

La bailarina negra
Freda Mosquera
La bailarina negra subió al escenario vestida con una diminuta falda plateada y una franja dorada que le ceñía los senos. Tenía las piernas largas y delgadas, su cabello era abundante y duro, y caía sobre su espalda envolviéndola en un espeso aroma de perfumes mezclados al azar.
Cerró los ojos y tuvo conciencia de su propia soledad, una soledad absoluta y hermética que la acompañaba desde el viaje lejano extraviado en su memoria, junto a la travesía de un océano que la separó para siempre de su infancia, hasta el recuerdo de su primera danza ante los ojos expectantes de los hombres.
Extendió los brazos, levantó con lentitud una de sus piernas hasta dejarla erguida junto a su rostro y acarició con la planta del pie su mejilla. Escuchó la música y volvió a sentir dentro de sí el designio de su corazón y de su raza. Sus antepasadas más remotas bailaron danzas sagradas, luego sus hijas esparcidas violentamente por el mundo, bailaron al terminar las jornadas de trabajo, y ahora ella, Janaína, "la bailarina negra", danzaba en un país extraño, en un oscuro bar, para sobrevivir.
Avanzó por la pasarela, moviendo las caderas y los brazos, con un dominio absoluto de su cuerpo. Sintió que un ser mágico la habitaba y se entregó a la danza. Se arrastró por el piso transformada en serpiente, luego levantó con lentitud las caderas, enseñó los dientes y apoyada sobre los brazos, fue pantera. Después se abrió poco a poco, hasta que todos los hombres que la rodeaban pudieron ver la profundidad de su sexo.
La bailarina negra entró en éxtasis, sus movimientos se volvieron frenéticos hasta caer en el delirio y terminó enroscada en el piso, como un caracol, con las piernas y los brazos alrededor de su cuello, dando saltitos y con el sexo entreabierto como la boca de un animal fantástico.
Sintió la respiración agitada de los espectadores y luego la mano de un hombre que se posó en una de sus piernas. La bailarina negra quedó inmóvil, el hombre retiró la mano y ella continuó danzando, girando, abriendo y cerrando los muslos, hasta que la música finalizó y se escondió tras las cortinas que cayeron en el escenario.
Estaba cansada y aún le parecía que la mano del hombre seguía posada en su muslo, fría y aguda y que la apretaba. Se vistió con un traje rojo y salió por una puerta lateral hacia las mesas donde los hombres aguardaban el siguiente espectáculo.
La bailarina negra caminó sonriendo, mostrando la liga que ceñía una de sus piernas y acariciándose los senos. Fue guardando el dinero que cada hombre le iba entregando, hasta que se encontró con los ojos cristalinos y azules, los cabellos dorados y la piel blanquísima del hombre que la había tocado en el escenario.
No quiso detenerse en esa mesa, siguió de largo, pero sintió la mano del hombre en su muñeca y tuvo que retroceder. Le pareció que caía en un pozo hondo y profundo, quiso alejarse, pero algo superior a sus fuerzas la hizo acariciar la mano del hombre y contagiarse con la tibieza de su cuerpo.
El hombre le dio de beber de su copa y luego la besó sin preámbulos, sin pagar por el beso. La bailarina negra apretó los labios, pero los fue despegando lentamente hasta que la lengua del hombre blanco acarició su lengua y se trenzaron en la lucha milenaria del hombre que penetra y de la mujer que se abre y se cierra como una flor carnívora.
Se separaron jadeantes y la bailarina negra acarició el rostro del hombre, ensimismada. Lo tomó de la mano y lo empujó hacia la salida del bar porque quería ver a plena luz del día el azul de sus ojos, la blancura de su piel, el brillo de sus cabellos.
Salieron y afuera, junto a los basureros, volvieron a besarse como si el hálito del amor los hubiera envuelto en su atmósfera irreal y no los dejara escapar. Hablaron un poco y la bailarina negra entró de nuevo al bar, a la oscuridad, a la música, a los cuerpos desnudos de sus compañeras. Recogió un bolso grande con sus ligas, sus prendas doradas, sus perfumes y salió. El hombre blanco la aguardó con una sonrisa de enamorado perdido, de guerrero herido de muerte, de ángel exterminador, y la tomó de los brazos y se pegó al cuerpo de la bailarina negra, la olió y se impregnó con el aroma dulce de su piel. Entonces se fueron desnudando sin que los carros que atravesaban la inmensa avenida se detuvieran, sin que los cuervos que escarbaban la basura cesaran su búsqueda eterna de comida. La bailarina negra inició una nueva danza, la del agujero que entra y sale de la viga que lo penetra, la del pozo sin agua que de repente se baña con sales naturales y salpica la mano del que busca agua en él.
Cayeron en el cemento abrazados. La bailarina negra regresó del paraíso con lentitud. Contempló al hombre blanco con ojos desapasionados, lo separó de su cuerpo, se puso de pie y sintió que él le besaba los muslos, pero se vistió de prisa, recogió el bolso que había abandonado en el pavimento y, de repente, se halló a sí misma liberada del hechizo de amor. Volvió a sentir que estaba sola sobre la tierra y regresó al bar.
Adentro percibió que nadie había notado su ausencia, empezó a sonreír, se acercó a un hombre negro, grande y fuerte que fumaba, y le acarició la cabeza redonda y bella, luego le cantó en el oído:
Dios es una mujer negra.
La casa de los naranjales
Freda Mosquera
A Nelson
La casa estaba oscura, pero Estefanía no encendió las luces, prefirió una vela. Buscó en el armario un traje rojo, de seda, y lo halló en el fondo, doblado sobre sí mismo, con otros que no usaba desde el principio de la guerra. Se desnudó frente al espejo y en la penumbra acarició su piel, pensando en Amanda, en su aroma a sándalo y a flores secas. Destapó un frasco de perfume, lo aspiró, derramó el líquido sobre su pelo espeso y frotó la cabeza contra el vestido rojo, que olía a adolescencia, a pueblo sin guerra, a compañía. Se vistió con lentitud y observó, desde la ventana, las fachadas de los caserones vacíos, sus techos agujereados por el viento y, detrás de ellos, la luz que cada noche aparecía en La Casa de los Naranjales.
Dejó la habitación, bajó la escalera de madera y atravesó el corredor hasta la salida. Avanzó por las calles cubiertas de polvo, se detuvo frente a la calle que conducía a La Casa de los Naranjales y recordó que en un tiempo, cuando aún quedaban mujeres en el pueblo, la llamaban la ruta sin retorno. Caminó despacio, divisó la casa y quiso devolverse, pero no lo hizo. Arrastró los pies, se dejó llevar. Reconoció las cercas de madera, los troncos en punta, las flores lilas y rosadas asomándose por las rendijas, los naranjos invadiendo la casa. Pasó al jardín y se acercó a los ventanales.
Al otro lado encontró a Amanda. Contempló, a través del vidrio, su cuerpo iluminado por las lámparas de aceite que colgaban del techo. Estaba desnuda y se balanceaba en una hamaca. Varias jóvenes entraron al salón y algunas se sentaron en las hamacas y hablaron en voz baja. Otras, en cambio, se mecieron despacio, se recorrieron con las manos, luego se atrajeron entre sí y se fueron desnudando mientras se besaban. Una de ellas, Carmen, se desprendió del grupo y se acercó a la ventana. Estefanía siguió sus ojos negrísimos y los vio perdidos en las estrellas, pero después sintió que se posaban en su rostro y la descubrían junto a las enredaderas del jardín.
Estefanía se alejó y vagó por los naranjales hasta el río, se tendió sobre la arena y descansó mientras soñaba que la corriente arrastraba su cuerpo hasta la orilla del otro pueblo, habitado por hombres que no conocían la guerra, ni hablaban de la muerte. Se despertó al amanecer y regresó a La Casa de los Naranjales.
Entró en la sala quieta, silenciosa, y fue hasta la cocina. La mesa, cuatro sillas, una estufa de carbón, le devolvieron las imágenes borrosas de una noche y la sensación confusa de unos labios húmedos que besaban su espalda. Le pareció, otra vez, que los perros ladraban afuera y que en la sala de la casa los habitantes del pueblo celebraban el comienzo de la guerra, mientras ahí, junto al fuego de la cocina, un joven de cabello negro y mirada solitaria la despojaba de su traje rojo y se abría paso entre la tibieza de sus muslos blancos. Estefanía acarició la superficie de la mesa y pensó que el perfume de sus cuerpos seguía allí, intacto, impregnado en la madera. Se incorporó, buscó el gabinete de los cubiertos y tomó un cuchillo. Salió de la cocina, cruzó los corredores olorosos a naranja madura y entró en la primera habitación.
Percibió en el ambiente esencia a sándalo, a flores secas, y se acercó a la cama. La deslumbró la proximidad del cuerpo dormido de Amanda, levantó ambas manos y oyó muy cerca su respiración apacible. Apretó el cuchillo y lo hundió en el corazón de Amanda. En su mente quedaron impresas la mueca rígida, los ojos abiertos de repente, el grito que se detuvo en la garganta de Amanda y el hilo de sangre que le borró la sonrisa de los labios. Estefanía la evocó a través de las lágrimas cuando las dos, de niñas, se bañaban en el río y escondían la cabeza en el agua, mientras se señalaban la punta de los senos y el vello púbico que apenas empezaba a crecer.
Después siguieron mil visiones de Amanda. La asaltó su alegría delirante y recordó cómo al principio de la guerra bajaba al pueblo y pasaban las noches en la discoteca improvisada, bebían y bailaban, y a veces en la madrugada corrían desnudas por las calles oscuras. Rememoró una noche mágica que vivieron en la iglesia, amándose en el altar, sollozando y riendo hasta el amanecer, y los días siguientes, poblados de silencios, de búsquedas inútiles y de las palabras esperanzadas de Amanda suplicando siempre que olvidara la guerra.
Estefanía abandonó la habitación, los objetos a su paso se desdibujaron y tropezó con ellos. Sintió el peso de sus movimientos y tuvo la sensación de que no saldría nunca de la casa. Extendió los brazos en busca de un apoyo para no caer, pero una melodía la sosegó. Escuchó una voz muy tenue, que muy cerca, en algún lugar de la casa cantaba: "sabor de mejorana tenían tus labios rojos...". Caminó por un corredor estrecho y en el fondo vio a Carmen, la de los orgasmos prolongados, indagando siempre por las ventanas. Estefanía supo que era ella quien cantaba y se asombró con su perfil dulce, con su cabello negro y con sus manos delgadas aferradas a la mecedora. Quiso tocarla porque le pareció bella en su actitud de interrogar al mundo, pero dio media vuelta y se apartó. Siguió, confundida, hasta un patio interior. Allí exploró las habitaciones de las otras muchachas. En una dormían abrazadas dos jóvenes de rostros delicados; en otra, una mujer con expresión de juego de azar, reposaba desnuda, sin sábanas, y sostenía una rosa roja sobre el pubis; en el cuarto de enfrente halló una cama vacía y en la pieza contigua los cuerpos sudorosos de dos muchachas amándose.
Retrocedió, brotó de nuevo la voz de Carmen y vislumbró su figura, en el rincón, ante la ventana. Retomó el corredor y se enfrentó con la habitación de Amanda, con su olor a sándalo y a flores secas, y con sus ojos castaños, despiertos como si miraran. Se aproximó, la tocó y la sintió fría, inerte entre las sábanas manchadas de sangre y con el cuchillo brillando en su pecho. Regresó a la puerta, pero creyó que si se marchaba así, Amanda la seguiría mirando siempre, entonces volvió junto a ella, hundió sus dedos en los párpados helados y le sacó los ojos.
Corrió por los pasillos inundados de luz, pasó frente a la cocina colmada de humo y de recuerdos, cruzó la sala donde estaban esparcidos por el piso los trajes de las muchachas, atravesó el jardín y se incrustó los ojos en el pelo como dos adornos sangrantes. Se detuvo cerca de las enredaderas, fijó las enormes ventanas que cubrían la casa y poco a poco entrevió, detrás de ellas, los rostros femeninos pegados al vidrio en un gesto de amargura y las palmas de sus manos, adheridas al cristal, arañándolo. Estefanía sintió que le rasgaban la piel y comprendió que la muerte de Amanda, tantas veces soñada, la oprimía más que su vitalidad.
Reinició la huida, se internó en el espeso naranjal y en su olor penetrante y llegó al pueblo. Las calles estaban llenas de Amanda y tropezó con ella, parada en las esquinas, con el rostro inmóvil y las cuencas de sus ojos vacías, preguntándose con desconsuelo: ¿Por qué?.
Estefanía entró en su casa, cerró todas las puertas y ventanas del primer piso y subió a la habitación. Se quitó el vestido rojo y se deshizo, con él, de todas las imágenes que como la guerra eran heridas que no sanaban nunca. Desenredó los ojos de Amanda de su pelo y los colocó en el borde de la ventana. Con la yema del dedo índice dibujó círculos sobre ellos y, en un instante los besó. Levantó el rostro y abarcó con la mirada el abandono del pueblo, las calles desérticas, las casas deshabitadas, las nubes de polvo y exclamó: "Quiero mirar el mundo con tus ojos, Amanda".
Dejó la ventana y entró al baño. Abrió la regadera y un chorro de agua cayó sobre su cuerpo. Movió la cabeza, alborotó el cabello y un aroma a sangre, a perfume y a naranja, se apoderó del baño, se filtró por el pasillo, impregnó la habitación. Se envolvió en una sábana blanca y salió de la casa. Caminó por la calle principal hasta la discoteca, penetró en el salón solitario y reconoció sus paredes pintadas de color naranja, con círculos verdes, amarillos y rojos. Posó los ojos por el bar empolvado, la pista de baile que ya nadie usaba, las sillas y, al fondo, la radiola. Buscó una copa en el bar, destapó una botella y se sirvió. Se sentó, apoyando los codos en la mesa, y dijo entre riendo y llorando: "Me vine a celebrar tu muerte, aquí, en el mismo sitio donde nos curábamos la tristeza". Quedó inmóvil, pensó en los ojos de Amanda, secándose junto al marco de la ventana y, mordiendo el borde de la copa, murmuró: "Con el rumor de las palmeras se siente el eco de la música lejana". Y ante ella apareció Amanda, vestida de amarillo, con flores en el pelo castaño, bailando en la pista, serena como al principio de la guerra. "Todo el mundo está bailando esta cumbia colombiana", entonó Estefanía mientras seguía con los ojos el pausado ascender y descender de las caderas de Amanda, el movimiento armonioso de sus brazos, el sosegado avance de sus pies rozando la tabla. Estefanía cantó y bebió sin descanso hasta que agotó todos los recuerdos de Amanda y su figura se diluyó en la pista, dejando sólo en el aire su olor a sándalo y a flores secas.
Salió de la discoteca con el cabello aún húmedo cayendo sobre su cintura y arrastrando la sábana blanca tras de sí. Caminó desnuda hasta la plaza, soltó una carcajada sonora, transparente, liberadora, y se tendió sobre la hierba. Sintió la tierra caliente bajo su espalda, el sudor de sus muslos y el viento filtrándose en medio de sus piernas, refrescándola por dentro. Escudriñó el cielo, los alrededores desamparados y vio a un hombre en el extremo de la calle, descalzo, sin camisa, con unos pantalones tan viejos como la guerra. Pensó que alucinaba y cerró los ojos, pero sintió pasos que venían hacia ella y luego una mirada apremiante que se deslizaba por sus piernas, ascendía por su vientre hasta sus senos y se detenía en su rostro. Abrió los ojos y la trastornó la cercanía del hombre, inclinado sobre ella, respirando casi sobre su piel. Extendió los brazos, lo tocó para comprobar que no soñaba y disfrutó porque el hombre hizo lo mismo y pasó sus manos sobre ella. Estefanía lo contempló mientras se desnudaba y lo recibió en su cuerpo cuando él la tomó por la cintura y la penetró como si por primera vez un hombre poseyera a una mujer sobre la tierra. Estefanía lo abrazó gritando y su alarido se escuchó hasta en La Casa de los Naranjales, todos los pájaros del pueblo se alborotaron y el hombre se incrustó más en ella, en busca del alivio para los mutuos dolores de la guerra. Estefanía siguió gimiendo hasta que lloró de placer y quedó quieta, aniquilada, acariciando al hombre con los ojos. Después abandonó junto a él la plaza, lo condujo hasta su casa y se refugiaron en la habitación. Se amaron sin prisas y sus orgasmos invadieron la casa, huyeron por las rendijas, se perdieron en la callada soledad del pueblo.
A medianoche, Estefanía se durmió, entrelazada al cuerpo del hombre, aprendiendo el latido de su corazón. Despertó en la madrugada y encontró vacía la otra orilla de la cama. Sumergió la cabeza entre las sábanas y no palpó en ellas el olor fatigado del hombre marcado por la guerra que llegó al pueblo el día anterior, sino el aroma fresco del joven de cabello negro y mirada solitaria que la sedujo una noche, antes de partir para la guerra, en La Casa de los Naranjales.
Se levantó aturdida y escuchó en la calle pasos y voces, acompañados de una música sobrenatural que se esparcía por todos los espacios y rincones. Se asomó a la ventana y volvió a ver, escapadas de su memoria, las figuras de los hombres del pueblo despidiéndose de sus mujeres y, en medio de la muchedumbre, la sombra del joven de cabello negro y mirada solitaria que no llevaba equipaje como los demás, sino que marchaba solo con un disco bajo el brazo: la Tercera Sinfonía de Mahler.
Cerró la ventana para conjurar el recuerdo, pero la música persistió. Le llegó con nitidez y sintió que sus acordes la sustraían de la realidad y, al mismo tiempo, la rescataban de sus sueños. Bajó de prisa en busca del hombre de la plaza. Erró por las calles vacías y no descubrió ningún rastro de él. Se detuvo frente a la discoteca y la arrastró la música que de allí partía. Entró y respiró el olor a sándalo y a flores secas de Amanda. Caminó entre las sillas y las mesas desocupadas, y halló en la radiola un disco que giraba, colocado para repetirse una y otra vez. Recogió del piso una carátula gastada por el tiempo, la acarició y la estrechó contra su pecho desnudo. "Era él --se dijo Estefanía--, regresó de la guerra y no lo reconocí".
Sintió que vacilaba, que caía y no podía levantarse, pero logró llegar hasta la salida y se derrumbó en el quicio de la puerta. Observó la neblina que avanzaba hacia los campos y dejaba al descubierto los pequeños caminos amarillos, y la sacudió la imagen de Carmen, interrumpiendo el horizonte, seguida por las otras muchachas que habitaban La Casa de los Naranjales. Las distinguió vestidas de seda, con los cabellos sueltos alborotados por la brisa, arrastrando sus baúles, cada vez más lejanas, hasta que desaparecieron.
Estefanía apoyó la cabeza sobre sus rodillas, metió los dedos en su cabello oscuro y lo lanzó hacia adelante hasta rozar la tierra. Se quedó quieta, escondida bajo su propio pelo, enajenada con la música de Mahler, perseguida por el olor a sándalo y a flores secas de Amanda, y se preguntó cómo era todo antes de que los hombre se marcharan a la guerra. Con la mano se acarició los senos, despacio, después descendió aprisionando su propia piel, hiriéndose. Cuando la mano se detuvo escondida en medio de los muslos, acarició su pubis, levantó la cabeza y dijo: "Qué solo está el pueblo, qué solos nos hemos quedado". _________________________________________
© Freda Mosquera
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 10 Julio-Agosto-Septiembre de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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La bailarina negra
Freda Mosquera
La bailarina negra subió al escenario vestida con una diminuta falda plateada y una franja dorada que le ceñía los senos. Tenía las piernas largas y delgadas, su cabello era abundante y duro, y caía sobre su espalda envolviéndola en un espeso aroma de perfumes mezclados al azar.
Cerró los ojos y tuvo conciencia de su propia soledad, una soledad absoluta y hermética que la acompañaba desde el viaje lejano extraviado en su memoria, junto a la travesía de un océano que la separó para siempre de su infancia, hasta el recuerdo de su primera danza ante los ojos expectantes de los hombres.
Extendió los brazos, levantó con lentitud una de sus piernas hasta dejarla erguida junto a su rostro y acarició con la planta del pie su mejilla. Escuchó la música y volvió a sentir dentro de sí el designio de su corazón y de su raza. Sus antepasadas más remotas bailaron danzas sagradas, luego sus hijas esparcidas violentamente por el mundo, bailaron al terminar las jornadas de trabajo, y ahora ella, Janaína, "la bailarina negra", danzaba en un país extraño, en un oscuro bar, para sobrevivir.
Avanzó por la pasarela, moviendo las caderas y los brazos, con un dominio absoluto de su cuerpo. Sintió que un ser mágico la habitaba y se entregó a la danza. Se arrastró por el piso transformada en serpiente, luego levantó con lentitud las caderas, enseñó los dientes y apoyada sobre los brazos, fue pantera. Después se abrió poco a poco, hasta que todos los hombres que la rodeaban pudieron ver la profundidad de su sexo.
La bailarina negra entró en éxtasis, sus movimientos se volvieron frenéticos hasta caer en el delirio y terminó enroscada en el piso, como un caracol, con las piernas y los brazos alrededor de su cuello, dando saltitos y con el sexo entreabierto como la boca de un animal fantástico.
Sintió la respiración agitada de los espectadores y luego la mano de un hombre que se posó en una de sus piernas. La bailarina negra quedó inmóvil, el hombre retiró la mano y ella continuó danzando, girando, abriendo y cerrando los muslos, hasta que la música finalizó y se escondió tras las cortinas que cayeron en el escenario.
Estaba cansada y aún le parecía que la mano del hombre seguía posada en su muslo, fría y aguda y que la apretaba. Se vistió con un traje rojo y salió por una puerta lateral hacia las mesas donde los hombres aguardaban el siguiente espectáculo.
La bailarina negra caminó sonriendo, mostrando la liga que ceñía una de sus piernas y acariciándose los senos. Fue guardando el dinero que cada hombre le iba entregando, hasta que se encontró con los ojos cristalinos y azules, los cabellos dorados y la piel blanquísima del hombre que la había tocado en el escenario.
No quiso detenerse en esa mesa, siguió de largo, pero sintió la mano del hombre en su muñeca y tuvo que retroceder. Le pareció que caía en un pozo hondo y profundo, quiso alejarse, pero algo superior a sus fuerzas la hizo acariciar la mano del hombre y contagiarse con la tibieza de su cuerpo.
El hombre le dio de beber de su copa y luego la besó sin preámbulos, sin pagar por el beso. La bailarina negra apretó los labios, pero los fue despegando lentamente hasta que la lengua del hombre blanco acarició su lengua y se trenzaron en la lucha milenaria del hombre que penetra y de la mujer que se abre y se cierra como una flor carnívora.
Se separaron jadeantes y la bailarina negra acarició el rostro del hombre, ensimismada. Lo tomó de la mano y lo empujó hacia la salida del bar porque quería ver a plena luz del día el azul de sus ojos, la blancura de su piel, el brillo de sus cabellos.
Salieron y afuera, junto a los basureros, volvieron a besarse como si el hálito del amor los hubiera envuelto en su atmósfera irreal y no los dejara escapar. Hablaron un poco y la bailarina negra entró de nuevo al bar, a la oscuridad, a la música, a los cuerpos desnudos de sus compañeras. Recogió un bolso grande con sus ligas, sus prendas doradas, sus perfumes y salió. El hombre blanco la aguardó con una sonrisa de enamorado perdido, de guerrero herido de muerte, de ángel exterminador, y la tomó de los brazos y se pegó al cuerpo de la bailarina negra, la olió y se impregnó con el aroma dulce de su piel. Entonces se fueron desnudando sin que los carros que atravesaban la inmensa avenida se detuvieran, sin que los cuervos que escarbaban la basura cesaran su búsqueda eterna de comida. La bailarina negra inició una nueva danza, la del agujero que entra y sale de la viga que lo penetra, la del pozo sin agua que de repente se baña con sales naturales y salpica la mano del que busca agua en él.
Cayeron en el cemento abrazados. La bailarina negra regresó del paraíso con lentitud. Contempló al hombre blanco con ojos desapasionados, lo separó de su cuerpo, se puso de pie y sintió que él le besaba los muslos, pero se vistió de prisa, recogió el bolso que había abandonado en el pavimento y, de repente, se halló a sí misma liberada del hechizo de amor. Volvió a sentir que estaba sola sobre la tierra y regresó al bar.
Adentro percibió que nadie había notado su ausencia, empezó a sonreír, se acercó a un hombre negro, grande y fuerte que fumaba, y le acarició la cabeza redonda y bella, luego le cantó en el oído:
Dios es una mujer negra.
La casa de los naranjales
Freda Mosquera
A Nelson
La casa estaba oscura, pero Estefanía no encendió las luces, prefirió una vela. Buscó en el armario un traje rojo, de seda, y lo halló en el fondo, doblado sobre sí mismo, con otros que no usaba desde el principio de la guerra. Se desnudó frente al espejo y en la penumbra acarició su piel, pensando en Amanda, en su aroma a sándalo y a flores secas. Destapó un frasco de perfume, lo aspiró, derramó el líquido sobre su pelo espeso y frotó la cabeza contra el vestido rojo, que olía a adolescencia, a pueblo sin guerra, a compañía. Se vistió con lentitud y observó, desde la ventana, las fachadas de los caserones vacíos, sus techos agujereados por el viento y, detrás de ellos, la luz que cada noche aparecía en La Casa de los Naranjales.
Dejó la habitación, bajó la escalera de madera y atravesó el corredor hasta la salida. Avanzó por las calles cubiertas de polvo, se detuvo frente a la calle que conducía a La Casa de los Naranjales y recordó que en un tiempo, cuando aún quedaban mujeres en el pueblo, la llamaban la ruta sin retorno. Caminó despacio, divisó la casa y quiso devolverse, pero no lo hizo. Arrastró los pies, se dejó llevar. Reconoció las cercas de madera, los troncos en punta, las flores lilas y rosadas asomándose por las rendijas, los naranjos invadiendo la casa. Pasó al jardín y se acercó a los ventanales.
Al otro lado encontró a Amanda. Contempló, a través del vidrio, su cuerpo iluminado por las lámparas de aceite que colgaban del techo. Estaba desnuda y se balanceaba en una hamaca. Varias jóvenes entraron al salón y algunas se sentaron en las hamacas y hablaron en voz baja. Otras, en cambio, se mecieron despacio, se recorrieron con las manos, luego se atrajeron entre sí y se fueron desnudando mientras se besaban. Una de ellas, Carmen, se desprendió del grupo y se acercó a la ventana. Estefanía siguió sus ojos negrísimos y los vio perdidos en las estrellas, pero después sintió que se posaban en su rostro y la descubrían junto a las enredaderas del jardín.
Estefanía se alejó y vagó por los naranjales hasta el río, se tendió sobre la arena y descansó mientras soñaba que la corriente arrastraba su cuerpo hasta la orilla del otro pueblo, habitado por hombres que no conocían la guerra, ni hablaban de la muerte. Se despertó al amanecer y regresó a La Casa de los Naranjales.
Entró en la sala quieta, silenciosa, y fue hasta la cocina. La mesa, cuatro sillas, una estufa de carbón, le devolvieron las imágenes borrosas de una noche y la sensación confusa de unos labios húmedos que besaban su espalda. Le pareció, otra vez, que los perros ladraban afuera y que en la sala de la casa los habitantes del pueblo celebraban el comienzo de la guerra, mientras ahí, junto al fuego de la cocina, un joven de cabello negro y mirada solitaria la despojaba de su traje rojo y se abría paso entre la tibieza de sus muslos blancos. Estefanía acarició la superficie de la mesa y pensó que el perfume de sus cuerpos seguía allí, intacto, impregnado en la madera. Se incorporó, buscó el gabinete de los cubiertos y tomó un cuchillo. Salió de la cocina, cruzó los corredores olorosos a naranja madura y entró en la primera habitación.
Percibió en el ambiente esencia a sándalo, a flores secas, y se acercó a la cama. La deslumbró la proximidad del cuerpo dormido de Amanda, levantó ambas manos y oyó muy cerca su respiración apacible. Apretó el cuchillo y lo hundió en el corazón de Amanda. En su mente quedaron impresas la mueca rígida, los ojos abiertos de repente, el grito que se detuvo en la garganta de Amanda y el hilo de sangre que le borró la sonrisa de los labios. Estefanía la evocó a través de las lágrimas cuando las dos, de niñas, se bañaban en el río y escondían la cabeza en el agua, mientras se señalaban la punta de los senos y el vello púbico que apenas empezaba a crecer.
Después siguieron mil visiones de Amanda. La asaltó su alegría delirante y recordó cómo al principio de la guerra bajaba al pueblo y pasaban las noches en la discoteca improvisada, bebían y bailaban, y a veces en la madrugada corrían desnudas por las calles oscuras. Rememoró una noche mágica que vivieron en la iglesia, amándose en el altar, sollozando y riendo hasta el amanecer, y los días siguientes, poblados de silencios, de búsquedas inútiles y de las palabras esperanzadas de Amanda suplicando siempre que olvidara la guerra.
Estefanía abandonó la habitación, los objetos a su paso se desdibujaron y tropezó con ellos. Sintió el peso de sus movimientos y tuvo la sensación de que no saldría nunca de la casa. Extendió los brazos en busca de un apoyo para no caer, pero una melodía la sosegó. Escuchó una voz muy tenue, que muy cerca, en algún lugar de la casa cantaba: "sabor de mejorana tenían tus labios rojos...". Caminó por un corredor estrecho y en el fondo vio a Carmen, la de los orgasmos prolongados, indagando siempre por las ventanas. Estefanía supo que era ella quien cantaba y se asombró con su perfil dulce, con su cabello negro y con sus manos delgadas aferradas a la mecedora. Quiso tocarla porque le pareció bella en su actitud de interrogar al mundo, pero dio media vuelta y se apartó. Siguió, confundida, hasta un patio interior. Allí exploró las habitaciones de las otras muchachas. En una dormían abrazadas dos jóvenes de rostros delicados; en otra, una mujer con expresión de juego de azar, reposaba desnuda, sin sábanas, y sostenía una rosa roja sobre el pubis; en el cuarto de enfrente halló una cama vacía y en la pieza contigua los cuerpos sudorosos de dos muchachas amándose.
Retrocedió, brotó de nuevo la voz de Carmen y vislumbró su figura, en el rincón, ante la ventana. Retomó el corredor y se enfrentó con la habitación de Amanda, con su olor a sándalo y a flores secas, y con sus ojos castaños, despiertos como si miraran. Se aproximó, la tocó y la sintió fría, inerte entre las sábanas manchadas de sangre y con el cuchillo brillando en su pecho. Regresó a la puerta, pero creyó que si se marchaba así, Amanda la seguiría mirando siempre, entonces volvió junto a ella, hundió sus dedos en los párpados helados y le sacó los ojos.
Corrió por los pasillos inundados de luz, pasó frente a la cocina colmada de humo y de recuerdos, cruzó la sala donde estaban esparcidos por el piso los trajes de las muchachas, atravesó el jardín y se incrustó los ojos en el pelo como dos adornos sangrantes. Se detuvo cerca de las enredaderas, fijó las enormes ventanas que cubrían la casa y poco a poco entrevió, detrás de ellas, los rostros femeninos pegados al vidrio en un gesto de amargura y las palmas de sus manos, adheridas al cristal, arañándolo. Estefanía sintió que le rasgaban la piel y comprendió que la muerte de Amanda, tantas veces soñada, la oprimía más que su vitalidad.
Reinició la huida, se internó en el espeso naranjal y en su olor penetrante y llegó al pueblo. Las calles estaban llenas de Amanda y tropezó con ella, parada en las esquinas, con el rostro inmóvil y las cuencas de sus ojos vacías, preguntándose con desconsuelo: ¿Por qué?.
Estefanía entró en su casa, cerró todas las puertas y ventanas del primer piso y subió a la habitación. Se quitó el vestido rojo y se deshizo, con él, de todas las imágenes que como la guerra eran heridas que no sanaban nunca. Desenredó los ojos de Amanda de su pelo y los colocó en el borde de la ventana. Con la yema del dedo índice dibujó círculos sobre ellos y, en un instante los besó. Levantó el rostro y abarcó con la mirada el abandono del pueblo, las calles desérticas, las casas deshabitadas, las nubes de polvo y exclamó: "Quiero mirar el mundo con tus ojos, Amanda".
Dejó la ventana y entró al baño. Abrió la regadera y un chorro de agua cayó sobre su cuerpo. Movió la cabeza, alborotó el cabello y un aroma a sangre, a perfume y a naranja, se apoderó del baño, se filtró por el pasillo, impregnó la habitación. Se envolvió en una sábana blanca y salió de la casa. Caminó por la calle principal hasta la discoteca, penetró en el salón solitario y reconoció sus paredes pintadas de color naranja, con círculos verdes, amarillos y rojos. Posó los ojos por el bar empolvado, la pista de baile que ya nadie usaba, las sillas y, al fondo, la radiola. Buscó una copa en el bar, destapó una botella y se sirvió. Se sentó, apoyando los codos en la mesa, y dijo entre riendo y llorando: "Me vine a celebrar tu muerte, aquí, en el mismo sitio donde nos curábamos la tristeza". Quedó inmóvil, pensó en los ojos de Amanda, secándose junto al marco de la ventana y, mordiendo el borde de la copa, murmuró: "Con el rumor de las palmeras se siente el eco de la música lejana". Y ante ella apareció Amanda, vestida de amarillo, con flores en el pelo castaño, bailando en la pista, serena como al principio de la guerra. "Todo el mundo está bailando esta cumbia colombiana", entonó Estefanía mientras seguía con los ojos el pausado ascender y descender de las caderas de Amanda, el movimiento armonioso de sus brazos, el sosegado avance de sus pies rozando la tabla. Estefanía cantó y bebió sin descanso hasta que agotó todos los recuerdos de Amanda y su figura se diluyó en la pista, dejando sólo en el aire su olor a sándalo y a flores secas.
Salió de la discoteca con el cabello aún húmedo cayendo sobre su cintura y arrastrando la sábana blanca tras de sí. Caminó desnuda hasta la plaza, soltó una carcajada sonora, transparente, liberadora, y se tendió sobre la hierba. Sintió la tierra caliente bajo su espalda, el sudor de sus muslos y el viento filtrándose en medio de sus piernas, refrescándola por dentro. Escudriñó el cielo, los alrededores desamparados y vio a un hombre en el extremo de la calle, descalzo, sin camisa, con unos pantalones tan viejos como la guerra. Pensó que alucinaba y cerró los ojos, pero sintió pasos que venían hacia ella y luego una mirada apremiante que se deslizaba por sus piernas, ascendía por su vientre hasta sus senos y se detenía en su rostro. Abrió los ojos y la trastornó la cercanía del hombre, inclinado sobre ella, respirando casi sobre su piel. Extendió los brazos, lo tocó para comprobar que no soñaba y disfrutó porque el hombre hizo lo mismo y pasó sus manos sobre ella. Estefanía lo contempló mientras se desnudaba y lo recibió en su cuerpo cuando él la tomó por la cintura y la penetró como si por primera vez un hombre poseyera a una mujer sobre la tierra. Estefanía lo abrazó gritando y su alarido se escuchó hasta en La Casa de los Naranjales, todos los pájaros del pueblo se alborotaron y el hombre se incrustó más en ella, en busca del alivio para los mutuos dolores de la guerra. Estefanía siguió gimiendo hasta que lloró de placer y quedó quieta, aniquilada, acariciando al hombre con los ojos. Después abandonó junto a él la plaza, lo condujo hasta su casa y se refugiaron en la habitación. Se amaron sin prisas y sus orgasmos invadieron la casa, huyeron por las rendijas, se perdieron en la callada soledad del pueblo.
A medianoche, Estefanía se durmió, entrelazada al cuerpo del hombre, aprendiendo el latido de su corazón. Despertó en la madrugada y encontró vacía la otra orilla de la cama. Sumergió la cabeza entre las sábanas y no palpó en ellas el olor fatigado del hombre marcado por la guerra que llegó al pueblo el día anterior, sino el aroma fresco del joven de cabello negro y mirada solitaria que la sedujo una noche, antes de partir para la guerra, en La Casa de los Naranjales.
Se levantó aturdida y escuchó en la calle pasos y voces, acompañados de una música sobrenatural que se esparcía por todos los espacios y rincones. Se asomó a la ventana y volvió a ver, escapadas de su memoria, las figuras de los hombres del pueblo despidiéndose de sus mujeres y, en medio de la muchedumbre, la sombra del joven de cabello negro y mirada solitaria que no llevaba equipaje como los demás, sino que marchaba solo con un disco bajo el brazo: la Tercera Sinfonía de Mahler.
Cerró la ventana para conjurar el recuerdo, pero la música persistió. Le llegó con nitidez y sintió que sus acordes la sustraían de la realidad y, al mismo tiempo, la rescataban de sus sueños. Bajó de prisa en busca del hombre de la plaza. Erró por las calles vacías y no descubrió ningún rastro de él. Se detuvo frente a la discoteca y la arrastró la música que de allí partía. Entró y respiró el olor a sándalo y a flores secas de Amanda. Caminó entre las sillas y las mesas desocupadas, y halló en la radiola un disco que giraba, colocado para repetirse una y otra vez. Recogió del piso una carátula gastada por el tiempo, la acarició y la estrechó contra su pecho desnudo. "Era él --se dijo Estefanía--, regresó de la guerra y no lo reconocí".
Sintió que vacilaba, que caía y no podía levantarse, pero logró llegar hasta la salida y se derrumbó en el quicio de la puerta. Observó la neblina que avanzaba hacia los campos y dejaba al descubierto los pequeños caminos amarillos, y la sacudió la imagen de Carmen, interrumpiendo el horizonte, seguida por las otras muchachas que habitaban La Casa de los Naranjales. Las distinguió vestidas de seda, con los cabellos sueltos alborotados por la brisa, arrastrando sus baúles, cada vez más lejanas, hasta que desaparecieron.
Estefanía apoyó la cabeza sobre sus rodillas, metió los dedos en su cabello oscuro y lo lanzó hacia adelante hasta rozar la tierra. Se quedó quieta, escondida bajo su propio pelo, enajenada con la música de Mahler, perseguida por el olor a sándalo y a flores secas de Amanda, y se preguntó cómo era todo antes de que los hombre se marcharan a la guerra. Con la mano se acarició los senos, despacio, después descendió aprisionando su propia piel, hiriéndose. Cuando la mano se detuvo escondida en medio de los muslos, acarició su pubis, levantó la cabeza y dijo: "Qué solo está el pueblo, qué solos nos hemos quedado". _________________________________________
© Freda Mosquera
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen III - Número 10 Julio-Agosto-Septiembre de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO Barranquilla - Colombia
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