Javascript is either disabled or not supported by this browser. This page may not appear properly.
El Príncipe Negro


Lelia Martínez

          Había una vez un pueblo muy particular.

          Los chicos vivían en la oscuridad. En realidad no sólo ellos, los habitantes vivían en un mundo sin luz, silencioso. Felices a su manera.

          No conocían la luz del sol, todo era descolorido. La tez de los habitantes era muy pálida, casi transparente.

          Sonidos y olores privilegiaban sus sentidos.

          Igual que los chicos de todas partes, los de este lugar jugaban, cantaban, lloraban y reían.

          Gobernaba ese pueblo un Príncipe, el Príncipe Negro, que era muy querido por todos.

          Los chicos lo apreciaban porque era alegre y generoso; los grandes, porque era un gobernante talentoso, gentil y justo.          

          El día que yo los conocí, todos estaban tan atareados que no se dieron cuenta de mi presencia. El Príncipe Negro cumplía años y todos querían agasajarlo.

          Mientras los papás iban de acá para allá moviendo muebles para hacer espacio para el gran baile, los chicos tenían que quedarse quietitos y las mamás amasaban y horneaban. ¡No se pueden imaginar los aromas tan apetecibles que pude disfrutar!

          ¿¡Chicos quietos...!? ¿Dónde se ha visto que los chicos puedan estar mucho tiempo quietos?.

          Bastaron solamente unas pocas palabras y varias miradas para que un grupo de niños, cansado ya de no hacer nada, ni hablar, ni moverse, respetando  las órdenes de sus padres, decidieran hacerle, ellos también, un regalo al Príncipe. Sabían cantar y dibujar. Cantar, todos cantarían en la gran fiesta, así que optaron por el dibujo.

          Después de un ratito de deliberaciones llegaron al acuerdo de hacer un gran retrato del Príncipe en una de las oscuras paredes del salón del trono.

          Buscaron sus materiales y, sin que nadie los tuviera en cuenta se distribuyeron el trabajo y pusieron manos a la obra.

          Timush, el más grande de todos fue el encargado de trazar el contorno del gran retrato, las niñas mayores se encargarían de dibujar con todo su esmero las filigranas del cuello, corona y guantes del traje principesco, Tres varones: Ebrin, Ystud y Frix debían dibujar el gran marco. Otros harían el fondo del retrato. Todos tenían trabajo.

          La pequeña Lux pidió que le confiaran los ojos. Todos consideraron, dada la poca importancia que los ojos tenían en el retrato, que ella podría hacerlos sin inconvenientes. Lux tenía por toda herramienta sus deditos y un trapo que la ayudaría a borrar en caso de no estar satisfecha con los resultados.

          Colores y líneas fueron apareciendo sobre la oscuridad de la pared. Las niñas grandes estaban dibujando una maravillosa puntilla en el traje del retrato de su Príncipe, el marco se veía imponente.

          Lux, encaramada en una alta escalera, dibujaba y borraba, dibujaba y borraba, le costaban más de lo que había pensado hacer los ojos más lindos del mundo para regalarle al querido Príncipe.

          Puso a prueba toda su concentración y seguía intentando.

          Los más grandes ya estaban terminando con su tarea y la pequeña seguía, voluntariosa, sin que el resultado fuera de su agrado.

          Dibujaba, borraba, dibujaba, borraba.

          Los chicos pretendieron apurarla, ya se acercaba la hora de la fiesta y el retrato no estaba listo, Lux no los escuchaba, seguía absorta en su trabajo. Le ofrecieron ayuda, pero ella se negó ya a punto de llorar.

          Con su puñito sucio de hollín enjugó las lágrimas, y siguió empeñosa, tantas veces borró que apareció una lucecita justo justo... en el lugar del ojo derecho, eso la entusiasmó, así que siguió borrando con su trapito húmedo de lágrimas. La luz se hizo cada vez más intensa, era el sol que entraba por el ojo que Lux estaba dibujando. El apuro de sus amigos y el entusiasmo de haber logrado lo que quería aceleraron su trabajo.

          Esa fue la más linda de las fiestas que podrán recordar en ese pueblo: el Príncipe, porque recibió de regalo el mejor retrato que nunca le habían hecho, y todos, todos, porque ese día descubrieron la luz del sol.
________________________________________

©   Lelia Martínez 

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n10ne.html
El Príncipe Negro


Lelia Martínez

          Había una vez un pueblo muy particular.

          Los chicos vivían en la oscuridad. En realidad no sólo ellos, los habitantes vivían en un mundo sin luz, silencioso. Felices a su manera.

          No conocían la luz del sol, todo era descolorido. La tez de los habitantes era muy pálida, casi transparente.

          Sonidos y olores privilegiaban sus sentidos.

          Igual que los chicos de todas partes, los de este lugar jugaban, cantaban, lloraban y reían.

          Gobernaba ese pueblo un Príncipe, el Príncipe Negro, que era muy querido por todos.

          Los chicos lo apreciaban porque era alegre y generoso; los grandes, porque era un gobernante talentoso, gentil y justo.          

          El día que yo los conocí, todos estaban tan atareados que no se dieron cuenta de mi presencia. El Príncipe Negro cumplía años y todos querían agasajarlo.

          Mientras los papás iban de acá para allá moviendo muebles para hacer espacio para el gran baile, los chicos tenían que quedarse quietitos y las mamás amasaban y horneaban. ¡No se pueden imaginar los aromas tan apetecibles que pude disfrutar!

          ¿¡Chicos quietos...!? ¿Dónde se ha visto que los chicos puedan estar mucho tiempo quietos?.

          Bastaron solamente unas pocas palabras y varias miradas para que un grupo de niños, cansado ya de no hacer nada, ni hablar, ni moverse, respetando  las órdenes de sus padres, decidieran hacerle, ellos también, un regalo al Príncipe. Sabían cantar y dibujar. Cantar, todos cantarían en la gran fiesta, así que optaron por el dibujo.

          Después de un ratito de deliberaciones llegaron al acuerdo de hacer un gran retrato del Príncipe en una de las oscuras paredes del salón del trono.

          Buscaron sus materiales y, sin que nadie los tuviera en cuenta se distribuyeron el trabajo y pusieron manos a la obra.

          Timush, el más grande de todos fue el encargado de trazar el contorno del gran retrato, las niñas mayores se encargarían de dibujar con todo su esmero las filigranas del cuello, corona y guantes del traje principesco, Tres varones: Ebrin, Ystud y Frix debían dibujar el gran marco. Otros harían el fondo del retrato. Todos tenían trabajo.

          La pequeña Lux pidió que le confiaran los ojos. Todos consideraron, dada la poca importancia que los ojos tenían en el retrato, que ella podría hacerlos sin inconvenientes. Lux tenía por toda herramienta sus deditos y un trapo que la ayudaría a borrar en caso de no estar satisfecha con los resultados.

          Colores y líneas fueron apareciendo sobre la oscuridad de la pared. Las niñas grandes estaban dibujando una maravillosa puntilla en el traje del retrato de su Príncipe, el marco se veía imponente.

          Lux, encaramada en una alta escalera, dibujaba y borraba, dibujaba y borraba, le costaban más de lo que había pensado hacer los ojos más lindos del mundo para regalarle al querido Príncipe.

          Puso a prueba toda su concentración y seguía intentando.

          Los más grandes ya estaban terminando con su tarea y la pequeña seguía, voluntariosa, sin que el resultado fuera de su agrado.

          Dibujaba, borraba, dibujaba, borraba.

          Los chicos pretendieron apurarla, ya se acercaba la hora de la fiesta y el retrato no estaba listo, Lux no los escuchaba, seguía absorta en su trabajo. Le ofrecieron ayuda, pero ella se negó ya a punto de llorar.

          Con su puñito sucio de hollín enjugó las lágrimas, y siguió empeñosa, tantas veces borró que apareció una lucecita justo justo... en el lugar del ojo derecho, eso la entusiasmó, así que siguió borrando con su trapito húmedo de lágrimas. La luz se hizo cada vez más intensa, era el sol que entraba por el ojo que Lux estaba dibujando. El apuro de sus amigos y el entusiasmo de haber logrado lo que quería aceleraron su trabajo.

          Esa fue la más linda de las fiestas que podrán recordar en ese pueblo: el Príncipe, porque recibió de regalo el mejor retrato que nunca le habían hecho, y todos, todos, porque ese día descubrieron la luz del sol.
________________________________________

©   Lelia Martínez 

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n10ne.html