

Los misterios de la Diosa Blanca en La balada del pajarillo, de Germán Espinosa
César Valencia Solanilla Universidad Tecnológica de Pereira - Colombia
Tomado de la Revista de Ciencias Humanas de la Universidad Tecnológica de Pereira, No. 28
La obra literaria de Germán Epinosa abarca casi todos los géneros --poesía, cuento, novela, ensayo, crónica-- aunque su reconocimiento internacional sea principalmente el de novelista, ya que ha publicado obras claves en la literatura hispanoamericana, como La tejedora de coronas, El signo del pez y Los cortejos del diablo, entre otras. La última de sus novelas, La balada del pajarillo, ofrece una serie de matices muy interesantes en los que se destacan la ambigüedad, el misterio, la erudición, el lenguaje, el amor y la muerte. En este texto se analiza por qué representa una de las más importantes novelas en el panorama de la literatura colombiana actual. De la erudición como una de las bellas artes En La balada del pajarillo (1), la trama se monta a partir del arte, mediante el arte de la erudición y por el arte de los equívocos que derivan en la ambigüedad: un tanto policíaca, con el tema del amor obsesivo con núcleo central, desplegando las complejidades de la novela sicológica, la obra revela una antigua vocación de Espinosa por el misterio, lo enigmático, el crimen y en donde la escritura es siempre un pretexto para la discusión en torno de la cultura.
El protagonista, Braulio Cendales, crítico de arte, restaurador, hombre adinerado, erudito y mundano, a quien le ha sido entregado para estudiar la originalidad de un bello cuadro con una Virgen del Amparo, siente una gran atracción por el misterio y esplendor de esta obra pictórica, que lleva a su casa y queda en su poder al morir su aparente propietario, Eliseo Verano. El misterio radica en la concordancia de la escena del cuadro --una Virgen en el bosque-- con un sueño que él ha tenido, en el que aparece una cierva blanca, a la sombra de un árbol, pastando en la hierba verde. Del misterio se salta al enigma, al concluir que cierva y Virgen no son otra cosa que la presencia de la Diosa Blanca, el eterno femenino de la poesía, la Dama Blanca que obsesiona a muchos poetas desde la antigüedad. Así se va tejiendo esa urdimbre de concordancias, similitudes, repeticiones, interpolaciones que configuran un gran palimpsesto, el de la obra de arte. Se trata de la literatura de ideas, del texto narrativo como un instrumento para la reflexión en torno a grandes temas de la cultura: el amor, la muerte, la traición, la soledad, el derrumbe existencial, las drogas, el trastorno de los sentidos.
La intricada red de coincidencias y desavenencias vislumbra un elemento nuclear en la historia del protagonista Braulio Cendales: actuar como se piensa, hacer de la vida cotidiana una muestra efectiva de los procesos mentales, de sus complejas derivaciones; un poco a la manera del Raskólnikov de Dostoievski y de Emma Bovary de Flaubert. Se trata de ajustar el miserable mundo de la realidad con la intrincada telaraña de asociaciones que va elaborando el protagonista, para conferir sentido a la vida y al arte, para hacer del arte una vida: desde el excitante descubrimiento de la pintura de la Virgen del Amparo hasta el delirio en la exaltación de la Diosa Blanca en que para él se convierte su amor por Mabel Auselou, con quien tiene un apasionado romance que finalmente lo transtorna y envilece. No es la literatura de las ideas en que los personajes toman distancia de su vida para el puro placer de la argumentación o elaboración mental como una consecuencia legítima de su condición de intelectuales o seres mundanos, que es un marcador estilístico de la novela decimonónica, sino la idea, muchas veces enrevesada, confusa, obsesiva, que se internaliza poderosamente y se asume como vivencia auténtica frente al mundo, sin importar las consecuencias. En un sentido riguroso, vivir la vida no sólo como se la piensa, sino se la imagina.
Espinosa despliega su vasta cultura y su talento para lograr el propósito implícito en la novela en que la vida parece copiar al arte o ser un instrumento de sus complejas resonancias. Tal vez por ello el protagonista no es sólo pintor sino también escritor y crítico de arte, ya que esa triple condición hace más verosímil su tremendo y doloroso drama existencial. Y por ello también los personajes centrales son hombres y mujeres cultos, que casi siempre mantienen conversaciones interesantes y pedantes, pues se trata de crear un ambiente y una atmósfera altamente culta y elitista.
La novela, en este sentido, logra el equilibrio entre una narración atiborrada de referencias eruditas en el arte, la literatura, la filosofía, la ciencia, la literatura, y unos personajes que disfrutan de la conversación erudita como una forma de vida, en particular el protagonista Braulio Cendales. Los diálogos son intensos, a veces difíciles por la abundancia de cultismos y citas en otros idiomas, pero perfectamente consecuentes y apropiados con la trama de la novela y la virtualidad expresiva. El laberinto de la Diosa
Es ese gusto por la argumentación erudita que manifiesta el narrador y protagonista y su grupo de amigos el que paulatinamente lo conduce a la obsesión paranoica, por una conjunción de hechos y circunstancias en las que se teje el misterio y el enigma, que son marcadores estilísticos de la obra. Intrincados laberintos mediante los cuales se van gestando esas imaginarias relaciones causales, exquisitamente sugestivas desde lo que pudiera ser una paleografía de la cultura en que todos los signos están implicados:
Así las cosas, un cuadro anónimo de extraordinaria belleza coincide con un sueño en donde una cierva blanca pasta apaciblemente en un bosque; ésta a su vez es la manifestación secreta de la Diosa Blanca, de acuerdo a un soneto de Petrarca, que es idéntica --para el protagonista-- a Mabel Auselou, una poetisa catalana esposa de Primitivo Drago, un pintor misterioso y de apariencia vampiresca; en la febril imaginación del protagonista, la Diosa Blanca es la imagen perfecta de la mujer en la historia de la poesía, y Mabel se convertirá en la encarnación de la belleza y el amor cuando la hace su amante; de modo que la Diosa Blanca es un ser de carne y hueso, Mabel Auselou; auselou es una palabra provenzal que en un poema traduce pajarillo, y un pajarillo muerto y emparedado en un muro ha pintado el vampiresco Drago en un cuadro; Mabel desaparece de manera misteriosa abandonando a su esposo, a su amante y a su hijo y el escritor piensa que el hombre la ha asesinado y vengado la afrenta por su infidelidad; el cuerpo de Mabel, como el pajarillo del cuadro, seguramente ha sido escondido en los muros de la casa... Un misterio tras otro, relatados de manera vehemente por un narrador protagonista, que desde la primera persona ofrece una dimensión trágica singular de sí mismo en un mundo convencional que desde luego rechaza sus obsesiones y delirios.
Espinosa despliega su vasta cultura y su talento para lograr el propósito implícito en la novela en que la vida parece copiar al arte o ser un instrumento de sus complejas resonancias. Por eso constituye una especie de palimpsesto fatal para el narrador, ya que su paranoia es consecuencia irremediable de su ilimitada imaginación y erudición, pues asume como vivencia sus lucubraciones y obsesiones, hasta hacerlo perder la conciencia de realidad. Lo concreto, en su caso, es la imaginación y las evidencias lo son en la medida en que sean razonables desde la esfera de la fantasía erudita. Al adentrarse tan radicalmente en ese entramado de correspondencias imaginarias, Braulio pierde la noción de la realidad de los otros, de modo que todas las desdichas que le sobrevienen cuando Mabel lo abandona, serán endilgadas, en su enrevesada mente, al esposo de la poetisa, por lo que decide vengarla. Esta contradicción lo sume en la degradación absoluta, la impotencia sexual, hasta convertirlo en un ser miserable que por la adición a la cocaína y el licor, llega hasta el fondo, perpetra un atentado y se convierte en asesino. Por ello Braulio tiene un poco de Raskólnikov, de Madame Bovary, de Benji, soñadores y criminales singulares en la historia de la literatura.
A la manera de ciertas novelas policíacas, todos los equívocos y enfermizas presunciones del narrador respecto de la muerte de Mabel Auselou se resolverán en el último capítulo, de modo tal que el enigma, el misterio y la ambigüedad logran mantenerse en toda la novela de manera magistral hasta las últimas páginas. Pero se deja testimonio de la complejidad sicológica del escritor frente al amor y la muerte. Recursos formales
En su estructura externa, la novela está divida en tres partes, que corresponden a tres manuscritos escritos por el protagonista que, como se dijo, además de crítico de arte y restaurador, es un escritor con una gran formación humanística. Los dos primeros manuscritos están datados en el año de 1990, y corresponden fundamentalmente a la relación erótica y sentimental entre el protagonista y la catalana Mabel Auselou, así como a la descripción del entorno elitista de una gran ciudad costera de un país imaginario del Caribe. La tercera parte, fechada en 1994, también en primera persona, está escrita desde la prisión del protagonista Braulio Cendales, donde es enviado por el asesinato de su amante, hecho éste que tan sólo es revelado, magistralmente, en la última frase de la novela.
Las tres partes corresponden a 37 capítulos continuos y numerados, separados únicamente por títulos muy sugestivos e irónicos: Las bodas de Epimeteo, «El cielo que me tienes guardado», La caja de Pandora. En estos títulos, siempre con esa voluntad expresa del novelista de establecer un diálogo explícito o implícito con la cultura, hay un fino sarcasmo de Epinosa con la historia personal del personaje: El primero alude a Epimeteo, el hermano imprudente de Prometeo que desposa a Pandora y es el culpable de que se abra la jarra fatídica que ella trajo como regalo, dejando salir todos los males que se difundieron sobre la tierra afligiendo al género humano (2), corresponde al misterio que para Cendales rodea a Drago y su mujer, ya que la relación con esta pareja es la causa mediata de su decadencia y aflicción criminal, en la medida en que el pintor lo intriga con su aspecto y actitudes vampirescas y la mujer lo subyuga por sus desbordes eróticos y su libertad, cuando se hacen amantes. El segundo, «El cielo que me tienes prometido...», continuación del manuscrito de 1990, que alude a la letra de un poema o una canción, es una abierta ironía al insoportable infierno en que se convierte la vida de Braulio cuando Mabel desparece y él cae en la dependencia de la droga y el alcohol hasta llegar a la abyección total. Y el tercero, La caja de Pandora, es la explicación a todos los interrogantes y datos escondidos que se han ido tejiendo en la novela, sobre todo el misterio de la desaparición de Mabel, el atentado contra Drago, el asesinato de la mujer y la prisión del protagonista.
El espacio amplio de la novela es el de una metrópoli imaginaria de la costa Caribe, que por los referentes reales explícitos, es una especie de fusión entre Cartagena de Indias --donde nació Germán Espinosa-- y Bogotá --en donde ha vivido hace unos cuarenta años--, una ciudad espléndida, luminosa, en la que transcurre la vida de Braulio Cendales y su grupo de amigos, casi todos intelectuales y científicos. El espacio restringido externo de la obra lo constituyen unos cuantos bares y restaurantes, a la manera de los tertuliaderos de artistas que Espinosa visitaba en los años setenta y ochenta en Bogotá, como el popular café Automático en donde departía con escritores famosos como León de Greiff --en la novela encarnado por el personaje Rubén Moré--, la Academia Renoir, la casa del pintor Drago y su esposa, la mansión de Braulio, y finalmente la cárcel donde va a parar Cendales después del asesinato de Mabel.
El tiempo en términos generales es lineal, a la manera de las novelas tradicionales y está relacionado con la vida del protagonista, desde los tiempos felices de su cómoda vida de burgués atildado y columnista famoso en una revista de arte, de su relación feliz con Mabel Auselou, su derrumbamiento existencial, la degradación absoluta en que cae por el vicio y la desesperación cuando la mujer desaparece y él cree obsesivamente que su esposo la ha asesinado, hasta su final reclusión en la cárcel del Agarradero, acompañado del criminal Tomás de Aquino Devia.
La novela no presenta innovaciones técnicas en el punto de vista de la narración, pues sólo se sustenta en la primera persona del singular --la voz del protagonista-- que de manera un tanto imperceptible se convierte a veces en narrador omnisciente. La mayor fuerza expresiva se concentra, sin embargo, en los extensos diálogos de los personajes, casi siempre en torno a motivos literarios, míticos o filosóficos; en este sentido, la novela podría considerarse una novela dialógica, tal y como lo plantea Bajtin (3), pero en este caso el diálogo es un recurso narrativo para la exposición erudita del autor, para la ambientación elitista del grupo de amigos cultos con los que el protagonista tiene relación, y no para el desarrollo de la acción propiamente dicha. La novela también revela ciertos matices dionisíacos, no tanto en la descripción expresa del erotismo, lo irracional o lo orgiástico, como de las sensaciones hedonistas que se derivan de la intimidad...
En La balada del pajarillo, la anécdota es un soporte para revelar fantasías artísticas, lucubraciones metafísicas, afinidades selectivas en el mundo de la literatura, de modo tal que cierta truculencia en la descripción de algunos hechos de los personajes principales y secundarios funcionan como recursos para la verosimilitud y la ambientación narrativa de una obra a la vez gótica, policíaca, sicológica, ideológica: la aureola vampiresca de Primitivo Drago, el misterio angelical y satánico de la poetisa Mabel Auselou, los crímenes infantiles de Braulio Cendales, el goce pantagruélico y hedonista del abogado Felipe Miranda, la venganza irracional de Conrado Astudillo y su hermana María Angélica, el desparpajo mental de Tomás de Aquino Devia, el violador de niños que dice encarnar una misión divina con sus crímenes, la violencia gratuita de Ñango, el asesino que deja inutilizado de por vida al pintor Drago, la ignonimia y ruindad en que cae el protagonista.
Toda una serie de hechos anormales y terribles que dinamizan la historia con realismo casi esperpéntico, un poco a la manera de Faulkner o Sade, mediante los cuales los actos irracionales de los hombres revelan su propia naturaleza depredadora e insensata. Motivos extremos, podría decirse, pero eficaces para el diálogo con la cultura, para la reflexión intelectual y la erudición de un protagonista que en este proceso ficcional se puede identificar con el autor, en gracia a las preferencias que por estos aspectos relevantes de la novela ha mostrado Germán Espinosa en su escritura de ficción y en sus ensayos; es decir, por el misterio y la atmósfera gótica --el vampirismo, los asesinatos pasionales, las apariciones, la noche, la lluvia--, por los intrincados laberintos sicológicos de la locura --la complacencia autodestructiva, la búsqueda de conmiseración, el transtorno consciente de los sentidos-- y los finales sorpresivos --el magistral desenlace de la muerte de Mabel Auselou. De Apolo y Dionisos
En una reseña sobre la obra se expresa que esta novela es «apolínea y dionisíaca» y que en ella convergen el signo y el mito, la novela histórica y la fantástica (4). Estas características corresponden a casi todas las obras de Germán Espinosa, en especial La tejedora de coronas, El signo del pez y Noticias de un convento frente al mar. Su narrativa, como lo decíamos al comienzo, es un diálogo abierto con la literatura, la pintura, la música, la filosofía, la historia, la ciencia, por lo que su obra puede denominarse como «literatura de ideas»; de allí que sea considerada como "apolínea".
Desde esta perspectiva, La balada del pajarillo es una especie de requisitoria iconoclasta de un crítico de arte y un escritor contra el ejercicio puramente diletante de la erudición o de la información enciclopédica que se practica en los círculos intelectuales en los que se pretende siempre sentar cátedra en beneficio de la egolatría y la adulación. Al mostrar estos espacios, el autor no sólo revela su propia erudición, sino asume una actitud crítica frente a la simulación, que es un lastre cultural muy propio de las pretendidas élites intelectuales colombianas y latinoamericanas, verdadera feria de las vanidades y la superficialidad que Espinosa siempre ha esquivado prefiriendo el retiro y la intimidad de su trabajo como escritor de profesión. La presencia a veces abrumadora de nombres de escritores y artistas, obras, sitios, referencias históricas, citas en otros idiomas, muestran esa voluntad del diálogo inteligente con la cultura y contribuye a la virtualidad del mundo representado en la medida en que sirven a la discusión en torno a una idea o la carnavalización de la palabra por la palabra misma. De este modo, la pedantería de unos es relevada por el saber efectivo de otros, se devela la falsa erudición en favor del conocimiento y el lector siempre resulta favorecido porque ese dialogar permanente con el arte y la literatura descifran importantes enigmas o misterios: la plurisignificación de la obra de arte, la presencia de la Diosa Blanca en la historia de la literatura, la belleza incomparable de la poesía provenzal europea, el atractivo del mito del vampiro en la cultura occidental y, desde luego, el trastorno de los sentidos derivados del amor y la soledad.
La novela también revela ciertos matices dionisíacos, no tanto en la descripción expresa del erotismo, lo irracional o lo orgiástico, como de las sensaciones hedonistas que se derivan de la intimidad: el texto de la novela es más bien parco en el relato detallado de los encuentros eróticos entre Mabel y Braulio, aunque estos incluyan la práctica sexual de esta pareja frente al marido de la mujer, el bañarse desnudos a pleno día en la playa, la práctica del coito en un cuarto frente a un abogado que se masturba con el espectáculo. Lo dionisíaco está en esa poderosa sensación de felicidad y ansiedad por el otro, en la fantasía de la posesión, en la retaliación y la ofensa por un honor que se considera vulnerado: es penoso pero al mismo tiempo fascinante imaginar al esposo «burlado» esperando afuera, bajo la lluvia, mientras su mujer folga a sus anchas con su amante, y lo dionisíaco está en intuir luego que esa pena es aparente, pues el marido no se siente engañado sino gozoso en la aparente humillación. Lo dionisíaco es el melodrama de la infidelidad, el sentido trágico-cómico de esta ilusoria abyección. También lo es el dandismo del abogado Felipe Miranda, sus gustos burgueses clandestinos, hasta su muerte en un festín pantagruélico. Y, en especial, el erotismo desbordado de Mabel Auselou, su personalidad enigmática, la locura ninfómana que es hábilmente encubierta a lo largo de la novela y que sólo es revelada en el último capítulo: una capacidad extraordinaria para el disfrute de los sentidos, para el orgasmo, para generar pasiones incontrolables en los otros, porque es al tiempo ángel y demonio, una diablesa formidable ante la cual todos sucumben. Mabel es erotismo y poesía, porque es la representación viva de la Diosa Blanca y en la mezcla de horror y exaltación abismal que ella genera en Braulio se condensa esa «utilidad y función de la poesía» que Robert Graves le atribuye a este mito fundamental del arte (5). Para el protagonista, su vida tiene sentido y futuro en la medida en que este mito de la Diosa Blanca sea latente, aunque la crea muerta, pues alimenta al menos la venganza o su autodestrucción; cuando descubre que Mabel simplemente lo ha abandonado y tiene otro amante, la mata. Porque la Diosa Blanca, a pesar de encarnar el ideal de la belleza, súbitamente se transforma en bestia, y por ende el carácter mágico y enigmático para el artista (6). Del amor y la muerte
El sentimiento amoroso de Braulio Cendales es desbordante, pues Mabel Auselou, desde un comienzo, representa el ideal femenino, el mito de la Diosa. Utilizando unas formas un tanto arcaicas pero cargadas de significado y poesía, cuando logra declararle su amor, esta efusión de admiración expresa por ella:
Quisiera que mis ojos se cerraran cuando no puedo verla. Repito su nombre en la soledad de mis noches. En mi alma suenan tonadillas muy dulces cuando usted aparece. Usted ha sembrado una flor en mi espíritu. Usted complace los anhelos más arduos de mi fantasía. Usted conduce el mundo del esplendor. Usted es más que el sol y la luna. Usted derrama sobre mí el rocío de la salvación. Por su boca hablan mis plegarias. (p. 161).
Todo el vacío existencial que hasta entonces parecía conducirlo al desarraigo y el desamor parece colmarlo esta enigmática poetiza catalana que cita copiosamente a los poetas provenzales como Peire Cardenal --uno de sus versos es la clave para descifrar el misterio de la misma Diosa Blanca-- y habla en un lenguaje literario erudito. Su personalidad fascina al crítico y le transtorna los sentidos y la vida de manera radical. En unas frases delirantes, en las que podrían vislumbrarse ecos del Canto II sobre la mujer de Huidobro en Altazor, así lo enuncia el escritor: Para mí, Mabel Auselou lo era todo y en su mirada azul se compendiaba el universo (p. 165).
La novela, en este sentido, es una novela sobre el amor exaltado y sobre la tragedia del enamoramiento. Pero también lo es sobre la muerte, no sólo de la muerte física, sino del derrumbamiento fatal del ser por el desengaño y la desesperación. Braulio mata a Mabel y este acto final y fatal es la causa de su encierro y de su muerte. Pero el protagonista ha comenzado a morir desde cuando imagina que el esposo ha asesinado a su amante y la tiene emparedada en la casa. Comienza a morir por la ausencia de la mujer y, paradójicamente, acaba matándola de verdad cuando la descubre viva y "engañándolo" con otro. Por eso es rotundo este final sorpresivo de la obra, en el que Braulio le grita secamente: --¿Quién iba a pensar jamás que fuera yo el que terminara matándote (p. 517). Es la presencia de nuevo del juego oposicional de los contrarios, de Eros y Tanathos, que es un motivo eterno de la literatura y que Espinosa ha sabido revelar en una interesante fluctuación entre la severidad y la ambigüedad, entre el enigma y el misterio, la tragedia y el melodrama. El lenguaje y la literatura de ideas
La balada del pajarillo es otra gran novela de Espinosa, no sólo por la intensidad de la historia y la profundidad sicológica que logra a través de la tragedia existencial del protagonista, el manejo de la trama y lo sugestivo del mundo que se representa, sino por la extraordinaria madurez en el lenguaje, que ofrece al lector un auténtico placer en la lectura. Predomina el tono conversacional, la exposición lúcida de las más variadas teorías del arte y de la literatura, la discusión científica, todo esto con el propósito de crear un ambiente refinado, mediante diálogos precisos, bien estructurados, que dan curso a eso que puede ser llamado la literatura de las ideas.
Intertextos de la más variada índole son insertados a lo largo de la novela, para reforzar esa atmósfera culta y elitista pero altamente sugestiva: poemas de Petrarca, Borges, Quevedo, apartes de la poesía provenzal, citas en francés, inglés, alemán, italiano, disgresiones filosóficas con referentes explícitos. De esta forma, los diálogos se tornan a veces en exposiciones teóricas y el tono coloquial se convierte en discurso ensayístico, sin que por esto se pierda el sentido de la verosimilitud ni se rompa la virtualidad artística.
Si se intentara una selección de los arcaísmos, la incorporación de palabras nuevas y en desuso en contextos funcionales, el uso casi imperceptible de los galicismos elegantes, la adjetivación sugestiva, la metaforización de la naturaleza, el derroche de imágenes visuales, olfativas y sonoras en las descripciones, el gusto barroco por el detalle, la finura al mostrar las escenas más crueles, podríamos concluir que esta también es una novela del lenguaje y para el lenguaje. Algunos breves ejemplos pueden ilustrar esas formas de apropiación del lenguaje literario:
En el texto abundan arcaísmos, palabras o giros lingüísticos de uso poco frecuente, como cuando se habla de "los jarrones antropomorfos, las orníticas alcarrazas, los entronizados caciques gazofilacios..." (p. 169), Lapaigne es en realidad una albufera con varias bocas hacia el mar (p. 200), Váyase o lo meterán en chirona (p. 361), Mi puntería no marró (p. 404), Salté de la yacija y acudí en su socorro (p. 431), Ahí tenía a Blanquiset, disolviéndose en zalemas ante el pintor (p. 475) ... La mirada muerta del pajarillo en el cuadro misterioso que transtornó los sentidos al protagonista, parece entonar una balada de vida, de poesía, amor y muerte que abre sin cesar el palimpsesto del arte para otros misterios y enigmas.
O bien algunos galicismos tan bien mimetizados que parecen imperceptibles, como cuando se quiere destacar la superba originalidad de Renoir, los indicios febles de una investigación, etc.
Es el oficio, podría decirse, y esta aseveración sí que es bien propia en el caso de Germán Espinosa, que no ha sucumbido como muchos ante los halagos de la fama del realismo facilista ni a los malabares del tecnicismo y el formalismo, sino que ha consolidado en su ya larga y existosa carrera un estilo propio, depurado al máximo en esta obra. La mirada muerta del pajarillo en el cuadro enigmatico que trastornó los sentidos al protagonista, parece entonar una balada de vida, de poesía, amor y muerte que abre sin cesar el palimpsesto del arte para otros misterios y enigmas: la balada misteriosa de la Diosa Blanca de la poesía.
NOTAS
(1) ESPINOSA, Germán. La balada del pajarillo. Alfaguara, Santafé de Bogotá, 2000. Todas las citas de la novela remitirán al número de página correspondiente a esta edición. (2) SECHI MESTICA, Giuseppina. Diccionario de mitología universal. Akal Diccionarios, 8, Traducción de Marie-Pierre Bouyssou y Marco Virgilio García Quintela, Ediciones Akal, Madrid, 1993, p.90. (3) BAJTIN, Mijáil. Problemas de la poética de Dostoievski. México, Fondo de Cultura Económica, 1986. (4) ALMEYDA GOMEZ, Carlos Andrés. "L'amor che move il sole e l'altre telle". En: Revista Número, No. 28, marzo-abril-mayo 2001, p. 90-91. (5) GRAVES, Robert. La diosa blanca. Alianza Editorial, 1988. (6) GRAVES, Robert, en Op. cit., p. 29, dice al respecto: La Diosa es una mujer bella y esbelta con nariz ganchuda, rostro cadavérico, labios rojos como bayas de fresno, ojos pasmosamente azules y larga cabellera rubia: se transforma súbitamente en cerda, yegua, perra, zorra, burra, comadreja, serpiente, lechuza, loba, tigresa, sirena o bruja repugnante. _________________________________________
© César Valencia Solanilla
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 10 Julio-Agosto-Septiembre de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
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Los misterios de la Diosa Blanca en La balada del pajarillo, de Germán Espinosa
César Valencia Solanilla Universidad Tecnológica de Pereira - Colombia
Tomado de la Revista de Ciencias Humanas de la Universidad Tecnológica de Pereira, No. 28
La obra literaria de Germán Epinosa abarca casi todos los géneros --poesía, cuento, novela, ensayo, crónica-- aunque su reconocimiento internacional sea principalmente el de novelista, ya que ha publicado obras claves en la literatura hispanoamericana, como La tejedora de coronas, El signo del pez y Los cortejos del diablo, entre otras. La última de sus novelas, La balada del pajarillo, ofrece una serie de matices muy interesantes en los que se destacan la ambigüedad, el misterio, la erudición, el lenguaje, el amor y la muerte. En este texto se analiza por qué representa una de las más importantes novelas en el panorama de la literatura colombiana actual. De la erudición como una de las bellas artes En La balada del pajarillo (1), la trama se monta a partir del arte, mediante el arte de la erudición y por el arte de los equívocos que derivan en la ambigüedad: un tanto policíaca, con el tema del amor obsesivo con núcleo central, desplegando las complejidades de la novela sicológica, la obra revela una antigua vocación de Espinosa por el misterio, lo enigmático, el crimen y en donde la escritura es siempre un pretexto para la discusión en torno de la cultura.
El protagonista, Braulio Cendales, crítico de arte, restaurador, hombre adinerado, erudito y mundano, a quien le ha sido entregado para estudiar la originalidad de un bello cuadro con una Virgen del Amparo, siente una gran atracción por el misterio y esplendor de esta obra pictórica, que lleva a su casa y queda en su poder al morir su aparente propietario, Eliseo Verano. El misterio radica en la concordancia de la escena del cuadro --una Virgen en el bosque-- con un sueño que él ha tenido, en el que aparece una cierva blanca, a la sombra de un árbol, pastando en la hierba verde. Del misterio se salta al enigma, al concluir que cierva y Virgen no son otra cosa que la presencia de la Diosa Blanca, el eterno femenino de la poesía, la Dama Blanca que obsesiona a muchos poetas desde la antigüedad. Así se va tejiendo esa urdimbre de concordancias, similitudes, repeticiones, interpolaciones que configuran un gran palimpsesto, el de la obra de arte. Se trata de la literatura de ideas, del texto narrativo como un instrumento para la reflexión en torno a grandes temas de la cultura: el amor, la muerte, la traición, la soledad, el derrumbe existencial, las drogas, el trastorno de los sentidos.
La intricada red de coincidencias y desavenencias vislumbra un elemento nuclear en la historia del protagonista Braulio Cendales: actuar como se piensa, hacer de la vida cotidiana una muestra efectiva de los procesos mentales, de sus complejas derivaciones; un poco a la manera del Raskólnikov de Dostoievski y de Emma Bovary de Flaubert. Se trata de ajustar el miserable mundo de la realidad con la intrincada telaraña de asociaciones que va elaborando el protagonista, para conferir sentido a la vida y al arte, para hacer del arte una vida: desde el excitante descubrimiento de la pintura de la Virgen del Amparo hasta el delirio en la exaltación de la Diosa Blanca en que para él se convierte su amor por Mabel Auselou, con quien tiene un apasionado romance que finalmente lo transtorna y envilece. No es la literatura de las ideas en que los personajes toman distancia de su vida para el puro placer de la argumentación o elaboración mental como una consecuencia legítima de su condición de intelectuales o seres mundanos, que es un marcador estilístico de la novela decimonónica, sino la idea, muchas veces enrevesada, confusa, obsesiva, que se internaliza poderosamente y se asume como vivencia auténtica frente al mundo, sin importar las consecuencias. En un sentido riguroso, vivir la vida no sólo como se la piensa, sino se la imagina.
Espinosa despliega su vasta cultura y su talento para lograr el propósito implícito en la novela en que la vida parece copiar al arte o ser un instrumento de sus complejas resonancias. Tal vez por ello el protagonista no es sólo pintor sino también escritor y crítico de arte, ya que esa triple condición hace más verosímil su tremendo y doloroso drama existencial. Y por ello también los personajes centrales son hombres y mujeres cultos, que casi siempre mantienen conversaciones interesantes y pedantes, pues se trata de crear un ambiente y una atmósfera altamente culta y elitista.
La novela, en este sentido, logra el equilibrio entre una narración atiborrada de referencias eruditas en el arte, la literatura, la filosofía, la ciencia, la literatura, y unos personajes que disfrutan de la conversación erudita como una forma de vida, en particular el protagonista Braulio Cendales. Los diálogos son intensos, a veces difíciles por la abundancia de cultismos y citas en otros idiomas, pero perfectamente consecuentes y apropiados con la trama de la novela y la virtualidad expresiva. El laberinto de la Diosa
Es ese gusto por la argumentación erudita que manifiesta el narrador y protagonista y su grupo de amigos el que paulatinamente lo conduce a la obsesión paranoica, por una conjunción de hechos y circunstancias en las que se teje el misterio y el enigma, que son marcadores estilísticos de la obra. Intrincados laberintos mediante los cuales se van gestando esas imaginarias relaciones causales, exquisitamente sugestivas desde lo que pudiera ser una paleografía de la cultura en que todos los signos están implicados:
Así las cosas, un cuadro anónimo de extraordinaria belleza coincide con un sueño en donde una cierva blanca pasta apaciblemente en un bosque; ésta a su vez es la manifestación secreta de la Diosa Blanca, de acuerdo a un soneto de Petrarca, que es idéntica --para el protagonista-- a Mabel Auselou, una poetisa catalana esposa de Primitivo Drago, un pintor misterioso y de apariencia vampiresca; en la febril imaginación del protagonista, la Diosa Blanca es la imagen perfecta de la mujer en la historia de la poesía, y Mabel se convertirá en la encarnación de la belleza y el amor cuando la hace su amante; de modo que la Diosa Blanca es un ser de carne y hueso, Mabel Auselou; auselou es una palabra provenzal que en un poema traduce pajarillo, y un pajarillo muerto y emparedado en un muro ha pintado el vampiresco Drago en un cuadro; Mabel desaparece de manera misteriosa abandonando a su esposo, a su amante y a su hijo y el escritor piensa que el hombre la ha asesinado y vengado la afrenta por su infidelidad; el cuerpo de Mabel, como el pajarillo del cuadro, seguramente ha sido escondido en los muros de la casa... Un misterio tras otro, relatados de manera vehemente por un narrador protagonista, que desde la primera persona ofrece una dimensión trágica singular de sí mismo en un mundo convencional que desde luego rechaza sus obsesiones y delirios.
Espinosa despliega su vasta cultura y su talento para lograr el propósito implícito en la novela en que la vida parece copiar al arte o ser un instrumento de sus complejas resonancias. Por eso constituye una especie de palimpsesto fatal para el narrador, ya que su paranoia es consecuencia irremediable de su ilimitada imaginación y erudición, pues asume como vivencia sus lucubraciones y obsesiones, hasta hacerlo perder la conciencia de realidad. Lo concreto, en su caso, es la imaginación y las evidencias lo son en la medida en que sean razonables desde la esfera de la fantasía erudita. Al adentrarse tan radicalmente en ese entramado de correspondencias imaginarias, Braulio pierde la noción de la realidad de los otros, de modo que todas las desdichas que le sobrevienen cuando Mabel lo abandona, serán endilgadas, en su enrevesada mente, al esposo de la poetisa, por lo que decide vengarla. Esta contradicción lo sume en la degradación absoluta, la impotencia sexual, hasta convertirlo en un ser miserable que por la adición a la cocaína y el licor, llega hasta el fondo, perpetra un atentado y se convierte en asesino. Por ello Braulio tiene un poco de Raskólnikov, de Madame Bovary, de Benji, soñadores y criminales singulares en la historia de la literatura.
A la manera de ciertas novelas policíacas, todos los equívocos y enfermizas presunciones del narrador respecto de la muerte de Mabel Auselou se resolverán en el último capítulo, de modo tal que el enigma, el misterio y la ambigüedad logran mantenerse en toda la novela de manera magistral hasta las últimas páginas. Pero se deja testimonio de la complejidad sicológica del escritor frente al amor y la muerte. Recursos formales
En su estructura externa, la novela está divida en tres partes, que corresponden a tres manuscritos escritos por el protagonista que, como se dijo, además de crítico de arte y restaurador, es un escritor con una gran formación humanística. Los dos primeros manuscritos están datados en el año de 1990, y corresponden fundamentalmente a la relación erótica y sentimental entre el protagonista y la catalana Mabel Auselou, así como a la descripción del entorno elitista de una gran ciudad costera de un país imaginario del Caribe. La tercera parte, fechada en 1994, también en primera persona, está escrita desde la prisión del protagonista Braulio Cendales, donde es enviado por el asesinato de su amante, hecho éste que tan sólo es revelado, magistralmente, en la última frase de la novela.
Las tres partes corresponden a 37 capítulos continuos y numerados, separados únicamente por títulos muy sugestivos e irónicos: Las bodas de Epimeteo, «El cielo que me tienes guardado», La caja de Pandora. En estos títulos, siempre con esa voluntad expresa del novelista de establecer un diálogo explícito o implícito con la cultura, hay un fino sarcasmo de Epinosa con la historia personal del personaje: El primero alude a Epimeteo, el hermano imprudente de Prometeo que desposa a Pandora y es el culpable de que se abra la jarra fatídica que ella trajo como regalo, dejando salir todos los males que se difundieron sobre la tierra afligiendo al género humano (2), corresponde al misterio que para Cendales rodea a Drago y su mujer, ya que la relación con esta pareja es la causa mediata de su decadencia y aflicción criminal, en la medida en que el pintor lo intriga con su aspecto y actitudes vampirescas y la mujer lo subyuga por sus desbordes eróticos y su libertad, cuando se hacen amantes. El segundo, «El cielo que me tienes prometido...», continuación del manuscrito de 1990, que alude a la letra de un poema o una canción, es una abierta ironía al insoportable infierno en que se convierte la vida de Braulio cuando Mabel desparece y él cae en la dependencia de la droga y el alcohol hasta llegar a la abyección total. Y el tercero, La caja de Pandora, es la explicación a todos los interrogantes y datos escondidos que se han ido tejiendo en la novela, sobre todo el misterio de la desaparición de Mabel, el atentado contra Drago, el asesinato de la mujer y la prisión del protagonista.
El espacio amplio de la novela es el de una metrópoli imaginaria de la costa Caribe, que por los referentes reales explícitos, es una especie de fusión entre Cartagena de Indias --donde nació Germán Espinosa-- y Bogotá --en donde ha vivido hace unos cuarenta años--, una ciudad espléndida, luminosa, en la que transcurre la vida de Braulio Cendales y su grupo de amigos, casi todos intelectuales y científicos. El espacio restringido externo de la obra lo constituyen unos cuantos bares y restaurantes, a la manera de los tertuliaderos de artistas que Espinosa visitaba en los años setenta y ochenta en Bogotá, como el popular café Automático en donde departía con escritores famosos como León de Greiff --en la novela encarnado por el personaje Rubén Moré--, la Academia Renoir, la casa del pintor Drago y su esposa, la mansión de Braulio, y finalmente la cárcel donde va a parar Cendales después del asesinato de Mabel.
El tiempo en términos generales es lineal, a la manera de las novelas tradicionales y está relacionado con la vida del protagonista, desde los tiempos felices de su cómoda vida de burgués atildado y columnista famoso en una revista de arte, de su relación feliz con Mabel Auselou, su derrumbamiento existencial, la degradación absoluta en que cae por el vicio y la desesperación cuando la mujer desaparece y él cree obsesivamente que su esposo la ha asesinado, hasta su final reclusión en la cárcel del Agarradero, acompañado del criminal Tomás de Aquino Devia.
La novela no presenta innovaciones técnicas en el punto de vista de la narración, pues sólo se sustenta en la primera persona del singular --la voz del protagonista-- que de manera un tanto imperceptible se convierte a veces en narrador omnisciente. La mayor fuerza expresiva se concentra, sin embargo, en los extensos diálogos de los personajes, casi siempre en torno a motivos literarios, míticos o filosóficos; en este sentido, la novela podría considerarse una novela dialógica, tal y como lo plantea Bajtin (3), pero en este caso el diálogo es un recurso narrativo para la exposición erudita del autor, para la ambientación elitista del grupo de amigos cultos con los que el protagonista tiene relación, y no para el desarrollo de la acción propiamente dicha. La novela también revela ciertos matices dionisíacos, no tanto en la descripción expresa del erotismo, lo irracional o lo orgiástico, como de las sensaciones hedonistas que se derivan de la intimidad...
En La balada del pajarillo, la anécdota es un soporte para revelar fantasías artísticas, lucubraciones metafísicas, afinidades selectivas en el mundo de la literatura, de modo tal que cierta truculencia en la descripción de algunos hechos de los personajes principales y secundarios funcionan como recursos para la verosimilitud y la ambientación narrativa de una obra a la vez gótica, policíaca, sicológica, ideológica: la aureola vampiresca de Primitivo Drago, el misterio angelical y satánico de la poetisa Mabel Auselou, los crímenes infantiles de Braulio Cendales, el goce pantagruélico y hedonista del abogado Felipe Miranda, la venganza irracional de Conrado Astudillo y su hermana María Angélica, el desparpajo mental de Tomás de Aquino Devia, el violador de niños que dice encarnar una misión divina con sus crímenes, la violencia gratuita de Ñango, el asesino que deja inutilizado de por vida al pintor Drago, la ignonimia y ruindad en que cae el protagonista.
Toda una serie de hechos anormales y terribles que dinamizan la historia con realismo casi esperpéntico, un poco a la manera de Faulkner o Sade, mediante los cuales los actos irracionales de los hombres revelan su propia naturaleza depredadora e insensata. Motivos extremos, podría decirse, pero eficaces para el diálogo con la cultura, para la reflexión intelectual y la erudición de un protagonista que en este proceso ficcional se puede identificar con el autor, en gracia a las preferencias que por estos aspectos relevantes de la novela ha mostrado Germán Espinosa en su escritura de ficción y en sus ensayos; es decir, por el misterio y la atmósfera gótica --el vampirismo, los asesinatos pasionales, las apariciones, la noche, la lluvia--, por los intrincados laberintos sicológicos de la locura --la complacencia autodestructiva, la búsqueda de conmiseración, el transtorno consciente de los sentidos-- y los finales sorpresivos --el magistral desenlace de la muerte de Mabel Auselou. De Apolo y Dionisos
En una reseña sobre la obra se expresa que esta novela es «apolínea y dionisíaca» y que en ella convergen el signo y el mito, la novela histórica y la fantástica (4). Estas características corresponden a casi todas las obras de Germán Espinosa, en especial La tejedora de coronas, El signo del pez y Noticias de un convento frente al mar. Su narrativa, como lo decíamos al comienzo, es un diálogo abierto con la literatura, la pintura, la música, la filosofía, la historia, la ciencia, por lo que su obra puede denominarse como «literatura de ideas»; de allí que sea considerada como "apolínea".
Desde esta perspectiva, La balada del pajarillo es una especie de requisitoria iconoclasta de un crítico de arte y un escritor contra el ejercicio puramente diletante de la erudición o de la información enciclopédica que se practica en los círculos intelectuales en los que se pretende siempre sentar cátedra en beneficio de la egolatría y la adulación. Al mostrar estos espacios, el autor no sólo revela su propia erudición, sino asume una actitud crítica frente a la simulación, que es un lastre cultural muy propio de las pretendidas élites intelectuales colombianas y latinoamericanas, verdadera feria de las vanidades y la superficialidad que Espinosa siempre ha esquivado prefiriendo el retiro y la intimidad de su trabajo como escritor de profesión. La presencia a veces abrumadora de nombres de escritores y artistas, obras, sitios, referencias históricas, citas en otros idiomas, muestran esa voluntad del diálogo inteligente con la cultura y contribuye a la virtualidad del mundo representado en la medida en que sirven a la discusión en torno a una idea o la carnavalización de la palabra por la palabra misma. De este modo, la pedantería de unos es relevada por el saber efectivo de otros, se devela la falsa erudición en favor del conocimiento y el lector siempre resulta favorecido porque ese dialogar permanente con el arte y la literatura descifran importantes enigmas o misterios: la plurisignificación de la obra de arte, la presencia de la Diosa Blanca en la historia de la literatura, la belleza incomparable de la poesía provenzal europea, el atractivo del mito del vampiro en la cultura occidental y, desde luego, el trastorno de los sentidos derivados del amor y la soledad.
La novela también revela ciertos matices dionisíacos, no tanto en la descripción expresa del erotismo, lo irracional o lo orgiástico, como de las sensaciones hedonistas que se derivan de la intimidad: el texto de la novela es más bien parco en el relato detallado de los encuentros eróticos entre Mabel y Braulio, aunque estos incluyan la práctica sexual de esta pareja frente al marido de la mujer, el bañarse desnudos a pleno día en la playa, la práctica del coito en un cuarto frente a un abogado que se masturba con el espectáculo. Lo dionisíaco está en esa poderosa sensación de felicidad y ansiedad por el otro, en la fantasía de la posesión, en la retaliación y la ofensa por un honor que se considera vulnerado: es penoso pero al mismo tiempo fascinante imaginar al esposo «burlado» esperando afuera, bajo la lluvia, mientras su mujer folga a sus anchas con su amante, y lo dionisíaco está en intuir luego que esa pena es aparente, pues el marido no se siente engañado sino gozoso en la aparente humillación. Lo dionisíaco es el melodrama de la infidelidad, el sentido trágico-cómico de esta ilusoria abyección. También lo es el dandismo del abogado Felipe Miranda, sus gustos burgueses clandestinos, hasta su muerte en un festín pantagruélico. Y, en especial, el erotismo desbordado de Mabel Auselou, su personalidad enigmática, la locura ninfómana que es hábilmente encubierta a lo largo de la novela y que sólo es revelada en el último capítulo: una capacidad extraordinaria para el disfrute de los sentidos, para el orgasmo, para generar pasiones incontrolables en los otros, porque es al tiempo ángel y demonio, una diablesa formidable ante la cual todos sucumben. Mabel es erotismo y poesía, porque es la representación viva de la Diosa Blanca y en la mezcla de horror y exaltación abismal que ella genera en Braulio se condensa esa «utilidad y función de la poesía» que Robert Graves le atribuye a este mito fundamental del arte (5). Para el protagonista, su vida tiene sentido y futuro en la medida en que este mito de la Diosa Blanca sea latente, aunque la crea muerta, pues alimenta al menos la venganza o su autodestrucción; cuando descubre que Mabel simplemente lo ha abandonado y tiene otro amante, la mata. Porque la Diosa Blanca, a pesar de encarnar el ideal de la belleza, súbitamente se transforma en bestia, y por ende el carácter mágico y enigmático para el artista (6). Del amor y la muerte
El sentimiento amoroso de Braulio Cendales es desbordante, pues Mabel Auselou, desde un comienzo, representa el ideal femenino, el mito de la Diosa. Utilizando unas formas un tanto arcaicas pero cargadas de significado y poesía, cuando logra declararle su amor, esta efusión de admiración expresa por ella:
Quisiera que mis ojos se cerraran cuando no puedo verla. Repito su nombre en la soledad de mis noches. En mi alma suenan tonadillas muy dulces cuando usted aparece. Usted ha sembrado una flor en mi espíritu. Usted complace los anhelos más arduos de mi fantasía. Usted conduce el mundo del esplendor. Usted es más que el sol y la luna. Usted derrama sobre mí el rocío de la salvación. Por su boca hablan mis plegarias. (p. 161).
Todo el vacío existencial que hasta entonces parecía conducirlo al desarraigo y el desamor parece colmarlo esta enigmática poetiza catalana que cita copiosamente a los poetas provenzales como Peire Cardenal --uno de sus versos es la clave para descifrar el misterio de la misma Diosa Blanca-- y habla en un lenguaje literario erudito. Su personalidad fascina al crítico y le transtorna los sentidos y la vida de manera radical. En unas frases delirantes, en las que podrían vislumbrarse ecos del Canto II sobre la mujer de Huidobro en Altazor, así lo enuncia el escritor: Para mí, Mabel Auselou lo era todo y en su mirada azul se compendiaba el universo (p. 165).
La novela, en este sentido, es una novela sobre el amor exaltado y sobre la tragedia del enamoramiento. Pero también lo es sobre la muerte, no sólo de la muerte física, sino del derrumbamiento fatal del ser por el desengaño y la desesperación. Braulio mata a Mabel y este acto final y fatal es la causa de su encierro y de su muerte. Pero el protagonista ha comenzado a morir desde cuando imagina que el esposo ha asesinado a su amante y la tiene emparedada en la casa. Comienza a morir por la ausencia de la mujer y, paradójicamente, acaba matándola de verdad cuando la descubre viva y "engañándolo" con otro. Por eso es rotundo este final sorpresivo de la obra, en el que Braulio le grita secamente: --¿Quién iba a pensar jamás que fuera yo el que terminara matándote (p. 517). Es la presencia de nuevo del juego oposicional de los contrarios, de Eros y Tanathos, que es un motivo eterno de la literatura y que Espinosa ha sabido revelar en una interesante fluctuación entre la severidad y la ambigüedad, entre el enigma y el misterio, la tragedia y el melodrama. El lenguaje y la literatura de ideas
La balada del pajarillo es otra gran novela de Espinosa, no sólo por la intensidad de la historia y la profundidad sicológica que logra a través de la tragedia existencial del protagonista, el manejo de la trama y lo sugestivo del mundo que se representa, sino por la extraordinaria madurez en el lenguaje, que ofrece al lector un auténtico placer en la lectura. Predomina el tono conversacional, la exposición lúcida de las más variadas teorías del arte y de la literatura, la discusión científica, todo esto con el propósito de crear un ambiente refinado, mediante diálogos precisos, bien estructurados, que dan curso a eso que puede ser llamado la literatura de las ideas.
Intertextos de la más variada índole son insertados a lo largo de la novela, para reforzar esa atmósfera culta y elitista pero altamente sugestiva: poemas de Petrarca, Borges, Quevedo, apartes de la poesía provenzal, citas en francés, inglés, alemán, italiano, disgresiones filosóficas con referentes explícitos. De esta forma, los diálogos se tornan a veces en exposiciones teóricas y el tono coloquial se convierte en discurso ensayístico, sin que por esto se pierda el sentido de la verosimilitud ni se rompa la virtualidad artística.
Si se intentara una selección de los arcaísmos, la incorporación de palabras nuevas y en desuso en contextos funcionales, el uso casi imperceptible de los galicismos elegantes, la adjetivación sugestiva, la metaforización de la naturaleza, el derroche de imágenes visuales, olfativas y sonoras en las descripciones, el gusto barroco por el detalle, la finura al mostrar las escenas más crueles, podríamos concluir que esta también es una novela del lenguaje y para el lenguaje. Algunos breves ejemplos pueden ilustrar esas formas de apropiación del lenguaje literario:
En el texto abundan arcaísmos, palabras o giros lingüísticos de uso poco frecuente, como cuando se habla de "los jarrones antropomorfos, las orníticas alcarrazas, los entronizados caciques gazofilacios..." (p. 169), Lapaigne es en realidad una albufera con varias bocas hacia el mar (p. 200), Váyase o lo meterán en chirona (p. 361), Mi puntería no marró (p. 404), Salté de la yacija y acudí en su socorro (p. 431), Ahí tenía a Blanquiset, disolviéndose en zalemas ante el pintor (p. 475) ... La mirada muerta del pajarillo en el cuadro misterioso que transtornó los sentidos al protagonista, parece entonar una balada de vida, de poesía, amor y muerte que abre sin cesar el palimpsesto del arte para otros misterios y enigmas.
O bien algunos galicismos tan bien mimetizados que parecen imperceptibles, como cuando se quiere destacar la superba originalidad de Renoir, los indicios febles de una investigación, etc.
Es el oficio, podría decirse, y esta aseveración sí que es bien propia en el caso de Germán Espinosa, que no ha sucumbido como muchos ante los halagos de la fama del realismo facilista ni a los malabares del tecnicismo y el formalismo, sino que ha consolidado en su ya larga y existosa carrera un estilo propio, depurado al máximo en esta obra. La mirada muerta del pajarillo en el cuadro enigmatico que trastornó los sentidos al protagonista, parece entonar una balada de vida, de poesía, amor y muerte que abre sin cesar el palimpsesto del arte para otros misterios y enigmas: la balada misteriosa de la Diosa Blanca de la poesía.
NOTAS
(1) ESPINOSA, Germán. La balada del pajarillo. Alfaguara, Santafé de Bogotá, 2000. Todas las citas de la novela remitirán al número de página correspondiente a esta edición. (2) SECHI MESTICA, Giuseppina. Diccionario de mitología universal. Akal Diccionarios, 8, Traducción de Marie-Pierre Bouyssou y Marco Virgilio García Quintela, Ediciones Akal, Madrid, 1993, p.90. (3) BAJTIN, Mijáil. Problemas de la poética de Dostoievski. México, Fondo de Cultura Económica, 1986. (4) ALMEYDA GOMEZ, Carlos Andrés. "L'amor che move il sole e l'altre telle". En: Revista Número, No. 28, marzo-abril-mayo 2001, p. 90-91. (5) GRAVES, Robert. La diosa blanca. Alianza Editorial, 1988. (6) GRAVES, Robert, en Op. cit., p. 29, dice al respecto: La Diosa es una mujer bella y esbelta con nariz ganchuda, rostro cadavérico, labios rojos como bayas de fresno, ojos pasmosamente azules y larga cabellera rubia: se transforma súbitamente en cerda, yegua, perra, zorra, burra, comadreja, serpiente, lechuza, loba, tigresa, sirena o bruja repugnante. _________________________________________
© César Valencia Solanilla
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 10 Julio-Agosto-Septiembre de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
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