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La hora veinticinco


Jesús Sáez de Ibarra Ruiz de Azúa
Vice-Rector Académico de la Universidad Metropolitana
Barranquilla - Colombia


          Desde mi adolescencia he tenido una particular debilidad por esas secciones del periódico, en que colindantes a las llamadas grandes noticias --crisis política, avatares de guerra, secuestros, crónica económica, información financiera-- se registra la menuda facticidad de cada día: todas esas pequeñas grandes cosas que conforman el tejido de la existencia y que nos ciñen como una piel y constituyen las noticias definitivas de la vida: ayer nos regalaron un C.D. de Mozart, esta mañana escuchábamos una vieja canción de Bosé ("Y juntos nos sentimos infinitos") que para nosotros tenía un sentido nuevo.

          Es noticia, auténtica y verdadera, tomar un café.  Escuchar música.  Un güisqui con los amigos.  Esperar un hijo que llega del exterior.  Una mañana en la playa.  Gozar la primera luz del día.  Un buen libro.  El sol de las cuatro de la tarde.  Un interminable etcétera de vivencias que explicitarlo llenaría las bibliotecas circulares.

          En el esplendor del género novelístico, último tercio del siglo XIX, se definió la novela como un espejo a lo largo de la carretera de la vida.  El periodismo se ha sentido identificado con esta definición haciendo un ajuste decisivo: llegar a ser un espejo de la vida inmediato y directo.  Al espejo de tinta que es toda escritura deben también asomarse los niveles más hondos de la existencia, lo que Urs Von Balthasar denominaba la "actualidad atemporal".  Por eso, los grandes rotativos del mundo guardan un rincón en sus páginas para esa reflexibilidad más íntima de nosotros mismos, sea en clave de humor, de tono filosófico, de nota frívola o de aire poemático.  En ocasiones se trata de prosa de espuma que tiene un poco de todo ello: humor, filosofia, frivolidad y poesía.  Es lo que yo he llamado la Hora Veinticinco.

          Las ocupaciones de nuestro ejercicio profesional cada día más competitivas; el tiempo cada vez mayor que debemos invertir en la misma actualización de nuestra profesión; las horas que debemos dedicar a la obligada vida social y el espacio que necesariamente tenemos que reservar a la familia, así como el inexorable tiempo destinado al descanso, etc., todo hace que las veinticuatro horas con que cuenta el día sean insuficientes para la atención y cultivo de esa intimidad personalísima de cada uno de nosotros,  constituida por el humanismo.

          Nuestra cultura occidental, a lo largo de los últimos veinticinco siglos, ha cristalizado un axioma vital, según el cual el hombre se perfecciona y se cumple en el desarrollo de esas semillas y potencialidades personales que hemos convenido en llamar Humanidades: el mundo de la Filosofia, las Artes, la Literatura,, la Historia, y los aspectos más vivos de la Ciencia del Hombre.  No es ésta la coyuntura para analizar este flanco sensibilísimo de nuestra conformación como personas.  Ello significa que nuestro reloj cotidiano precisa de una hora adicional inevitable: la Hora Veinticinco, ese hueco de tiempo inexistente que tenemos que encontrar cada jornada, para que el resto del día no pierda del todo su sentido.

          Goethe, una de las vidas más logradas de cuantas se han dado en el mundo del pensamiento europeo, tuvo esta intuición: "Nos hacen falta permanentemente grandes pensamientos y sentimientos para que el velo gris de la vida cotidiana no se cierre sobre nosotros contagiándonos con su color".
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©   Jesús Saez de Ibarra

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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http://lacasadeasterionB.homestead.com/v3n10hora.html