El vía crucis feliz de Derek Walcott
en el Caribe colombiano
Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico
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IV. NOCHE DE VIERNES CULTURAL CON RECITAL DE POEMAS
El otro compromiso de Walcott, además del diálogo con el público, era leer sus poemas en inglés seguidos por una traducción al español leída por un poeta de la ciudad. Para esa lectura en español, Sandra Vásquez, la directora del Centro Cultural Cayena, encargada del Encuentro de Escritores del Caribe, escogió a Meira Delmar, una barranquillera de padres libaneses que ha sido como un oasis en un ámbito cultural desértico en el que ha sabido mantener, contra viento y marea, la llama de amor viva de la poesía. La escogencia era asimismo un reconocimiento a la mujer -Meira era la única escritora entre los autores invitados-, y a su ejemplar lealtad al llamado de la poesía en una ciudad donde predominan los seres alérgicos por naturaleza a la lucidez crítica de la palabra poética: los politiqueros, los dueños de tiendas y supermercados y los comerciantes habilidosos. Meira, en sus más de sesenta años de dedicación a la poesía ha creado un orbe verbal con voz propia, uno y diverso, elogiado por García Márquez, en el que se reiteran ciertos temas a lo largo de su vasta trayectoria: la familia, el paisaje, la palabra y el apego a la vida como la forma más concreta del amor.
Meira sería, pues, la anfitriona poética de Derek Walcott. Por eso, al mediodía, al terminar el conversatorio de Walcott, se había acercado al poeta con la intención de informarse sobre los poemas que se iban a leer a fin de preparar su lectura de las versiones en lengua española. El poeta le pidió que se reunieran en el hotel a las tres y media.
A las tres y veintinueve minutos, cuando Meira Delmar llegó al hotel se encontró con un mensaje desconcertante, "I´m sleeping" y estuvo a punto de marcharse, pero su complicidad de poeta y su benevolencia de anfitriona la hicieron recapacitar y esperó pacientemente el despertar del poeta invitado. Lo cierto es que tras las exhaustivas respuestas al interrogatorio de la mañana, en medio del calor húmedo, sumado al cansancio acumulado de los vuelos y los transbordos y a los setenta y un años bien vividos del poeta, éste había quedado fundido. Y le había dejado a Meira la razón de que mejor se reunieran media hora antes del recital, pero a la persona encargada de llevarle el mensaje se le había olvidado.
En el camino Sigrid comentó que en USA debían implementar la enseñanza del español como la del inglés porque así podrían favorecer un proceso que ya naturalmente se estaba dando y que contribuiría a ampliar más democráticamente la educación y los horizontes. Y empezaba a hablar de las maletas, cuando la interrumpió la risa rabelesiana de Walcott al ver en plena calle una carrera de carros de mula ("A donkey car`s race") que iban a paso de tortuga. En medio de la carcajada, Walcott comentó que por eso debía ser que todo nos llegaba tan tarde como el equipaje, porque lo traían por ese medio".
V. APARTADO PRESCINDIBLE:
EL YO DEL CRONISTA ASOMA SU CABEZOTA DESCARADA
Yo estaba en la puerta del salón donde se efectuaría la lectura de los poemas cuando llegó afanoso Alfonso Múnera y me preguntó si tenía a la mano un ejemplar de El reino del caimito para que Derek seleccionara los poemas que iba a leer esa noche. Le entregué mi libro y se lo llevó a Walcott.
Tras tres textos previos, nada tristes el saludo de la coordinadora del Encuentro de Escritores, Zandra Vásquez; la instalación oficial del mismo por el rector de la Universidad del Norte, Jesús Ferro Bayona; y la presentación protocolaria del Premio Nobel por parte de este cronista improvisado que, en ese momento era moderador de la mesa- Walcott se acercó al atril y un tanto teatral probó el micrófono preguntando a los presentes en las últimas filas si alcanzaban a escuchar bien y si estaban allí porque querían o cautivos. Una interrogación que ya había soltado en la mañana en el interrogatorio se le volvió a salir antes del recital: "¿Dónde estoy? ¿Yo que hago aquí?" Un tanto incómodo por la avalancha cegadora de los flashes de los fotógrafos que parecían convertir el acto íntimo y concentrado de la lectura de un poema en un espectáculo casi obsceno, antes de leer el primer verso, pidió que suspendieran la tomadera de fotos, de la misma manera que los nativos de sus poemas se niegan a que los turistas les roben el alma con sus cámaras portátiles. A mi juicio estos gestos y palabras cumplieron la función de un sahumerio o ritual purificador para salvaguardar la lectura de poemas de cualquier similitud con la actuación vitriólica de una vedette (Sigrid con frecuencia embroma a Walcott, que en el fondo es un tipo tímido, diciéndole que se está volviendo un Michael Jackson de la poesía): su efecto final fue despejar la atmósfera para favorecer el encuentro esencial con la palabra poética esa forma seglar de la oración, del rezo-.
Walcott acompañó su lectura con unos comentarios sobrios y pertinentes que facilitaron la aproximación a los textos al aclarar algunas alusiones, al revelar motivos genitores y posibles claves, pero sin incurrir nunca en la explicación del sentido. Al escuchar el ritmo que rige sus poemas uno entiende los acertados elogios de Joseph Brodsky al afirmar que
"sus palpitantes e implacables versos han estado arribando al idioma inglés como las olas de la marea, para cuajar en un archipiélago de poemas sin los cuales el mapa de la literatura contemporánea sería tan soso como un papel tapiz. En ellos nos da un sentido del infinito encarnado en el lenguaje, como ocurre con el océano, presente siempre en sus poemas como fondo o en primer plano, como tema o ritmo. Esos poemas representan una fusión de dos versiones de infinitud: el lenguaje y el océano. El padre común de ambos elementos es, debe recordarse, el tiempo. Sin duda fue afortunado al nacer en esos confines, en ese cruce de caminos donde el idioma inglés y el Atlántico llegan en oleadas sólo para recular. El mismo esquema de movimiento la llegada a la playa y el regreso al horizonte- se encuentra en los versos, los pensamientos y la vida de Walcott"
De igual manera, Meira hizo gala de su intuición o don adivinatorio al dar de inmediato con el tono de unos poemas que leía, y ante un público, por primera vez. Mientras la voz de Meira, laúd luminoso, serenaba el aire del repleto recinto y lo vestía de luz no usada, Walcott seguía con atenta y angustiada vista los renglones perplejos, poblados de palabras españolas que para él eran como un cuento chino.
Tan pronto como terminó su lectura, Walcott abandonó la sala, de la que el cronista no podía salir, por su papel de moderador, pese a la apremiante preocupación por el destino de su libro, cuya edición estaba agotada y sin esperanzas de reedición pues la editorial había clausurado su colección de poesía.
Apenas Luis Rafael Sánchez acabó de leer sus reflexiones sobre los rasgos de la región, en un texto profundo y sonoro como el Caribe, tan musical que, según algunos, hasta se podía bailar, el cronista, rayudo, se acercó a Múnera a preguntarle por el libro. Y hubo que salir a buscar a Walcott por los corredores hasta encontrarlo con las manos libres, vacías, y al preguntarle por el libro, verlo introducir la mano derecha en el bolsillo del saco y sacar, como un mago, del sombrero, El reino del caimito y al abrirlo encontrar en éste la dedicatoria "To Derek Walcott from his terrified translator. A. Rodríguez Barranquilla. Mayo 10/ 01", y al comentarle el hecho, Walcott hizo un gesto como preguntando "¿qué más puedo hacer" y ante la solicitud del ya nada intranquilo moderador, accedió a rededicarlo.
VI. APARECE EL EQUIPAJE DEL POETA
Mientras Walcott leía sus poemas, Marcela acompañó a Sigrid a un centro comercial a comprar interiores y pantalones para el Nobel. Y en el momento en que la caja registradora soltaba el recibo y la joven que atendía lo cortaba y se lo entregaba a Sigrid junto con el vuelto, sonó el celular de Marcela y era la voz de Camilo anunciando que el equipaje acababa de llegar sano y salvo a Barranquilla.
Esa noche del viernes la cena fue en el hotel: parrillada mixta pollo, carne y salchichas- con arroz, jugo de tamarindo sin alcohol y sin azúcar, ensalada, arroz blanco y patacón.
VII. SABADO EN CARTAGENA DE INDIAS
A las diez de la mañana Marcela se acercó a despedirse de los Walcott quienes partían para Cartagena, pero Derek que estaba en camiseta con una gorra de pelotero y tenis, no se lo permitió: "Tú te vas con nosotros. Llama a Janet. No me vas a amargar el viaje a Cartagena". Y con el embajador Múnera y con Camilo, el guardaespaldas, se fueron por la Vía al Mar al Corralito de Piedra donde se encontrarían con su anfitrión, Moisés Alvarez, historiador nacido en Aracataca y director del Instituto internacional de Estudios Caribeños quien los acompañaría en el recorrido nada sistemático, más bien libre, por uno de los patrimonios históricos del mundo.
A Walcott lo impresionaron las excelentes condiciones de la carretera. "Se nota que el que la construyó se gastó el 100% en esto", comentó. Lo único lamentable fueron los vidrios polarizados del carro que no dejaban ver el paisaje en su plenitud. No obstante, el poeta pudo fascinarse, como los personajes de sus poemas, al contemplar el vuelo cortante de las tijeretas que rasgaban la tela transparente del cielo del mediodía con la ternura mágica de una modista metódica.
En la cafetería del Hotel Santa Teresa pidieron limonada. Marcela estaba pendiente del azúcar dietético; Walcott la miró y le dijo: "Te nombro la guardiana del azúcar de mis bebidas" ("I name you the guardian of my beverage without sugar"). Cuando Marcela miraba en El Heraldo las noticias de la Feria, Walcott vio la foto en la que aparecía al lado de Meira Delmar y dijo: "Mira, tengo la mano en la nariz"; y se carcajeó: "parece que me estuviera hurgando". En ese momento llegaron dos muchachos afables de El Tiempo Caribe y le preguntaron a Alfonso Múnera si podrían tomarle una foto al Premio Nobel. "Claro que sí" les contestó, y agregó "pero, yo no voy a posar, sigamos en lo que estamos". Marcela le recomendó que no fuese tan natural como ayer; y Walcott, bromeando, se llevó el dedo nuevamente a la nariz en el instante en el que el fotógrafo disparaba. Se tomaron como ocho o diez fotos que Walcott, alérgico al protocolo y deseoso de mantenerse alejado de toda publicidad, consideró suficientes, y como diciendo ya está bueno, terminemos esto, le lanzó su gorra de pelotero antillano a los fotógrafos, al tiempo que les ofrendaba una de sus carcajadas oceánicas, tal vez con la idea de que de allí podría salir una foto óptima, cómica. Nunca se le pasó por la mente que su buen humor de hoy le iba a traer mañana el instante más incómodo y nefasto de su estada en el Caribe colombiano, gracias a la ocurrencia pueril de un frívolo y atolondrado tomador de fotos de provincia.
Cuando le hablaron de un recorrido por las calles, preguntó si era en carro, porque él no quería caminar. Walcott parece ser un tipo más bien contemplativo y, como a su colega García Márquez, no le gusta ver 'piedra vieja'. Conocida es su teoría sobre el ser y el tiempo en el Caribe, según la cual, para el caribeño lo clave es el presente sin ruinas y, sobre todo, el futuro por construir, porque el pasado yace en la mar de la historia. Se ha postulado, además, una condición propia del isleño: no le interesa la tierra.
Del Santa Teresa salieron a dar un paseo suelto, desprevenido, por la ciudad, dialogando sin un plan preestablecido, sobre los temas que surgieran, sin guía formal: si Walcott preguntaba, aprovechaban. Anduvieron por la Plaza de la Aduana y el Portal de los Dulces y durante todo el tiempo Sigrid sobresalió como una señora alegre, descomplicada, siempre pendiente de Derek, tomándole las fotos, secándole el sudor, atándole los cordones, resolviendo el problema de sus bromas, las cuales celebra y matiza mediante comentarios que lo redimen. Sigrid es mucho más abierta y espontánea y mamagallista y muy caribeñizada; él, mucho más serio y recóndito; los dos conforman una pareja equilibrada. En El Portal de los Dulces los Walcott se integraron con la gente, miraron los dulces, la prensa, sintieron el olor íntimo de la ciudad y la vivieron como seres anónimos. Emplearon un par de horas en el peripatético y popular periplo.
El regreso al hotel lo hicieron por la plaza de Bolívar pasando por El Palacio de la Inquisición -donde contemplaron la maqueta de la plaza de la ciudad antigua-, la Galería Cano joyería y venta de cerámicas y artesanías: hamacas, sombreros vueltiaos, bolsos de cañaflecha-, cuyo café les pareció delicioso a los Walcott y donde compraron unos areticos, pues les habían gustado los de Marcela, a quien le regalaron otros, réplica de precolombinos, ya que, según Sigrid, "parecen un eco de tus ojos almendrados". Derek se detuvo frente a un libro en cuyo título mencionaban a Barranquilla, el cual traía en la portada una foto de La Aduana y dijo: "Esto es en Barranquilla. Yo quiero ir allá". Cuando le replicaron que allí habían estado, entonces comentó: "Yo lo quería ver desde ese ángulo".
El almuerzo fue en el fuerte de San Sebastián de Pastelillo frente al mar en el restaurante del Club de Pesca. Prefirieron sentarse adentro, a la sombra, en la tiendecita con toldo, cerca de la entrada, en la plataforma que funciona como muelle, al lado del baluarte. Como había muy poca gente Walcott se sintió muy cómodo Y de nuevo: "ésta es la crema de langosta más deliciosa de mi vida" y el pescado en cabrito, "el pescado criollo más terrific". Hubo patacón, arroz con coco, pero no dulces ni alcohol. Se habló de San Andrés, de Colombia como país Caribe, y Derek mostró especial interés en la historia de Panamá, su pérdida; y preguntó cuál era la casa de García Márquez, y quiso saber sobre Aracataca, reiterando siempre su inmenso aprecio, su admiración casi devota por Gabo y la grandeza de su obra.
Irreverente, saboteador de la Historia, en el Club de Pesca, Walcott se quitó las medias, las olió, las puso sobre la mesa y manifestó su deseo de donarlas al Museo Naval para que las exhibieran como si las hubiera dejado el pirata Francis Drake y "que inviten al embajador Múnera a la inauguración".
La comida fue en el hotel y temprano. El poeta lleva una vida sosegada y se duerme con las gallinas, pero, a su vez, se levanta con los primeros gallos, porque le gusta apreciar el alba caribeña: "adoro la fresca oscuridad y la dicha y el esplendor del amanecer en que uno puede sentir cómo va despertando el espíritu" . Lo único que preguntó (tras agradecer a Marcela por haberlos acompañado, sin estar en el programa), antes de retirarse, fue a qué hora regresaban.
VIII. DOMINGO DE INDIGNACION
Se regresaron en la mañana del domingo, después de que el embajador Múnera asistió a la misa en memoria de su madre. Volvieron a salir en la noche cuando se fueron a una cena china con el embajador, Marcela y Heriberto Fiorillo y su señora. Allí, de entrada, confesó Walcott su molestia por la foto publicada esa mañana en El Tiempo, en la que aparecía de nuevo con el dedo en la nariz: "Es indigno para la Feria, el país y el periódico", afirmó, sin disimular su malestar. Pero pronto empezaron otra vez a reírse y dejaron en su justo puesto, en el rincón del olvido, el chiste de mal gusto de la prensa capitalina, la típica 'vergajadita' colombiana (de la que ha hablado Alvaro Mutis) para tratar de tirarse un evento caribeño hecho con esfuerzo heroico.
La anécdota célebre de la noche fue el trabajo que pasó Alfonso Múnera cuando empezó los estudios del doctorado en historia y la única fórmula para comer que se sabía era "I want chicken", por lo que duró varios meses desayunando, almorzando y comiendo lo mismo. Sigrid recordó que ella dirigía una galería de arte en Pittsburgh, por esos años, y que una vez se acercó un latinoamericano que ahora, al recordarlo, le encontraba un gran parecido con el doctor Múnera- diciendo "I want Chicken". Y Walcott habló de un kamikaze cobarde que murió a los 94 años y lo condecoraron con una medalla y sus palabras de agradecimiento fueron "I want chicken".
El Chou Fan le pareció a Walcott un arroz créole hecho por chinos en Barranquilla. Insistía en el pato y en el cerdo: en realidad comía de todo. Le gustaba el bloody mary sin alcohol. Era la noche del día de la madre y unos niños tenían una tremenda bulla y se les pidió bajar el tono por el visitante ilustre, pero al final, debido a las carcajadas, la mesa ilustre fue la más bullanguera. Fiorillo le dejó como regalo unos CD de Pacho Galán, Lucho Bermúdez, Los gaiteros de San Jacinto y versiones en latin jazz de música tropical colombiana así como el suplemento de El Heraldo con el reportaje que Ernesto McCausland le había hecho en Santa Lucía. Al hojearlo, Walcott vio la foto de sus hijas y llamó la atención sobre cómo un hombre tan feo hacía unas hijas tan bonitas. Asimismo reconoció el papel fundamental de Joseph Brodsky para que le concedieran el Premio Nobel: "No descansó hasta que me lo dieron". Se mencionó la reunión de Nobeles vivos en Estocolmo en diciembre con motivo de los cien años del premio, se habló de cine y literatura, de varios guiones escritos por Walcott, a los que no les había encontrado la forma cinematográfica. Le parecía muy difícil pasar la literatura al cine: en el cine no hay metáfora, sino símiles, y el ritmo, la respiración propia de la literatura, no se puede transmitir. En un momento en que Claudia Muñoz, la esposa de Fiorillo, comentaba que la inteligencia de los hijos se hereda de la madre, Walcott, terminante, la interrumpió: "¿De dónde carajo sacaste esa teoría?"
Para Marcela, Walcott era una persona profundamente afectuosa, tranquila, cálida, despreocupada, con humor. Para Fiorillo, lo que Walcott nos dejó fue su humor. No le interesaba disertar sobre nada, sino escuchar a cada uno su tema. A veces hablaba de literatura y otros tópicos, pero siempre reorientaba la conversación hacia el interlocutor.
Del restaurante se fueron temprano, para empacar las cosas.
IX. LUNES DE ZAPATERO A TUS ZAPATOS
Los Walcott partieron de regreso a Nueva York el 15 de mayo en el vuelo 002 de Avianca. Al despedirse manifestaron su intención de divulgar el evento e impulsarlo, hablar con amigos escritores y comentarles que "Barranquilla is a nice place to come".
X. EL FRACASO DE LA NACIÓN
Terminado el evento, lo que se echa de menos es el cubrimiento de la prensa nacional que, a un suceso de primer orden (una buena noticia) le otorgó un vergonzoso tratamiento de quinta categoría: no sólo fue mínimo el espacio que le concedieron los noticieros de televisión y los diarios, sino que entre las numerosas fotografías que le tomaron al poeta Derek Walcott, la que al diario capitalino de mayor circulación en el país le pareció digna de destacarse (la que publicaron), fue una foto en la que el premio Nobel sale con los dedos en la nariz como sacándose los mocos. No hubo un dossier, una conferencia de prensa, no se envió a un reportero cultural de primera línea. Esta indiferencia del poder central ante lo que sucede fuera de la capital sigue siendo la causa del fracaso de la nación.
Que la visita de un Premio Nobel real, uno de los mayores escritores del siglo XX y del XXI, un caribeño que ha sabido poner su creación a la altura, al nivel más exigente de la buena literatura, y del selecto grupo de escritores que compartieron con él esta Feria (Luis Rafael Sánchez, Luis Britto García, Meira Delmar, Maximilien Laroche, Emilio Jorge Rodríguez, Mario Monteforte, Roberto Burgos Cantor, Oscar Collazos, Ramón Illán Bacca, Alvaro Miranda, José Luis Garcés, Guillermo Tedio, Luis Mizar, Miguel Angel López y Antonio Silvera) se haya dejado de lado para concentrarse en una discusión bizantina en torno a un Nobel virtual es una demostración de que seguimos en la Patria Boba y que nos merecemos la suerte que tenemos.
XI. LA LITERATURA DEL GRAN CARIBE
La cuenca del Gran Caribe no es solo una zona sonora de mar y de sol, ciclones y sal, revoluciones políticas y comercio multitudinario, estrategias militares, músicos internacionales y turistas a tutiplén, sino fundamentalmente un ámbito privilegiado para el encuentro de culturas que ha producido una de las literaturas más ricas del universo.
Enigma por descifrar, la comarca cultural del Caribe sigue a la espera de un estudio integral que pasando por encima de las diferencias de idioma y religión, de régimen político y economía contribuya a la construcción, a partir de sus afinidades evidentes, de una identidad supranacional que nos una para sobrevivir con dignidad como región solidaria en estos tiempos de la insoslayable globalización.
Uno de los caminos para ese gran encuentro fraternal que nos ayude a completar el mapa de ese ámbito multicultural, poliétnico y plurilingüe, de historias heterogéneas e identidades transnacionales y migrantes es la lectura gozosa y el conocimiento crítico de la vasta literatura del Caribe. En esta amplia zona que va del sur de los Estados Unidos hasta el Brasil y que abarca tanto las islas como las partes del continente bañadas por el mar Caribe han nacido algunos de los escritores más sobresalientes del siglo XX, quienes han recibido sin discusión el Premio Nobel: Saint John-Perse, Gabriel García Márquez y Derek Walcott. A su lado se destacan grandes autores como Jean Rhys, V.S.Naipaul y Kamau Brathawaite en lengua inglesa; Aimé Cesaire, Jacques Stephen Alexis, Edouard Glissant y Patrick Chamoiseau, en lengua francesa; y en lengua española, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Luis Rafael Sánchez, Rosario Ferré, Ana Lydia Vega, Marvel Moreno, Manuel Zapata Olivella y Germán Espinosa, entre otros, quienes conforman una inmensa riqueza ignorada que es preciso conocer.
La Primera Feria del Libro de la Cuenca del Gran Caribe se propuso contribuir de manera eficaz a ese conocimiento invitando a diversos creadores y estudiosos para compartir con ellos sus ficciones y sus reflexiones en torno a esta mágica comarca que constituye, hoy por hoy, una gran reserva vital del universo y, no hay duda de que, pese al olvido de los medios, el objetivo ha comenzado a cumplirse, por lo que el evento debería institucionalizarse, itinerante por las diversas capitales, para garantizar su continuidad. Pero es preciso mejorar el cubrimiento, aprovechar mucho más a los ilustres visitantes, pues sólo con la solidaridad nacional se podrá alcanzar por fin la construcción de este sueño llamado Colombia que no puede ignorar el mar si quiere dejar de ser la implacable nación en hilachas que somos hoy.
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© Ariel Castillo Mier
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 8
Enero-Febrero-Marzo de 2002
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA
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