El viajero

Evaristo José Rodríguez
evaristo@sion.com
Bernal, a 15 kilometros de Buenos Aires



       La clase de física de esa tarde había sido interesantísima, ya que era el remate de las tres anteriores sobre la teoría de la relatividad. En las dos primeras se había hablado sobre la ciencia en general y la física en particular, el nacimiento y desarrollo de la relatividad, y también sobre el tiempo científico. En la del viernes pasado y la de esa tarde se habían visto temas sobre las medidas del tiempo y las longitudes, la constancia de la velocidad de la luz bajo cualquier condición, y bastante formuleo hasta llegar a la relatividad restringida. Finalmente se había dado un  esbozo de la relatividad general. Al final de la última clase, y a pedido de algunos alumnos, se había hecho la descripción del célebre "viaje de Langevin", cuyo viajero, abandonando la tierra a una velocidad cercana a la de la luz, retornaba luego de vagar por el universo dos años, medidos con su propio reloj, y se encontraba con que el planeta había envejecido nada menos que doscientos años, y estaba habitado por generaciones distintas a las que conoció. El hecho de que se pudiera dar un salto sin retorno al futuro terminó de maravillarlo, y  a la salida de la facultad comenzó a bajar las escalinatas en un profundo estado de meditación, del que lo sacó la intensa lluvia que caía en esos momentos. Casi no se podía ver a más de dos metros de distancia, y decidido a no esperar al blanquito, comenzó a cruzar la avenida para ver si podía conseguir lugar en una combi. La calzada estaba totalmente anegada, y sus pantalones se habían mojado por completo. Más que cruzar iba vadeando la avenida.

Esa noche, como no podía ser de otra manera, soñó con trenes desplazándose frente a un observador que situado al lado de las vías disparaba su revólver, haces de luz que se curvaban, relojes enormes midiendo tiempos relativos, y viajes imaginarios a velocidades cercanas a la de la luz. Hacia la madrugada los sueños lo llevaron de nuevo a la tarde anterior, y se vio cruzando la avenida otra vez bajo la intensa lluvia.

       Cuando ya estaba casi en la vereda de enfrente, sintió que el pavimento desaparecía bajo sus pies y tuvo la sensación de haber bajado de golpe varios metros, acompañado por un torrente de agua impresionante. Una fracción de tiempo después la luz desapareció, mientras trataba infructuosamente de no tragar agua. En ese momento ni tuvo tiempo de sentir miedo, y lo único en lo que pensó era en cómo salir de esa trampa líquida con la que se había topado sorpresivamente.

Después de tocar el fondo con sus pies se vio arrastrado a gran velocidad por la violenta correntada, y al cabo de un interminable minuto decidió dejarse llevar sin oponer resistencia. Cada tanto recibía algún reflejo de luz desde arriba, y recién después de un tiempo que no pudo precisar chocó con una pared en una curva pronunciada, y pudo agarrarse de unos hierros que sobresalían. Fue entonces cuando tomó conciencia de que había sido prácticamente deglutido por los desagües pluviales de Buenos Aires, y que había viajado a la deriva por sus oscuros conductos subterráneos.

No pudo precisar cuanto tiempo estuvo tomado de los hierros, pero seguramente transcurrieron varias horas hasta que el nivel de agua bajó a la altura de sus rodillas. Entonces decidió caminar en la dirección que traía, y al hacerlo se dio cuenta de que tenía las piernas entumecidas por el frío y por el agua. Al avanzar, el nivel siguió bajando hasta quedar en sus tobillos. Mientras se reponía de la aventura, divisó una escalera iluminada, que seguramente pertenecía a una boca de tormenta. Se tomó de los primeros peldaños, y con bastante esfuerzo pudo trepar hasta la tapa de rejas, la que levantó empujando con la espalda y la nuca.

Se extrañó al ver que ya no quedaban ni rastros de la tormenta y que en realidad se estaba poniendo el sol. Pero más le extrañó no tener ni idea del lugar en dónde se encontraba. Creía conocer muy bien la capital, pero esa calle no le resultaba en absoluto familiar. Observó que se venía acercando una pareja con un niño de la mano, y se aprestó a preguntarles.

--Perdón. ¿Podrían decirme en que calle me encuentro? Creo que estoy perdido.

--Sorry, but I only can speak in english --le contestó el hombre para su sorpresa. Además, los tres lo miraban como si fuera un ser de otro planeta. Cuando siguieron su camino, se dio cuenta de que su apariencia era desastrosa, debido al viaje subterráneo, pero no le importó demasiado. En eso estaba cuando pasó un ómnibus rojo de dos pisos, lo que le demostró que lo que había sospechado unos segundos antes era verdad, y que no estaba en Buenos Aires, ni siquiera en su país. Aunque trató de evitarlo, un gran temor se apoderó de él. No sabía cómo había llegado hasta allí, ni como saldría de ese maldito lugar para regresar a su ciudad.

Por la mañana se despertó con la boca seca, el cuerpo dolorido y los ojos lagañosos. Tal vez se extrañó de no tener húmedas sus ropas.

Se levantó con gran pereza, y lentamente se dirigió descalzo al baño. Cuando estuvo frente al lavatorio, levantó su cabeza y miró hacia el espejo, el que, ante su desesperación, le devolvió la imagen de un decrépito anciano, en quien pudo reconocerse sólo por el color de sus ojos.

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©  Evaristo José Rodríguez  

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 7
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2001

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 01247- 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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VOLUMEN II - NÚMERO 7