Historia de un hombrecito
que vendía palabras
Leo Castillo
Había una vez un hombrecito que vendía palabras. La gente se arremolinaba en torno suyo y pagaban para que abriera la boca y dejara caer las brillantes palabras que de su boca rodaban a tierra o bien eran aparadas por los clientes que lo rodeaban. En realidad no le pagaban bien al hombrecito, ni él cobraba lo que valían sus palabras, que estaban hechas de fuego, tierra, viento, agua, sueño y tiempo. Estos elementos, mezclados en la proporción que el hombrecito estimaba pertinente, daban a sus palabras una constitución inigualable, motivo por el cual éstas eran tan estimadas, aunque mal pagadas. Y de eso vivía el hombrecito, de modo que no podía revelar el secreto que sólo él sabía y gracias al cual salían de su boca las palabras que la gente compraba y guardaba en sus cajones. Cuando recibían visita, las personas que las habían comprado, abrían los cajones y las mostraban a los visitantes diciéndoles :"He aquí estas palabras que fueron compradas al hombrecito que vende palabras. El viento, el fuego, el tiempo, la tierra, el agua y el sueño son sus componentes". Dicho esto, el visitante las recibía, las palpaba, las miraba detenidamente y luego preguntaba dónde vivía el vendedor de palabras, pues quería contar por lo menos con una de ellas. Después de obtener la dirección, el visitante llegaba a la morada del hombrecito y le decía:
"Señor vendedor de palabras, he visto los maravillosos objetos que salen de su boca y estoy interesadísimo en adquirir por lo menos una". Entonces el hombrecito le dice: "Encantado". Y la palabra encantado cae de su boca, y el cliente la recoge maravillado. "¿Cuánto vale esa palabra?" El hombrecito ladea tímidamente la cabeza y el cliente deja unas monedas en la mesa y se va.
De este modo estuvo viviendo el hombrecito durante algún tiempo sin que nadie conociese su secreto. Pero una mujercita se enamoró de él y le dijo que quería casarse con alguien con un don tan maravilloso como ése, pero que deseaba antes que nada conocer el secreto de su don. El hombrecito se enamoró de la mujer y con un movimiento de cabeza le dio a entender que estaba dispuesto a todo por ella. Así que se levantó de su asiento y tomándola de la mano la llevó a un rincón oculto de la casa. Al entrar cerró la puerta y encendió la luz para que la mujercita no se tropezara, y la llevó hasta un viejo baúl cerrado con llave. El hombrecito abrió la cerradura del baúl y sacó un rollo de papel en el que estaban escritas unas leyendas antiguas y se lo comió. La mujer quedó fascinada ante el espectáculo que contemplaba. Veía cómo el hombrecito comía con deleite y parsimonia aquel rollo, y no pudo por menos de preguntarle si ésa era su única comida. El hombrecito asintió con la cabeza y luego le señaló una vasija de barro en la que guardaba el agua. El hombrecito bebió de la vasija y luego salieron del escondite.
Algún tiempo después, la mujercita quiso saber la historia del hombrecito y de qué manera había llegado a aquello. Entonces el hombrecito se levantó, la tomó de la mano y la condujo al escondite nuevamente. Abrió luego el baúl y le mostró un librito empastado en rústica, escrito a mano. La mujer lo abrió y comenzó a leer :
"Esta es la historia de un hombrecito que aprendió a vender palabras que le salen de la boca. En un principio, el hombrecito era un niño más o menos común y corriente, sólo que tenía la particularidad extraña de no ser escuchado. El hombrecito le decía a su madre : 'Mami, tengo hambre', y la madre seguía haciendo sus faenas domésticas, sin prestarle atención. Cuando iban de paseo, el niño decía: 'Mami, cómprame un helado de chocolate', mas la madre seguía paseando con él, sin escuchar sus palabras. Fue así como el hombrecito descubrió desde niño que su voz era inaudible, como los sonidos de los murciélagos que sólo ellos mismos se escuchan. Así que el niño descubrió que tenía unos hermanos mamíferos alados que revoloteaban en la noche y que, como él, no eran escuchados. Desde ese momento empezó a salir en la noche a verse con los murciélagos, que desde entonces serían sus únicos camaradas. El niño le habló una noche a los murciélagos de su pena de no ser escuchado y cuán enorme sería su sorpresa cuando vio que un murciélago grande revoloteó en torno a su cabeza y le susurró al oído : 'León, habla con nosotros que podemos escucharte. No estás solo en el universo'.
"El niño estaba maravillado que un murciélago supiera su nombre y desde entonces se habituó a hablar con todos los murciélagos que llegaban al patio. Una noche, un viejo murciélago que volaba con muchisima dificultad le dijo que quería comunicarle un secreto. El niño le dijo que ya que lo consideraba digno de la revelación, él estaba dispuesto a oírlo. Y fue así como el murciélago le dijo: 'Cuando entres a tu cuarto, toma una hoja de un libro y cómetela. Después acuéstate y mañana háblale a tu madre'. El niño obedeció y fue a su cuarto, comió la hoja de un libro, se acostó y a la mañana siguiente se acercó a su madre y le dijo: 'Mami'. Cuando el niño abrió la boca su madre vio las cuatro letras que cayeron al suelo produciendo un sonido musical. La madre, asombrada, recogió las cuatro letras y las ordenó sobre la mesa M-A-M-I. De inmediato la madre fue a una librería y vendió las cuatro letras que habían salido de la boca de su hijo.
"Y de esa manera comenzó la señora a resolver sus problemas económicos y a satisfacer las necesidades de su pequeño. Cuando el niño decía: "Tengo hambre", la madre recogía las dos palabras, las vendía y le traía de comer ; también cuando iban de paseo el niño decía: 'Quiero helado de chocolate', entonces la señora vendía las cuatro palabras y compraba el helado a su hijo.
"Pero la señora murió algún tiempo después y el niño se quedó solo en la casa. No tenía ahora quien le diera de comer y pensó que los murciélagos podían ayudarle a resolver el problema. 'De ahora en adelante no comerás lo que come la gente común y corriente' - le dijo un murciélago - 'solamente podrás comer papeles escritos, con esto te bastará'. De modo que el niño se limitó a alimentarse de papeles escritos , y vivía solo, encerrado en su casa.
"Pero la noticia de que en su casa habían extrañas letras rodó por el mundo, y es así que un día tocaron a su puerta. El niño abrió y un señor le dijo : 'Tu madre nos vendía unas maravillosas palabras que fascinan a la gente. Pero ella ha muerto y nosotros necesitamos tener más de ésas'. 'Bueno', respondió el niño y el hombre recogió lleno de contento la palabra que había salido de su boca. Antes de irse, el señor dejó unas monedas en la mano del niño. De ese modo, vendiendo sus palabras, compraba libros de aventuras y cuentos infantiles y con el tiempo pudo hasta comprarse su ropa y todo cuanto necesitaba. El niño fue creciendo un poco hasta hacerse un hombrecito. Y ésta es la historia del hombrecito que aprendió de los murciélagos el secreto para vender palabras".
Cuando la mujer hubo terminado de leer el librito, le dijo al hombrecito que lo dejara en su poder, y que ella volvería para que realizasen la boda en el menor tiempo posible. El hombrecito inclinó la cabeza y la mujer partió. "Con este secreto me haré rica y me casaré con un presidente y viviré feliz el resto de mi vida". Eso se dijo la mujer y se fue de la vida del hombrecito. La mujer dejó de comer frutas, arroz, carne, pan ; todo cuanto comía lo cambió por papeles escritos y agua. El primer papel que acabó fue el del librito que le había dado el hombrecito. Después empezó a comer páginas de otros libros, periódicos y todo papel impreso. Pero su salud fue decayendo y por fin murió sin que lograra producir una sola palabra.
Entre tanto el hombrecito, ignorante de la suerte que había corrido su prometida, pasó muchos días tristes y los que iban a su casa sólo compraban palabras como : melancolía, soledad, abandono, lejanía, ausencia y así las demás. Al correr el tiempo el hombrecito se fue reponiendo de la pérdida y de nuevo palabras alegres brotaban de su boca encantada.
Hasta que llegó un día en que el hombrecito se sintió desdichado. Se encerró y no recibía a nadie. Solamente hablaba con los murciélagos y les comunicaba su insastifacción y sus deseos de dejarlo todo y partir. Entonces, un murciélago le dijo : "Te daremos la solución. Mañana te levantarás a media noche, subirás al roble del patio y quedarás colgado de las piernas con la cabeza hacia abajo. Cuando te canses en esa posición te dejarás caer. Eso es todo".
A la media noche siguiente, el hombrecito se trepó al roble y quedó colgado boca abajo de una rama. Así permaneció hasta que no pudo más y se dejó caer. El hombrecito se precipitó al vacío con los ojos cerrados y agitó los brazos en el aire... antes de descubrir que éstos ya no eran brazos, sino un par de alas que le permitieron volar alegremente en el patio en sombras de su casa.
Algún tiempo después los vecinos del hombrecito, alarmados por el tenaz encierro, derribaron la puerta y quedaron boquiabiertos al encontrar la casa repleta de palabras esparcidas en el suelo. Como pudieron se abrieron paso hasta el cuarto del hombrecito y al abrir la puerta, un murciélago casi les azota el rostro antes de salir y perderse volando en el atardecer.
________________________________________
© Leonidas Castillo
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 8
Enero-Febrero-Marzo de 2002
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA
El URL de este documento es:
http://lacasadeasterionB.homestead.com/v2n8hombr.html