El ambiente cultural de la Barranquilla en que vivió García Márquez:

Una visita a La Cueva de Fiorillo

Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico


Este trabajo hace parte de la Investigación "El cuento Caribe Colombiano: Historia, Poéticas e Identidad",
que el investigador Ariel Castillo adelanta con los profesores Manuel Guillermo Ortega y Alfonso Rodríguez Manzano (Grupo GILKARÍ), en convenio suscrito entre la Universidad del Atlántico y COLCIENCIAS.


         En una conversación de paradójica permanencia con el último miembro extranjero del grupo de Barranquilla, Jacques Gilard, la narradora Marvel Moreno afirmaba: En Barranquilla todo desaparece: la humedad y el comején corroen libros, objetos, muebles: las casas se abandonan o se derrumban solas. No existe la sensación de perennidad que emana de las ciudades europeas; ningún rastro de los hombres que trabajaron para crear el mundo en el cual nacimos.

         A ese acertado diagnóstico sobre la tendencia antihistórica de la naturaleza barranquillera, habría que agregar una inclinación, en la misma vía, de sus hombres de letras. Al parecer, alérgicos al prestigio ajeno o desdeñosos de una historia sin pergaminos ni sangre azul ni héroes arquetípicos ni lugares sagrados, los intelectuales barranquilleros se han  mantenido de espaldas a la indagación acuciosa del pasado propio. Esta tradición se extiende, si no estoy mal, hasta la última década del siglo anterior, cuando surgió una inteligente generación de historiadores rigurosos (Eduardo Posada, Gustavo Bell, Adelaida Sourdís, Jorge Conde, Luis Alarcón, Antonio del Valle, Sergio Solano, Rafaela Vos y Jorge Villalón, entre otros) e investigadores literarios como el narrador Ramón Illán Bacca (Escribir en Barranquilla (ensayos) y Veinticinco cuentos barranquilleros (antología), que poco a poco han empezado a despojar de sus voluminosos velos el devenir de la ciudad. Trabajo difícil, sin duda, porque los actores de la historia, a lo mejor preocupados por una gesta que se aleja de los cánones prestigiosos, han tendido también a borrar, como los animales salvajes, toda huella delatora de su tránsito. La ciudad en su paulatino desplazamiento desde las Barrancas de San Nicolás hacia los dominios muy cerca del mar ha ido borrando lugares y edificaciones, desapareciendo incluso los testimonios de la letra dura, hasta dejar casi sin asideros que la defiendan a la fragilidad de la memoria.

         En ese nuevo marco de una conciencia alerta de la necesidad de conocer el pasado con miras a iluminar y transformar el presente, surge la obra de Heriberto Fiorillo, La Cueva. Crónica del Grupo de Barranquilla, profusamente ilustrada con las reveladoras fotografías de Nereo López, junto a otras extraídas de archivos particulares de Tita de Cepeda, Quique Scopell y otros.

         El título, en su aparente ambigüedad, revela, de entrada, las reglas del juego: aunque se privilegia un espacio legendario, de gran incidencia en la etapa final del grupo, el libro no se detiene allí, sino que abarca la historia desde sus prolegómenos hasta los momentos finales: "Desde hace varios años deseaba reunir en un solo volumen las aventuras y desventuras que un grupo excepcional de creadores únicos y amigos entrañables entre sí vivió en las calles, las librerías, los cafés, los bares y los burdeles de nuestra ciudad".

         La Cueva, espacio heterogéneo (con abanicos de notaría, mostrador de tienda, pinzas ornamentales de gabinete odontológico, sillas de bar, refrigeradores de refresquería, equipo estéreo de salón de baile y paredes de galería de arte moderno); tienda transformada en licorería que se ha convertido en emblema de Barranquilla (aunque le falta el ave heráldica de la ciudad, el gótico golero); posada de notarios versificadores y políticos en receso, asilo de orates estridentes que rompen las barreras de la inhibición, según las palabras del psiquiatra vallenato José Francisco Socarrás; plaza de carnaval donde se concentraba lo imprevisto (recitales de poesía con sonetos de cuarenta versos, asesinatos de murales, banquetes inverosímiles, borracheras interminables, celebración de natalicios, pruebas suicidas de machismo); ámbito de mezclas y confusiones: refugio de cazadores cansados, asiento de intelectuales solitarios que persiguen con desenfreno la vida y no hablan de arte ni pontifican sobre la literatura, pues detestan y evitan merecer ese apelativo, fieles a una idea de la vida en la que no caben conferencias ni simposios; la legendaria Cueva del barrio Boston, no es más que el pretexto empleado por Heriberto Fiorillo, para escribir el libro que quería tener en su biblioteca: uno que reuniera las andanzas y desventuras de un grupo de unos trece o catorce tristes tigres creadores por los diversos recovecos, diurnos y nocturnos de la ciudad, en quienes se destaca un modo de ser, al parecer en vías de extinción, regido por principios de libertad, desorden y justicia para todos, que podríamos denominar barranquillero o caribeño. Que el libro no sólo era una necesidad para Fiorillo, lo prueba la rápida salida de una segunda edición, pese a su elevado precio inicial.

         No se trata, pues, de una historia literaria del grupo de Barranquilla,  sino de una crónica de la vida literaria y artística de la ciudad de comienzos de los cuarenta a finales de los sesenta. Los nombres más frecuentes en esa imprecisa nómina son Ramón Vinyes, José Félix Fuenmayor, Bernardo Restrepo Maya, Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas Cantillo, Alfredo Delgado, Roberto Prieto Sánchez, Orlando Figurita Rivera, Jorge Rondón, Rafael Marriaga, Enrique Scopell, Alvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Alejandro Obregón, Juan B. Fernández R...

         El punto de partida de este trabajo, no lo oculta Fiorillo: son las trece crónicas magistrales con las cuales Alfonso Fuenmayor se ganó un premio nacional de periodismo a fines de los 70, reunidas posteriormente con el título de Crónicas sobre el Grupo de Barranquilla. Pero a esta base inicial se añaden más de mil fuentes integradas por los libros acerca de la vida y la producción de los principales integrantes del grupo, los cuales abarcan diarios, memorias, cartas (inéditas de Vinyes y García Márquez), recopilaciones de textos periodísticos, y una selección, tras minuciosa consulta, de artículos de prensa, crónicas, entrevistas, reportajes, noticias y conversaciones del autor con actores y testigos. 

         El resultado son los 17 capítulos de este libro, caracterizados por la proliferación anecdótica y el intenso ritmo narrativo de una novela de aventuras que ha contado con una fervorosa recepción crítica que abarca unas treinta textos entre reseñas editoriales, columnas en periódicos, revistas y páginas de internet, sin incluir los comentarios en la televisión y las entrevistas televisadas o radiales.

         Los capítulos se centran en los principales protagonistas, a algunos de los cuales --Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez-- se les dedica más de un capítulo, y cuentan la historia del grupo desde sus antecedentes más remotos --la llegada de Ramón Vinyes y la publicación de la revista Voces-- hasta la muerte trágica e incluso prematura de varios de sus miembros. De cada personaje se nos presenta una completa semblanza que es a su vez una biografía sintética que incluye la vida familiar y la producción intelectual.

         Pintorescas anécdotas significativas (y una que otra infidencia de la vida privada o íntima, reveladora de facetas desconocidas de los personajes), muchas de las cuales eran inéditas, pueblan el libro: la trampa tendida a Vinyes para expulsarlo del país como "extranjero indeseable"; la silla que, se dice, Néstor Madrid Malo le haló a Ramón Vinyes el día de su despedida, hecho que generó la animadversión de los otros miembros del grupo; la partida de nacimiento de García Márquez en Aracataca, cuyo sello era una mancha de plátano; el valeroso gesto de Germán Vargas y Alfonso Funemayor cuando llegó a Barranquilla, enviado por Laureano Gómez, un ultraconservador jefe de Policía, hijo de un señor que había herido a un liberal, al que los barranquilleros no quisieron darle la mano porque "nosotros no vamos a saludar al hijo de un asesino"; el intento de toma, por los miembros del grupo, de la dirección del Centro Artístico; las neveras llenas de libros de Alfonso Fuenmayor; la celebración del premio a La mala hora colgando el diploma en la pared de La Cueva y dejando simbólicamente vacía la silla de García Márquez; la puja ficticia por un cuadro en una subasta en beneficio de la familia de Figurita; las escaramuzas de Álvaro Cepeda Samudio y Alejandro Obregón con la policía; las duras noches de insomnio de García Márquez tratando de traducir con un diccionario Orlando de Virginia Wolf, porque el libro traducido por Borges, que le había regalado Cepeda Samudio, Oscar de la Espriella no se lo devolvió; la noche en que metieron a Grau, Cepeda y Cecilia Porras en la cárcel, en Soledad, y la forma feliz como finalizó el apresamiento, con una fiesta de desagravio en La Cueva, ordenada por sus miembros, entre los cuales figuraba el alcalde de la época, Ricardo González Ripol; la grabación como solista que hizo Cecilia Porras con el nombre de Sombra Rey; el elefante de circo que utilizó Obregón para que Vilá le abriera las puertas de La Cueva.

         Pero tales anécdotas no constituyen un fin en sí mismas: están orientadas hacia la recreación de un episodio singular en la vida literaria y cultural barranquillera, marcado por las reuniones de un grupo de amigos vinculados por el periodismo, la cerveza helada, el humor (la mamadera de gallo), la rebeldía ante la discriminación cultural centralista, los libros, el arte, la rebeldía, la solidaridad y la amistad como el más alto valor humano, quienes gestaron una profunda transformación en la cultura no sólo regional. Lo dominante es el intento logrado de reproducción de una atmósfera, la de los años dorados de Barranquilla, de los 40 a los 60, cuando la ciudad era otro país con cierta prosperidad económica puesta de manifiesto en la introducción de los elementos de la vida moderna y los medios masivos de comunicación, en la que los cafés permanecían abiertos 24 horas porque ni siquiera tenían puertas y en la que se vivía un ambiente de fervorosa creatividad que contrastaba con los tentáculos de la violencia que iban extendiéndose y asolando los pueblos y ciudades del interior, ambiente que traería consigo la modernización de la narrativa, el periodismo, las artes plásticas del país. Por esa época la Barranquilla real había dejado de ser un "corral de gallinas" para convertirse en el eufórico y feliz Macondo de las páginas finales de Cien años de soledad, previas al Apocalipsis aéreo que arrasa a la ciudad de los espejos y los espejismos con su librería sin discutidores, su abandonado burdel zoológico y sus amantes solitarios, y lo borra de la faz de la tierra. Se trata de una época trascendental de la cual como es natural los integrantes del grupo no tuvieron conciencia en un principio, sino hasta el instante en que la mirada del otro, en este caso Próspero Morales Pradilla y sus amigos de Cartagena (Zabala y Rojas Herazo), los hicieron caer en la cuenta de la importancia de lo que estaban haciendo.

         A diferencia del libro de Alfonso Fuenmayor, el de Fiorillo marca muy bien las dos épocas del grupo: la del Café Colombia y la librería Rendón, con Ramón Vinyes como líder, época de próspera producción literaria en la que se produjo la publicación de la revista Crónica, un hito en la historia de la narrativa nacional; y la época de La Cueva, en la que Alfonso, tan informado como Vinyes, pero sin su ambición creadora, había relevado al maestro catalán, época mucho más festiva y pintoresca que marca, a su vez, la entrega al establecimiento de algunos de sus miembros. Como lo señala Ramiro de la Espriella, "la dinámica era muy diferente en la ausencia de Ramón Vinyes".

         De igual manera, en relación con Crónicas, este libro multiplica el número de voces al integrar no sólo nuevos textos de Fuenmayor, Germán Vargas y García Márquez sobre el tema, sino las de los actores de reparto y las de escritores y testigos posteriores, lo que convierte a La Cueva en una galería de espejos enfrentados: Enrique Scopell, Meira Delmar, Juancho Jinete, J.M. Racedo; Ramón Illán Bacca, José A. Roda, Ramiro de la Espriella, Julio Mario Santo Domingo, Jacinto Sarasúa, Jorge Child, Enrique Grau, Julio Roca, Alberto Duque López, Álvaro Medina, Plinio Apuleyo, Gunter Lachman, entre otros, incorporan aquí sus testimonios contribuyendo a proyectar una mirada totalizadora del ambiente cultural barranquillero de mediados del siglo pasado.

         Este libro de Fiorillo es, por otra parte, una suerte de viaje a la semilla de la vida cultural barranquillera, un acercamiento a las raíces, un esfuerzo de recuperación, a la luz de una vela apagada, del paraíso o la memoria perdida de la ciudad. Sólo que el período en el que se concentra Fiorillo, corresponde al interesante momento formativo de Gabriel García Márquez que habría de culminar en el Premio Nobel. El libro es asimismo un compendio de las relaciones esporádicas, pero firmes, de García Márquez con Barranquilla, caracterizadas por su anteica y eterna (o cíclica) necesidad de regreso a este sitio de libres, centro de la irreverencia, con la luz de vidrio de sus diciembres y la bonchada de camajanes y el olor inmarcesible de las guayabas maduras, donde el cliente nunca tiene la razón (sino la "checa volada") y los extranjeros llegan para quedarse.

         No obstante, Fiorillo, como bien lo ha apuntado Roberto Burgos, no incurre  nunca en "el fetichismo del culto regionalista": se ha limitado a presentar un panorama "de intensidad conmovedora" en el que con frecuencia se produce el encuentro o la identidad entre la vida cotidiana y la literatura. Aquí el cronista se sustrae elegantemente de los sucesos y deja que su admiración fluya de los hechos mismos narrados con el cálculo y la sabiduría de un conocedor del oficio periodístico y del arte de la ficción que cede la palabra a los numerosos protagonistas y testigos con sus puntos de vista encontrados y hasta contrarios. Cada capítulo del libro es una mesa servida con su whisky y su hielito y sus picadas de tamales de pescado, ceviche de babilla o sopas de ojos de tiburón, y con la compañía de los conversadores que van reconstruyendo un modo de vida vehemente y libre que recuerda algunos episodios de las novelas de José Félix Fuenmayor,
Cosme
(los del novelista varillero Remo Lungo) o de García Márquez (las últimas páginas y los últimos días de Cien años de soledad) o cuentos de Vinyes ("La mulata Penélope"), Cepeda ("Tap Room", "Jumper Jigger") o García Márquez ("La noche de los alcaravanes", "La mujer que llegaba a las seis") muy difícilmente volverá a repetirse.

         El libro y su recepción piden la aguda mirada analítica de un sociólogo de la literatura, porque, al parecer (las dos ediciones consumidas son un testimonio), satisface una inmensa necesidad política y hasta ecológica: la búsqueda de un punto de convergencia o la construcción de un elemento que contribuya a fortalecer la identidad de la comunidad en estos terribles tiempos de la globalización y de los desplazamientos que comienzan por borrar como una peste de olvido la memoria ancestral de los territorios. En el cuento de Juan Rulfo, "Díles que no me maten", un militar huérfano comenta lo difícil que es crecer cuando las cosas de las cuales uno puede agarrase para vivir están muertas. Esta historia del vitalismo de La Cueva, nueva y moderna fundación mitológica de Barranquilla ("en la calle de San Blas comienza el mundo") que reemplaza la sedienta y vacuna inicial, intenta impedir este vacío paralizante o desintegrador que recorre las venas de los habitantes de la ciudad.
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©   Ariel Castillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen III - Número 10
Julio-Agosto-Septiembre de 2002

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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