LA NOCHE DE MI FATALIDAD
Martiniano Acosta Acosta
Universidad del Magdalena
Yo, Pedro Montenegro, estoy muerto. Y, desde el instante en que me enterraron, se me fijó la idea de que me levantaría de la tumba para buscarlo y tomar venganza. Una búsqueda sin precedentes. Después de muerto, aunque parezca ilógico, el dolor sigue doliendo. En este féretro he estado maquinando cada una de mis acciones y si no hubo justicia terrena, la habrá desde el más allá.
El tiempo no existe en este mundo de tinieblas. El día es la noche o la noche es el día. En esta tumba me revuelvo entre las ruinas de mis vestidos: un pantalón de dril blanco con el que estaba vestido la noche de mi fatalidad y una camisa vuelta jirones. Hace rato que no escucho el caer de las gotas de lluvia sobre el embaldosado del cementerio ni percibo la repetida melodía lejana del aprendiz de violín con quien alguna vez conversé para que me impartiera algunas clases pero tantas ocupaciones fueron siempre una piedra en el camino. El vapor nace desde aquí y sale para caminar por las calles, empapando a los vivos de un agua pegajosa y salobre. Recuerdo las flores amarillas y rojas que lo invadían todo con su aroma, las recuerdo porque son las que más les ofrecen a la Virgen María en el mes de mayo y a los difuntos. Flores de funeral pobre. En esta ocasión, como en otras tantas lo he hecho, surjo de entre las lápidas, a caminar el mundo de los vivos y un viento fuerte zumba y roza los pedazos de mi pantalón.
Después del crimen, el asesino continuó inexplicablemente libre por las calles. Sentí un vacío planetario que me arropaba sin piedad. No hubo juez que lo condenara. La justicia se dejó sobornar y así como a mí me arrojaron varias paladas de arena tras arena, de la misma manera hicieron con el crimen cometido. Por eso hoy, igual que todas las noches, durante cinco años, he venido anunciándole mi venganza, me le he aparecido muchas veces para martirizarlo. Lo he visto cargar el peso de su culpa y también correr gritando despavorido que le salió un muerto pero nadie cree en sus palabras.
La noche de mi fatalidad, yo me divertía con unos amigos y escuchábamos una canción de Francisco Céspedes: "Ahora sólo nos queda el cansancio... y me siento más sólo que ayer cuando aún no existías...". El hombre bajó iracundo del segundo piso a reclamarme que no podía escuchar la telenovela porque yo tenía el equipo de sonido a todo timbal y, además, ya lo tenía harto de estar oyendo el mismo sonsonete. Nos fuimos a los gritos, a los puños y, de pronto, él me pegó un tiro fatal que me atravesó el cráneo. Mis amigos corrieron en mi auxilio mientras él, veloz, se perdía por la calle y uno que otro grito falso de ¡agárrenlo! y en la distancia sólo los bronces de la catedral señalaban las cinco de la mañana.
Hoy, la música de la taberna atraviesa las paredes y se cuela por el ruinoso caracol de mi oreja. Oigo susurros y pasos en medio de la oscuridad cómplice, alguien rastrilla los zapatos sobre el pavimento. Intento escudriñar. Es él. No me cabe la menor duda. Le salgo al encuentro. El hombre, sin estabilidad en el cuerpo a causa del alcohol, retrocede. El mismo terror de siempre se le enrolla como una serpiente.
---¡Eres tú, otra vez!
Exclama con una voz ebria y llena de miedo. Me reconoce de inmediato. Sabe que me he convertido en su sombra lapidaria. Intenta pedir auxilio. Pero yo me le acerco y le clavo una mirada de oquedad mientras él oculta su rostro con los brazos. Mis huesos con rapidez y sin perder segundos le atenazan el cuello delgado y arrugado. Algo truena y un ruido se esfuma en el callejón solitario como la voz de alguien perdido en la lejanía.
Al día siguiente, su funeral es triste, con pocos dolientes, quienes llevan flores amarillas y rojas. Yo voy entre ellos, acompañándole. Y siento que, definitivamente, voy a descansar en paz. Él, no sé.
Desde la taberna que él frecuentaba, brota una canción ranchera:
"Ya las campanas del santuario están doblando,
todos los fieles se dirigen a rezar
y desde el cerro los rancheros van bajando
a un hombre muerto que lo llevan a enterrar". ________________________________________
© Martiniano Acosta Acosta
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen II - Número 7
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2001
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 01247- 9290
DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
BARRANQUILLA - COLOMBIA
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