Tres cuentos breves

Aurelio Pizarro  
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Almas gemelas


                                                                                                                  Para Silvia, quien inspiró este cuento.


         Tomaron la decisión de buscarse, de reconocerse en una vida posterior. Decidieron como contraseña una mirada, los ojos fijados en una profunda expresión que repitieron hasta el hastío, como para que se les quedara grabada en el alma. Habían obviado las palabras para evitar el inconveniente de los idiomas, y la música o los símbolos, imponían el riesgo de las falsas interpretaciones. A la muerte de ambos sobrevinieron discordantes reencarnaciones: él pájaro, ella serpiente; ella mariposa, él jabalí Pero un día por fin se encontraron, coincidieron en una adolescencia en la que él volvía a ser hombre y ella mujer, y se miraron con aquella vista profunda que tanto habían ensayado, y se sintieron nuevamente reflejados el uno en el otro, como en una revelación. Al final no lo comprendieron, lo volvieron a confundir con el amor.


                                                                                     
Sogas

--Buenos días --dijo el hombre arreglándose el parche que cubría el ojo izquierdo.
--Buenos --respondió el dependiente.
--Necesito una soga no muy gruesa, flexible pero resistente.
--Una de cáñamo, por ejemplo.
--No, el cáñamo no ajustaría lo suficiente, suele ser muy tieso.
--¿Sabe qué? --El tendero entrecerró sus ojos y levantó el mentón para mirar a través de sus anteojos, como al contraluz. --Su rostro me resulta familiar.
--No lo creo.
--¿Está seguro? Si no fuera por el parche de su ojo...
--Estoy seguro.
--¿Le sirve esta? Es lino.
--No, resulta demasiado suave. Quiero algo manejable, pero fuerte; algo que ajuste con dureza.
--El ojo. ¿Lo perdió en la guerra?
--No, fue en una brutal agresión.
--Tal vez esta pueda servirle. Es una mezcla de cáñamo y lino.
--Verá. Sigue siendo muy suave.
--¿Está usted seguro de que no nos conocemos? Yo ahora estoy jubilado, pero antes trabajaba para el gobierno.
--Estoy seguro, lo estoy.
--Si no le sirve esta, no habrá nada que pueda servirle. Es puro nylon.
--Sí, creo que esta servirá. Y  ¿sabe  qué?  Ya  que  ha  insistido  tanto, la verdad   es   que  sí nos conocemos --le dijo el hombre mientras le rodeaba el cuello fuertemente con la soga. --Yo soy Ignacio Ballesteros, aquel joven estudiante al que usted estuvo a punto de matar a puntapiés y porrazos cuando era policía.



      La muerte y el reloj

        El hombre caminó y caminó, sintiendo cómo sus pies se hundían en la incandescencia de la arena. Nada se avistaba en muchos Kilómetros a la redonda y él pensó que pronto desfallecería, que nada podía salvarlo de morir en ese desierto, que aquel oráculo se había equivocado al sentenciar que sólo el paso del tiempo podía acabar con su vida. Tantos años creyéndose inmune a cualquier muerte imprevista, tantos años imaginando que moriría de viejo en una cama rodeada por sus familiares más queridos, tantos años desafiando y saliendo airoso de los peligros más extremos y ahora aquel sol y la simple reverberación de la arena casi acababan con él. Pensó que había sido un iluso, pero pronto pudo comprender que los oráculos siempre se cumplían. Petrificado, comprobó cómo el suelo empezaba a hundirse lentamente bajo sus pies. Lo último que vio, ya en el remolino de la caída, a través de un remotísimo cristal, tan enorme que casi se confundía con la concavidad del cielo, fue a un niño gigantesco que se balanceaba con una expectativa lúdica dibujada en el rostro, como si esperara para darle la vuelta a un inmenso reloj de arena.
________________________________________  ©  Aurelio Pizarro 

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 7
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2001

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 01247- 9290

DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA

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VOLUMEN II - NÚMERO 7