La prosa del río

Ariel Castillo Mier
facasil@latino.net.co
Universidad del Atlántico


       Menos abundante que los poemas, la producción narrativa ligada al motivo del río Magdalena  (Colombia) es, no obstante, sustancial, y guarda muchas relaciones con la poesía. En ambos géneros, el pionero fue Manuel María Madiedo y las obras mayores se han producido en años recientes.

       Hacia 1868, Manuel María Madiedo publica el cuadro de costumbres "El boga del Magdalena" en el que incorpora algunos elementos de su poema "Al Magdalena", al tiempo que registra el habla viva de los bogas (ejemplo que seguirá Candelario Obeso) y aprovechando las posibilidades dramáticas del género esboza un perfil sicológico de este personaje que desde el siglo XVI era un emblema del río.

       En su relato, un músico formado en Europa que viaja en champán por el río comparte un accidentado almuerzo con los bogas, dos de los cuales tras una discusión que degenera en insultos mutuos, se retan a un duelo a rula interrumpido por el patrón del champán quien les propone no derramar sangre y trenzarse mejor en un combate de lucha libre, y le ofrece una piel de tigre al ganador. Tras varias horas de épica pelea los bogas terminan empatados y celebran bebiendo guarapo en la misma totuma. Como en su poema, el texto resalta el contraste entre la vida primitiva de los bogas semidesnudos en las playas ardientes rodeadas de bosques y las refinadas diversiones de los parisienses perfumados en salones de alfombras y gobelinos.

       Antes del cuadro de Madiedo, no se habían escrito prosas con intención estética, aunque sí había florecido, desde el siglo XVII, la crónica de viajes, sobre todo de los visitantes extranjeros que surcaban el río, principal arteria de comunicación entre la Nueva Granada y el resto del mundo. En este género se destacan por sus descripciones dinámicas e ilustradas de la naturaleza tropical los textos del barón Alexander von Humboldt.

       El río ingresa a la novelística a  comienzos del siglo XX, cuando el cubano Emilio Bobadilla, "Fray Candil", desahogó la amargura de sus desventuras comerciales y sexuales en Barranquilla, en su novela-panfleto A fuego lento (1903) cuyo capítulo IX narra un viaje en buque de vapor por el Magdalena. La visión del río que ofrece el narrador cubano es ambigua: por un lado, la admiración del protagonista, un médico dominicano residente en París, al contemplar el deslumbrante espectáculo de las riberas, "Estas márgenes bien cultivadas podrían rendir ríos de oro. ¡Qué plétora de savia! ¡Qué desbordamiento de vida vegetal!"; y por el otro, su repulsión al observar los seres miserables que pueblan el entorno, víctimas de diversas enfermedades, lepra y locura, sobre todo, provocadas por el "vapor sofocante, húmedo y miasmático, difundidor del tifus, de la viruela y del paludismo [que] brotaba de las márgenes. ¡Qué contraste entre aquella vida de la naturaleza y aquella muerte a pedazos de sus míseros habitantes!".

       En el relato de Bobadilla aparece un capitán que, al referirse a la voracidad de los caimanes, comenta: "¡Comen hasta piedras! En eso se parecen a nuestros políticos". Con él se inicia una pródiga galería de seres lucuaces y pintorescos, que, continuada por José Félix Fuenmayor en Cosme (1927) con su caricaturesco capitán Truco, del vapor fluvial "Zangamanga" y por Antonio Escribano Belmonte con el semental capitán Manotas del "Nautilus II" en el cuento "Aventuras desventuradas de don Pascual" (1962) llega hasta García Márquez con su capitán Samaritano, cómplice del impávido amor en cuarentena fluvial y oloroso a gallinazo de El amor de los tiempos del cólera (1985).

       En la mayoría de las obras el río ha sido un elemento incidental: el escenario de la trama. Así ocurre en Fruta tropical (1919) de Adolfo Sundheim, El desertor (1974) de Plinio Apuleyo Mendoza y en los cuentos "Una enfermedad sin importancia" de Antonio Escribano (1962)  y "La sombra" (1992) de Marvel Luz Moreno. No obstante, a partir de 1957, el Magdalena comienza a cobrar protagonismo cuando el banqueño Rafael Caneva publica su novela Y otras canoas bajan por el río, en la que se recrea el drama de los pescadores desalojados por las petroleras y por los intereses comerciales urbanos que atentan contra la manera de ver el mundo de los nativos ribereños.

       Dos años después en el capítulo "Los soldados" (1959) de La casa grande (1962) de Alvaro Cepeda Samudio, el río adquiere un carácter simbólico: la travesía de los soldados por el río, en su paso por el barro hediondo de los sombríos caños bajo la lluvia incesante y nada bautismal es una entrada en los dominios del mal y anuncia la inminencia de la catástrofe. Años atrás, Cepeda había puesto de manifiesto su interés por el río y su entorno en algunos textos periodísticos: "Viaje por el litoral del Magdalena" (1944), "Biografía de una lisa" (1947) y "Ciénaga" (1953)

        En 1976 aparece una novela clave en cuanto al cambio en la visión y el tratamiento del motivo del río, La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama, obra que salta del registro realista a una aproximación mítica. En el capítulo inicial se narra el viaje en buque por el Magdalena del exiliado alemán Geo von Lengerke quien para escapar del recuerdo del hombre que mató en un duelo se interna en la geografía de Colombia con la intención de "dominar el paisaje" y "extraerle toda la leche de sus frutas" como una manera de enfrentar la barbarie de su propio espíritu.

En esta obra de Gómez Valderrama el viaje por el río adopta los trazos de un viaje iniciático. Marco de la lucha entre la "isla de civilización" del buque y su bramido de progreso que se propone vencer la barbarie de la naturaleza tropical e instaurar "el reino del hombre sobre el hombre, el reino del odio y la injusticia", este capítulo es una celebración del río (con remotas reminiscencias del canto de Madiedo) que todavía era el Río Grande de la Magdalena, "ancho como la muerte, el río del bagre y la tortuga, del boga y del caimán, el de los caseríos de paja con gente semidesnuda, el reino verde del caimán y del tigre". Aunque en su travesía, el ex militar Lengerke mata un caimán, fortaleza vigilante del reino del río-dios desde hace tres mil años, "ese primer toque del dios, ese contacto  [lo] marca para siempre".

Poco antes de ganarse el Premio Nobel, fue Gabriel García Márquez  quien volvió a llamar la atención sobre la importancia del río en la vida nacional, al tiempo que advertía sobre el avanzado suicidio colectivo que implica su abandono. En un texto autobiográfico del 25 de marzo de 1981, clave para entender su obra posterior, oscilante entre la nostalgia y la indignación, "El río de la vida", García Márquez expresa su añoranza por los años felices en los que viajar por el río era una aventura que podía durar cinco o veinte días y una fiesta familiar llena de sorpresas y enseñanzas superiores a las de la vida académica y pone de manifiesto su rabia rotunda por la muerte del río, la extinción de sus especies, la contaminación de sus aguas convertidas en alcantarilla de las ciudades, la privatización de sus riberas y la indiferencia de los candidatos presidenciales ante su alarmante situación pese al caudal de votos que podría representar.  

Cuatro años después, en El amor en los tiempos del cólera, García Márquez desarrolla algunas de las intuiciones esbozadas en su columna periodística y en el capítulo más memorable del libro, el final, en el que el buque de amor de Florentino Ariza va y viene, como una advertencia repetida, por el río padre de La Magdalena, que ahora parece "una ilusión de la memoria", una ruina agonizante porque la deforestación irracional devoró su selva enmarañada y los cazadores americanos exterminaron los caimanes y los manatíes, y los loros y los micos murieron por la falta de frondas, y de los pueblos de las riberas que parecían vivir en una perpetua luz de fiesta no quedan más que los escombros umbríos de sus glorias y la tufarada nauseabunda de los cuerpos hinchados de los muertos que pasaban con un golero parado en la barriga, y siguen pasando rumbo al mar. Cuatro años más tarde, en El general en su laberinto, al relatar el horror del cuarto viaje de Bolívar por el río Magdalena como recogiendo sus pasos rumbo a la mar del morir reitera sus avisos sobre "los destrozos hechos por las tripulaciones de los buques de vapor para alimentar las calderas".

Tanto El amor como El general participan de elementos comunes que resaltan la impronta garciamarquiana en el tratamiento del motivo del río. La visión de la realidad que incorpora lo maravilloso: una ahogada que hace señas a los buques para desviarlos de su destino, unos hombres con dimensiones de ceibas y cresta y extremidades inferiores de gallo; las frases proféticas de sus personajes en relación con el río: "No hay problema, dentro de unos años vendremos por el cauce seco en automóviles de lujo"; "Los peces tendrán que aprender a caminar sobre la tierra porque las aguas se acabarán".

Después de las obras de García Márquez dos jóvenes escritores han vuelto a ocuparse del río en sus obras. Julio Olaciregui y Rafael Vega Jácome. Olaciregui, quien había insinuado el tópico cuando al final de Los domingos de Charito su personaje principal parece perecer arrastrada por un arroyo barranquillero y rodar rumbo al río Grande de la Magdalena, publica su ensayo "Historia de caimán", en el que revela una indagación minuciosa sobre el tema que habría de poner en práctica o en escena un una obra teatral inédita, Las novias de Barranca. Tragicomedia en dos actos en la que ahonda en la significación mítica del hombre caimán.

Por su parte, Vega Jácome en su novela Río abajo retoma la imagen de pesadilla de los muertos bajando por el río y hace de ella un leitmotif que confiere intenso dramatismo al relato de la vida vergonzosa de un pueblo ribereño, Purgatorio, en la época de la violencia política entre liberales y conservadores antes del asesinato de Gaitán. ________________________________________

©   Ariel Castillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 7
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2001

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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VOLUMEN II - NÚMERO 7