Las contradicciones de Dios


Antonio Silvera
mortega@metrotel.net.co
Literatura - Universidad Nacional de Colombia



Después de leer De parte de Dios, de Enrique Serrano (Bogotá, Seix Barral, 2000, 248 págs), se puede llegar a la conclusión que todas las acciones extremas y opuestas entre sí son caminos expeditos para acceder a la divinidad: llorar o reír, callar o vociferar, renunciar o pecar, sugerir o evidenciar, engañar o ilustrar, odiar o amar, sentir o pensar, sufrir o gozar. Esto no es extraño y con frecuencia ocurre no sólo en los libros sino en la propia vida: que los más abyectos terminen siendo los grandes merecedores del favor divino y que Él bendiga encarecidamente tanto al perverso como al cándido, al sabio y al ignaro.

En efecto, cada uno de los 24 relatos del libro referido está conformado en torno a alguna de estas acciones. Así, al tenaz ascetismo de San Antonio, empeñado en vencer las tentaciones carnales, se anteponen las procacidades del desvergonzado Drukpa, ese personaje del budismo en cuya obesa figura se encarna el desafuero y que los tenderos solían poner sobre sus vitrinas para atraer la abundancia. Lo mismo pasa con las imprecaciones características de Simeón el Estilita, que predicaba sin parar desde una columna pública y el devoto silencio de Miguel de Molinos, recluido por convicción en un oscuro y apartado recinto. O con la ingenua devoción mariana de Ildefonso y el misticismo "racional" de Swedenborg, amparado por la sensual belleza de La Magdalena.

Seres legendarios, como conviene a su peculiar situación siempre en tránsito entre lo terreno y lo trascendente, los místicos reflejan en forma extraordinaria la condición humana y se mueven en el terreno de la maravilla. De modo que el material escogido para construir esta obra literaria constituye en sí mismo una generosa mina de la que su autor supo extraer el mayor provecho. Así, el tono generalmente grave, construido con expresiones que combinan el asombro y la sentencia, es matizado en los distintos relatos por un humor casi siempre sutil que, como todo humor, desacraliza. Para lograrlo, Serrano inventa en cada relato un narrador testigo, que suele ser alguien cercano al místico (un discípulo, un enemigo, una amante) a través del cual conocemos su vida, lo que le permite sabotear, como en sordina, la declaración, sea afectuosa o despreciativa, del testimonio. De esto nos ilustra el relato sobre la vida del santo Efrén, a quien podríamos llamar patrono de las lágrimas, el cual empieza con una grave reflexión sobre el llanto, que acaso se acentúa con el tono confidencial manifiesto en el tuteo:

Aún si no me lo preguntas, te diré que llorar es saludable, pues ayuda a sanar el alma. Además, no hay quien no tenga motivos para hacerlo. No hay quien no albergue dudas y no tenga mentiras, desagradables encuentros, tonterías y vergüenzas que esconder o disfrazar (...).

Continúa, en el siguiente párrafo, con la presentación objetiva del santo:

... era de Nisibina, en la Siria romana, y su padre lo hizo estudiar desde muy pequeño con el obispo de esa ciudad, Jacobo, un cruel maestro que lo mantuvo mansamente triste durante los años de la infancia...

Lo que continúa, en la frase siguiente del mismo párrafo, puede ser aún explicativo, serio:

La Mesopotamia es una llanura inhóspita, a pesar de los ríos que la bañan y su engañosa abundancia siempre ha sido objeto de rapiñas y guerras...

Y enseguida aparece la frase en sordina, la hipérbole, al mismo tiempo grave y humorística, que cierra el párrafo:

Muchas tinajas de lágrimas han fecundado sus suelos [los de Mesopotamia], por lo que se siente en sus frutos el regusto amargo.

En el cuidado y la contundencia de la palabra de Serrano, construida a menudo de la forma anteriormente expuesta, se percibe, así, la herencia modernista, la de Rubén Darío, autor que antes de Borges, Neruda, Vallejo, Rulfo o García Márquez, había modificado con precisión y preciosismo la prosa y el verso español, esos mismos que estos autores registraron en el mundo como la marca literaria de Latinoamérica y cuyos ascendientes suelen buscarse a veces con excesiva importancia en las obras de autores extraños a nuestra lengua.  

Mas no son el lenguaje y la agudeza intelectual, cimentada en las extremas conductas de los místicos, los únicos atributos de esta obra de Serrano. Ella puede ser leída también, por ejemplo, como un croquis espiritual también con un efecto de sordina, desde luego de las principales culturas de Occidente y Oriente: allí están los hindúes (Aryabtha y Nagarjuna), con su desprendida actitud hacia los dones mundanos; los hebreos, anhelantes de mesías; los fervorosos árabes y persas (Sohrawardi y Hafiz, entre otros); el tao de los mesurados chinos y japoneses, representados por dos de sus poetas: Su Tungpo y Basho; los alemanes y los escandinavos, siempre graves (Durero, Kierkegaard); los rusos estoicos; los conservadores españoles; los franceses desconfiados y fatuos, como el padre José, impulsor de las guerras contra los hugonotes; los mágicos irlandeses.

Y ya que "Dios no está en todas partes", como reza el prólogo en De parte de Dios, no hay alusión alguna a un místico de América (ni latino ni anglosajón), tampoco del África negra. Lugares acaso donde "el mundo palpita de ruido o animación" o en los que "las labores prácticas absorben mucho tiempo del hombre". ¿Lugares de donde se ha ido Dios o donde aún no ha llegado?
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©   Antonio Silvera

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 8
Enero-Febrero-Marzo de 2002

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS  -  FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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VOLUMEN II - NÚMERO 8