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Editorial:
La pintura
de Ángel Almendrales

Guillermo Tedio
Universidad del Atlántico



          Nacido en El Banco, pueblo ubicado en la ribera del río Magdalena (Colombia), en l954, es natural que para Angel Almendrales Viadero (Analvi), el agua, particularmente el río, sea uno de los tópicos de su pintura. Me ha contado  que de pequeño, metido en canoas que se deslizaban por el río Magdalena, mientras los grandes tiraban las redes o chinchorros para pescar los bocachicos, él, orientado por el bamboleo de la embarcación, pintaba la presencia del río, sus frondas, sus peces, la luz espejando en el agua, o escribía cuentos sobre los habitantes del agua. También quedaron grabadas en la mente del artista los paisajes lacustres, las ciénagas, con su atmósfera misteriosa.

          Sin embargo, como sabemos, la naturaleza nunca le ha interesado al artista, --al artista que expresa una visión profunda del mundo--, por sí misma sino en razón de que como fuerza telúrica o ambiental aparece ligada al hombre y es atravesada por lo humano. Un árbol no nos interesa por sí mismo sino en la medida en que bajo sus frondas se  han besado dos personas o se ha colgado un suicida.

          En muchos cuadros del artista banqueño, me refiero a aquellos en los que se muestra un río o una ciénaga con una mujer en sus aguas, la trascendencia de la naturaleza se produce precisamente por la mirada del artista puesta con toda su cultura y su experiencia sobre la realidad de su tierra transformada en  líneas, formas y colores en la pintura. Del mismo modo, la naturaleza telúrica deja de ser simplemente naturaleza mineral o vegetal por la aparición de la mujer que se baña o emerge del agua como también porque el pintor muestra una situación en la que el  espectador encuentra múltiples sentidos e interpretaciones de lo humano.

          En esta línea de la figura humana, en Almendrales ha habido una evolución interesante. Primero pintó el espacio, el ámbito, los lugares. Si acaso aparecían figuras humanas, estas se hallaban desdibujadas, en siluetas. Y es natural que ello sea así. Es nuestra experiencia vital la que nos va sembrando la convicción de que sin el hombre, la naturaleza es pura composición química. En la producción pictórica de Analvi, encontramos, por un lado, mujeres morenas, con rasgos indígenas, cuyas carnes bronceadas parecen estar iluminadas por un fuego de cobre. Son mujeres que muestran un  seno en el que se destaca el pezón de siena. A esas mujeres, las miro como a las  bellas porque el pintor ha colocado a su lado la bestia transfigurada en  pez,  buho,  caimán (recuérdese la leyenda del hombre caimán),  tortuga o  serpiente.

          Seguramente tentado por la tradición y el prestigio del tema de 'la bella y la bestia', nacido no solo a partir del cuento infantil sino de fabulaciones perdidas en lejanas y primitivas culturas y civilizaciones, Almendrales re-crea (vuelve a crear) el mito. Y como en el cuento de Madamme Leprince de Beaumont, cuya andadura aparentemente infantil esconde modos de ser profundos del ser humano, las bestias del pintor banqueño ocultan en sus adentros al hombre. No es el hombre el que esconde a la bestia sino la bestia al hombre.

          En estos cuadros ambiguos y plurisignificativos,  la bestia, en la medida en que se humaniza, aparece como una especie de voyerista que mimetizado en el entorno de agua y bejuco, de liana y murmullo, mira las formas de la mujer que se baña. Es ni más ni menos que nuevamente el resugimiento del mito del hombre caimán. El hombre mimetizado en caimán, pez, serpiente, buho, tortuga mira a la mujer en el agua. Ahora, Almendrales presta mayor atención a la mujer, no solo por las ventajas de sus formas pictóricas sino por la importancia que en los territorios acuíferos del río Magdalena tiene la mujer. Estas mujeres parecen deidades del agua, ninfas, como en las antiguas mitologías grecolatinas, seguramente más cercanas a nuestros mitos indígenas de la vida creada en los ríos y lagunas. Más que venir hacia el agua, dan la idea de provenir del agua, como sirenas o mujeres-manatíes. Analvi recoge en sus doncellas todas las formas y rasgos de la mujer producto de nuestras etnias asimiladas.

          El pintor no se queda en el mito del hombre caimán. Para él, es la variada fauna caribe la metáfora en que se convierte el hombre para percibir la belleza. Incluso, da al traste con la tradición del buho como metáfora de la sabiduría, al presentar a un viejo buho, sátiro emplumado, voyerista erotizado, escondido tras la fronda de los manglares de la ciénaga, mirando la piel que se baña bajo la luz de la luna. Ahora, más que sabiduría, el buho es pasión nocturna. Por supuesto, no es una mirada vulgar sino la mirada de quien ha sido hechizado por la primitiva redondez de las formas femeninas.

          Pero estas mujeres  no son sirenas vergonzosas, no está en ellas la vulgaridad del pudor. Son como Remedios la Bella. Aureoladas por la primitiva presencia del paisaje, no cubren sus formas, se dejan adorar por la luz, no pueden llamarse sino "Cándidas", hermosas ingenuas en la elementalidad del agua.

          La serpiente, forma pictórica ideal por su simbolismo erótico y sus textura sinuosa, va apareciendo en la pintura de Analvi. Y no puede uno, como espectador, dejar  de pensar en el tópico de la serpiente descubriendo a la cándida Eva. Almendrales sabe que ese tópico cultural de "Eva y la serpiente" está en la mente de los espectadores y por ello, al lado de una de sus Evas americanas, mujer de las ciénagas del río Magdalena, coloca una serpiente que se estira tentadora, como ofreciendo el hermoso pecado de la vida.
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©    Guillermo Tedio

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 8
Enero-Febrero-Marzo de 2002


DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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