Proyecciones ideológicas
del discurso religioso y el mercantil
en la narrativa de Juan Rulfo
(Segunda parte)
Guillermo Tedio
Universidad del Atlántico
Ver la primera parte de este ensayo en:
Veamos a continuación la serie pertinente paterna, donde la posesión de bienes es el elemento determinante en las concreciones discursivas o preconstruidos de la ideología burguesa posrevolucionaria que enajena al padre campesino.
En primer lugar, a nivel discursivo hay una frase o sintagma que marca al padre como contradictor de la madre. Se trata de la expresión "Pero mi papá alega... (128), en donde por un lado, la conjunción adversativa pero expresa contraposición u oposición, y el verbo alegar significa presentar consideraciones favorables y contrarias, y que por provenir de la terminología especializada de los abogados, se acerca más a una estructura civil de la sociedad, donde imperan el derecho y la jurisprudencia como aparatos ideológicos y métodos de defensa de la propiedad privada y los valores burgueses. Se entiende que este alegato del padre se da contra los argumentos religiosos de la madre, en el caso que se está juzgando, la conducta de pirujas de las hijas mayores y el desamparo económico de Tacha, con la pérdida de la vaca.
Dice el narrador: "Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes" (127). Como se puede ver, el lexema capitalito deconstruye el discurso de aparente buena voluntad del padre para con la felicidad de su hija pues de alguna manera la está prostituyendo, convirtiendo en simple cosa o mercancía, hecho que se reitera en el párrafo en que se dice que con la vaca y el becerro Tacha va a lograr "casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, solo por llevarse aquella vaca tan bonita" (127). Observamos que el discurso protector del padre para con la hija es deconstruido por el discurso mercantil o comercial de dominio de los valores de cambio sobre los valores cualitativos. Nos preguntamos: ¿Qué hombre puede ser bueno si se casa con una mujer por sus bienes materiales y no por los valores auténticos que ella revele?
Se sabe que el ganado fue utilizado como moneda en las relaciones de intercambio de las comunidades pastoriles. En las aldeas rulfianas, espacios agropecuarios también pero intervenidos abruptamente por las relaciones capitalistas en las que impera fundamentalmente la mediación del dinero, el ganado circula con el estatuto de moneda. En "Diles que no me maten", Juvencio Nava utiliza unas vacas para pagarle al juez: "[...] ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel" (DNM: 167).
El padre de Tacha "con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina", acto que si bien comporta un legítimo valor humano (el trabajo), es desvirtuado o escamoteado, sin embargo, por la finalidad que se le da a la vaca al ser el elemento determinante, según la ideología comercial paterna, en la consecución de la felicidad de su hija.
Entre la madre y el padre está la instancia narrativa del hijo. Es importante tener en cuenta lo que apunta Cros sobre el narrador: "Ahora bien, el narrador no sabe lo que cuenta, y menos aún lo que va a contar. Por eso preferimos hablar de instancia narrativa, o de función narrativa del texto, que se traduce a su vez en una serie de puntos de focalización de la voz que no describen obligatoriamente una coherencia. Instancia narrativa esencialmente móvil, cuyos desplazamientos dan lugar a las diversas focalizaciones del relato y que puede a su vez ser invertida o atravesada por discursos eventualmente contradictorios"12.
En efecto, en la instancia narrativa de SMP, se cruzan las focalizaciones ideológicas ya señaladas (mercantil y religiosa) y que manifiestas a través de sus respectivos sociolectos, rigen los idiolectos del padre, de la madre y del propio narrador. Pero a todas estas, ¿qué postura toma el narrador en cuanto ser personaje? ¿Se mantiene en un punto de equilibrio objetivo o sucumbe a una de las dos posiciones? Para responder esta pregunta, es básico recordar la anotación de Cros en el sentido de que "la instancia ideológica no puede confundirse con la instancia narrativa, ya que opera en la escritura y solo puede intervenir en los puntos de focalización de la voz a través de ella"13. Considero que en el discurso del narrador domina la posición ideológica del padre, en un primer nivel, o de la burguesía posrevolucionaria, en una instancia mayor. Por momentos, el hermano de Tacha parece ser un simple transmisor objetivo de los modos discursivos e ideológicos del padre y de la madre en frases como "mi mamá no sabe", "ella no se acuerda", "piensa en ellas"; "la apuración que tienen en mi casa"; "mi papá alega", "la mortificación de mi papá", "según mi papá", "mi papá las corrió", "mi papá con muchos trabajos había conseguido", pero estudiando con detenimiento el discurso, se observa que como ser ideológico que se oculta detrás del personaje, termina sucumbiendo --quizás también la madre-- a la visión enajenada capitalista del padre.
Es interesante determinar que el dominio ideológico paterno sobre la mentalidad de la madre se corrobora a nivel cuantitativo frásico ya que, como se puede observar, son más las oraciones en las que el padre actúa como agente activo que aquellas en que aparece la madre. De alguna manera, se trataría de un paso definitivo de las relaciones matriarcales heredades en parte de la colonia española y en parte de la organización social indígena, a las relaciones patriarcales.
El narrador muestra este dominio ideológico del padre en el tramado discursivo: "La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mi mamá no quiere" (127-128). Se concluye entonces cómo ese nos involucra al narrador en la posición mercantil asumida por el padre de que con un capitalito, representado ahora por la posibilidad de que el becerro se haya salvado, Tacha no se prostituirá. En cuanto a la posición materna, ya en vías de ser dominada, se deja entrever, a través de la frase "Y mi mamá no quiere", que finalmente se resiste a aceptar el mandato fatalista de Dios del castigo por un pecado del pasado y se deja penetrar por la ideología mercantil y patriarcal.
En medio de la inundación, el hermano de Tacha pregunta por el becerro a un campesino que vio cuando la corriente del río arrastraba a la Serpentina, y el hombre "Solo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca" (127). Y no vio nada debido a que "Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba" (127). Este campesino igualmente está determinado por la máxima de "pescar ganancia en río revuelto". Indiferente a la tragedia y las desgracias ajenas, ausente del valor auténtico de la solidaridad, se interesa en obtener bienes, en este caso, la leña que arrastra el río.
Hay otro grupo, el de los mirones, curiosos e indiferentes de las desgracias que ha producido el río. Quizás, la magnitud de la inundación es tan pavorosa que los habitantes se han quedado alelados, petrificados por las fuerzas de la naturaleza, sin saber qué actitud tomar: "lo único que pudimos hacer , todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada" (125). O tal vez, simplemente se trata de un pueblo que ha perdido el valor auténtico de la solidaridad: "Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y solo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho" (127).
Podemos afirmar que el discurso religioso de la madre termina siendo deconstruido por el habla de los comerciantes. En cuanto a los valores auténticos, ellos quedan implícitos. Las dos formas ideológicas vistas enmascaran los valores legítimos campesinos, haciéndolos depender, por un lado, de Dios, y por otro, del dinero.
Esa contradicción básica entre el comprar-vender capitalista y el recibir premio o castigo, en la visión retribucionista religiosa, que a manera de genotexto orienta las líneas discursivas del relato, la podemos ver en un solo personaje, el padre Rentería de la novela Pedro Páramo, quien aparece escindido en dos mitades, de allí el malestar de grieta trágica que lo conturba. Por un lado, como mediador entre los hombres y la divinidad, tiene el deber o la obligación de conservarse puro, lejos del pecado, ya que ha escogido el camino de la trascendencia religiosa, pero por otro lado, ha sucumbido a los sobornos de Pedro Páramo. Al morir su hijo Miguel, el cacique de la Media Luna le habla al padre Rentería, cuyo nombre, en un típico guiño rulfiano, remite al dinero (renta):
--Yo sé que usted lo odiaba, padre. Y con razón, el asesinato de su hermano, que según rumores fue cometido por mi hijo; el caso de su sobrina Ana, violada por él según el juicio de usted; las ofensas y falta de respeto que le tuvo en ocasiones, son motivos que cualquiera puede admitir. Pero olvídelo ahora, padre. Considérelo y perdónelo como quizás Dios lo haya perdonado.
Puso sobre el reclinatorio un puñado de monedas de oro y se levantó.
--Reciba eso como una limosna para su iglesia (PP: 24-25).
El padre Rentería deja ver su doblez ideológica:
»El padre Rentería se doblaba en su cama sin poder dormir (énfasis agregado):
"Todo esto que sucede es por mi culpa --se dijo--. El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque esta es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago. Así ha sido hasta ahora. Y estas son las consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que me quieren y que me han dado su fe y me buscan para que yo interceda por ellos para con Dios (PP: 28).
Luego, el padre Rentería va a buscar la confesión con su colega, el sacerdote de Contla, quien le niega la absolución:
--Ese hombre de quien no quieres mencionar su nombre ha despedazado tu iglesia y tú se lo has consentido. ¿Qué se puede esperar ya de ti, padre? ¿Qué has hecho de la fuerza de Dios? Quiero convencerme de que eres bueno y de que allí recibes la estimación de todos; pero no basta ser bueno. El pecado no es bueno. Y para acabar con él, hay que ser duro y despiadado. Quiero creer que todos siguen siendo creyentes; pero no eres tú quien mantiene su fe; lo hacen por superstición y por miedo. Quiero aún más estar contigo en la pobreza en que vives y en el trabajo y cuidados que libras todos los días en tu cumplimiento. Sé lo difícil que es nuestra tarea en estos pobres pueblos donde nos tienen relegados; pero eso mismo me da derecho a decirte que no hay que entregar nuestro servicio a unos cuantos, que te darán un poco a cambio de tu alma, y con tu alma en manos de ellos ¿qué podrás hacer para ser mejor que aquellos que son mejores que tú? No, padre, mis manos no son lo suficientemente limpias para darte la absolución. Tendrás que buscarla en otro lugar (PP: 59-60).
Así, de alguna manera, en el padre Rentería se manifiestan en una contradicción irresoluta las dos posiciones ideológicas, y dada su calidad de mediador o intermediario entre los hombres y la divinidad, la lucha de estas dos ideologías en su alma de sacerdote le produce un conflicto trágico, sin solución, de allí que al final, escoja la violencia montonera, una forma de suicidio, y se vaya a "otro lugar", al monte, a meterse también en la revuelta, tal vez en la guerra de los Cristeros (1926-29), que defendió la vieja posición feudo-colonial del poder de la iglesia en las cosas y asuntos terrenales.
Ya en el inicio del relato: "Aquí todo va de mal en peor...", dicho por el hijo narrador, se puede leer la ambigüedad que crea en el discurso la presencia de las dos ideologías básicas que se construyen y deconstruyen frente a la implicitez de los valores auténticos.
En la mentalidad fatalista de la madre, la situación de su familia no puede mejorar porque se trataría de expiar un pecado del pasado que como una especie de predestinación culposa marcará sus existencias, así que solo resta abandonarse al amparo de Dios. Seguramente es esta visión religiosa de la madre la que hace que el narrador asuma los hechos en una curva descendente de fatalidad que se expresa gráficamente en la primera frase: "Aquí todo va de mal en peor...".
Por su parte, la ideología básica del padre se sostiene en la propiedad privada de bienes (cosecha de cebada, vaca, becerro). Está visto que un relato se excibe siempre como un proceso constante de estructuración y desestructuración, de rebajamiento y mejoría; si se quiere, como una realización de la idea expresada en la máxima popular: "No hay mal que por bien no venga". El desequilibrio producido por la muerte de "mi tía Jacinta" viene a ser compensado con ese "comenzaba a bajársenos la tristeza", que a su vez es degradado por el "comenzó a llover como nunca" y el ver cómo el agua "quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada", situación que se equilibra con "mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años", que a su vez se descompensa con la pérdida de la vaca Serpentina en el río y el riesgo de la prostitución, para volver a balancearse con la posibilidad de que el becerro esté vivo. Este flujo y reflujo entre la estructuración o estabilidad y desestructuración o caída surge precisamente de los impulsos ideológicos que se deconstruyen en el texto, de manera que si la acción o trama no establece este tejido de hilos situacionales que se equilibran y desequilibran, el discurso no avanza hacia el cruce cultural que propone toda creación narrativa.
El título del cuento es una frase preconstruida incompleta cuya parte implícita se deja entender en el talante del discurso mercantil que ve a la pobreza como carencia de bienes y no de capacidades y actitudes. No valemos por los valores legítimos sino por los valores de cambio enajenantes. Podemos decir que quien titula el relato es esta voz ideológica. Mientras que para la madre, el "es que somos muy pobres" podría ser la consecuencia punitiva de un pecado de los antepasados, para el padre resulta la causa activa de la prostitución de las hijas mayores y de la posible perdición de Tacha. En ningún momento, el padre ve en la conducta de las hijas mayores un problema de falta de educación y de conciencia de los valores auténticos, hasta tal punto que la posesión de una vaca podría impedir la prostitución de la menor.
En su narrativa, Rulfo da una gran importancia a los elementos telúricos: agua, sequías, movimientos sísmicos, sol, paisajes deprimidos. Mientras en "El llano en llamas", el fuego incendia las praderas, en SMP, es el agua el elemento destructor. No hay arca de Noé que salve a la Serpentina. Agua y fuego, lago y desierto, como en la Biblia, destruyen las empresas de los hombres. Contrariamente a lo que ocurre en el pueblo de Tacha, en el cuento "Nos han dado la tierra", el llano --una "costra de tepetate"-- que un puñado de campesinos han recibido del gobierno revolucionario, no tiene agua. "No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no ser eso, no hay nada" (NDT: 113). En una fuerte crítica a la burocrática revolución agrarista, se deja ver que el latifundio de las tierras fértiles sigue intacto: "Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama el Llano" (NDT: 115).
Aunque referidas a la posesión de la tierra después de las guerras de independencia en América Latina, las opiniones de José Luis Romero son aplicables a la situación agraria y minera de México, después de la revolución: "La interpretación liberal y la interpretación romántica de la sociedad tenían en Latinoamérica, pese a su contradicción radical, algo que las vinculaba: eran como dos caras de una misma moneda, acuñadas al calor del cambio, que las dos habían percibido y reconocido. Pero no desvanecieron del todo la vieja interpretación, anterior a ambas, que había nacido con la conquista y sirvió de fundamento a la sociedad hidalga. El cambio provocado por la intensificación del desarrollo mercantil había sido importante; el cambio originado por la liberación de las fuerzas sociales tras la independencia no lo era menos; pero el régimen de propiedad de las tierras y de las minas seguía siendo el mismo aunque hubiera habido cambio de manos"14 (énfasis agregado). Es decir, en México, después de la revolución agrarista, las tierras pasaron de los latifundistas feudo-coloniales a la burguesía agropecuaria y el pueblo se quedó sin nada.
Muy contrario a la sequía del Llano grande, en el pueblo de Tacha, sobra el agua, que en lugar de dar vida y esperanza como en las mitologías creacionistas, trae desolación y ruina, ahogamiento y arrastre de animales, pérdida de la tradición campesina al arrancar "el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta", "el único que había en el pueblo" (126), de tal forma que el río desbordado se convierte en una fuerza apocalíptica de destrucción física y en un símbolo semiótico de destrucción moral pues "el sabor a podrido del agua revuelta", de "aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura", expresa el triste porvenir, no solo de Tacha, en su inevitable destino trágico de piruja, sino de todos los campesinos, al perderse las cosechas.
Me interesa señalar aquí, cómo la ideología mercantil que enmascara los valores auténticos, contamina todo lo que toca: personas y cosas, en una doble vía en que se busca rasar a los seres humanos y a las cosas con el recurso de cosificar al hombre y reificar o humanizar los objetos. Así, el ser humano, al sentirse materia cósica, acepta las mercancías, y necesita de las cosas porque estas se le presentan humanizadas, con lo que se facilita el empeño capitalista de convertir el mundo en un "inmenso arsenal de mercancías". El querer del padre de dar a su hija Tacha un capitalito a través de la vaca y el becerro para que un hombre, al fijarse en la dote, se case con ella y la libre de la prostitución, orienta o dispone el discurso narrativo en la doble vía ya enunciada de cosificar lo humano y humanizar las cosas. Por un lado, el río sufre este proceso de personificación como fuerza malévola. Tacha llora y observa el río desde la barranca: "Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella" (128). Del mismo modo: "Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo" (128). "El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha [...]" (128). La corriente "iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta" (125-126). Así, el agua entra y sale por la puerta "como Pedro por su casa" y, como el rey o su representante, va por la calle real. Por el contrario, a través del sobrenombre o alias de la Tambora, la mujer que saca a sus gallinas para que no se las lleve el río, es asimilada a una cosa u objeto.
Por otro lado, la vaca es personificada. En ella se ubica una mayor cantidad de acciones y cualidades inherentes a los humanos, explicable ello porque se intenta embellecer, en un no consciente, la dote en la que debía fijarse el futuro marido de Tacha. El mismo nombre de Serpentina busca hacerla agraciada y festiva. De la vaca se dice: "[...] que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y muy bonitos ojos" (126). "No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen" (126, énfasis agregado). A través de este discurso, se observa que la vaca deja de ser animal --capitalito, dote, mercancía-- y adquiere caracteres humanos que en la mente del narrador y en la del padre serán cualidades para el posible esposo. Tacha prácticamente es borrada; desaparece y queda como un simple agregado o apéndice del animal, así, el pretendiente se casaría con Tacha solo para obtener la vaca.
El mismo recurso estilístico de personificar a los animales se puede apreciar en "Nos han dado la tierra", en el que Esteban trata a la gallina que lleva bajo el gabán como si fuera un ser humano, cuando en realidad es el símbolo de la propiedad privada vigente en un sector del campesinado que surgió de la revolución agrarista: "Sí, es una gallina colorada la que lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto como si bostezara" (NDT: 115).
Igual situación se presenta en el trato que el viejo Esteban de "En la madrugada" les da a las vacas:
«Ora te van a desahijar, motilona. Llora si quieres; pero es el último día que verás a tu becerro». La vaca lo mira con sus ojos tranquilos, se lo sacude con la cola y camina hacia delante" (EM: 138).
Y luego:
«Por última vez --le dijo--: míralo y lengüetéalo; míralo como si fuera a morir. Estás ya por parir y todavía te encariñas con este grandullón». Y a él: «Saboréalas nomás que ya no son tuyas; te darás cuenta de que esta leche es leche tierna como para un recién nacido». Y le dio de patadas cuando vio que mamaba de las cuatro tetas. «Te romperé las jetas, hijo de res»
"Y le hubiera roto el hocico si no hubiera surgido por allí el patrón don Justo, que me dio de patadas a mí para que me calmara" (EM: 139).
En realidad, el viejo Esteban reproduce sobre los animales la terminología y el trato, entre paternalistas y brutales, que a él le da su patrón, a quien terminará matando, como Abundio Martínez a Pedro Páramo. Convertido en cosa por su patrón, el viejo Esteban intenta, aunque de un modo degradado y contradictorio, recobrar su valor humano, recuperar su status de persona, humanizando a las vacas al hablarles como lo hace.
Finalmente, quiero referirme a lo que algunos críticos como Alberto Vital han llamado en la narrativa de Rulfo, el erotismo inconsciente. En el cuento que analizo, este erotismo estaría en la mirada del narrador, el hermano, hacia Tacha, lo que nos ubica frente al motivo del incesto que aparece en la novela Pedro Páramo, en las relaciones de la pareja adánica de hermanos que Juan Preciado encuentra en el infierno de Comala, y también en el trato que Bartolomé Sanjuán da a su hija Susana; igualmente en Anacleto Morones y su hija, a quien el santero ha embarazado, según informa Lucas Lucatero; y en Justo Brambila y su sobrina Margarita, en el cuento "En la madrugada".
Por su parte, en SMP, el hermano narrador se fija muy seguido en las senos que ya empiezan a brotarle a Tacha: "La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención" (128). Y luego: "Yo la abrazo tratando de consolarla pero ella no entiende". Y entonces "[...] los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición" (128).
Ya al comienzo del relato, el narrador había dicho de sus hermanas, las pirujas, que cuando menos se esperaba, "allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima". El narrador funciona así como una especie de mirón o voyeur que desliza en su discurso, de un modo inconsciente seguramente, una modalización erótica y por lo mismo incestuosa por el cuerpo de Tacha y aún por el de las hermanas mayores. Esta situación en que se degrada el valor auténtico de la fraternidad, se explicaría, de un lado, por la promiscuidad de la vivienda campesina, generada por la reducción del espacio, patente en el hecho de que las hermanas tengan sus citas amorosas en el corral o patio, y por el contacto permanente de las cuerpos, y del otro, por el deseo del personaje de escapar a la opresiva destrucción social que los agobia. Es en ese instante del abrazo a la hermana, cuando "el sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha", como si la mirada insana del narrador estuviera marcando la entrada de la hermana a la prostitución con su primera cita. De cualquier forma, aquí, el erotismo encarna una puerta de libertad, también degradada, por supuesto, porque involucra un matiz incestuoso, pero de cualquier forma, un modo inconsciente de apertura a la búsqueda del placer individual, ya que las realizaciones sociales no se vislumbran en medio del pueblo anegado, perdido en el chapoteo del "agua negra y dura como tierra corrediza".
NOTAS:
12. Edmond Cros. Literatura, ideología y sociedad. Madrid: Gredos, 1980, pág. 145.
13. Ibid., p. 145.
14. José Luis Romero. Latinoamérica: Las ciudades y las ideas. Medellín: Editorial Universitaria de Antioquia, 1999, p. 245-246. ________________________________________
© Guillermo Tedio
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 7
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2001
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
BARRANQUILLA - COLOMBIA
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