeres, estuve un par de meses apuntado en el paro, pero ya tengo trabajo en una casa de venta de bricolaje, las cosas me van bien, y es evidente que a mi protagonista también porque todavía conservo aquel relato...
                    "Érase un niño muy guapo, muy guapo, que vivía en una chabola y su familia era pobrísima. En ese barrio todos eran pobres, el padre era alcohólico, la madre los había abandonado y tenía hijos con otro hombre, y cuando llovía, el agua entraba por entre los canalones de latón del techo y se escurría formando charcos, salpicando la ropa, los colchones... pero al niño no le importaba que el agua cayera como un diluvio, él hacía barquitos de papel y los ponía a navegar pero el agua se los hundía. Abandonó la escuela primaria y se juntó con malas compañías. Sí, es verdad que se juntó con malas compañías pero entonces conoció a una chavala, era maravillosa, la chica de sus sueños, hasta que descubrió que ella también estaba enganchada a las drogas. Por robar en un supermercado les dieron tres años. En la cárcel se desengancharon de la droga, aprendieron una profesión y al salir les tocó la lotería, pero él se jugo todo el dinero en el casino y lo perdió".
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©   Pilar Alberdi

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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