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Historia con música

Graciela Pacheco de Balbastro


          Una hermosa historia cuentan los ancianos de China. Dicen que al bambú lo mandaron los dioses como premio.

          Cuando el sol se va escondiendo tras las montañas, encienden sus largas pipas, acomodan sus ropas para sentirse más cómodos y comienzan a desgranar viejas historias de tiempos idos. Si el viajero se detiene a escuchar, tal vez oiga esta historia:

          Muchos, muchísimos años antes de que tú o yo hubiésemos ensuciando con polvo nuestras sandalias, existía un pueblo bueno y trabajador al pie de las montañas. Todo hubiese sido perfecto si tribus desalmadas no interrumpiesen frecuentemente la paz del lugar, asaltando, destruyendo y llevándose todo.

          Cierta vez un anciano muy pobre acertó a pasar por allí. Entrando a la aldea vio con pena que casi nada quedaba en pie. Mujeres llorosas, con sus niños aferrados a la falda, trataban en vano de reunir sus pocas pertenencias.

          El anciano caminó hasta ellas, apoyándose en un alto bastón. Pidió permiso para pasar la noche en el lugar, temeroso de enfrentar la oscuridad fuera de allí.

          En seguida, a pesar de la situación en que se hallaban, las mujeres le hicieron un lugar bajo un techo
y cuando la noche llegó, encendieron una luz y compartieron con él la poca comida que les quedaba.

          A la mañana siguiente, antes de partir, el viejo les agradeció el socorro que le habían dado y les hizo una extraña pregunta:

          --Si fuesen a recibir un regalo, ¿qué desearían?

          Una de las madres presentes contestó rápidamente, sin detenerse mucho a pensar:

          --Un alimento que crezca rápido, que no tengamos que esperar de estación en estación para comer de él.

          Otra agregó:

          --Yo quisiese poder trenzar hermosas cestas. ¡Cómo me gustaría tener lo necesario para hacerlas!

          Uno de los hombres dijo:

          --A mí me gustaría conseguir material liviano y resistente para techar nuestras chozas. Cada vez tenemos que ir más lejos a buscar maderas  y hojas.

          --Yo, en cambio, quisiese tubos para poder traer el agua desde el arroyo. De tener esos tubos, podríamos hacer un camino para el agua, que llegaría limpia y constante a nuestras casas, sin necesidad de acarrear los cántaros hasta aquí.

          Y así siguieron enumerando cada uno las necesidades del grupo: desde pantallas para abanicarse cuando el calor apretase, bandejas cómodas para servir la comida, vasos que no se rompiesen y fuesen fáciles de trasladar, largas varas para pescar... hasta que se escuchó una voz suave y cantarina:

          --Yo quisiese --dijo la muchacha--, algo que hiciese música por sí solo. Algo que me acompañase cuando cosecho, que me haga escuchar extrañas melodías, que suene aunque yo tenga mis manos ocupadas en trabajar, algo que no me puedan robar los salteadores que a veces nos caen encima.

          --Todo les será concedido-- dijo el viajero.

          Como eran respetuosos, se cuidaron de reírse en la cara, ya que el viejo era más pobre aún que ellos. Le trajeron agua fresca del arroyo, compartieron con él un trozo de pan y se despidieron.

          Pasaron algunos días, ocupados en trabajar y trabajar para volver a levantar todo. Pero una mañana ocurrió algo extraño. Una música extraña, como de silbidos de cristal inundó los campos. Todos dejaron sus tareas y comenzaron a seguir el sonido encantador. De pronto parecía castañuelas de fina plata, otras caireles de agua. Sólo se detenía cuando el viento dejaba de soplar.

          Así llegaron hasta el arroyo. ¡Qué sorpresa tuvieron! Habían crecido unas plantas altas y delgadas, cañas altísimas con hojas encantadoras que al ser movidas por el viento ejecutaban una misteriosa melodía.

          --Es la música, la música prometida-- gritó alborozada la más joven.

          --Los tubos para la cañería-- dijo el hombre.

          --Cañas para el techo-- exclamó el otro.

          --¿Será comestible?-- preguntó la mujer. Ahí no más el marido cortó de un machetazo el cogollo de la planta y una pulpa blanca y apetitosa apareció.

          Y así llegó el bambú al mundo. Dicen que crece tan rápido que se lo puede ver estirándose.
Su pulpa comestible es parecida al palmito. Se lo usa en infinidad de cosas. Pero además el viento, cómplice del bambú, enreda sus cañas, sus hojas. Entonces un suave silbido escapa inundándolo todo. Dicen que dicen que gracias al bambú ese pueblo fue más fuerte, y que nadie, nadie, jamás, pudo robarles la música.


Bambú o bambuc: (del árabe bambuh y éste del malayo) Planta gramínea, originaria de la India, con tallo leñoso que llega a medir más de 20 m. Las cañas de esta planta son muy resistentes y livianas. Se emplean en la construcción de viviendas, muebles, armas, utensillos, etc. Es de tal utilidad toda ella que dicen que está en el mundo para alimentarlo y ayudarlo.
________________________________________

©   Graciela Pacheco de Balbastro

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n10mus.html
Historia con música

Graciela Pacheco de Balbastro


          Una hermosa historia cuentan los ancianos de China. Dicen que al bambú lo mandaron los dioses como premio.

          Cuando el sol se va escondiendo tras las montañas, encienden sus largas pipas, acomodan sus ropas para sentirse más cómodos y comienzan a desgranar viejas historias de tiempos idos. Si el viajero se detiene a escuchar, tal vez oiga esta historia:

          Muchos, muchísimos años antes de que tú o yo hubiésemos ensuciando con polvo nuestras sandalias, existía un pueblo bueno y trabajador al pie de las montañas. Todo hubiese sido perfecto si tribus desalmadas no interrumpiesen frecuentemente la paz del lugar, asaltando, destruyendo y llevándose todo.

          Cierta vez un anciano muy pobre acertó a pasar por allí. Entrando a la aldea vio con pena que casi nada quedaba en pie. Mujeres llorosas, con sus niños aferrados a la falda, trataban en vano de reunir sus pocas pertenencias.

          El anciano caminó hasta ellas, apoyándose en un alto bastón. Pidió permiso para pasar la noche en el lugar, temeroso de enfrentar la oscuridad fuera de allí.

          En seguida, a pesar de la situación en que se hallaban, las mujeres le hicieron un lugar bajo un techo
y cuando la noche llegó, encendieron una luz y compartieron con él la poca comida que les quedaba.

          A la mañana siguiente, antes de partir, el viejo les agradeció el socorro que le habían dado y les hizo una extraña pregunta:

          --Si fuesen a recibir un regalo, ¿qué desearían?

          Una de las madres presentes contestó rápidamente, sin detenerse mucho a pensar:

          --Un alimento que crezca rápido, que no tengamos que esperar de estación en estación para comer de él.

          Otra agregó:

          --Yo quisiese poder trenzar hermosas cestas. ¡Cómo me gustaría tener lo necesario para hacerlas!

          Uno de los hombres dijo:

          --A mí me gustaría conseguir material liviano y resistente para techar nuestras chozas. Cada vez tenemos que ir más lejos a buscar maderas  y hojas.

          --Yo, en cambio, quisiese tubos para poder traer el agua desde el arroyo. De tener esos tubos, podríamos hacer un camino para el agua, que llegaría limpia y constante a nuestras casas, sin necesidad de acarrear los cántaros hasta aquí.

          Y así siguieron enumerando cada uno las necesidades del grupo: desde pantallas para abanicarse cuando el calor apretase, bandejas cómodas para servir la comida, vasos que no se rompiesen y fuesen fáciles de trasladar, largas varas para pescar... hasta que se escuchó una voz suave y cantarina:

          --Yo quisiese --dijo la muchacha--, algo que hiciese música por sí solo. Algo que me acompañase cuando cosecho, que me haga escuchar extrañas melodías, que suene aunque yo tenga mis manos ocupadas en trabajar, algo que no me puedan robar los salteadores que a veces nos caen encima.

          --Todo les será concedido-- dijo el viajero.

          Como eran respetuosos, se cuidaron de reírse en la cara, ya que el viejo era más pobre aún que ellos. Le trajeron agua fresca del arroyo, compartieron con él un trozo de pan y se despidieron.

          Pasaron algunos días, ocupados en trabajar y trabajar para volver a levantar todo. Pero una mañana ocurrió algo extraño. Una música extraña, como de silbidos de cristal inundó los campos. Todos dejaron sus tareas y comenzaron a seguir el sonido encantador. De pronto parecía castañuelas de fina plata, otras caireles de agua. Sólo se detenía cuando el viento dejaba de soplar.

          Así llegaron hasta el arroyo. ¡Qué sorpresa tuvieron! Habían crecido unas plantas altas y delgadas, cañas altísimas con hojas encantadoras que al ser movidas por el viento ejecutaban una misteriosa melodía.

          --Es la música, la música prometida-- gritó alborozada la más joven.

          --Los tubos para la cañería-- dijo el hombre.

          --Cañas para el techo-- exclamó el otro.

          --¿Será comestible?-- preguntó la mujer. Ahí no más el marido cortó de un machetazo el cogollo de la planta y una pulpa blanca y apetitosa apareció.

          Y así llegó el bambú al mundo. Dicen que crece tan rápido que se lo puede ver estirándose.
Su pulpa comestible es parecida al palmito. Se lo usa en infinidad de cosas. Pero además el viento, cómplice del bambú, enreda sus cañas, sus hojas. Entonces un suave silbido escapa inundándolo todo. Dicen que dicen que gracias al bambú ese pueblo fue más fuerte, y que nadie, nadie, jamás, pudo robarles la música.


Bambú o bambuc: (del árabe bambuh y éste del malayo) Planta gramínea, originaria de la India, con tallo leñoso que llega a medir más de 20 m. Las cañas de esta planta son muy resistentes y livianas. Se emplean en la construcción de viviendas, muebles, armas, utensillos, etc. Es de tal utilidad toda ella que dicen que está en el mundo para alimentarlo y ayudarlo.
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©   Graciela Pacheco de Balbastro

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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