Crónica sobre y con el Nobel antillano
El vía crucis feliz de Derek Walcott en el Caribe colombiano
Ariel Castillo Mier Universidad del Atlántico
I. UN SUCESO HISTORICO CASI IGNORADO
Dentro de unos años, cuando los historiadores acudan a las hemerotecas o naveguen por las redes cibernéticas en busca de los datos sobre lo ocurrido en Barranquilla en el primer mayo del milenio tercero se encontrarán con que la ciudad y la nación, en medio de la guerra cotidiana, se emocionaban al unísono con las cintas fucsia de la frivolidad: la previsible derrota del Junior como local ante el Boca Juniors de Argentina; la indignación del cuerpo diplomático nacional ante la broma gringa y agresiva de un tonto animador de televisión norteamericano a la reina de la belleza de Colombia; el cachazo en la nariz y el balazo en la ingle al "Bolillo", un paisa técnico de fútbol que dirigía la selección de Ecuador; y la polémica en torno a los méritos del presidente del país para recibir el noruego Nobel de la Paz.
No obstante, al observar con minuciosa atención, los estudiosos podrán darse cuenta de que para el país no todo fue farándula y farolería: refundido en el rincón de una página cualquiera, encontrarán que, por esos mismos días, en medio de la maratón de malas noticias el inventario infinito de muertes violentas- se dio un suceso significativo y esperanzador: organizada por el Vicepresidente de la República, Gustavo Bell, y el Plan Caribe DNP, se llevó a cabo, en la sede de la Caja de Compensación Familiar COMBARRANQUILLA, la Primera Feria del Libro de la Gran Cuenca del Caribe, a cuya instalación asistió, como invitado especial, el tercer Premio Nobel de Literatura del Caribe: Derek Walcott.
Pero no serán muchos los datos que obtendrán los curiosos de la historia acerca de la estada de Walcott en Barranquilla y en Cartagena. ¿Cómo llegó? ¿Qué hizo allí? Para responder a tales interrogantes será preciso apelar al método de la ficción. A menos que se topen con la revista AGUAITA CINCO.
II. JUEVES: COMO REGRESAR A CASA
Derek Walcott llegó a Barranquilla en la hora en que se escucha la voz del crepúsculo. La ciudad estaba tranquila, casi paralizada frente a los televisores por el partido de fútbol internacional que había provocado, para facilitar la afluencia de automóviles al estadio, el cierre, en una de sus direcciones, de la principal vía de acceso a la ciudad.
El avión aterrizó en el aeropuerto Ernesto Cortissoz de Soledad a las cuatro y cuarto de la tarde. Minutos después, acompañado de su tercera esposa, su exalumna Sigrid Nama (galerista de arte en Nueva York, una holandesa de origen alemán que habla cuatro idiomas y quien hubiera vivido en Bogotá de no interponerse problemas de inmigración cuando sus padres, huyendo de la guerra, quisieron residenciarse en la capital de este país), Walcott salió por la puerta lateral de los pasajeros preferenciales. Allí los esperaba la comitiva de recepción con las escarapelas para evitar las colas y agilizar los trámites del ingreso a Colombia.
Vestida de blusa negra con florecitas y pantalón color curuba, magister en Ciencia Política y admitida para el doctorado en Relaciones Internacionales en Cambridge, responsable de las Relaciones Internacionales del Plan Caribe de la Vicepresidencia de la República, Marcela Londoño, caribeña nacida en Bogotá, fue la encargada de recibirlo junto con Ana María Aponte, de la Vicepresidencia, Camilo, guardaespaldas, y Shirley, la motociclista con la misión de seguirlo y de cuidarlo, a sol y a sombra, en cada desplazamiento por las recalentadas calles curramberas.
Tras la presentación de rigor, con besos incluidos y los cumplidos de siempre, el honor de tenerlo, etc., mientras Camilo y Ana María se fueron a buscar las maletas, Sigrid comunicó su presentimiento: "Estamos casi seguros de que el equipaje no está aquí". Si habían llegado a Barranquilla era por puro milagro y gracias a la obstinación de Sigrid ya que el avión americano que los traía de Nueva York llegó retrasado a Miami, cuando se vencía el tiempo de la conexión, pero Sigrid, con todos los papeles oficiales cartas de invitación, agenda de actividades- en la mano, se acercó a las autoridades aeroportuarias y les explicó que tenían un compromiso con la Vicepresidencia de Colombia, y que la culpa sería de ellas si no paraban la salida del vuelo a Barranquilla. Aunque detuvieron el despegue del avión, no hubo tiempo para el transbordo de los equipajes.
Al rato regresaron Camilo y Ana María con la previsible mala noticia: las maletas llegarían el viernes a las 10 de la mañana. Por fortuna, Sigrid, precavida, traía un equipaje de mano con elementos de urgencia interiores, cosméticos-, pero deberían salir volando hacia un almacén para conseguir al menos una corbata marrón que le combinara a Derek con la chompa y la camisa color carmelita. Fue entonces cuando llegó la avalancha de los reporteros gráficos con sus flashes cargados y Walcott, con su voz de setenta y un años y el cansancio acumulado de los tormentosos cambios de avión y la terrible tensión ante el inminente incumplimiento con un compromiso trascendental, les dijo: "Yo no puedo permanecer aquí si antes no voy al baño". Shirley lo acompañó.
Cuando Walcott regresó, ya con el rostro del alivio, Marcela, un tanto temerosa y tensa por las advertencias recibidas sobre el Nobel como persona quisquillosa y cascarrabias, le comentó la intención de los periodistas de formularle unas preguntas. Walcott la interrumpió:
--¿Y tú, cómo te llamas?
Marcela (desconcertada porque se había comunicado con Walcott desde los primeros contactos telefónicos con frecuencia monosilábicos-, cuando el viaje del autor de El viajero afortunado a Barranquilla era sólo una ilusión vicepresidencial, y le había escrito numerosas cartas y le había dado todas las indicaciones del viaje, cómo así que ahora ni del nombre se acordaba), le respondió con toda la diplomacia del caso:
--Marcela Londoño. --El mío es Derek. --¿Quiere decir que puedo llamarlo Derek? --Claro. Yo no te voy a decir Miss Londoño.
Fue como si alguien hubiera sacado un punzón potente para partir en pedacitos un intruso hielo que impedía el fluir de la comunicación. Los corazones antes intranquilos regresaron al sosiego de las palpitaciones cordiales.
Eternizados todos en las primeras fotografías (mientras una bocanada juguetona de viento caliente como un vaho animal le anunciaba a los árboles y a los pitirris y a los goleros del aeropuerto la llegada del bardo de las islas de los huracanes), se dirigieron hacia "La Cariñosa", la burbujita van del diario barranquillero El Heraldo, la única blindada y con vidrios polarizados en la ciudad, por lo que el periódico se ha acostumbrado a prestarla cuando vienen visitantes ilustres. Nada formal ni solemne, más bien introvertido, de pocas palabras o de muchos silencios, Walcott se sentó en la silla delantera, al lado de Jose, el conductor, y tras sacarlas de un carcaj invisible, disparó las primeras flechas caribes de su ironía contundente: -Váyanse ustedes atrás con Sigrid, yo me quedo adelante. Creo que voy a aburrirme muchísimo en Barranquilla con estas mujeres tan feas de funcionarias.
Apenas arrancó el carro, Marcela le entregó las dos carpetas preparadas en la alta noche anterior con toda la información del evento, los horarios, el programa, la guía para orientarse en la sede de la Feria, la agenda personal del Nobel y una edición de lujo con portada de múltiples azules ("Aquí, la única guerra es una guerra/ de silencio entre el cielo azul y el mar" ) de Biografía del Caribe de Germán Arciniegas, hecha por la Presidencia de la República con prólogo de Gustavo Bell. A partir de ese instante como un dolor de cabeza sutil pero incisivo, la gran preocupación de Walcott sería el protocolo. Marcela le informó asimismo que el Vicepresidente había invitado al embajador de Colombia en Jamaica, el doctor en Historia Alfonso Múnera, gran conocedor del Caribe, para que lo acompañara durante su estada en la ciudad y que, si Walcott lo deseaba, podría viajar con él a Cartagena el sábado. Al escuchar el nombre de la ciudad amurallada y colonial, el poeta debió recordar por un brevísimo momento el pasaje de Omeros en el que se menciona una retortijada botella de vino, con costras de oro falso, perteneciente al museo de la isleta, posiblemente proveniente de un galeón al que un huracán arrastró desde el puerto de Cartagena. Pero en seguida regresó, como en una pesadilla, a la conduerma del protocolo.
Cerrada por el partido la vía Circunvalar -tugurios tristes, moteles de amor furtivo, desfile de carros de mula y de llanterías tétricas-, el auto se internó en Barranquilla por el portillo semindustrial de la Calle de las Vacas -avenida central de robles rosados y almendros garciamarquianos, madererías, fábricas de refrescos y de hielo, a lado y lado-. Desviando la mirada del entorno, Walcott se volvió hacia Marcela: -Supongo que habrá un protocolo. ¿Cómo le tengo que decir al Vicepresidente? ¿Señor Vicepresidente de la República de Colombia? ¿Su eminencia? ¿Y a los demás? Anótamelos en una lista, porque no me voy a acordar.
Antes de llegar al hotel, el auto se detuvo en el centro comercial Villa Country para que Sigrid y Ana María se bajaran a buscar la corbata para la ceremonia. Derek permaneció en el carro: "¿Y la Ministra de Cultura es una mujer? ¡Qué maravilla! ¿Y después habrá coctel o cena? Me imagino una larga mesa con viejitos gordos con bigotes y vestidos de paño hablando a gritos". Y, envuelta en una carcajada franca y sonora, de oreja a oreja, la frase: "No me digas que a eso me trajiste a Colombia".
Cuando le trajeron la corbata, la tomó en sus manos, "qué bonita", y se la tiró a Sigrid. Mientras el minibús atravesaba las calles solitarias y silenciosas de una ciudad sumida en el suspenso futbolero, Walcott volvió sobre el tema: "Pero, cómo es que le tengo que decir al Vicepresidente? ¿Su Excelencia? ¿Por qué no Gus?"
A los Walcott les gustó la habitación pequeña, acogedora y cómoda con dos baños en la suite presidencial: así podrían estar listos mucho más rápido. Al bajar a la recepción, los esperaba Alfonso Múnera, lector leal de la difícil poesía del Nobel en inglés desde cuando Gustavo Bell se la regaló completa, para cuya comprensión ha ido acumulando una colección de diccionarios de todo tipo, pero en especial de modismos caribeños. Marcela los presentó y de inmediato surgió una corriente cálida entre los dos caribeños que incluso se parecen físicamente y habrían de ser confundidos en no pocas ocasiones tanto en Barranquilla, la Bella, como en Cartagena de Indias y Mulatas. En ese momento llamó el Vicepresidente y la comitiva, eufórica, todo perfecto, excelente, están felices. "No nos vamos de una vez. Tomemos un refresco en la piscina" propuso Walcott. Pidieron una limonada y no se la habían bebido cuando el Vicepresidente volvió a llamar para avisarles que no había afán y que podían llegar cinco minutos antes de la iniciación del evento.
En el camino hacia la Feria algo que le llamó la atención a Walcott y le produjo nuevas carcajadas fueron los edificios cuyos nombres estaban precedidos por la palabra 'edificio' Edificio Josefa, Edificio Miss Universo-: "Esto es realismo mágico. A los edificios y las casas los marcan como en Cien años de soledad. ¿Así es con todos los objetos?"
El ingreso a la sede de la Feria, no fue fácil. Tuvieron que abrirse paso entre una multitud abigarrada -bajo los altos cocoteros de sombra inútil del frente y al lado de los laureles recién podados en medio de la ardorosa algarabía nocturna de los grillos indiscretos- que bregaba por entrar al recinto. Adentro no cabía ni un alfiler flaco. Allí estaba el gremio de los libreros y editores y las autoridades académicas y toda la burocracia cultural y la intelectualidad barranquillera: mucha gente encorbatada, empolvada y con mancornas y leontina y camisas acartonadas con anacrónico almidón, pero la mayoría informal, mucha guayabera amarilla, mucha franela fresca de playa, mucho amansaloco, mucho zapato blanco, mucha mochila chimila y escotes esculturales y modas de muerte lenta.
Al entrar Walcott se topó de frente con una pared en la que resaltaba la imagen de dos libros gigantescos, cada uno con un círculo en la portada, en los que se destacaban respectivamente los rostros nada noveles de García Márquez y Derek Walcott. En el segundo piso los esperaba el Vicepresidente en una salita en la que permanecieron unos minutos, hasta la hora acordada para empezar. Al ver a Ana María, le preguntó entre risas: "¿Si ves cómo soy de generoso que mando a dos cachacas a recibir al Nobel?". Y Walcott: "Esto es Caribe como Santa Lucía: como regresar a casa, para nosotros que venimos de New York". Y bajaron.
En la instalación no pudo dejar de aludirse al partido de fútbol y sus posibles consecuencias pedestres: de ganar el Junior habría que olvidarse al día siguiente del titular de primera página para la Feria. Tras varios discursos, en verdad breves, le entregaron a Walcott las llaves de la ciudad y una medalla con la cinta de la bandera de Colombia en la que aparecía su apellido Walcot (sic). Al dirigirse al público, el poeta de Santa Lucía confesó su perplejidad: "¿Qué hago yo aquí entre tanta gente importante?". Asimismo olvidó todas las recomendaciones preliminares: "De lo primero que me hablaron cuando me bajé del avión fue del protocolo, una retahíla de nombres que me hizo entrar en pánico y solo me acuerdo de Mr. Vicepresident y de Mme. Ministro de Cultura y no más. Ustedes saben lo que les quiero decir".
No se había previsto la traducción simultánea y mucha gente del público se quedó sin entender lo que Walcott había dicho en su inglés clásico, caribeñizado a punta de mar y humor y conciencia de lo propio, pero sin ostentaciones ni resentimientos atávicos ni odios arcaicos. Por fortuna, para la prensa barranquillera, el periodista, escritor y cineasta Heriberto Fiorillo estaba detrás del parlante donde los reporteros de El Heraldo tenían sus diminutas grabadoras y les tradujo las palabras del Nobel. Así pudo salir la reseña del día siguiente. La ceremonia inaugural se cerró al ritmo del Caribe con la presentación de un grupo cubano de danzas -vistosos vestidos de colores alegres, eléctricos y movimientos llenos de gracia y erotismo, que Sigrid disfrutó bastante -pese al cansancio del largo y accidentado viaje-, y que el alcalde de la ciudad aprovechó para escabullirse y ver, en vivo y en directo, el partido del Junior.
Esa primera noche, la comida fue en el hotel, bajo un techo que termina en un palo de mango: sopa de pescado con pan caliente. Y Walcott: "Esto es perfecto, lo que yo quería". De vez en cuando caían al piso los mangos de manzanita maduros tumbados por la brisa abrasadora de la noche y al reventarse inventaban islas volcánicas y dulces rodeadas por un mar mínimo y amarillo. Al llegar el Vice y el embajador, Walcott les comentó que con las de ese día eran cuatro las llaves que atesoraba: Texas, Barranquilla y dos más, y que estaba muy contento porque ya podía entrar a Barranquilla. Durante la cena, los temas de conversación recurrentes fueron la historia de Cartagena y la obra de García Márquez.
III. VIERNES EN LA MAÑANA CON STREAP-TEASE VERBAL
Cuando el poeta y novelista Alvaro Miranda bajó al restaurante, se encontró en el ascensor lleno de espejos con el cuentista y novelista Roberto Burgos Cantor y con Alvaro Rodríguez, el poeta que tradujo de manera admirable (elogiada entre otros por Luis Rafael Sánchez) El reino del caimito, sin conocer el mar y sin hablar inglés. Los tres se sentaron a desayunar frente a la piscina. Roberto vio entonces como una aparición fugaz la estampa o la pinta y el aguaje de un peleador de peso pesado, bigotudo y en uso de buen retiro, caminando en silenciosos tenis de color rapé, muy parecido al de las fotos del Nobel de literatura de 1992. Cuando quiso decirle a sus compañeros "Miren, ése es Walcott", la imagen había desaparecido. "¿Será la misma fantasía de querer verlo cerca?" se preguntó, no sin preocupación, el autor de El patio de los vientos perdidos. Y en ese instante la visión volvió. Sí, era el poeta Derek Walcott quien, como un parroquiano más, había ido a servirse su desayuno de cereales y regresaba con el plato en la mano a sentarse en la mesa que daba contra la puerta grande de entrada al comedor.
"Allá está y está solo, ¿Qué hacemos? Quedémonos acá y después nos acercamos", propuso Alvaro Miranda. El escritor Oscar Collazos y el narrador e historiador venezolano Luis Britto García, que habían terminado de desayunar en una mesa contigua, se pasaron a la de los Alvaro. Tras un rato de cháchara, Oscar Collazos se preguntó si el Premio Nobel no querría más bien permanecer solitario, y con Britto se levantó y se fueron al interior del hotel, mientras Alvaro Miranda, tras rendirle homenaje a la mujer afrocolombiana que los había atendido de maravilla, decidía: "Carajo, no dejemos al viejo solo". Los tres se acercaron a la mesa y Walcott les hizo señas de que se sentaran. Allí estuvieron como media hora.
Al principio trataron de ayudar a solucionar un problema con el mesero quien le echaba muy poca leche al café que a Walcott le gusta más bien blanco. El poeta trataba de orientar al hombre del hotel mediante movimientos de los brazos y las manos que recordaban a un director de orquesta. Cuando el café encontró su color exacto, una leve manchita sobre el fondo níveo, Walcott empuñó las manos a la altura del pecho y luego las bajó como quien concluye la dirección de una sinfonía tropical color de leche con café. Luego se inició una conversación un tanto lenta porque el inglés de los tres escritores sumado no daba para un diálogo fluido hasta cuando llegó Heriberto Fiorillo con su inglés citadino curtido en Nueva York y saludó a Walcott como a un viejo amigo y, en adelante, la charla avanzó sin traspiés a través de una traducción simultánea muy ágil. No obstante, de entrada, Walcott sometió a Fiorillo a una prueba de resistencia al soltarle una de sus habituales y risueñas descargas de provocación: "Yo soy muchos años mayor que tú. ¿Por qué te me acercas con esa confianza que no te he dado? ¿Tú de dónde eres?" Cuando Fiorillo le contestó que barranquillero, Walcott le dijo que era el primer barranquillero que conocía, pero casi inmediatamente corrigió: "No, el segundo; el primero fue Gustavo Bell".
Y se puso a contar cuatro chistes sobre la fama de los neoyorquinos de ser gente áspera y agresiva, siempre estresada y pensando que todo el que se les acerca los va a atacar, pese a lo cual Walcott, tras vivir siete años en Nueva York, afirma que no cambia a esa ciudad por otra. El primero fue el de una trinitaria recién llegada que, llorando inconsolable porque le habían robado una cadena, se acerca a decírselo a un negro que estaba arreglando la calle y éste, con la indiferencia del que se ha acostumbrado a semejante suceso de rutina, lo único que le dice es "And so?" ("¿Y qué?"). El segundo, fue el de un japonés que se le acercó a una judía en la 5ª Avenida: "¿Podría decirme donde queda el Carnegie Hall?" y ésta le contesta: "Si sigues así vas a conseguir Pearl Harbor". El tercero fue el del tipo que se bajó del avión y tras deambular un rato se le acerca a otro y le pregunta dónde queda la Librería Macondo y éste exclama "¿Pero, por qué a mí?". El cuarto fue el de una ancianita que llevaba un buen rato tratando de atravesar una avenida y pasa un taxi y la golpea en la cadera y la manda contra la acera contraria y el taxista saca la cara y le grita: "Ya llegaste".
Cuando los escritores colombianos le preguntaron si no tenía inconveniente en firmarles los ejemplares de El reino del caimito, Walcott les contestó que no, pero que cuánto le iban a pagar, que cada firma valía 15 dólares y a Roberto Burgos Cantor por firmar con dos apellidos le cobraría el doble. Antes de autografiarles el libro le preguntó a Fiorillo: "¿Qué tan buenos escritores son estos tipos? ("How good are they?")"
Una pregunta pringamosera le soltó Walcott a los caribeños: cómo se sentían al llegar a España, qué sentimiento les inspiraba la Madre Patria. Roberto Burgos le respondió que para ellos España no era la de las aduanas ni la de los conquistadores ávidos de oro y de carne criolla, sino la de Cervantes y El Quijote, emblema y vínculo de libertad. Walcott les preguntó también su opinión sobre la obra de Cabrera Infante a quien leía con admiración en esos momentos, encantado por el humor y los juegos de palabras y elogió El otoño del patriarca como la novela que, a su juicio, condensa el conocimiento del Caribe. En ese momento llegó el embajador Alfonso Múnera para acompañarlo a la Cinemateca al diálogo con el público. Cuando Walcott vio que Miranda le dedicaba la tercera edición de La risa del cuervo a Alvaro Rodríguez escribiendo con la zurda, lo miró a los ojos y le comentó: "Tú escribes con la izquierda, eso no me gusta".
Como al poeta Miranda lo había dejado el bus, Alfonso Múnera lo invitó a subirse en la van de la comitiva de recepción. Al verlo aproximarse, Walcott le preguntó, quizá aludiendo a sus kilos de más "¿Y usted si puede subir?" Dentro del auto, Alvaro oyó cuando Walcott le decía a Marcela, "pero tú si eres fea, qué horribles son aquí las mujeres del poder" y Marcela, entre risas, le contestó "¿Quieres que me baje?" Atando los cabos, a Miranda le pareció que el Nobel era un hombre un poco agresivo que trataba de hacer chistes como desfogándose de las maneras protocolarias con el Vicepresidente: chistes malévolos de profesor de Universidad que se burla de sus alumnos porque llegaron muy formales y prevenidos.
Alvaro Rodríguez, encargado de entrevistar públicamente a Derek Walcott, se había preparado un cuestionario de 25 preguntas al cual se le añadieron dos más, formuladas por Fiorillo, moderador del diálogo. Se trataba de interrogantes minuciosamente elaborados que más que un recuento de anécdotas o una exposición de conceptos lo que pedían era una reflexión del escritor sobre las circunstancias de su vida. Walcott asumió cada pregunta con una gran generosidad y le dio a cada respuesta un desarrollo amplio y lleno de detalles. Por tal razón a los ciento veinte minutos de conversación (o de monólogo) apenas se habían respondido seis preguntas y el poeta estaba totalmente agotado, porque, de manera insólita, el aire acondicionado había dejado de funcionar y la gente apretujada y de pie y las cámaras filmadoras con sus lámparas calurosas fueron haciendo del recinto no un reino del caimito, sino de la humedad, un acuario de sudor y maquillajes movidos, del cual nadie tomó conciencia por las virtudes balsámicas de la voz del bardo de Castries, gran chamán de las Antillas para quien la poesía no es más que una forma de la plegaria.
En la conversación se abordaron temas interesantes: su experiencia como creador de una compañía de teatro en Trinidad; la indiferencia de los gobiernos caribeños hacia la actividad artística, en vez de invertir un 50% del presupuesto en infraestructura y el otro 50% en promocionar la cultura, que es tan necesaria como un acueducto; la cara canalla del carnaval; la luminosa relación entre poesía y pintura; el incendio de Castries; la evocación de la madre; la poética de la elegía; la belleza incesante del Caribe; el gran aporte de la novela latinoamericana a la literatura universal, la percepción del tiempo circular; la ventaja de los pueblos caribeños a los que no agobia el peso de las ruinas ni paraliza la reverencia hacia el pasado porque la historia yace en el fondo del mar. Esta última apreciación suscitó la intervención un tanto airada del escritor guatemalteco Mario Monteforte, exvicepresidente de su país, un mamerto obviamente ortodoxo, quien le preguntó a Walcott si él creía que la Revolución Cubana hubiera podido hacerse bailando. Pero la formulación de la pregunta fue tan larga que Walcott, en quien la fatiga era evidente, no pudo seguirla del todo y terminó sin contestarla por completo.
El almuerzo fue en La Estación, un restaurante en el restaurado edificio de La Aduana. Walcott tenía mucha hambre y se lo comunicó a la dueña y, mientras los otros invitados llegaban y se acomodaban, fue y se metió en el corazón de la cocina, cielo cálido de fragancias criollas en sazón, donde le dieron a probar de todo lo que iban a servir. El plato era sopa de auyama con arroz con coco, patacón, ensalada de aguacate, carne en posta, plátano pícaro y limonada. Como Walcott no puede comer dulce, pues tiene problemas con el azúcar, en vez de arroz con coco le sirvieron arroz blanco, y éste le pareció "el más delicioso arroz que he comido en mi vida". En general había quedado encantado de todo. Para el hombre de las Antillas no hay felicidad mayor que constatar la identidad entre el Caribe de las islas y el continental.
Cada vez que conocía algo nuevo, aumentaba en él la sensación de estar regresando a casa. Cuando al volver al tema del equipaje Sigrid le preguntó a Marcela si habría llegado y Marcela comentó que eso esperaba (I hope so), Walcott lo tomó en broma y le preguntó que si desde allí podía ella sentir su olor ("Can you smell me from there?"), y al levantar el brazo para simular que se olía las axilas, accidentalmente tropezó el vaso de limonada que se derramó en la ropa de Sigrid antes de romperse con cristalino estruendo en el piso, al tiempo que Walcott gritaba casi con espanto: "I'm sorry". En el auto, de vuelta al hotel, Walcott recriminaba a Marcela, siempre en son de pereque, "Es tu culpa".
Al llegar al hotel le ofrecieron a Sigrid lavarle el vestido y ella estuvo a punto de decir que sí, pero después recordó que si lo hacía quedaría sin nada, pues por el percance con el equipaje era el veintiúnico.
Ver la segunda pàrte de esta crónica en: ________________________________________
© Ariel Castillo Mier
LA CASA DE ASTERIÓN ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios Volumen II - Número 8 Enero-Febrero-Marzo de 2002
DEPARTAMENTO D EIDIOMAS FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO BARRANQUILLA - COLOMBIA
El URL de este documento es: http://lacasadeasterionB.homestead.com/v2n8wal.html |