El mundo de referencias en los cuentos de José Félix Fuenmayor
Delyis Alvarado Ibama Barandica Marjorie Santis Estudiantes de Pregrado, IX Semestre, Lenguas Modernas Semillero de Investigación
Este trabajo fue realizado en el Seminario de"Cuento Caribe e Identidad Socio-cultural", orientado por el profesor Manuel Guillermo Ortega, en IX Semestre de Pregrado en Lenguas Modernas, dentro de la investigación "El cuento Caribe Colombiano: Historia, Poéticas e Identidad", que realiza el Grupo GILKARÍ, en convenio firmado entre la Universidad del Atlántico y COLCIENCIAS. La muerte en la calle (1) es un libro de cuentos escrito por José Félix Fuenmayor, narrador barranquillero que ubica sus historias en la región Caribe Colombiana, resaltando costumbres, creencias y leyendas tradicionales, con un lenguaje claro, influenciado por el habla popular, al asimilar aspectos importantes de la oralidad, vehículo que ha permitido preservar y difundir la cultura y la idiosincrasia de la región.
En este trabajo, partimos del aspecto más importante en la creación literaria, como es el hecho de que todo buen escritor deba explorar las diversas posibilidades estéticas y comunicativas del lenguaje para crear y re-crear el mundo que quiere transmitir, de allí que el uso de las figuras literarias como recurso estilístico, se convierta en un elemento fundamental a la hora de la creación.
En los cuentos de José Félix Fuenmayor, encontramos diversidad de figuras literarias, tales como personificación, oxímoron, eufemismo, sinestesia, símil, metáfora... De estas dos últimas partiremos para analizar la cuentística del autor en mención y la forma como este recrea el mundo Caribe Colombiano en sus cuentos, fundamentalmente a través de las comparaciones.
En los cuentos "Con el doctor afuera", "Utria se destapa" y "Un viejo cuento de escopeta", los protagonistas son campesinos acostumbrados a vivir en el "monte", el cual representa su mundo de referencias. La mayoría de las comparaciones encontradas giran en torno a la naturaleza, la fauna y la flora específicamente, y otros elementos que en su debido momento explicaremos.
En la introducción del cuento "Con el doctor afuera", se nos presenta a Magdaleno, "flaco y cabezón que parece una olla de mono en su varita" (p. 25), un símil en el que se menciona un árbol muy común en la flora de la región Caribe, con lo que se describe claramente la apariencia del personaje. Luego el narrador se refiere a Liborio, quien "descompuerta el chorro como arroyo Mono en invierno" (p. 26) cuando empieza a hablar "porque así es él", "de lengua", como el mismo narrador, que emprende largas charlas con el doctor, un forastero que pasa la mayor parte del tiempo en "una silla larga que parecía un mariapalito de las de palito" (p. 27), y que "anda como un sábado por la tardecita" (p.28), alegrón, como los que a esa hora "paran en las tiendas para los tragos". El doctor era ya de una edad en "que se podía cocinar en agua y media" aunque "su pellejo ya no era de pollo", tierno y suave, sino endurecido por los años.
Estamos, pues, frente a un hablante popular que, como expresa Nelson Castillo, "se ve obligado a recurrir al juego de imágenes en vista de su escaso vocabulario para denominar la realidad, como una forma de hacerse entender mediante la combinación de ingredientes conceptuales..." (2). Este hecho resulta bastante notorio en el momento en que el narrador trata de describir la actitud de rabia de Melchor, el administrador de la finca del doctor. El capataz siempre está tratando de indisponer al personaje narrador con el patrón pero no logra sus propósitos, quedando a la postre "como patoco sapo tirando tarascadas..." (p. 29), con lo que se alude a la serpiente que se infla como el sapo cuando es molestada y prepara su ataque defensivo. En ese momento, el narrador se describe a sí mismo al compararse con "el gato que salta que ni la pulga", con lo que deja en claro que no es flojo como lo quiere mostrar Melchor ante el patrón.
En muchas de las conversaciones sostenidas con el doctor, el protagonista le cuenta de una pelea que pudo presenciar entre culebras, las cuales "se veían como dos personas" al parase en la punta del rabo y tal era la furia que "se retorcían en el suelo como un mondongo o como tripas con purgante", es decir, con tal velocidad que "no les faltaba sino tronar para que uno creyera que eran relámpagos de verdad, verdad" (p. 31).
Tantas comparaciones para referenciar un mismo hecho pone de manifiesto el conocimiento que el narrador tiene del mundo circundante, el campo, donde las luciérnagas "parecen reventazón de topotoropos que no echan semillas sino candelitas" (p. 33), citando el color amarillo del fruto de esa planta. Por otra parte, el sueño, cuando no hay luna, "es un secreteo como una brisita de palabras que refresca cualquier mal de la persona". Todas estas estrategias las usa el ordeñador narrador para animar al doctor a que se "metiera en la noche del monte" que podría ayudarle a aliviar sus males.
En cuanto al doctor, cabría decir que por la edad, el narrador lo compara con la ciruela que "cuando ya está colorada no le entra más sabor ni más jugo" (p. 33). Parece ser que el doctor sufre de una terrible enfermedad y que por eso mismo ha venido al campo. El protagonista intuye esta situación, sobre todo cuando escucha sus risas, las cuales "eran como esas campanadas que se desparraman sobre la maleza pero que no tapan toda la mala yerba de abajo" (p. 34), una risa con un fondo triste que reflejaba la soledad y el padecimiento de una enfermedad que, si no era física, debía ser del alma. El doctor buscaba un remedio diferente al que le sugería el campesino: Se refugiaba en el alcohol, oscureciendo sus días al embriagarse porque, según el narrador, "la borrachera es como una noche", pero embustera y dañina; embustera porque le hacía sentir una falsa sensación de bienestar, cuando realmente lo estaba dañando por dentro. Aunque tal vez, eso era lo que él quería, morirse rápido para no seguir sufriendo ante la llegada de su esposa, lo que lo hacía sentir "como un burro moribundo que ve llegar el gallinazo" (p. 36). La esposa sería la única que se beneficiaría con su muerte, al heredar los bienes. Según el narrador, la mujer "tenía un modo de mirar de medio lado, como de gallinazo" (p. 36) y "zumbó como alas de golero" al llamar a Melchor para que le dijera quién era "aquel encaramado que parece un loro". El encaramado era precisamente el pobre ordeñador, quien, cuando quería descansar, pasaba un rato "enganchado" en la horqueta de un palo de mango. Inmediatamente, la mujer lo hizo despedir de Melchor, diciendo que en la finca había más gente de la que se necesitaba. Y lamentablemente el doctor no estaba allí para defenderlo pues ya había muerto y sólo vivía en "el saco" (la memoria) del campesino ordeñador.
En cuanto al relato "Utria se destapa", el narrador es también un campesino pero que se avergüenza de su condición de jornalero puesto que no quiere que la gente del pueblo lo vea con el machete. Así, siempre trata de esconderlo para que quien fuera detrás suyo, tendría que "fijarse más que lechuza" (p. 50), minuciosamente, para descubbrir el machete. Este campesino era igual de hablador que el ordeñador del cuento anterior, pero en su afán de imitar los "vocablos finos" de sus patrones, no decía más que incoherencias solo aceptadas y festejadas por Martina, la chica del pueblo que Utria encontró en la tienda y que ladeó la oreja para escucharlo y entonces él la vio "como el embutido más lindo del mundo para que le echara vocablos finos" (p. 52).
Este segundo campesino tenía igualmente el conocimiento propio de su entorno, por su contacto directo con la naturaleza y eso lo ayudaba a hacer comparaciones entre las plantas y los animales que conocía, de allí que puede hablar con propiedad y pensar en decirle a su patrón que el reino animal no está tan separado del vegetal porque "la patilla camina como caracol" (p. 57), se extiende lentamente por el suelo arrastrando el pesado fruto. Menciona también que "el bejuco trepa como una culebra" y puede escalar los árboles, que "el cadillo se agarra como garrapata" cuando se prende de la ropa de quienes lo rozan y de la piel de los animales que pasan a su lado. Menciona también que "hay hojitas que se duermen al anochecer y se despiertan al amanecer como los pajaritos", como las hojitas de la planta conocida comúnmente como adormidera, y termina pnsando que "la bonga echa a volar sus semillas como mariposas", llevadas por el viento.
Fuenmayor, en ningún momento, deja de lado el mundo de referencia natural del campesino, mostrándonos el sufrimiento que los embarga cuando deben dejar su tierra, como lo hace Martín en "Un viejo cuento de escopeta": "se apretó la frente y se enterró en sí mismo al pasado, un pasado de esperanzas realizadas que ambos sepultaban en un presente sin ilusiones, como un muerto en un muerto" (p. 65). Así, se nota la desesperanza, la tristeza por lo ya pasado, por lo que muere, frente a un ahora igualmente muerto, porque tanto él como su esposa habían perdido las ilusiones.
El símil y la metáfora son utilizados en los otros cuentos de José Félix, pero ya no se enmarcan tanto en el ámbito campesino sino en otros mundos de referencias, tal es el caso de "La muerte en la calle", relato en el que el protagonista --un mendigo-- cuenta que tuvo un tío que se fue en un buque: "se iba el buque, yo esperaba, pensaba que era mejor que mi tío no se asomara sino cuando fuera bien lejos, para que entonces lo alcanzara allá mi grito de adiós, porque me parecía que dar un grito desde la orilla hasta un buque muy distante, era como soltar un pájaro que sigue volando hasta después que uno ya no lo ve" (p. 75), queriendo expresar que debía dar un grito fuerte de despedida al tío.
Al comienzo del cuento, el mendigo se describe físicamente haciendo alusión a los pelitos de sus patillas, diciendo que son "... un poco monos, pero eso sí, suaves como de seda", finos y delicados. Ya al final del relato, el mismo personaje se encuentra sentado en un sardinel que "se está alzando como una nube...", como si estuviera ascendiendo al cielo en una completa soledad y silencio, como él mismo lo expresa.
Los personajes de José Félix Fuenmayor se encuentran siempre en contacto con la realidad, en este caso, una realidad Caribe que describen con un lenguaje expresivo. "Se trata, en últimas, de un hablante en contacto permanente con el mundo exterior que observa el vaivén de la realidad, y eso le da la ventaja de hacer comparaciones como una forma de precisar con vehemencia los conceptos, lo que le permite acudir inconscientemente al símil al hablar" (3). De esta forma continúa el autor recreando al lector con su lenguaje. En el cuento "En la hamaca", encontramos un símil que explica claramente la realidad de Matea --la protagonista--, quien está sometida a toda clase de humillaciones y maltratos por parte de su compañero Temístocles. Este "la hacía ponerse a cuatro patas pidiéndole que saltara como una rana" (p. 53). Los ultrajes continuaron hasta el colmo de "hacer chirriar como guacharaca el espinazo de Matea" (p. 54), frase en la que se asocia el sonido de las vérterbras de Matea con el ruido que produce un instrumento musical folclótico caribe consistente en una caña de corozo con varias cesuras, a la que se le pasa repetidas veces un tenedor para sacarle un sonido ensordecedor.
A pesar de todo, un día, las miradas de Matea y Temístocles logran encontrase (nunca había sucedido) y éste "vio por primera vez los ojos de Matea que se le presentaron como charcos de aguas espectrales, muertas y con un vapor frío que les brotaba desde muy adentro" (p. 55), es decir, en los ojos de la protagonista, en su mirada sin vida, había oscuridad. Temístocles decide cambiar su actitud para con Matea y compra una hamaca como lugar de refugio para cuando llegue en "estado de beodez". Desde las primeras noches en la hamaca, se sintió tan bien que "su corazón celebró como una fiesta el tenderse un poco al través y empujándose con el pie, una, dos veces, ir y venir lentamente, como en el aire" (p. 56). Estaba muy alegre con lo que había comprado. Sin embargo, a pesar de su decisión de cambiar, el vicio no lo dejó y un domingo llegó, como de costumbre, "borracho", pero de pronto "comenzó a llover fuertemente y el ruido del agua resonó en el cráneo como una carrera frenética a su persecución" (p. 57). Todo lo malo que le había hecho a Matea comenzó a hacer eco en su conciencia que parecía estarle persiguiendo (los recuerdos) y no podía alejarse de ella. Luego despertó y se encontró con Matea, frente a frente, "y sus ojos, desde la sombra, podrían lanzarle su mirada de muerte". Matea, finalmente, estaba planeando vengarse de algún modo, como en efecto lo hizo.
En el cuento "La piedra de Milesio", se describe la época de los matarratones en flor, los cuales "estremecidos por la vertiginosa actividad de sus gusanos, impresionaban como si estuvieran arrancándose de la tierra para ponerse a andar" (p. 107). Eran tantos los gusanos, que hacían mover estos árboles como si quisieran salirse de donde estaban plantados. Sin embargo, "los gusanos bajaban y subían por hilos de sí mismos, se mecían, se soltaban y caían y reptaban por todas partes, ásperamente a veces como víboras...". Estos animales se unían, hacían una especie de hileras y sus movimientos eran como el que hace una culebra, "en zig-zag", "o volviéndose a uno y otro lado como desesperados rabos de alacrán". Cuando los gusanos se dispersaban, se buscaban después unos a otros, "o manteniéndose en una punta como si caminaran de pie", levantaban la cabeza, apoyados en sus paticas traseras.
Milesio, al igual que Matea en el cuento anterior, tuvo que padecer castigos y torturas por su supuesta locura. Tales brutales golpizas de látigo le fueron propinadas por un curandero. Un día, después de una de las tantas "cuerizas", el muchacho se fue para el cuarto y "se sacudió el agua como había visto hacer a los perros" (p. 115).
Tal como se mencionó en uno de los cuentos analizados anteriormente, nos encontramos en este relato con una comparación que no tiene nada que ver con el mundo de referencias natural del que hemos venido hablando. Así, al principio, cuando el narrador realiza una descripción del barrio donde vivía Milesio, anota: "el farol de la esquina, de corto alumbrar, trazaba un estrecho círculo de luz; y afuera de él se sospechaba la presencia de algunas casitas separadas por extensos patios, como sombras furtivas en el silencio y la oscuridad" (p. 107). Las casas, en el barrio donde vive el chico, se encontraban separadas y entre una y ora se podía notar un ambiente sombrío.
El símil y la metáfora en estos cuentos son usados ya sea de una forma satírica o humorística, claro, dependiendo del contexto o de las situaciones en las que se presenten los personajes. Un ejemplo de lo anteriormente mencionado es palpable en el "Último canto de Juan", relato en el que leemos: "Su cuello tenía tantos pliegues como un pescuezo de tortuga" (p. 118). Aquí se ve con claridad la comparación que hace el escritor del cuello de Pabla (esposa de Juan) con el de la tortuga, aludiendo a lo envejecido y arrugado que estaba. Por otro lado, "sus manos parecían grupos de nudos hechos en tiritas de trapo" (p. 118), lo cual hace referencia a sus manos delgadas y huesudas. Más adelante, la niña Rosa (la cocinera) dice de Juan que "cada vez se va poniendo más delgado y pequeño, como un guineo que uno pela y deja al sol" (p. 120), describiendo perfectamente el estado moribundo en el que se halla el hombre, quien se consumía en su lecho de enfermo. Pero aún así, le quedaba aliento para seguir con la composición de su canto y explicarle a Don Miguel que las coplas son de cuatro y de ocho versos, pero que "no será como latas de sardinas que todas tienen el mismo pescado adentro, sino como olas del mar, que cada una es de otro aliento" (p. 125), dándole a entender a su vecino que las coplas en su estructura formal son iguales en números y en versos, pero se diferencian en su contenido.
Además, Juan continúa explicándo a su amigo que la composición musical es "como el manzanillo, don Miguel, que él es un animal entero; y si usted lo va cortando por las junturas, cada trocito que le arranque sigue viviendo solo" (p. 125). Así, don Miguel comprendió que la canción es un solo ser, compuesto por estrofas, pero que estas a su vez, por sí solas, también tienen sentido.
Ya para finalizar, vale la pena resaltar la importancia del símil y la metáfora en la cuentística de Fuenmayor como estrategias para representar la realidad Caribe y la forma de hablar de sus habitantes, haciendo que sus cuentos sean interesantes y divertidos para el lector.
NOTAS:
1. José Félix Fuenmayor. La muerte en la calle. Santafé de Bogotá, Alfaguara, 1994. 2. Nelson Castillo. Lenguaje y vida. Barranquilla, editorial Antillas, 1999, p. 108. 3. Ibíd., p.107 ________________________________________ © Delyis Alvarado © Ibama Barandica © Marjorie Santis
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 10 Julio-Agosto-Septiembre de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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